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NOVENA DE LA
MISERICORDIA AL SAGRADO CORAZÓN DE
JESÚS Esquema a
seguir cada día: ╬ Oración inicial
para todos los días ╬ Meditación para el día que toca ╬ Preces de la Misericordia ╬ Padrenuestro ╬ Oración conclusiva
para todos los días Día primero: La predilección por
los pequeños (Mt 18, 1-14) Día segundo: El perdón sin
condiciones (Jn 8, 1- 11) Día tercero: Dos direcciones en un
mismo amor (Mc 12, 28-34) Día cuarto: El prójimo es el que
practica la misericordia (Lc 10, 30-37) Día quinto: Un hombre tenía dos
hijos (Lc 15, 11-32) Día sexto: La misericordia se
expresa en las obras (Lc 16, 19-31) Día séptimo: El amor es humilde y
respetuoso (Lc 18, 9-14) Día octavo: La recuperación del
pecador (Lc 23, 38-43) Día noveno: La misericordia, a
examen (Mt 25, 31-46) |
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ORACIÓN INICIAL
Te
alabamos y te bendecimos a Ti, Dios Padre, fuente y origen de la misericordia, autor
de la Creación, que hiciste a la humanidad a tu imagen para compartir con ella
tu existencia, para comunicarle el gran amor que es tu esencia. Te manifestaste
a los hombres a través de aquellos a los que Tú elegiste y les mostraste el
camino de la justicia por medio de tus siervos los profetas. Nos enviaste a tu
Hijo Unigénito, a Jesús, para liberarnos del efecto del pecado y restituirnos a
la vida eterna para la que nos habías creado.
Te alabamos y
te bendecimos a Ti, eterna Palabra del Padre, Dios Hijo Jesucristo, nuestro
hermano y nuestro Señor glorificado. Que te encarnaste en la Virgen María y
viniste a nuestro mundo como uno de nosotros, pasando por uno de tantos. Que
nos enseñaste a dirigirnos a Dios como Padre y que pasaste haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Que nos
amaste tanto que diste tu vida en la cruz, entregándote por amor para salvarnos
del pecado y de la muerte. Y que fuiste resucitado y glorificado por el Padre,
iniciando, así, una nueva humanidad fiel al designio de Dios. A Ti, que nos
dejaste en el Evangelio una verdadera enseñanza de amor para el recorrido de
nuestra vida.
Te alabamos y
te bendecimos a Ti, Dios Espíritu Santo, que eres el aliento de vida que Dios
nos dio, que hablaste desde antiguo por boca de los profetas, que convocaste y
reuniste de nuevo a los discípulos en la Pascua y les hiciste comprender las
Escrituras. A Ti que uniste en un mismo entendimiento a la pluralidad de
hombres y de pueblos que reconocieron a Jesucristo como el enviado del Padre,
que te manifestaste sobre tu siervo Jesús en las aguas del Jordán y que sigues
vivificando la fe de tus fieles y haciéndonos presente, de modo permanente, a
Jesucristo resucitado en la Iglesia y en el mundo.
Te alabamos y
te bendecimos, Dios Trinidad, por todo el amor que trasluce la historia de tu
relación con nosotros, los hombres; por tu misericordia infinita, por tu perdón
incondicional, por tu ternura maternal para con tus criaturas más amadas. Abre
nuestros corazones a la comprensión de tu amor para que nosotros podamos
también crecer en el amor a Ti y avancemos suficientemente en el amor a los
hermanos. Amén.
Día
primero: La predilección por los pequeños (Mt 18, 1-14)
El que acoge a un niño como éste en mi
nombre, a mí me acoge. Los discípulos querían saber quién era el más
importante en el reino de los cielos. Tú pusiste en medio de ellos a un niño y
les invitaste a cambiar: Si no cambiáis y
os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. No se
trata de ser importante; mejor dicho, en la mentalidad de Jesús, el más
importante es el más pequeño, el más humilde. El deseo de ser importante debe
cambiarse por el deseo de ser humilde. Sólo el que es humilde puede someterse
con alegría a la voluntad de Dios. Pero tu defensa de los humildes va, incluso,
más lejos: nadie debe ser causa de pecado para ellos; nadie debe impedir que se
manifieste en ellos la bondad de Dios. No dar motivo de escándalo para los
humildes, no ser causa de pecado, bajo ningún concepto, en el mundo. El pecado
es el enemigo de Dios, de su gracia, de su salvación, del conocimiento del amor
de Dios para sus hijos. Evitar ser causa de pecado para otros se convierte en
actitud fundamental; si para ello hay que hacer renuncias, si hay que
prescindir de algo, si hay que despojarse de lo que lo causa, entonces habrá
que hacerlo. Habrá que ser decididos y valientes, pero no podemos ser causa de
pecado en el mundo. Cuidado con
despreciar a uno de estos pequeños. Cuidado con despreciar a los pobres, a
los enfermos, a los emigrantes, a los hambrientos, a los transeúntes, a los
marginados y los excluidos. El desprecio de otros es para el Padre el desprecio
de sus hijos. El desprecio de los humildes es para el Padre el desprecio a Él
mismo, porque Él se identifica de un modo especial con ellos. Si por nuestra
causa se pierde uno solo de los humildes, el Padre nos tomará cuentas de ello.
Tu amor y tu misericordia fue grande para con todos, pero tu preocupación por
los humildes se hizo muchas veces explícita en tus palabras. Cuidaste de todos,
pero te ocupaste más de quienes más lo necesitaban. Ayúdanos a nosotros, Señor
de amor y de misericordia, a ejercer dignamente esta gran responsabilidad que
has puesto en nuestras manos débiles: la de cuidar para Ti, con tu mismo cariño
y ternura, a aquellos que más lo necesitan: los pequeños y los humildes de este
mundo. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día
segundo: El perdón, sin condiciones (Jn 8, 1-11)
Aquella
mujer ya había sido juzgada; juzgada y condenada. Una ley sin misericordia
consideraba su pecado definitivo. No había vuelta atrás y no le daba la
capacidad de rectificar. La ley había sido violada y eso era motivo suficiente como
para perder el don de la vida, el regalo más grande y valioso que Dios le había
hecho. No había una nueva oportunidad, el castigo se imponía y era definitivo.
Si nadie te hubiera preguntado a Ti, Jesús, la habrían matado a pedradas; y
habrían creído que con eso daban gloria a Dios al deshacerse de una pecadora.
Los maestros de la ley y los fariseos te brindaron, realmente, una buena
oportunidad para que demuestres cómo obra Dios, cuál es su prioridad: la
persona, por encima de todo lo demás. La oportunidad para la conversión nunca
se agota. El pecado, para ti, no es algo definitivo que no tenga vuelta atrás.
Pero primero, una respuesta para ellos: Aquel
de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra. Y es que
un pecador no puede acusar a otro pecador, pues, al hacerlo, se está acusando a
sí mismo. Sólo quien no ha cometido pecado (sólo Tú, Jesús) puedes acusar y
condenar. Pero Tú no has venido a condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por Ti. Entonces viene la respuesta para la mujer: Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar. En los
acusadores hay odio, hay rencor, hay ganas de humillar, y todo con hipocresía,
pues callan que ellos serían acreedores del mismo castigo; en Ti hay amor, hay
perdón, hay misericordia, hay voluntad de recuperar al pecador. Por eso no
condenas a la mujer, porque quieres recuperarla, porque confías en su capacidad
de reacción, porque, si la condenaras, ya no podría salvarse: la habrías
perdido. Sin embargo, vas a recuperar la oveja que estaba perdida. Así nos
tratas, Señor, en nuestro pecado; así nos das siempre una nueva oportunidad;
así confías en nuestra reacción, en nuestra conversión, porque consideras que
nunca un pecado es definitivo. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y de misericordia,
a no juzgar y condenar; a confiar, como Tú, en la capacidad de cambio para el
bien en las personas; a no recriminar a nadie el pecado que nosotros mismos
tenemos… y, sobre todo, a poner al ser humano como valor supremo sobre todos
los demás y a volcar sobre él la misma actitud misericordiosa que tú tienes
para con nosotros. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día tercero: Dos
direcciones en un mismo amor (Mc 12, 28-34)
No estás lejos del
reino de Dios, le respondiste a aquel maestro de la ley que te había
preguntado por el mandamiento más importante y reconoció la veracidad de tu
respuesta cuando pronunciaste en una misma categoría el precepto de amar a Dios
y el de amar al prójimo. Y no estaba lejos del reino aquel maestro porque la
actitud del reino es el amor, el modo de actuar es el amor y también porque el
amor a Dios y el amor al prójimo son un mismo amor. No puede darse uno sin el
otro. Quien ama a su prójimo, está amando –aun sin saberlo- también a Dios,
pues Dios se identifica con el ser humano y habita en el corazón de cada ser
humano. Por eso, quien no ama a su prójimo, tampoco está amando a Dios. Para
amar a Dios hay que amar lo que Dios ama. Y Dios ama a las personas, a cada uno
de sus hijos. El propio San Juan nos dejó escrito que si alguien dice que ama a
Dios y no ama a su prójimo, está diciendo una mentira y la verdad no habita en
él, pues nuestro amor por Dios, a quien no vemos, no puede ser sincero si no
tenemos amor hacia quien estamos viendo a nuestro lado. A nadie debáis nada más que amor nos dice el Apóstol. Quien ama tiene cumplido el resto de la ley
leemos también en San Pablo. Ama y haz lo
que quieras, nos dirá San Agustín. Porque, en efecto, si amamos de verdad y
sinceramente, no seremos egoístas, buscaremos el bien del otro, reconoceremos y
respetaremos su dignidad, no antepondremos nuestro propio bien al bien común,
no seremos capaces de hacer daño a nadie a sabiendas… y con ello estaremos
dando gloria a Dios. Porque Dios nos ha enseñado que su gloria está en que le
amemos a Él y nos amemos entre nosotros, que seamos una familia en la que Él
sea reconocido como el Padre común y todos nosotros seamos y nos tratemos como
hermanos. En esto pusiste bien el acento en tu predicación evangélica: nos
enseñaste a llamar a Dios “Abbá”, “Padre”. Y Padre no de algunos o de unos
pocos, o de un pueblo en particular, sino Padre nuestro, de todos. Ayúdanos a
nosotros, Señor de amor y misericordia, a descubrir que todo el ejercicio de
nuestra religión está en vivir el amor a Dios y el amor a los hermanos, que
estamos aquí para hacer la voluntad de Dios y que la voluntad de Dios es que
vivamos en el amor, amando, incluso, a quienes no nos aman. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día cuarto: El prójimo es
el que practica la misericordia (Lc 10, 30-37)
Vete y haz tú lo mismo. De nuevo un maestro
de la ley, con una de sus preguntas capciosas, ha propiciado de Ti, Señor, una
bellísima enseñanza, una de las parábolas más conocidas y hermosas de todo tu
Evangelio. La parábola del buen samaritano nos muestra que los problemas de
nuestro prójimo no deben dejarnos fríos y pensar que no van con nosotros. El
prójimo es el que se implica, el que ayuda, el que se moja las manos y el que
siente compasión. Dejarse conmover por la situación de necesidad de otros,
querer ayudar y echar una mano, molestarse por los demás, ser vehículo de
salud, de curación… y hacerlo por amor y con amor. El samaritano ha vencido
muchos miedos y prejuicios para ayudar al judío que bajaba de Jerusalén. Ha
olvidado la enemistad histórica entre los dos pueblos. Ha puesto por encima la
necesidad del que estaba tirado al borde del camino. Los de su propio pueblo le
podrían haber criticado, haber descalificado, haberle hecho el vacío. Podrían
haberle expulsado por ayudar a un judío, pero él puso por encima de prejuicios
y de rivalidades injustas, la necesidad del que tenía delante. Podría haber
pasado de largo como hicieron los servidores del templo, como habían hecho con
el herido los de su propio pueblo. Ellos no lo tocaron para no incurrir en
impureza. Fue para ellos más importante la ley que el hermano. Los que no han
ejercido la compasión y la misericordia se encuentran con la censura de tu
parte, Jesús. Una censura en este caso algo velada, pero suficiente al
reconocer que el único prójimo fue el que se compadeció de él. Ayúdanos a
nosotros, Señor de amor y misericordia, a no pasar de largo ante las
necesidades de nuestros hermanos. Estamos demasiado acostumbrados a dejarles
que se las arreglen solos, a pensar sólo en nuestras necesidades, a cerrar los
ojos ante la pobreza y el sufrimiento de los demás. Que el amor que nos llega
de tu Sagrado Corazón nos haga sensibles para compadecernos y practicar la
misericordia con quienes nos necesitan a nuestro alrededor. Y que, cuando
seamos nosotros mismos quienes se encuentran tirados y heridos, encontremos en
los cristianos al buen samaritano que nos ayude y se compadezca de nosotros.
Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día quinto:
Un hombre tenía dos hijos (Lc 15, 11-32)
Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la
vida, se había perdido y lo hemos encontrado. Debemos agradecerte, Jesús,
que nos hayas dejado esta bellísima parábola del hijo pródigo. Sobre todo
porque en ella nos muestras el verdadero rostro de Dios, no el que enseñaban
los escribas y fariseos, sino el que tú conocías por ser su Hijo Unigénito. Es
el rostro del amor en estado puro. Ese amor que es todo donación y que respeta
sin límite alguno la libertad del otro para corresponderle o no. Dios es el
padre que no se opone a que el hijo se marche si así lo desea. Dios es el padre
que no ha perdido el amor por su hijo cuando éste le ha abandonado. Dios es el
padre que mantiene la esperanza de que quizás un día pueda volver. Dios es el
padre que sale cada día a los caminos a ver si ese día ha llegado. Dios es el
padre que le ha vuelto a acoger con las puertas abiertas de su casa. Dios es el
padre que le abraza y le cubre de besos y celebra una fiesta porque le ha recuperado.
Dios es el Padre que no se ha fijado en la ofensa y ha esperado su reparación.
Dios es el Padre que no ha querido escuchar el discurso de su hijo humillado y
avergonzado. Dios es el Padre que le ha vuelto a restituir la dignidad de hijo
y no de siervo. Dios es el que no ha puesto absolutamente ninguna condición,
sino que sólo ha confiado en que su hijo volviera en el ejercicio de su propia
libertad y se ha alegrado hasta el extremo por haberle recuperado. La parábola
va dirigida a los fariseos y los maestros de la ley. Ellos están personificados
en el hijo mayor, que pone la nota discordante en la historia porque no acepta
el regreso de su hermano ni le reconoce ya como hermano. Es una nota casi
trágica, pues por recuperar a un hijo, pierde al otro. Fariseos y maestros de
la ley se resisten a que Jesús abra la salvación a todos los pueblos (el
hermano menor recuperado). Quieren ser los destinatarios exclusivos de los
beneficios de Dios. Por eso no te aceptan a Ti, Jesús, porque no les mueve el
amor como te mueve a ti, sino el odio, la envidia y el rencor. Pero este rostro
misericordioso del Padre es gran aliento para todos nosotros, pecadores. Tú
eres, Jesús, la imagen viva del Padre. Por eso, ayúdanos a nosotros, Señor de
amor y misericordia, a saber acoger el amor que Dios nos da y a que nuestro
amor por los demás se asemeje al tuyo. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día
sexto: La misericordia se expresa en las obras (Lc 16, 19-31)
Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes
durante la vida… Una nueva parábola nos enseña la actitud de misericordia y
amor que debe distinguir a los discípulos tuyos, Señor. El rico del relato
vivía opulentamente a espaldas de la pobreza que le rodeaba. Lázaro le había
recordado todos los días su necesidad, pero él había hecho oídos sordos. Dejó
que el pobre se quedara con su miseria, no le socorrió, no le auxilió, no
remedió ni uno solo de los días de su hambre, no fue solidario ni con él ni con
otros, no se dejó conmover por su necesidad ni sintió lástima alguna por él. Él
estaba cerrado en lo suyo, ajeno a los demás, ajeno a sus necesidades. Vivir de
espaldas a lo que nos rodea, de espaldas a los hermanos, de espaldas a la ayuda
que precisan de nosotros, no sólo nos hace egoístas y egocéntricos, nos hace
monstruos. El que es discípulo de Jesús, el que es hijo de Dios, no puede vivir
aisladamente en su cómoda realidad sin tener en cuenta a quien está más
desfavorecido que él, sin implicarse en la miseria del hermano, sintiendo como
ajeno todo lo que no sea problema suyo y dejando que otros hijos de Dios sufran
y padezcan sin que él haga nada por aliviarlo, por remediarlo. Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que
los escuchen! Cómo recalca el evangelista con los signos de admiración: ¡Que los escuchen! Hay que saber
escuchar. No estar encerrado en uno mismo supone estar abierto a la realidad
exterior, estar dispuesto a ver otras cosas, a escuchar a otras personas, a
dejarse implicar por otras realidades… Escuchar a Moisés y a los profetas es
también salir de sí mismos y escuchar la voz de Dios. Escuchar el mensaje de
las Escrituras. Dios no nos llama por teléfono ni nos pone un e-mail para
hablarnos; lo hace a través de las Escrituras, de los evangelios; a través de
la Iglesia, de sus ministros; a través de las personas que nos quieren… Pero
hay que salir de uno mismo para prestar oídos, para atender y hacer caso.
Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a no endurecer nuestro
corazón y cerrar nuestras entrañas ante el sufrimiento y la necesidad de los
hermanos. Que estemos siempre dispuestos a la misericordia, a socorrer a quien
nos necesita, a hacer nuestra responsabilidad el alivio de la necesidad de
quien está a nuestro lado y comparte con nosotros la pertenencia al género
humano. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día séptimo: El amor es
humilde y respetuoso (Lc 18, 9-14)
Os digo que éste bajó a su casa reconciliado
con Dios, y el otro no. Dos personajes son presentados en esta parábola de
San Lucas. Los dos, arquetipos de sendos grupos a los que pertenecen. El
fariseo, arquetipo de hombre religioso y cumplidor, oficialmente “bueno” y de
buena relación con Dios. El publicano, arquetipo de pecador, reconocido
públicamente como tal, indigno de relacionarse con Dios y que, a los ojos de
los demás, es imposible que tenga una buena relación con Él. La sorpresa es el
dictamen que les das a la conclusión de la historia. El “bueno” no ha quedado
reconciliado con Dios. El “malo” ha sido reconciliado después de su
oración. Menos mal que nos diste a
conocer el contenido de sus oraciones, si no, ¡qué habríamos podido pensar incluso
nosotros! El estilo personal, la actitud interior de la oración es la que hace
que nos aproveche o no. No es la oración en sí misma, pues los dos la habían
hecho, sino el talante interior con el que la hacemos. Desde luego, el que
desprecia a los demás no tiene el estilo adecuado para acercarse a orar ni para
pretender salir reconciliado. El que respeta a su prójimo sí está en las
condiciones adecuadas para ello. Por eso, el publicano salió justificado de su
oración, porque fue humilde y respetuoso. El vanidoso, que utiliza su vanidad
ante Dios y le lleva al desprecio de sus semejantes, no sale justificado de su
oración. Muchas veces, no se trata de hacer valer las cosas que hacemos; se
trata más bien con el talante que las hacemos, con la actitud interior que nace
del corazón. Por eso las intenciones cuentan, y, en ocasiones, se convierten en
determinantes. Un hijo de Dios no puede despreciar a otro hijo de Dios para
intentar quedar que él. A Dios eso no podrá agradarle nunca. Ayúdanos a
nosotros, Señor de amor y de misericordia, para que no seamos excluyentes en
nuestro pensar sobre los demás, para que seamos respetuosos con todos, para no
caer en el error de la vanidad, para que seamos siempre humildes en el trato
contigo y en el trato con los demás, y para que haya siempre en nuestro corazón
una intención recta en todo lo que hacemos. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día octavo: La recuperación del pecador (Lc 23, 38-43)
Te aseguro que hoy estarás conmigo en el
paraíso. El evangelio de San Lucas es llamado “el evangelio de la
misericordia”. El cuerpo central del escrito lo ocupa el viaje que Tú, Jesús,
haces a Jerusalén, desde Galilea, para la pascua, para tu muerte y
resurrección. Y a lo largo del recorrido, vas recuperando pecadores,
incorporándolos a la salvación, ganándolos para el reino. Tu misericordia,
Señor, se hace patente en todo momento de tu vida, incluso en el momento de tu
muerte en la cruz. También aquí recuperaste a alguien para el Padre, al
malhechor que habló bien de ti y te pidió que te acordaras de él cuando vuelvas
como rey. Es un acto de fe en ti. Ha reconocido su pecado y tu inocencia. Se ha
dirigido a ti con humildad y te ha reconocido como rey, tal como decía el
letrero de la cruz. Llevas a cabo tu misión hasta en el último minuto. Con la
promesa hecha a ese hombre lo has incorporado ya a tu reino. Has ganado uno más
para la causa. El perdón de Dios se ha vuelto a hacer presente en tus palabras,
esta vez desde la cruz. Es curioso constatar cómo una misma realidad se siente
de manera distinta según quien la viva. Los dos malhechores estaban junto a Ti
en la cruz, pero no fuiste causa de salvación para los dos, sino sólo para uno
de ellos. El otro estaba también a tu lado, sufriendo el mismo suplicio que Tú,
a las puertas de la muerte como su propio compañero. Pero tu presencia no pudo
con su soberbia. Antepuso a Ti su propio interés, su orgullo le pudo y le
impidió reconocerte. No le dejó ser humilde y te retó: ¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. Ha
perdido la gran ocasión de su vida sin ser consiente del privilegio que tenía
de poder estar en ese lugar, en ese momento y en esa circunstancia. Para él
pasaron de largo. En el ejercicio de su libertad, los dos han optado: el uno,
por sí mismo; el otro por Ti. Cuando el hombre se cierra sobre sí mismo, no
puede reconocerte ni aunque se encuentre a tu lado. Es la diferencia entre quien
tiene amor y quien no lo tiene; entre quien se deja llevar por el amor y quien
se deja llevar por otros criterios. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y
misericordia, para que no perdamos la ocasión de que nos recuperes para el
reino, de reconocerte cuando estés a nuestro lado; que no nos pases inadvertido
cuando estés sufriendo nuestro mismo suplicio con nosotros; que nuestra vanidad
no nos ciegue hasta el punto de no ver la realidad que tenemos ante nuestros
ojos. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Día
noveno: La misericordia, a examen (Mt 25, 31-46)
Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno
de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. ¡Cómo es Dios!
¡Cómo se identifica con sus hijos más humildes! Es como muchos padres, que,
aman de tal manera a sus hijos, que si alguien hace algo por sus hijos, sienten
que lo han hecho por ellos mismos; y si alguien ofende a sus hijos, sienten
también la ofensa como propia. Así le pasa a Dios con todos sus hijos, pero más
con sus predilectos: los pequeños, los débiles, los humildes. A Dios no le
vemos, nos recuerda San Juan en sus cartas; pero Dios está en las personas, en
todo ser humano, nos recuerdan al mismo tiempo él y los otros evangelistas.
Alguno diría que si Dios se dejara ver, que si su presencia en el mundo fuera
irrefutable, que si nos hablara directamente, que si pudiéramos tomar café con
Él una vez por semana… su vida sería distinta; se dedicaría sólo a hacer lo que
dijera; se entusiasmaría de poder estar con Dios. Pues Tú nos lo has dejado
bien claro: Dios está en Ti, y Tú, en nosotros. Y Tú, Señor Jesús, eres el rey
de la parábola, el que hará ese examen sobre la misericordia. Porque la materia
a examinar no son planteamientos complicados ni asertos teológicos, sino eso:
la misericordia, el amor con que hemos tratado a los demás, si les hemos
socorrido o no en sus necesidades más elementales: comer, beber, hospedar,
acoger, visitar en la tribulación… Y eso será determinante –y no otras cosas-
para heredar o no el reino. La misericordia tuya, Señor, debe ser, sin excusas,
modelo para que nosotros la practiquemos como Tú. Al atender a los hermanos, Tú
te sientes atendido en ellos. Cuando desatendemos a nuestros hermanos, Tú te
sientes desatendido en ellos. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y
misericordia, a transparentar tu ternura para con los más pequeños; que en
nuestras palabras sientan la ayuda de tus palabras, que en el auxilio de nuestras
manos puedan sentir el auxilio de tus manos, que en nuestra comprensión puedan
ver tu comprensión, que al darles nuestro amor puedan percibir el amor con que
Tú los quieres. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.
PRECES DE
LA MISERICORDIA
La
misericordia es una misma actitud que se demuestra en los momentos más
complicados de la vida, cuando se ve herido nuestro propio ego, cuando se ve
amenazada nuestra seguridad, cuando alguien nos hiere en lo más sensible de
nuestros sentimientos y de nuestro corazón. Unida siempre a la bondad, a la
humildad y a la sencillez, la misericordia es el mayor reflejo en nuestra vida
del amor que Dios nos tiene y que nos da cada día, en cada momento. Por eso,
pidamos al Señor que nos dé un corazón misericordioso como Él lo tiene.
·
Para que sepamos reconocer con sencillez
nuestros errores. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos pedir perdón con
naturalidad. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos perdonar al que nos ha
ofendido. Roguemos al Señor.
·
Para que no tengamos en cuenta las
injurias de los demás. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos valorar lo bueno que
hay en cada persona. Roguemos al Señor.
·
Para que no devolvamos con mal el mal
que recibimos. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos compartir con el
prójimo sus sufrimientos. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos compadecernos de todo
el que es humillado. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos ayudar al prójimo en su
necesidad. Roguemos al Señor.
·
Para que siempre nos pongamos de parte
del más débil. Roguemos al Señor.
·
Para que nunca seamos causa se
padecimiento para otros. Roguemos al Señor.
·
Para que no haya odio en nuestro corazón
y seamos indulgentes. Roguemos al Señor.
·
Para que nuestro amor no excluya a nadie
y a nadie lo neguemos. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos rezar y pedir por los
que no nos quieren. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos compartir con los demás
lo que somos y tenemos. Roguemos al Señor.
·
Para que seamos pacientes con todos los
que traten con nosotros. Roguemos al Señor.
·
Para que sepamos ver la parte positiva
de cada situación, de cada acontecimiento. Roguemos al Señor.
·
Para que seamos sencillos y reflexivos
en la adversidad y Dios nos dé fuerzas. Roguemos al Señor.
·
Para que seamos dóciles a las
inspiraciones del Espíritu Santo. Roguemos al Señor.
·
Para que aprendamos de Jesús, que es
manso y humilde de corazón. Roguemos al Señor.
Fieles a la recomendación del Salvador,
y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: PADRE NUESTRO…
ORACIÓN
FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
Sagrado Corazón de
Jesús, Señor resucitado y glorioso, que eres la imagen viva del Padre, el
rostro de Dios misericordioso; te damos gracias por tu amor, por tu paciencia y
tu perdón para con nosotros; reconocemos y agradecemos el abajamiento de tu
encarnación, que ha elevado a todo el género humano y que nos ha hecho hijos de
Dios por adopción en tu adopción de nuestra naturaleza; reconocemos y
agradecemos tu obra de la redención, pues, en tu fidelidad y obediencia al
Padre nos has hecho dignos ante Dios reconciliándonos definitivamente con Él;
reconocemos y agradecemos tu gloriosa resurrección y ascensión a los cielos,
pues en ellas nos has obtenido la vida eterna; reconocemos y agradecemos el
gran don del Espíritu Santo, presencia vivificadora en los cristianos después
de la Pascua; y, por fin, reconocemos y agradecemos tu gran amor para con todo
el género humano. Que nuestro corazón se parezca al tuyo en todo lo posible y que
nos lleve a obrar y a actuar con todo amor de que seamos capaces en nuestra
vida. Danos entrañas de misericordia ante
toda miseria humana; inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al
hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se
siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y
de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella
un motivo para seguir esperando en un mundo mejor, en una vida más plena y
feliz, en una victoria total y definitiva del amor sobre el odio, de la gracia
sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. Amén.
Propuesta de cantos para
acompañar el ejercicio de esta novena:
Cantemos al Amor de los
amores / No adoréis a nadie / Donde hay caridad y amor / Un mandamiento nuevo /
Dios es amor / Vaso nuevo / Amor es vida, vida es alegría / Resucitó, resucitó
/ Cristo nos da la libertad / Alabaré, alabaré / Hosanna al Hijo de David…
________________________________________________________________
Anexo
La
práctica de las tradicionales obras de misericordia nos ayudará a profundizar
en un estilo solidario y bondadoso para nuestra vida. Son cosas sencillas,
fácilmente comprensibles y elementales si se quiere reconocer en todo ser
humanota presencia viva de Dios y si se desea vivir el estilo de misericordia
del Señor Jesús. El catecismo “Ésta es nuestra fe”, de la Conferencia Episcopal
Española, las formula así:
-
Las principales obras de misericordia que atienden al prójimo en
sus necesidades materiales son:
1.
Visitar y cuidar a los enfermos.
2.
Dar de comer al hambriento.
3.
Dar de beber al sediento.
4.
Atender a los que no tienen hogar.
5.
Procurar ropa a los necesitados.
6.
Ayudar a los encarcelados y exiliados.
7.
Acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido.
-
Las principales obras de misericordia que atienden al prójimo en
sus necesidades espirituales son:
1.
Enseñar al que no sabe.
2.
Dar buen consejo al que lo necesita.
3.
Corregir al que yerra.
4.
Perdonar las injurias.
5.
Consolar al triste.
6.
Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
7.
Rogar a Dios por los vivos y los difuntos.
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Zaragoza, junio 2006