THALITHAQUMI

LITURGIA

 

----------------------------------Plegaria Eucarística sobre la Reconciliación II

 

En esta plegaria, son inseparables el prefacio y el resto. Por tanto, no puede decirse cuando viene prescrito un prefacio propio. Sí puede decirse cuando se prescribe un prefacio del tiempo (por ejemplo en Cuaresma, en Adviento...) Es especialmente recomendable en las misas en que pide por la paz y cuando se reza por la reconciliación entre los hombres.

 

Te damos gracias, Dios nuestro y Padre todopoderoso, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, y te alabamos por la obra admirable de la redención.

 
Así como la primera plegaria sobre la reconciliación se centraba en la capacidad de reconciliación del hombre con Dios, esta segunda plegaria tiene como orientación central la reconciliación de los hombres entre sí. Es tarea ardua y difícil cuando existen grandes ofensas, rencores, resentimientos, odios... llegar a una plena reconciliación. Es necesario superar todo sentimiento negativo hacia el otro y todo lo que suene a orgullo, soberbia, autoafirmación sobre los demás, etc. La reconciliación entre los hombres exige voluntad firme de conseguirla por ambas partes. La introducción al prefacio y, por tanto, a toda la plegaria segunda sobre la reconciliación enmarca todo su contenido en el contexto de la redención. Comienza con una alabanza al Padre, por medio de Jesucristo, por la obra redentora. La reconciliación entre los hombres es posible gracias a la redención obrada por Jesucristo.

 

 

Pues, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, tú diriges las voluntades para que se dispongan a la reconciliación. Tu Espíritu mueve los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión.

 
El siguiente párrafo enuncia la división, las enemistades y las discordias de la humanidad como elementos que distancian a los hombres. Aquí interviene directamente la providencia divina, pues es ella –todavía se está dirigiendo al Padre, según había comenzado en el párrafo anterior- la que dirige las voluntades para que se dispongan a la reconciliación. En efecto, como hemos dicho arriba, es necesaria e imprescindible la voluntad de ambas partes para alcanzar esa reconciliación. Pero el texto afirma taxativamente que es Dios mismo quien lleva las riendas para que esa voluntad pueda darse. Todo sentimiento bueno y constructivo proviene de Dios, que es la suma bondad. Con enorme plasticidad y emotividad, introduce la figura del Espíritu como el motor que consigue la amistad de los enemigos, el apretón de manos de los adversarios y la unión de los pueblos. Enemigos y adversarios se dan la mano y se convierten en amigos por la acción del Espíritu de Dios. El corazón, sede de los sentimientos humanos, se ve movido por ese Espíritu y la realidad negativa y destructora se convierte en una nueva realidad positiva y constructiva. El término “unión” está en contraposición al de la “humanidad dividida” citada anteriormente; la “amistad”, en contraposición con las “enemistades”; y “se den la mano”, en contraposición de “las discordias”. La acción del Espíritu es una acción transformadora, pues convierte las dis-cordias (corazones divididos) en amistad y unión mediante la acción de “mover los corazones”. Por cierto, que el Espíritu de Dios está detrás como causa, pero la unidad de los pueblos no se da por la acción directa de Dios, sino por la búsqueda de los pueblos. La unidad es una conquista de los hombres porque es una responsabilidad suya. La acción de Dios no debe ni puede suplir nuestro esfuerzo a favor de la unión.

 

 

Con tu acción eficaz consigues que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz;

que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza.

 
El párrafo tercero mantiene el estilo y el contenido del anterior. Aquí se subraya la eficacia de la acción de Dios en orden a que se apacigüen las luchas y a que crezca el deseo de la paz. Son dos cuestiones que se dan en paralelo: para que se calmen las luchas es necesario que crezca el deseo de la paz. Sólo cuando éste se da, pueden pararse las luchas. Nuevamente, la acción de Dios es causa eficaz pero es el deseo de la paz la responsabilidad humana, que será la que deberá detener las luchas. Dos paralelismos nos sitúan en esa misma línea: perdón frente a odio e indulgencia frente a venganza. Está escrito en términos de vencimiento. Indica una lucha entre el odio y el perdón, entre la indulgencia y la venganza. Nuevamente, los dones que proceden de Dios y que suponen bondad y gracia, se enfrentan con los que produce el sentido del mal. Esa lucha interna sitúa en clave de victoria los dones que proceden de Dios (perdón e indulgencia) por la eficacia de la acción divina, frente a odio y la venganza (que provienen del Maligno), que quedan, por fin, derrotados.

 

 

Esa acción divina por medio del Espíritu es el motivo de la acción de gracias y mueve a la alabanza a Dios junto con la parte gloriosa de la Iglesia, que rompe en la aclamación del Sanctus.

 

 

A ti, pues, Padre, que gobiernas el universo, te bendecimos por Jesucristo, tu Hijo, que ha venido en tu nombre. Él es la Palabra que nos salva, la mano que tiendes a los pecadores, el camino que nos conduce a la paz.

 
No hay fórmula de “vere Sanctus”. El preámbulo al relato de la Cena es una fórmula de bendición al Padre. En ella se hace referencia a la providencia divina reconociendo su gobierno universal. El canal y a la vez la causa de la bendición es Jesucristo, el Hijo, que ha sido enviado a nosotros en el nombre del Padre (referencia implícita a la Encarnación). “Palabra”, “mano” y “camino” son los tres sustantivos que se aplican a Cristo. A su vez, cada uno de estos sustantivos están orientados a los efectos que producen cada uno de ellos: La Palabra nos salva, la mano (imagen de la mano que se alarga desde arriba para alzar al que se encuentra hundido si se agarra a ella) rescata a los pecadores, el camino nos conduce a la paz. Esas tres acciones son obradas por Jesucristo. Él es Palabra salvadora; Él es mano que rescata; Él es camino que conduce (guía, jefe, pastor... siempre precede) a la paz. Cristo es, por tanto, garantía de paz, de rescate y de salvación. Acudir a Jesucristo es alcanzar la salvación, el rescate y la paz.

 

 

Dios, Padre nuestro,

nos habíamos apartado de ti y nos has reconciliado por tu Hijo, a quien entregaste a la muerte para que nos convirtiéramos a tu amor y nos amáramos unos a otros.

 
El segundo párrafo después del Sanctus, que es el inmediatamente anterior al relato de la Cena, comienza recordando el pecado de los hombres (en el Antiguo Testamento), y la reconciliación entonces obrada por la muerte de Jesús. Jesús ha vuelto a acercarnos al Padre por medio de su muerte. Esa muerte del Hijo se expone en la búsqueda de una finalidad: que nos convirtiéramos a tu amor y nos amáramos unos a otros. La reconciliación con el Padre deberá tener como consecuencia la conversión del hombre al amor de Dios y el amor a nuestros semejantes. El apartarse de Dios ocurrió en el pasado; la muerte de Jesús realiza una traslación para que la conversión al amor de Dios y el amor entre nosotros se dé en el tiempo presente, un tiempo nuevo inaugurado por Jesús.

 

 

Después de este último párrafo, da paso a la epíclesis, que precede inmediatamente al relato de la Cena. La novedad que aporta es la referencia al contexto en que invoca al Espíritu: “Celebrando este misterio de reconciliación”. La epíclesis y el relato de la Última Cena se celebran en un contexto de reconciliación: recuerdan y actualizan la reconciliación obrada por Cristo y debe producir la reconciliación entre los hombres en el hoy en que se celebra la Eucaristía.

 

 

Señor, Dios nuestro, tu Hijo nos dejó esta prenda de su amor. Al celebrar, pues, el memorial de su muerte y resurrección, te ofrecemos lo mismo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta.

 
Realizado ya el rito de la consagración, introduce directamente la anámnesis, recordando que los dones consagrados son prenda del amor del Hijo. La muerte y la resurrección de Jesús, sacrificio de la reconciliación perfecta, se convierten ahora en ofrenda. El pan y el vino consagrados son dones recibidos que ahora se ofrecen nuevamente a través de la acción de la Iglesia, en un movimiento de vuelta. Esta dinámica es exclusivamente una dinámica cúltica, que se inscribe en el contexto de celebración, es decir, de liturgia sagrada.

 

 

Acéptanos también a nosotros, Padre santo, juntamente con la ofrenda de tu Hijo; y en la participación de este banquete, concédenos tu Espíritu, para que desaparezca todo obstáculo en el camino de la concordia y la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz.

 
Contenido extraordinariamente denso contiene la súplica que sucede al recuerdo y actualización de la muerte y resurrección de Jesús (anámnesis) del párrafo anterior. Pide al Padre que nos acepte a nosotros, en unión con la ofrenda del Hijo. En Jesús, nosotros mismos somos ofrecidos, juntamente con Él, al Padre. En la ofrenda del Hijo estamos también nosotros; Él ofrece como único sacrificio, en su persona, a la humanidad entera. La súplica se dirige ahora a implorar que nos conceda su Espíritu (recordemos que, al comienzo del prefacio, se decía que el Espíritu es el que mueve los corazones hacia la búsqueda de la amistad de los enemigos y de la unión de los pueblos). La acción de ese Espíritu de Dios hará desaparecer todo obstáculo en el camino de la concordia. En efecto, la concordia encuentra a menudo serios obstáculos que ponen en peligro y que muchas veces impiden la unión y la amistad buscadas. Esos obstáculos (llámense egoísmos, intereses, soberbia, desprecio de los otros...) pueden retardar e incluso hacer fracasar el intento de la concordia. Por eso se hace necesaria la presencia del Espíritu de Dios para que elimine de los corazones de las partes en conflicto todo aquello que pueda entorpecer la concordia. Y aquí se hace referencia también a la Iglesia, no precisamente como depositaria del Espíritu (el Espíritu puede actuar en la conciencia y en el corazón de quien no pertenece a la Iglesia o de quien no es creyente), sino como signo resplandeciente de la unidad y como instrumento de la paz, que procede de Dios. La Iglesia, como comunidad de Jesús y como presencia de Dios en el mundo, habrá de esforzarse por favorecer la paz, la concordia y la unidad entre los hombres y entre los pueblos. Los conflictos no son ajenos a la Iglesia. La Iglesia tiene una misión que llevar a cabo en el mundo. Esa misión es acercar a los hombres hasta Dios y trabajar por que el reino de Dios sea una realidad en la vida temporal; por tanto, debe implicarse en aquello que favorece que los hombres y los pueblos puedan vivir como hermanos, hijos todos de Dios. Con su predicación, con su enseñanza, con su mediación, con su testimonio, la Iglesia no sólo debe trabajar en favorecer el entendimiento entre las partes enfrentadas, sino que ella misma debe ser para todos signo de unidad e instrumento de paz.

 

 

Vienen a continuación los mementos propios de los pastores de la Iglesia y de los difuntos, al estilo de los de las otras plegarias eucarísticas.

 

 

La apelación a una Iglesia unida en la Iglesia del cielo –junto con Jesús, María y los santos- invoca también la incorporación a ese banquete futuro de los hombres de cualquier clase y condición, de toda raza y lengua, en una unidad eterna y en un mundo nuevo donde brille la plenitud de tu paz. La universalidad de la salvación se manifestará en la unidad después de la venida gloriosa del Señor. La paz universal se verá también en un mundo nuevo. En realidad, el anhelo de paz del hombre se verá realizado en plenitud en un mundo nuevo; tiene un cumplimiento escatológico. Pero la tarea nuestra es, sin duda, adelantar a la vida temporal los dones de la vida celestial. De ahí que la búsqueda de la paz y de la reconciliación sean para los hombres una tarea permanente, aun sabiendo que la plena realización de una paz universal habrá de esperar a ese mundo nuevo que está por venir.

 

 

La doxología final cierra la Plegaria eucarística.

 

 

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thalithaqumi

Zaragoza, 2003