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PIEDAD

 

 

---------------------------------------------------------------------Celebración de la cruz

 

CANTO: Victoria, tú reinarás (CLN p. 246).

INTRODUCCIÓN Y SIGNACIÓN:

     Cristo dio su vida por nosotros en la cruz. Desde entonces, la cruz, que era patíbulo de ejecución para malhechores, se ha convertido para nosotros en el signo de nuestra salvación. Los evangelios ven en la cruz el trono de Jesús, el lugar donde se manifiesta como Hijo de Dios Salvador, el madero desde donde reina el Rey de los pobres y los oprimidos, de los débiles y excluidos, el tronco maravilloso donde el Siervo de Dios obedece hasta el final y entrega su vida por amor. La cruz representa, pues, el amor que Dios nos tiene manifestado en su Hijo Jesús; en ella ha manifestado el amor más grande al dar la vida por sus amigos. Comencemos, pues, esta celebración cristiana, como hacemos siempre, trazando la señal de la cruz sobre nosotros: +En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Que la paz y el amor de Dios Padre, manifestados en la entrega de su Hijo en la cruz, estén siempre con vosotros.

 

OREMOS: Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina...

 

PRIMERA LECTURA: Is 52, 13-53, 12.

        

Lectura del libro de Isaías

 

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. 

Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, 

así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, 

al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. 

¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? 

Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. 

Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, 

como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. 

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; 

nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; 

pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. 

Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; 

y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. 

Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; 

como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. 

Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién meditó en su destino? 

Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. 

Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, 

aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. 

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación; 

verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. 

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. 

Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. 

Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. 

Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, 

él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. 

 

Palabra de Dios.

 

CANTO: Pueblo mío, ¿qué te he hecho? (CLN p. 154)

 

EVANGELIO: Lc 23, 33-46

 

     + Lectura del santo Evangelio según San Lucas

    

Y, cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 

Jesús decía: 

-«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» 

Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. 

            El pueblo estaba mirando. 

Las autoridades le hacían muecas, diciendo: 

-«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» 

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: 

-«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» 

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» 

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: 

-«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» 

Pero el otro le increpaba:

-«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» 

Y decía: 

-«Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino.» 

Jesús le respondió: 

-«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.» 

Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: 

-«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»

Y, dicho esto, expiró.  

                   Palabra del Señor.

 

HOMILÍA

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos; pues, por tu santa cruz, redimiste al mundo. A veces se nos ha tachado a los cristianos de tenebristas y de necrófilos. Desde fuera no se puede comprender el “gusto” que mostramos por la imagen de Cristo crucificado que preside nuestros templos, que está en nuestras casas, que pende en edificios oficiales o que aparece en las mesas en las que se juran o prometen los principales cargos públicos. Personas de religiones no cristianas argumentan que a sus hijos les da miedo ver a un hombre muerto clavado en una cruz y lo esgrimen como razón para retirarla de algunos lugares que frecuentan esos niños. Muchos cristianos, incluso, han propuesto la sustitución de la cruz en las iglesias por imágenes de Cristo resucitado, pensando dar, así, una imagen más positiva de la persona de Jesús. Evidentemente, la cruz es un signo en el que hay que ver la profundidad de lo que expresa y no la superficialidad de lo que muestra a los ojos. Y esa profundidad sólo es capaz de verla quien cree desde lo profundo de su ser en Aquél que aparece colgado del madero.

 

En la cruz está la ofrenda, el sacrificio personal de quien decide, con generosidad extrema, que su vida es para darla y no para guardarla; que es para los demás y no para sí mismo; para compartirla y no para disfrutarla en exclusiva. La muerte de Jesús en la cruz es el signo de la obediencia al Padre; Jesús no ha venido para hacer lo que él quiere, sino para hacer lo que el Padre quiere; no es el Padre quien le lleva a la cruz, pero la voluntad del Padre es que no rechace la cruz. El crucificado expresa la fidelidad al hombre llevada hasta el extremo; escapar de la cruz hubiera sido tanto como huir del hombre, negar incluso la condición humana que Jesús había asumido en su totalidad en el momento de la Encarnación. En la cruz se encuentra el que no vino a ser servido sino a servir, el defensor de los pobres y los marginados, la voz de los sin voz, el que devuelve la salud, el que da la vida a los muertos, el que siembra esperanza y crea ilusión y alegría, el que ama de verdad y sin condiciones, el que promete la felicidad a los infelices, el que nos habla de parte de Dios para decirnos que nos ama y que nos mira con misericordia y con cariño, dispuesto siempre a perdonar nuestros fallos. Estos valores encierra el signo de la cruz.

 

Pero, sobre todo, la cruz es el camino necesario para la resurrección. Si la muerte de Jesús ha sido expiatoria, ha borrado nuestra cuenta con el Padre pagando uno por todos, en la cruz hemos sido salvados del pecado. Si la resurrección del Hijo de Dios ha sido la resurrección de la humanidad asumida en Cristo, entonces por la cruz –necesaria para la resurrección- nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección se nos ha dado la vida eterna. El que no ha venido a condenar al mundo sino a que el mundo se salve por él ha obrado nuestra salvación por su entrega desprendida y generosa de su vida en la cruz y a través de su resurrección.

Así, la cruz, se ha convertido para todo el que cree en Jesús en signo de salvación y perdón. Mirando al crucificado no sólo vemos los acontecimientos que obraron nuestra salvación, sino que vemos en ella aquello que cada cristiano deberíamos encarnar. Las mismas actitudes del que cuelga en la cruz –el Maestro- estamos llamados a vivir sus discípulos, sus aprendices. La cruz es el estandarte de nuestra salud, de nuestra salvación, lo mismo que aquel estandarte con la serpiente fue causa de salud para el pueblo de Israel en el desierto. Así, todo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios tiene vida eterna. La fe en Jesús nos acerca a su misterio y nos hace participar de los bienes que él nos ha obtenido desde su muerte y resurrección. La humillación de quien se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, sometiéndose a una muerte ignominiosa en la cruz, le ha llevado a la gloria de la resurrección para que nosotros, creyendo en Él, tengamos vida eterna. Ser cristiano será, pues, tomar ejemplo del Maestro. Ojalá que la fiesta de hoy nos ayude a revisar nuestra generosidad y nuestra entrega, nuestra obediencia al Padre y nuestra fidelidad a nuestra condición humana y cristiana, nuestro espíritu de servicio y nuestras actitudes de perdón y reconciliación, nuestra aceptación de la cruz de cada día y nuestro amor a los demás como Jesús nos ha amado. Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos; por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

 

Terminada la homilía, el celebrante invita a todos a ponerse en pie para recibir la cruz en silencio. La cruz arranca desde el fondo de la iglesia hasta el presbiterio procesionalmente, donde se expondrá de cara al pueblo, sin velas ni incienso. El celebrante, entonces, invita a contemplarla en silencio durante unos minutos. A continuación, se recitan las preces de perdón y las bienaventuranzas de la cruz.

 

Jesús nos dijo que para ser discípulo suyo había que abrazarse a la cruz y seguirle, pero muchas personas cargan hoy con cruces injustas, fruto del pecado de otros; con cruces que no les corresponden y que son contrarias a la voluntad de Dios. Por todas ellas pidamos perdón al Padre.

 

+ Por los condenados a las cruces de las pateras y las bombas terroristas. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces del rechazo y la exclusión. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces de todas las guerras injustas. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces de una economía injusta. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces del paro y del trabajo precario. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces del olvido y el silencio. SEÑOR, TEN PIEDAD.

         + Por los condenados a las cruces de una infancia infeliz. SEÑOR, TEN PIEDAD.

+ Por los condenados a las cruces de la incomprensión y el maltrato. SEÑOR, TEN PIEDAD.

+ Por los condenados a la pena de muerte en todo el mundo. SEÑOR, TEN PIEDAD.

 

Hay otra mucha gente en nuestro mundo que trabaja por aliviar a otros el peso de su cruz, por suprimir esas cruces injustas. Por eso Dios los declara dichosos:

 

+ Dichosos los que ayudan a vencer la cruz de la violencia.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz de la injusticia.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz de la tristeza.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz del odio y el resentimiento.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz de la soledad.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz de las ofensas.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz del orgullo y la soberbia.

         + Dichosos los que ayudan a vencer la cruz del dolor y el sufrimiento.   

+ Dichosos todos ellos, porque serán llamados por Dios “sus hijos más queridos”.

 

En este momento, el celebrante invita a todos a pasar a adorar la cruz. Mientras, se canta OH CRUZ, TE ADORAMOS (CLN p.  280). Si no se conoce, puede cantarse otro canto apropiado o poner una coral de J.S. Bach, de la Pasión según San Mateo. Terminada la adoración, la cruz continúa en el presbiterio, en el mismo lugar donde se ha puesto tras la entrada procesional.

 

ORACIÓN RECITATIVA

         Cristo de la cruz:

                        Me gusta mirarte y contemplarte

                        muerto, sujeto al madero,

                        porque me haces ver en Ti

                        a Dios débil, a Dios humano.

 

                        Tu imagen muerta en la cruz

                        me ayudó de niño a desterrar de mi mente

                        la idea de un Dios tirano, del miedo y del terror,

                        la del Dios que castiga, la de Dios vengador.

 

                        Ver tu cabeza inclinada,

                        me enseña que tu poder se manifiesta en la debilidad.

                        Ver tus brazos abiertos,

                        me muestra que la vida no se guarda; se comparte y se da.

 

                        Contemplar tu muerte injusta

                        me enseña a rebelarme contra la injusticia.

                        Verte morir perdonando me enseña

                        que el perdón tiene más fuerza que una merecida venganza.

 

                        Viendo tu cuerpo en la cruz aprendo

                        cuál es el amor más grande,

                        y que amar es más comprometerse que hablar,

                        que el amor está más en el hacer que en el decir.

 

                        También me hace pensar

                        en la gran paciencia que tienes:

                        al fin y al cabo, en la cruz estás esperando

                        que descubramos todo esto y aprendamos de tu ejemplo.

 

                        Y una cosa más, en importancia primera,

                        evocas desde la cruz:

                        Que la Resurrección ya asoma
                        de la muerte hacia la luz.

 

                        Trono santo de tu gloria

                        es el árbol de la cruz;

                        estandarte que nos guía,

                  causa de nuestra salud. Amén.

 

 

RECITACIÓN DEL PADRENUESTRO

 

BENDICIÓN FINAL

-         Aquel que se entregó a la cruz por vosotros os haga sentir los frutos de la salvación. R/. Amén.

-         Aquel que colgó del madero os ayude a llevar vuestras cruces de cada día. R/. Amén.

-         Aquel que venció en una cruz os ayude a vencer en vuestra lucha contra el mal. R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso + Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre vosotros. R/. Amén.

Podemos ir en paz.

 

 

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Zaragoza, marzo 2004