PIEDAD
-------------------------------------------------------------------------------Con flores a María
El mes de mayo, tradicionalmente dedicado a
Ofrecemos algunas oraciones que se
pueden adaptar dentro de otros esquemas, y unas breves meditaciones sobre el
Ave María (para hacer sólo una cada día), a la vez que ciertas propuestas de
cantos marianos y lecturas que se pueden usar. También puede ser conveniente
una breve predicación cada día sobre el tema que se escoja.
Humilde nazarena/ Madre de los jóvenes/ Santa María del Camino/
Salve, Madre/ Madre del Redentor/ Estrella y camino/ Nos acompañas en el
camino/ Miles de ermitas/ Venid y vamos todos/ Madre de los creyentes/ Santa
María del Amén...
Mujer de Nazaret,
mujer buena,
agraciada por el
Padre,
arca de
llena del Espíritu
Santo...
Mujer vestida de
Sol,
que eres salud para
los enfermos,
refugio para los
pecadores,
consuelo para los
afligidos...
Mujer siempre fiel,
intercesora y
mediadora nuestra,
que nos muestras a
Jesús,
Fruto Bendito de tu
vientre...
Madre clementísima
y piadosa,
la de los ojos
misericordiosos,
dulzura y esperanza
nuestra,
orgullo de toda
María de Belén,
María de las bodas
de Caná,
María del Calvario
y la amargura,
María de
Pentecostés...
María de los
patriarcas y los profetas,
María de los mártires
y de los que viven su fe,
María de los hijos
que se fueron,
María de la paz y
del bien-hacer...
Defiéndenos, Madre,
y ampáranos
ahora y en la hora
de nuestra muerte. Amén.
Ave, María.
Dios te saluda. Se acerca hasta ti y pronuncia tu nombre. Te desea
salud. Antes había hablado a los Patriarcas, a los profetas. Ahora lo hace a
ti. Se te ha acercado y te ha tenido en cuenta. Eres importante para Él. Te
habla y te habla al corazón. Es Él quien toma la iniciativa, quien da el primer
paso. Algo ha visto en ti. Algo quiere de ti. Es natural que te turbes ante el
saludo de Dios, pero no tienes que temer. Tienes, más bien, que seguir
escuchando, que continuar con el oído y el corazón bien abiertos. Tienes, sobre
todo que creer, que confiar. Lo que vas a escuchar te desborda, pero, si no
confías en tus propias fuerzas, confías al menos en la fuerza que Dios da a los
que le aman. Porque eso sí: tú le amas y por eso se ha fijado en ti.
Señora, que también nosotros tengamos atento el oído y el corazón
para que, amando a Dios como tú, podamos escuchar sus llamadas.
Llena eres
de gracia.
Agraciada. Llena de dones y de regalos. Dios te ha concedido su
favor. Por puro don suyo. Gratuitamente, como un gran regalo. Estás llena de
los dones de Dios. Estás llena de Dios. Él te ha llenado, te ha colmado de
gracia y bendición. El Señor te concede más de lo que podrías pedir, más de lo
que podrías esperar. El Señor ha estado grande contigo, te ha preferido entre
todas sus criaturas. Dios siempre nos da más de lo que podemos pedir. Te dejas
sorprender por Él, confías y Él te colma. Y eso es muestra de su amor, porque
los regalos se dan a quienes se ama. El Señor te ama y por eso te llena de su
favor, de su gracia.
Gracias, Madre, porque lo que Dios te
dio no lo reservaste para ti y has puesto tu regalo –tu Hijo- al servicio de
toda la humanidad.
Así es: no nos cabe ninguna duda. El Señor está con los sencillos,
con los pobres, con los humildes, con los que se abren a Él. El Señor está con
cada uno que le espera, con cada uno que le busca, con cada uno que aguarda sus
promesas. Por eso sabemos que el Señor está contigo. Pero esta vez es Él quien
te lo dice. Para que, así, lo sepamos todos. Para que, así, quede constancia.
El Señor está contigo y tú estás con el Señor. Porque también el Señor está
especialmente en todos los que están con Él. La compañía, la presencia del
Señor, es lo máximo a lo que un creyente puede aspirar. Y tú estás en su presencia.
Y Él está en tu presencia.
Ruega al Señor por nosotros, Madre
querida, para que seamos como tú: para que vivamos en su presencia y Él en la
nuestra.
“Desde ahora me felicitarán todas las
generaciones”, pone san Lucas en tus labios. Porque eres especial. Todos dicen
bien de ti. Hasta Dios dice bien de ti. Él te bendice y todos te bendecimos.
Eres el lado femenino de nuestra Iglesia y en ti vemos cumplido todo aquello
que esperamos. Eres la discípula perfecta del Señor y eres también la que ha
sido glorificada junto a Él. Eres la garantía de nuestra esperanza. Eres la más
pura, la más alta, la más entregada, la más generosa, la más exaltada entre
todas las mujeres de toda la historia y de toda la humanidad entera de todos
los tiempos. Dios te escogió y te bendijo. Dios puso en ti su aliento especial.
Virgen bendita, intercede a Dios por
nosotros para que pueda también bendecirnos con toda clase de bienes
espirituales y celestiales; para que también nosotros digamos bien unos de
otros.
Jesús es tu bendición. Para ti y para nosotros. Porque es también
la nuestra. Tú nos lo has traído a este mundo, y en Él nos ha venido la
libertad, nos ha venido la alegría, nos ha venido la salud, nos ha venido la
reconciliación, nos ha venido la salvación. Tú nos lo has traído y Él nos ha
hablado de parte de Dios. Nos ha anunciado
Madre bendita, gracias por traernos la
bendición de Jesús. Gracias por prestarte a los planes de Dios. Continúa
favoreciendo para nosotros la bendición de Dios.
Santa María,
Madre de Dios...
No sólo eres la mujer bendita entre todas las otras, eres también
la más santa entre las santas; la primera santa. Porque Dios te ha santificado
en tus entrañas virginales. El Espíritu Santo, cubriéndote con su sombra, te ha
hecho su esposa. Y así, el Santo que nació de ti se llama “Hijo de Dios”, tal
como te lo anunció el ángel. Por eso también, desde los primeros siglos, los
cristianos te llamamos la “Madre de Dios”. Y, siendo Madre de Dios, eres
también Madre de
Gracias, María, por no dejarnos
huérfanos. Gracias por tu maternidad. No deseches las súplicas que te dirigimos
en nuestras necesidades.
Ruega por
nosotros, pecadores...
Siempre que rezamos esta oración te
pedimos que ruegues por nosotros al Señor. Somos sus hijos y sabemos que
podemos dirigirnos a Él directamente. Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios
“Padre nuestro”, a exponerle nuestras súplicas, aunque sabe de ellas antes que
se las pidamos. Pero también
No te olvides, Madre amable, de
presentar a Jesús nuestras necesidades, pues nos acogemos bajo tu amparo, Santa
Madre de Dios.
Ahora y en
la hora de nuestra muerte.
Tu intercesión se nos hace siempre necesaria. Ahora porque ya ves
nuestra situación. Ves nuestro dolor, nuestro sufrimiento. Ves la gran
injusticia de nuestro mundo. Ves la violencia y el hambre de muchas personas.
Ves tanta muerte y destrucción... Ves la situación de nuestras familias, de
nuestros niños, de nuestros ancianos, de nuestros enfermos. Por eso necesitamos
ahora de tu súplica. Pero se nos va a hacer también especialmente necesaria en
la hora de nuestra muerte. Tú ya pasaste por la muerte de tu Hijo y sabes lo
que es. Viste cómo flaquearon sus fuerzas, cómo sintió el dolor y el
sufrimiento hasta creerse abandonado del Padre. En nosotros se hace incluso más
grave porque nuestra debilidad es mayor y nuestras fuerzas, más escasas. Y
también porque nuestro pecado –del que tu Hijo se vio libre- puede empañar para
nosotros la visión de Dios.
Por eso te pedimos que seas también entonces nuestra abogada,
nuestra defensora. Pídele a Dios que no se fije en nuestras faltas y que acepte
benigno aquello de bueno que hay en cada uno de nosotros.
Amén.
Al terminar nuestras oraciones, solemos
hacerlo con esta breve y bella expresión. Amén significa “así sea”. Con ella
estamos expresando nuestra confianza en ser oídos, en ser escuchados.
Expresamos también nuestro deseo de que se cumpla lo que hemos pedido, lo que
hemos expresado. Pero no es una expresión de nuestra voluntad a toda costa. Es
más bien una manera de manifestar, desde nuestra humildad, la disposición a
aceptar la voluntad de Dios. Como tú: “Hágase en mí según tu palabra”. Y como
Jesús en la oración de Getsemaní: “Si es posible, Padre, aparta de mí este
cáliz, mas no se haga mi voluntad sino la tuya”. Así también nos lo enseñó tu
Hijo cuando nos enseñó a rezar; “Hágase tu voluntad en la tierra como en el
cielo”.
Sabemos que algunas veces casi nos
olvidamos de esto y que nos gustaría que fuese Dios quien hiciese nuestra
voluntad, pero Él siempre nos da luz en algunos momentos para ver que es la
suya la que nosotros hemos de aceptar. Y que, cuando no coincide con la
nuestra, nos da la fuerza suficiente para beber de ese cáliz amargo que hemos
pedido que pasara de nosotros. Por eso, Madre de todos los hombres, te pedimos
que nos enseñes a decir: “Amén”.
En los leccionarios litúrgicos, en el Común de Santa María Virgen,
encontramos gran variedad de lecturas de temática mariana. Si no los tenemos a
mano, los pasajes más significativos pueden ser:
-
Lc 1,
26-38.
-
Lc 1,
39-45.
-
Lc 1,
46-55. El magnificat.
-
Mt 1,
18-25. Nacimiento de Jesús.
-
Mt 2,
13-15. Huída a Egipto.
-
Mt
12, 46-50. Madre y hermanos de Jesús.
-
Lc 2,
21-35. Presentación en el templo.
-
Lc 2,
41-52. El Niño perdido en el templo.
-
Jn 2,
1-12. Boda en Caná de Galilea.
-
Jn
19, 25-27. “Mujer, he ahí a tu hijo...”
5. Lectura o canto del Magnificat
Proclama mi
alma la grandeza del Señor,
se alegra mi
espíritu en Dios, mi Salvador,
porque ha mirado la
humillación de su esclava.
Desde ahora me
felicitarán todas las generaciones
porque el Poderoso
ha hecho obras grandes por mí.
Su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en
generación.
Él hace proezas con
su brazo,
dispersa a los
soberbios de corazón.
Derriba del trono a
los poderosos
y enaltece a los
humildes.
A los hambrientos
los colma de bienes
y a los ricos los
despide vacíos.
Auxilia a Israel,
su siervo,
acordándose de la misericordia,
como lo había
prometido a nuestros padres
a favor de Abrahán
y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre...
6. Preces
Del común de
7. Canto final
Se puede terminar cantando
thalithaqumi,
Zaragoza, mayo 2003