THALITHAQUMI

PIEDAD

 

-------------------------------------------------------------------------------Con flores a María

 

El mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen María, adquirió tiempo atrás una raigambre especial en la devoción del pueblo cristiano, que lo expresó con abundantes romerías y, sobre todo, con el ejercicio de “las flores”. Esta oración ha tenido y tiene múltiples esquemas y maneras de realizarla. Hoy día es conveniente hacer un esfuerzo de actualización litúrgica y teológica, tanto en los contenidos como en la forma de esta devoción. Si no se realiza dentro de la Eucaristía, lo más conveniente es tener una Liturgia de la Palabra o bien la oración de Vísperas (común de la Virgen), o la Hora Intermedia, dependiendo del horario en que tenga lugar. Se puede tomar alguna meditación o lectura mariana de los Santos Padres o de algún autor contemporáneo, pero es menos recomendable emplear los viejos devocionarios.

 

Ofrecemos algunas oraciones que se pueden adaptar dentro de otros esquemas, y unas breves meditaciones sobre el Ave María (para hacer sólo una cada día), a la vez que ciertas propuestas de cantos marianos y lecturas que se pueden usar. También puede ser conveniente una breve predicación cada día sobre el tema que se escoja.

 

 

1. Cantos para comenzar

       Humilde nazarena/ Madre de los jóvenes/ Santa María del Camino/ Salve, Madre/ Madre del Redentor/ Estrella y camino/ Nos acompañas en el camino/ Miles de ermitas/ Venid y vamos todos/ Madre de los creyentes/ Santa María del Amén...

 

 

2. Oración inicial para todos los días

         Mujer de Nazaret, mujer buena,

         agraciada por el Padre,

         arca de la Nueva Alianza, del Hijo,

         llena del Espíritu Santo...

 

         Mujer vestida de Sol,

         que eres salud para los enfermos,

         refugio para los pecadores,

         consuelo para los afligidos...

 

         Mujer siempre fiel,

         intercesora y mediadora nuestra,

         que nos muestras a Jesús,

         Fruto Bendito de tu vientre...

 

         Madre clementísima y piadosa,

         la de los ojos misericordiosos,

         dulzura y esperanza nuestra,

         orgullo de toda la Iglesia...

 

         María de Belén,

         María de las bodas de Caná,

         María del Calvario y la amargura,

         María de Pentecostés...

 

         María de los patriarcas y los profetas,

         María de los mártires y de los que viven su fe,

         María de los hijos que se fueron,

         María de la paz y del bien-hacer...

 

         Defiéndenos, Madre, y ampáranos

         ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

 

3. Meditaciones sobre el “Ave María”

 

Ave, María.

Dios te saluda. Se acerca hasta ti y pronuncia tu nombre. Te desea salud. Antes había hablado a los Patriarcas, a los profetas. Ahora lo hace a ti. Se te ha acercado y te ha tenido en cuenta. Eres importante para Él. Te habla y te habla al corazón. Es Él quien toma la iniciativa, quien da el primer paso. Algo ha visto en ti. Algo quiere de ti. Es natural que te turbes ante el saludo de Dios, pero no tienes que temer. Tienes, más bien, que seguir escuchando, que continuar con el oído y el corazón bien abiertos. Tienes, sobre todo que creer, que confiar. Lo que vas a escuchar te desborda, pero, si no confías en tus propias fuerzas, confías al menos en la fuerza que Dios da a los que le aman. Porque eso sí: tú le amas y por eso se ha fijado en ti.

Señora, que también nosotros tengamos atento el oído y el corazón para que, amando a Dios como tú, podamos escuchar sus llamadas.

 

Llena eres de gracia.

        Agraciada. Llena de dones y de regalos. Dios te ha concedido su favor. Por puro don suyo. Gratuitamente, como un gran regalo. Estás llena de los dones de Dios. Estás llena de Dios. Él te ha llenado, te ha colmado de gracia y bendición. El Señor te concede más de lo que podrías pedir, más de lo que podrías esperar. El Señor ha estado grande contigo, te ha preferido entre todas sus criaturas. Dios siempre nos da más de lo que podemos pedir. Te dejas sorprender por Él, confías y Él te colma. Y eso es muestra de su amor, porque los regalos se dan a quienes se ama. El Señor te ama y por eso te llena de su favor, de su gracia.

        Gracias, Madre, porque lo que Dios te dio no lo reservaste para ti y has puesto tu regalo –tu Hijo- al servicio de toda la humanidad.

 

El Señor está contigo

        Así es: no nos cabe ninguna duda. El Señor está con los sencillos, con los pobres, con los humildes, con los que se abren a Él. El Señor está con cada uno que le espera, con cada uno que le busca, con cada uno que aguarda sus promesas. Por eso sabemos que el Señor está contigo. Pero esta vez es Él quien te lo dice. Para que, así, lo sepamos todos. Para que, así, quede constancia. El Señor está contigo y tú estás con el Señor. Porque también el Señor está especialmente en todos los que están con Él. La compañía, la presencia del Señor, es lo máximo a lo que un creyente puede aspirar. Y tú estás en su presencia. Y Él está en tu presencia.

        Ruega al Señor por nosotros, Madre querida, para que seamos como tú: para que vivamos en su presencia y Él en la nuestra.

 

Bendita eres entre todas las mujeres

        “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”, pone san Lucas en tus labios. Porque eres especial. Todos dicen bien de ti. Hasta Dios dice bien de ti. Él te bendice y todos te bendecimos. Eres el lado femenino de nuestra Iglesia y en ti vemos cumplido todo aquello que esperamos. Eres la discípula perfecta del Señor y eres también la que ha sido glorificada junto a Él. Eres la garantía de nuestra esperanza. Eres la más pura, la más alta, la más entregada, la más generosa, la más exaltada entre todas las mujeres de toda la historia y de toda la humanidad entera de todos los tiempos. Dios te escogió y te bendijo. Dios puso en ti su aliento especial.

        Virgen bendita, intercede a Dios por nosotros para que pueda también bendecirnos con toda clase de bienes espirituales y celestiales; para que también nosotros digamos bien unos de otros.

 

Bendito es el fruto de tu vientre: Jesús

        Jesús es tu bendición. Para ti y para nosotros. Porque es también la nuestra. Tú nos lo has traído a este mundo, y en Él nos ha venido la libertad, nos ha venido la alegría, nos ha venido la salud, nos ha venido la reconciliación, nos ha venido la salvación. Tú nos lo has traído y Él nos ha hablado de parte de Dios. Nos ha anunciado la Buena Noticia y nos ha traído el Amor del Padre. Ahora sabemos que somos importantes para Dios. Que Dios está de nuestra parte. Gracias a ti Él se ha acercado a nosotros y hemos podido conocerle, porque quien ve a Jesús está viendo al Padre y quien conoce a Jesús conoce al que le envió.

        Madre bendita, gracias por traernos la bendición de Jesús. Gracias por prestarte a los planes de Dios. Continúa favoreciendo para nosotros la bendición de Dios.

 

Santa María, Madre de Dios...

        No sólo eres la mujer bendita entre todas las otras, eres también la más santa entre las santas; la primera santa. Porque Dios te ha santificado en tus entrañas virginales. El Espíritu Santo, cubriéndote con su sombra, te ha hecho su esposa. Y así, el Santo que nació de ti se llama “Hijo de Dios”, tal como te lo anunció el ángel. Por eso también, desde los primeros siglos, los cristianos te llamamos la “Madre de Dios”. Y, siendo Madre de Dios, eres también Madre de la Iglesia, Madre nuestra. Jesús, tu Hijo, desde la cruz, así lo manifestó. Quiso que fueras la Madre de los discípulos suyos, germen de aquella Iglesia incipiente. Tu maternidad ha sido fecunda. Toda la Santa Iglesia, extendida por los cinco continentes, te reconoce como Madre de Jesús y como Madre suya.

        Gracias, María, por no dejarnos huérfanos. Gracias por tu maternidad. No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades.

 

Ruega por nosotros, pecadores...

        Siempre que rezamos esta oración te pedimos que ruegues por nosotros al Señor. Somos sus hijos y sabemos que podemos dirigirnos a Él directamente. Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios “Padre nuestro”, a exponerle nuestras súplicas, aunque sabe de ellas antes que se las pidamos. Pero también la Iglesia te llama a ti “abogada nuestra”. También en el evangelio leemos que Jesús hace caso de tus ruegos. Por eso los cristianos te tenemos como mediadora, como intercesora. De hecho, tú, siendo Madre de Dios, has sido una mujer como nosotros, de nuestra propia pasta, discípula como nosotros de Jesús, tu Hijo y nuestro Hermano. Y difícilmente un hijo podría desairar a su madre sin complacerla. Por eso, María, los cristianos de todos los tiempos te han dado y te dan culto en multitud de templos, de ermitas, de santuarios dedicados a ti y te han añadido el nombre que más les gusta para ti: María del Pilar, de los Pueyos, de Loreto...

        No te olvides, Madre amable, de presentar a Jesús nuestras necesidades, pues nos acogemos bajo tu amparo, Santa Madre de Dios.

 

Ahora y en la hora de nuestra muerte.

        Tu intercesión se nos hace siempre necesaria. Ahora porque ya ves nuestra situación. Ves nuestro dolor, nuestro sufrimiento. Ves la gran injusticia de nuestro mundo. Ves la violencia y el hambre de muchas personas. Ves tanta muerte y destrucción... Ves la situación de nuestras familias, de nuestros niños, de nuestros ancianos, de nuestros enfermos. Por eso necesitamos ahora de tu súplica. Pero se nos va a hacer también especialmente necesaria en la hora de nuestra muerte. Tú ya pasaste por la muerte de tu Hijo y sabes lo que es. Viste cómo flaquearon sus fuerzas, cómo sintió el dolor y el sufrimiento hasta creerse abandonado del Padre. En nosotros se hace incluso más grave porque nuestra debilidad es mayor y nuestras fuerzas, más escasas. Y también porque nuestro pecado –del que tu Hijo se vio libre- puede empañar para nosotros la visión de Dios.

Por eso te pedimos que seas también entonces nuestra abogada, nuestra defensora. Pídele a Dios que no se fije en nuestras faltas y que acepte benigno aquello de bueno que hay en cada uno de nosotros.

 

Amén.

        Al terminar nuestras oraciones, solemos hacerlo con esta breve y bella expresión. Amén significa “así sea”. Con ella estamos expresando nuestra confianza en ser oídos, en ser escuchados. Expresamos también nuestro deseo de que se cumpla lo que hemos pedido, lo que hemos expresado. Pero no es una expresión de nuestra voluntad a toda costa. Es más bien una manera de manifestar, desde nuestra humildad, la disposición a aceptar la voluntad de Dios. Como tú: “Hágase en mí según tu palabra”. Y como Jesús en la oración de Getsemaní: “Si es posible, Padre, aparta de mí este cáliz, mas no se haga mi voluntad sino la tuya”. Así también nos lo enseñó tu Hijo cuando nos enseñó a rezar; “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

        Sabemos que algunas veces casi nos olvidamos de esto y que nos gustaría que fuese Dios quien hiciese nuestra voluntad, pero Él siempre nos da luz en algunos momentos para ver que es la suya la que nosotros hemos de aceptar. Y que, cuando no coincide con la nuestra, nos da la fuerza suficiente para beber de ese cáliz amargo que hemos pedido que pasara de nosotros. Por eso, Madre de todos los hombres, te pedimos que nos enseñes a decir: “Amén”.

 

 

4. Lecturas evangélicas

En los leccionarios litúrgicos, en el Común de Santa María Virgen, encontramos gran variedad de lecturas de temática mariana. Si no los tenemos a mano, los pasajes más significativos pueden ser:

 

-         Lc 1, 26-38. La Anunciación.

-         Lc 1, 39-45. La Visitación.

-         Lc 1, 46-55. El magnificat.

-         Mt 1, 18-25. Nacimiento de Jesús.

-         Mt 2, 13-15. Huída a Egipto.

-         Mt 12, 46-50. Madre y hermanos de Jesús.

-         Lc 2, 21-35. Presentación en el templo.

-         Lc 2, 41-52. El Niño perdido en el templo.

-         Jn 2, 1-12. Boda en Caná de Galilea.

-         Jn 19, 25-27. “Mujer, he ahí a tu hijo...”

 

 

5. Lectura o canto del Magnificat

         Proclama mi alma la grandeza del Señor,

         se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador,

         porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

         Desde ahora me felicitarán todas las generaciones

         porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.

         Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles

         de generación en generación.

 

         Él hace proezas con su brazo,

         dispersa a los soberbios de corazón.

         Derriba del trono a los poderosos

         y enaltece a los humildes.

         A los hambrientos los colma de bienes

         y a los ricos los despide vacíos.

 

         Auxilia a Israel, su siervo,

         acordándose de la misericordia,

         como lo había prometido a nuestros padres

         a favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

 

         Gloria al Padre...

 

 

6. Preces

         Del común de la Virgen o preparadas al efecto, o del breviario, según las circunstancias.

 

 

7. Canto final

         Se puede terminar cantando la Salve o el himno de la advocación de María correspondiente en cada pueblo. También pueden ser útiles los cantos propuestos al principio.

 

 

Volver a índice

thalithaqumi,

Zaragoza, mayo 2003