THALITHAQUMI
LITURGIA
----------------------------------Plegaria Eucarística
sobre la
Reconciliación I
En esta plegaria, son inseparables el prefacio y el
resto. Por tanto, no puede decirse cuando viene prescrito un prefacio propio.
Sí puede decirse cuando se prescribe un prefacio del tiempo (por ejemplo en
Cuaresma, en Adviento...) Es especialmente recomendable en las misas en que se
celebra el sacramento de la
Penitencia como celebración comunitaria.
En verdad es justo y necesario darte gracias, Señor,
Padre santo,
porque no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz.
Tú, Dios de bondad y misericordia, ofreces siempre tu perdón e
invitas a los pecadores a recurrir confiadamente a tu clemencia.
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El primer párrafo del prefacio sitúa
la felicidad plena en la cúspide de la voluntad de Dios. Él nos llama a una
vida plenamente feliz. En efecto, incluso la psicología reconoce que no es
posible la felicidad cuando no hay reconciliación con el entorno y con uno
mismo. Muchas veces, los rencores y los resentimientos merman la capacidad de
felicidad del ser humano. Así, puede sentirse feliz quien ha perdonado las
ofensas recibidas y quien, a su vez, se ha sentido perdonado por las ofensas
causadas. En este sentido, el cristiano necesita sentirse perdonado por Dios.
En su naturaleza humana está la imperfección y la defectibilidad. Y en ellas
está la capacidad de equivocarse, de errar, de pecar y de apartarse de Dios.
Eso haría al hombre permanentemente infeliz si no sintiera el perdón de su
Creador. Pero el perdón aparece aquí como una oferta permanente por parte de
Dios. Dios ofrece, pero es el hombre quien debe asirse a él, quien debe aceptar
ese perdón. Además, el texto presenta el recurso a la clemencia divina como una
invitación ligada al siempre que precede al término perdón. La
palabra clemencia sugiere la compasión de Dios y su magnanimidad. Dios
es quien tiene capacidad de usar clemencia, luego Dios es quien tiene el poder.
Un poder que no ejerce desde la tiranía sino desde el perdón y la clemencia.
Todo ello –sin perderlo de vista- en orden a la felicidad del ser humano.
Tampoco debemos pasar por alto la formulación en primera persona del plural
(llamarnos), referida a todo el género humano y el salto a la tercera persona
(los pecadores) como quienes pueden recurrir confiadamente a la clemencia
divina. En efecto, todo ser humano es pecador; pero Jesús asumió nuestra
naturaleza humana sin asumir nuestro pecado. Por tanto, los pecadores –y no Él-
son quienes necesitan de ese recurso a la clemencia. Ésta es un elemento de sanación
para el hombre, que le posibilita ser feliz en plenitud.
Muchas veces los hombres hemos quebrantado tu alianza; pero tú,
en vez de abandonarnos, has sellado de nuevo con la familia humana, por
Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, un pacto tan sólido, que ya nada lo
podrá romper.
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El segundo parágrafo del prefacio hace
referencia a las dos alianzas. La primera ha sido quebrantada por el hombre a
través del pecado. El ser humano ha profanado la antigua alianza con su
infidelidad. No se menciona, pero quizás en el trasfondo esté la idea de la
alianza de bodas, pues la expresión “en vez de abandonarnos” sugiere el repudio
de la esposa por parte del esposo en el caso de adulterio. Y está claro que, en
el caso de Dios y el hombre, éste ha quebrantado el matrimonio con su
infidelidad. Pero Dios no lo ha abandonado. Ha sellado de nuevo un pacto
sólido, tanto que nada lo podrá romper: ni siquiera el pecado, ni siquiera la
infidelidad. Dios, así, no abandonará jamás a la que esta vez llama familia
humana, porque el nuevo pacto es irrompible. Y si no se puede romper no es
precisamente por la superación del hombre, sino por los méritos de quien ha
sellado esa alianza nueva: Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. La acción de
Jesucristo supone un nuevo pacto de fidelidad de Dios hacia el hombre para
siempre.
Y ahora,
mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y
reconciliación, lo alientas en Cristo
para que vuelva a ti,
obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al
servicio de todos los hombres.
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La tercera estrofa del prefacio
completa la mención trinitaria. Desde la primera, el monólogo se dirige al
Padre; en la segunda se invoca la acción salvífica del Hijo; en esta tercera se
propone al Espíritu Santo como objeto merecedor de obediencia. Es
imprescindible resaltar mientras ofreces a tu pueblo un tiempo de gracia y
reconciliación, pues pueden ser explícitos en la Cuaresma y el Adviento o
puede ser tomado como la oportunidad de toda la vida terrena para volver a Dios
(recordamos que se dirige al Padre). Ese tiempo es un aliento en Cristo
para volver a Dios obedeciendo, así, al Espíritu Santo. No sólo el ejemplo de
Cristo es alentador, sino que el propio Cristo intercede ante el Padre por
nosotros y eso nos da aliento para volver a Dios. El hecho de volver
presupone un alejamiento previo. De ahí el tiempo de reconciliación que se nos
ofrece. Pero esa obediencia más plena al Espíritu Santo pasa por la entrega al
servicio de los hombres. Dios no es ajeno a los hermanos; más bien el servicio
a Él se expresa en el servicio a los hermanos: a todos los hombres. Al
fin y al cabo, el discípulo debe aprender de su Maestro, que no vino a ser
servido, sino a servir.
La introducción al Sanctus es como de costumbre,
pero introduce la admiración y el agradecimiento como reacción por parte del
hombre a la acción de Dios descrita a lo largo del prefacio. En este caso,
además, la voz de la Iglesia
de la tierra se une en el canto a la de la Iglesia del cielo con una doble finalidad: cantar
la grandeza del amor de Dios y proclamar la alegría de nuestra salvación. El
canto ya no es sólo para dar gloria a Dios, sino que –se añade- que con él se
proclama la alegría de la salvación de los hombres. Este elemento antropológico
no suele aparecer como una finalidad del canto del Sanctus, por eso resulta
novedoso.
Por eso, llenos de admiración y agradecimiento, unimos nuestras
voces a las de los coros celestiales para cantar la grandeza de tu amor y
la alegría de nuestra salvación.
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La epíclesis
se encuentra entre un párrafo de invocación y otro de anámnesis.
Cuando nosotros estábamos perdidos y éramos incapaces de volver
a ti, nos amaste hasta el extremo.
Tu Hijo, que es el único justo, se entregó a sí mismo en
nuestras manos para ser clavado en la cruz.
Pero antes de que sus brazos extendidos entre el cielo y la
tierra trazasen el signo indeleble de tu alianza, quiso celebrar la Pascua con sus
discípulos.
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Esta anámnesis que precede al relato
de la cena y que no es la habitual de después del relato de la institución de la Eucaristía, arranca de
la perdición del hombre con respecto a Dios y de su incapacidad para volver a
Él (en relación con la alianza quebrantada del segundo parágrafo del
prefacio). En ese momento, Dios nos amó hasta el extremo y nos envió a su Hijo
(en relación con el en vez de abandonarnos). Un Hijo que se entregó a
sí mismo en nuestras manos para ser clavado en la cruz, hace referencia a
la entrega voluntaria de Jesús, a la vez que a su oblación por el sacrificio.
Antes, el redactor ha incluido la fórmula “que es el único justo” en referencia
a Jesús. Jesús paga por los injustos. Su entrega voluntaria es fruto del amor
de Dios y es el rescate pagado por los injustos. Sólo el que está libre de
condena puede redimir. Jesús redime porque es el único justo. Para introducir
el relato de la última cena, la plegaria aún evoca y presencializa el signo del
Cristo crucificado, la mención a la alianza por su sangre y la referencia a la Pascua judía. En el Antiguo
Testamento, la sangre de la alianza hacía referencia a la circuncisión. Esta
sangre de la alianza es la del propio Jesús; la nueva alianza. Por eso el signo
de esta alianza es indeleble, es decir, es eterno: no se puede borrar. Esta
alianza es definitiva, para siempre. Su autor es Jesús, ofrecido como
sacrificio pascual y entregado voluntariamente por amor. Seguidamente, viene ya
el relato de la institución a la manera acostumbrada, pero con una referencia
explícita, antes de la consagración del vino, a que el sacrificio de Jesús es
reconciliador.
Así, pues, al hacer memorial de Jesucristo, nuestra Pascua y
nuestra paz definitiva, y celebrar su muerte y resurrección en la esperanza
del día feliz de su retorno, te ofrecemos, Dios fiel y verdadero, la Víctima que devuelve
tu gracia a los hombres.
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Tras el
relato de la última cena, la anámnesis propiamente dicha. En ella relaciona a
la persona de Jesús con nuestra Pascua y nuestra paz; más bien
las identifica con Él. Su muerte y resurrección son celebradas en espera de la
parusía, en la esperanza feliz del día de su retorno. La Eucaristía celebrada
(tiempo presente) rememora y actualiza la redención (obrada en el tiempo
pasado) y continuará celebrándose hasta el retorno del Señor (tiempo futuro).
Ciertamente, la Eucaristía
es plenitud de los acontecimientos de la historia de la salvación y apunta
–anticipa- a los bienes reservados para la eternidad. La Eucaristía reúne en sí
misma todo el tiempo, todos los kairos. Por eso es plenificadora. En la ofrenda
de la Víctima,
el redactor vuelve a referirse a la restitución de la gracia que el hombre
había perdido. Idea repetida machaconamente a lo largo de toda la plegaria.
Mira con amor, Padre de bondad, a quienes llamas a unirse a ti,
y concédeles que, participando del único sacrificio de Cristo, formen, por
la fuerza del Espíritu Santo, un solo cuerpo en el que no haya ninguna
división.
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La segunda invocación al Espíritu, o epíclesis, se hace en
orden a la unidad. La unidad con el Padre, por una parte; la unidad entre los
cristianos, por otra. En realidad no menciona a los cristianos ni a la Iglesia, pero habla de los
que participan en el único sacrificio de Cristo. Nuevamente, en esta estrofa se
hace mención también a cada una de las personas de la Trinidad. Se dirige
al Padre, en referencia al sacrificio del Hijo e invoca la fuerza del Espíritu
para que los cristianos formen “un solo cuerpo en el que no haya ninguna
división”. La referencia eclesiológica es implícita pero resulta clara y apunta
a la teología paulina, concretamente al planteamiento del Cuerpo Místico, en el
que Cristo es la cabeza. También se puede descubrir aquí la oración ecuménica.
Los que participan del único sacrificio de Cristo deben formar un solo cuerpo,
sin división, una sola Iglesia, un solo pueblo de Dios.
Ayúdanos a preparar la venida de tu reino hasta la hora en que
nos presentemos ante ti, santos entre los santos del cielo, con María, la Virgen, y los
apóstoles, y con nuestros hermanos difuntos que confiamos a tu
misericordia.
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Los mementos de los pastores de la Iglesia y de los difuntos
transcurren sin comentario digno de mención. Si acaso, apuntar que no tiene un
apartado exclusivo para los difuntos, sino que los considera miembros de la Iglesia del cielo, al
nombrarlos en unión con María, la
Virgen, y los apóstoles. Una breve referencia los confía
–dice- a la misericordia divina. Se mencionan los unos y los otros dentro de la
petición de ayuda para preparar la venida de tu reino. Esta es nuestra
tarea en esta vida terrena, para preparar nuestra presentación ante Dios como
santos entre los santos del cielo.
Entonces en la creación nueva, liberada por fin de toda
corrupción, te cantaremos la acción de gracias de Jesucristo, tu Ungido,
que vive eternamente.
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En el último párrafo antes de la doxología final, llama la
atención la ausencia de una nueva referencia a la rehabilitación de la gracia,
a la reconciliación con el Padre, idea tan repetida en los párrafos anteriores.
Menciona una nueva creación purificada, liberada –dice- de toda corrupción. Esa
situación producirá en nosotros una reacción agradecida expresada en el canto
de acción de gracias. Nuestra acción de gracias será unida a la acción del
Ungido, Jesucristo, que vive eternamente.
Conclusión:
Se trata de una plegaria eucarística de rico contenido teológico condensado en
cada párrafo y en cada oración gramatical. La idea principal es la
reconciliación obrada por el sacrificio de Jesucristo en la cruz. Su muerte y
resurrección nos han obtenido la gracia que habíamos perdido. Este
acontecimiento es una alianza nueva, definitiva e imborrable, sellada con la
sangre del sacrificio de Cristo en la cruz. Es, pues, una plegaria muy
recomendable para usar en la liturgia o en la catequesis tanto del tiempo
cuaresmal como del tiempo pascual y, como hemos apuntado al principio, para ser
pronunciada en las celebraciones comunitarias del sacramento de la Penitencia cuando se
celebra dentro de la misa.
THALITHAQUMI
Zaragoza, 2003