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NOVENA DE LA MISERICORDIA

AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

Esquema a seguir cada día:

╬ Oración inicial para todos los días

  Meditación para el día que toca

  Preces de la Misericordia

  Padrenuestro

╬ Oración conclusiva para todos los días

 

Día primero: La predilección por los pequeños (Mt 18, 1-14)

Día segundo: El perdón sin condiciones (Jn 8, 1- 11)

Día tercero: Dos direcciones en un mismo amor (Mc 12, 28-34)

Día cuarto: El prójimo es el que practica la misericordia (Lc 10, 30-37)

Día quinto: Un hombre tenía dos hijos (Lc 15, 11-32)

Día sexto: La misericordia se expresa en las obras (Lc 16, 19-31)

Día séptimo: El amor es humilde y respetuoso (Lc 18, 9-14)

Día octavo: La recuperación del pecador (Lc 23, 38-43)

Día noveno: La misericordia, a examen (Mt 25, 31-46)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORACIÓN INICIAL

 

            Te alabamos y te bendecimos a Ti, Dios Padre, fuente y origen de la misericordia, autor de la Creación, que hiciste a la humanidad a tu imagen para compartir con ella tu existencia, para comunicarle el gran amor que es tu esencia. Te manifestaste a los hombres a través de aquellos a los que Tú elegiste y les mostraste el camino de la justicia por medio de tus siervos los profetas. Nos enviaste a tu Hijo Unigénito, a Jesús, para liberarnos del efecto del pecado y restituirnos a la vida eterna para la que nos habías creado.

 

         Te alabamos y te bendecimos a Ti, eterna Palabra del Padre, Dios Hijo Jesucristo, nuestro hermano y nuestro Señor glorificado. Que te encarnaste en la Virgen María y viniste a nuestro mundo como uno de nosotros, pasando por uno de tantos. Que nos enseñaste a dirigirnos a Dios como Padre y que pasaste haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo. Que nos amaste tanto que diste tu vida en la cruz, entregándote por amor para salvarnos del pecado y de la muerte. Y que fuiste resucitado y glorificado por el Padre, iniciando, así, una nueva humanidad fiel al designio de Dios. A Ti, que nos dejaste en el Evangelio una verdadera enseñanza de amor para el recorrido de nuestra vida.

 

         Te alabamos y te bendecimos a Ti, Dios Espíritu Santo, que eres el aliento de vida que Dios nos dio, que hablaste desde antiguo por boca de los profetas, que convocaste y reuniste de nuevo a los discípulos en la Pascua y les hiciste comprender las Escrituras. A Ti que uniste en un mismo entendimiento a la pluralidad de hombres y de pueblos que reconocieron a Jesucristo como el enviado del Padre, que te manifestaste sobre tu siervo Jesús en las aguas del Jordán y que sigues vivificando la fe de tus fieles y haciéndonos presente, de modo permanente, a Jesucristo resucitado en la Iglesia y en el mundo.

 

         Te alabamos y te bendecimos, Dios Trinidad, por todo el amor que trasluce la historia de tu relación con nosotros, los hombres; por tu misericordia infinita, por tu perdón incondicional, por tu ternura maternal para con tus criaturas más amadas. Abre nuestros corazones a la comprensión de tu amor para que nosotros podamos también crecer en el amor a Ti y avancemos suficientemente en el amor a los hermanos. Amén.

 

 

 

Día primero: La predilección por los pequeños (Mt 18, 1-14)

 

         El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge. Los discípulos querían saber quién era el más importante en el reino de los cielos. Tú pusiste en medio de ellos a un niño y les invitaste a cambiar: Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. No se trata de ser importante; mejor dicho, en la mentalidad de Jesús, el más importante es el más pequeño, el más humilde. El deseo de ser importante debe cambiarse por el deseo de ser humilde. Sólo el que es humilde puede someterse con alegría a la voluntad de Dios. Pero tu defensa de los humildes va, incluso, más lejos: nadie debe ser causa de pecado para ellos; nadie debe impedir que se manifieste en ellos la bondad de Dios. No dar motivo de escándalo para los humildes, no ser causa de pecado, bajo ningún concepto, en el mundo. El pecado es el enemigo de Dios, de su gracia, de su salvación, del conocimiento del amor de Dios para sus hijos. Evitar ser causa de pecado para otros se convierte en actitud fundamental; si para ello hay que hacer renuncias, si hay que prescindir de algo, si hay que despojarse de lo que lo causa, entonces habrá que hacerlo. Habrá que ser decididos y valientes, pero no podemos ser causa de pecado en el mundo. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Cuidado con despreciar a los pobres, a los enfermos, a los emigrantes, a los hambrientos, a los transeúntes, a los marginados y los excluidos. El desprecio de otros es para el Padre el desprecio de sus hijos. El desprecio de los humildes es para el Padre el desprecio a Él mismo, porque Él se identifica de un modo especial con ellos. Si por nuestra causa se pierde uno solo de los humildes, el Padre nos tomará cuentas de ello. Tu amor y tu misericordia fue grande para con todos, pero tu preocupación por los humildes se hizo muchas veces explícita en tus palabras. Cuidaste de todos, pero te ocupaste más de quienes más lo necesitaban. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y de misericordia, a ejercer dignamente esta gran responsabilidad que has puesto en nuestras manos débiles: la de cuidar para Ti, con tu mismo cariño y ternura, a aquellos que más lo necesitan: los pequeños y los humildes de este mundo. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día segundo: El perdón, sin condiciones (Jn 8, 1-11)

 

         Aquella mujer ya había sido juzgada; juzgada y condenada. Una ley sin misericordia consideraba su pecado definitivo. No había vuelta atrás y no le daba la capacidad de rectificar. La ley había sido violada y eso era motivo suficiente como para perder el don de la vida, el regalo más grande y valioso que Dios le había hecho. No había una nueva oportunidad, el castigo se imponía y era definitivo. Si nadie te hubiera preguntado a Ti, Jesús, la habrían matado a pedradas; y habrían creído que con eso daban gloria a Dios al deshacerse de una pecadora. Los maestros de la ley y los fariseos te brindaron, realmente, una buena oportunidad para que demuestres cómo obra Dios, cuál es su prioridad: la persona, por encima de todo lo demás. La oportunidad para la conversión nunca se agota. El pecado, para ti, no es algo definitivo que no tenga vuelta atrás. Pero primero, una respuesta para ellos: Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra. Y es que un pecador no puede acusar a otro pecador, pues, al hacerlo, se está acusando a sí mismo. Sólo quien no ha cometido pecado (sólo Tú, Jesús) puedes acusar y condenar. Pero Tú no has venido a condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Ti. Entonces viene la respuesta para la mujer: Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar. En los acusadores hay odio, hay rencor, hay ganas de humillar, y todo con hipocresía, pues callan que ellos serían acreedores del mismo castigo; en Ti hay amor, hay perdón, hay misericordia, hay voluntad de recuperar al pecador. Por eso no condenas a la mujer, porque quieres recuperarla, porque confías en su capacidad de reacción, porque, si la condenaras, ya no podría salvarse: la habrías perdido. Sin embargo, vas a recuperar la oveja que estaba perdida. Así nos tratas, Señor, en nuestro pecado; así nos das siempre una nueva oportunidad; así confías en nuestra reacción, en nuestra conversión, porque consideras que nunca un pecado es definitivo. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y de misericordia, a no juzgar y condenar; a confiar, como Tú, en la capacidad de cambio para el bien en las personas; a no recriminar a nadie el pecado que nosotros mismos tenemos… y, sobre todo, a poner al ser humano como valor supremo sobre todos los demás y a volcar sobre él la misma actitud misericordiosa que tú tienes para con nosotros. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día tercero: Dos direcciones en un mismo amor (Mc 12, 28-34)

 

         No estás lejos del reino de Dios, le respondiste a aquel maestro de la ley que te había preguntado por el mandamiento más importante y reconoció la veracidad de tu respuesta cuando pronunciaste en una misma categoría el precepto de amar a Dios y el de amar al prójimo. Y no estaba lejos del reino aquel maestro porque la actitud del reino es el amor, el modo de actuar es el amor y también porque el amor a Dios y el amor al prójimo son un mismo amor. No puede darse uno sin el otro. Quien ama a su prójimo, está amando –aun sin saberlo- también a Dios, pues Dios se identifica con el ser humano y habita en el corazón de cada ser humano. Por eso, quien no ama a su prójimo, tampoco está amando a Dios. Para amar a Dios hay que amar lo que Dios ama. Y Dios ama a las personas, a cada uno de sus hijos. El propio San Juan nos dejó escrito que si alguien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo, está diciendo una mentira y la verdad no habita en él, pues nuestro amor por Dios, a quien no vemos, no puede ser sincero si no tenemos amor hacia quien estamos viendo a nuestro lado. A nadie debáis nada más que amor nos dice el Apóstol. Quien ama tiene cumplido el resto de la ley leemos también en San Pablo. Ama y haz lo que quieras, nos dirá San Agustín. Porque, en efecto, si amamos de verdad y sinceramente, no seremos egoístas, buscaremos el bien del otro, reconoceremos y respetaremos su dignidad, no antepondremos nuestro propio bien al bien común, no seremos capaces de hacer daño a nadie a sabiendas… y con ello estaremos dando gloria a Dios. Porque Dios nos ha enseñado que su gloria está en que le amemos a Él y nos amemos entre nosotros, que seamos una familia en la que Él sea reconocido como el Padre común y todos nosotros seamos y nos tratemos como hermanos. En esto pusiste bien el acento en tu predicación evangélica: nos enseñaste a llamar a Dios “Abbá”, “Padre”. Y Padre no de algunos o de unos pocos, o de un pueblo en particular, sino Padre nuestro, de todos. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a descubrir que todo el ejercicio de nuestra religión está en vivir el amor a Dios y el amor a los hermanos, que estamos aquí para hacer la voluntad de Dios y que la voluntad de Dios es que vivamos en el amor, amando, incluso, a quienes no nos aman. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día cuarto: El prójimo es el que practica la misericordia (Lc 10, 30-37)

 

         Vete y haz tú lo mismo. De nuevo un maestro de la ley, con una de sus preguntas capciosas, ha propiciado de Ti, Señor, una bellísima enseñanza, una de las parábolas más conocidas y hermosas de todo tu Evangelio. La parábola del buen samaritano nos muestra que los problemas de nuestro prójimo no deben dejarnos fríos y pensar que no van con nosotros. El prójimo es el que se implica, el que ayuda, el que se moja las manos y el que siente compasión. Dejarse conmover por la situación de necesidad de otros, querer ayudar y echar una mano, molestarse por los demás, ser vehículo de salud, de curación… y hacerlo por amor y con amor. El samaritano ha vencido muchos miedos y prejuicios para ayudar al judío que bajaba de Jerusalén. Ha olvidado la enemistad histórica entre los dos pueblos. Ha puesto por encima la necesidad del que estaba tirado al borde del camino. Los de su propio pueblo le podrían haber criticado, haber descalificado, haberle hecho el vacío. Podrían haberle expulsado por ayudar a un judío, pero él puso por encima de prejuicios y de rivalidades injustas, la necesidad del que tenía delante. Podría haber pasado de largo como hicieron los servidores del templo, como habían hecho con el herido los de su propio pueblo. Ellos no lo tocaron para no incurrir en impureza. Fue para ellos más importante la ley que el hermano. Los que no han ejercido la compasión y la misericordia se encuentran con la censura de tu parte, Jesús. Una censura en este caso algo velada, pero suficiente al reconocer que el único prójimo fue el que se compadeció de él. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a no pasar de largo ante las necesidades de nuestros hermanos. Estamos demasiado acostumbrados a dejarles que se las arreglen solos, a pensar sólo en nuestras necesidades, a cerrar los ojos ante la pobreza y el sufrimiento de los demás. Que el amor que nos llega de tu Sagrado Corazón nos haga sensibles para compadecernos y practicar la misericordia con quienes nos necesitan a nuestro alrededor. Y que, cuando seamos nosotros mismos quienes se encuentran tirados y heridos, encontremos en los cristianos al buen samaritano que nos ayude y se compadezca de nosotros. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

 

Día quinto: Un hombre tenía dos hijos (Lc 15, 11-32)

 

         Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado. Debemos agradecerte, Jesús, que nos hayas dejado esta bellísima parábola del hijo pródigo. Sobre todo porque en ella nos muestras el verdadero rostro de Dios, no el que enseñaban los escribas y fariseos, sino el que tú conocías por ser su Hijo Unigénito. Es el rostro del amor en estado puro. Ese amor que es todo donación y que respeta sin límite alguno la libertad del otro para corresponderle o no. Dios es el padre que no se opone a que el hijo se marche si así lo desea. Dios es el padre que no ha perdido el amor por su hijo cuando éste le ha abandonado. Dios es el padre que mantiene la esperanza de que quizás un día pueda volver. Dios es el padre que sale cada día a los caminos a ver si ese día ha llegado. Dios es el padre que le ha vuelto a acoger con las puertas abiertas de su casa. Dios es el padre que le abraza y le cubre de besos y celebra una fiesta porque le ha recuperado. Dios es el Padre que no se ha fijado en la ofensa y ha esperado su reparación. Dios es el Padre que no ha querido escuchar el discurso de su hijo humillado y avergonzado. Dios es el Padre que le ha vuelto a restituir la dignidad de hijo y no de siervo. Dios es el que no ha puesto absolutamente ninguna condición, sino que sólo ha confiado en que su hijo volviera en el ejercicio de su propia libertad y se ha alegrado hasta el extremo por haberle recuperado. La parábola va dirigida a los fariseos y los maestros de la ley. Ellos están personificados en el hijo mayor, que pone la nota discordante en la historia porque no acepta el regreso de su hermano ni le reconoce ya como hermano. Es una nota casi trágica, pues por recuperar a un hijo, pierde al otro. Fariseos y maestros de la ley se resisten a que Jesús abra la salvación a todos los pueblos (el hermano menor recuperado). Quieren ser los destinatarios exclusivos de los beneficios de Dios. Por eso no te aceptan a Ti, Jesús, porque no les mueve el amor como te mueve a ti, sino el odio, la envidia y el rencor. Pero este rostro misericordioso del Padre es gran aliento para todos nosotros, pecadores. Tú eres, Jesús, la imagen viva del Padre. Por eso, ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a saber acoger el amor que Dios nos da y a que nuestro amor por los demás se asemeje al tuyo. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día sexto: La misericordia se expresa en las obras (Lc 16, 19-31)

 

         Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida… Una nueva parábola nos enseña la actitud de misericordia y amor que debe distinguir a los discípulos tuyos, Señor. El rico del relato vivía opulentamente a espaldas de la pobreza que le rodeaba. Lázaro le había recordado todos los días su necesidad, pero él había hecho oídos sordos. Dejó que el pobre se quedara con su miseria, no le socorrió, no le auxilió, no remedió ni uno solo de los días de su hambre, no fue solidario ni con él ni con otros, no se dejó conmover por su necesidad ni sintió lástima alguna por él. Él estaba cerrado en lo suyo, ajeno a los demás, ajeno a sus necesidades. Vivir de espaldas a lo que nos rodea, de espaldas a los hermanos, de espaldas a la ayuda que precisan de nosotros, no sólo nos hace egoístas y egocéntricos, nos hace monstruos. El que es discípulo de Jesús, el que es hijo de Dios, no puede vivir aisladamente en su cómoda realidad sin tener en cuenta a quien está más desfavorecido que él, sin implicarse en la miseria del hermano, sintiendo como ajeno todo lo que no sea problema suyo y dejando que otros hijos de Dios sufran y padezcan sin que él haga nada por aliviarlo, por remediarlo. Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen! Cómo recalca el evangelista con los signos de admiración: ¡Que los escuchen! Hay que saber escuchar. No estar encerrado en uno mismo supone estar abierto a la realidad exterior, estar dispuesto a ver otras cosas, a escuchar a otras personas, a dejarse implicar por otras realidades… Escuchar a Moisés y a los profetas es también salir de sí mismos y escuchar la voz de Dios. Escuchar el mensaje de las Escrituras. Dios no nos llama por teléfono ni nos pone un e-mail para hablarnos; lo hace a través de las Escrituras, de los evangelios; a través de la Iglesia, de sus ministros; a través de las personas que nos quieren… Pero hay que salir de uno mismo para prestar oídos, para atender y hacer caso. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a no endurecer nuestro corazón y cerrar nuestras entrañas ante el sufrimiento y la necesidad de los hermanos. Que estemos siempre dispuestos a la misericordia, a socorrer a quien nos necesita, a hacer nuestra responsabilidad el alivio de la necesidad de quien está a nuestro lado y comparte con nosotros la pertenencia al género humano. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día séptimo: El amor es humilde y respetuoso (Lc 18, 9-14)

 

         Os digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro no. Dos personajes son presentados en esta parábola de San Lucas. Los dos, arquetipos de sendos grupos a los que pertenecen. El fariseo, arquetipo de hombre religioso y cumplidor, oficialmente “bueno” y de buena relación con Dios. El publicano, arquetipo de pecador, reconocido públicamente como tal, indigno de relacionarse con Dios y que, a los ojos de los demás, es imposible que tenga una buena relación con Él. La sorpresa es el dictamen que les das a la conclusión de la historia. El “bueno” no ha quedado reconciliado con Dios. El “malo” ha sido reconciliado después de su oración.  Menos mal que nos diste a conocer el contenido de sus oraciones, si no, ¡qué habríamos podido pensar incluso nosotros! El estilo personal, la actitud interior de la oración es la que hace que nos aproveche o no. No es la oración en sí misma, pues los dos la habían hecho, sino el talante interior con el que la hacemos. Desde luego, el que desprecia a los demás no tiene el estilo adecuado para acercarse a orar ni para pretender salir reconciliado. El que respeta a su prójimo sí está en las condiciones adecuadas para ello. Por eso, el publicano salió justificado de su oración, porque fue humilde y respetuoso. El vanidoso, que utiliza su vanidad ante Dios y le lleva al desprecio de sus semejantes, no sale justificado de su oración. Muchas veces, no se trata de hacer valer las cosas que hacemos; se trata más bien con el talante que las hacemos, con la actitud interior que nace del corazón. Por eso las intenciones cuentan, y, en ocasiones, se convierten en determinantes. Un hijo de Dios no puede despreciar a otro hijo de Dios para intentar quedar que él. A Dios eso no podrá agradarle nunca. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y de misericordia, para que no seamos excluyentes en nuestro pensar sobre los demás, para que seamos respetuosos con todos, para no caer en el error de la vanidad, para que seamos siempre humildes en el trato contigo y en el trato con los demás, y para que haya siempre en nuestro corazón una intención recta en todo lo que hacemos. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día octavo: La recuperación del pecador (Lc 23, 38-43)

 

         Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso. El evangelio de San Lucas es llamado “el evangelio de la misericordia”. El cuerpo central del escrito lo ocupa el viaje que Tú, Jesús, haces a Jerusalén, desde Galilea, para la pascua, para tu muerte y resurrección. Y a lo largo del recorrido, vas recuperando pecadores, incorporándolos a la salvación, ganándolos para el reino. Tu misericordia, Señor, se hace patente en todo momento de tu vida, incluso en el momento de tu muerte en la cruz. También aquí recuperaste a alguien para el Padre, al malhechor que habló bien de ti y te pidió que te acordaras de él cuando vuelvas como rey. Es un acto de fe en ti. Ha reconocido su pecado y tu inocencia. Se ha dirigido a ti con humildad y te ha reconocido como rey, tal como decía el letrero de la cruz. Llevas a cabo tu misión hasta en el último minuto. Con la promesa hecha a ese hombre lo has incorporado ya a tu reino. Has ganado uno más para la causa. El perdón de Dios se ha vuelto a hacer presente en tus palabras, esta vez desde la cruz. Es curioso constatar cómo una misma realidad se siente de manera distinta según quien la viva. Los dos malhechores estaban junto a Ti en la cruz, pero no fuiste causa de salvación para los dos, sino sólo para uno de ellos. El otro estaba también a tu lado, sufriendo el mismo suplicio que Tú, a las puertas de la muerte como su propio compañero. Pero tu presencia no pudo con su soberbia. Antepuso a Ti su propio interés, su orgullo le pudo y le impidió reconocerte. No le dejó ser humilde y te retó: ¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros. Ha perdido la gran ocasión de su vida sin ser consiente del privilegio que tenía de poder estar en ese lugar, en ese momento y en esa circunstancia. Para él pasaron de largo. En el ejercicio de su libertad, los dos han optado: el uno, por sí mismo; el otro por Ti. Cuando el hombre se cierra sobre sí mismo, no puede reconocerte ni aunque se encuentre a tu lado. Es la diferencia entre quien tiene amor y quien no lo tiene; entre quien se deja llevar por el amor y quien se deja llevar por otros criterios. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, para que no perdamos la ocasión de que nos recuperes para el reino, de reconocerte cuando estés a nuestro lado; que no nos pases inadvertido cuando estés sufriendo nuestro mismo suplicio con nosotros; que nuestra vanidad no nos ciegue hasta el punto de no ver la realidad que tenemos ante nuestros ojos. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

Día noveno: La misericordia, a examen (Mt 25, 31-46)

 

         Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. ¡Cómo es Dios! ¡Cómo se identifica con sus hijos más humildes! Es como muchos padres, que, aman de tal manera a sus hijos, que si alguien hace algo por sus hijos, sienten que lo han hecho por ellos mismos; y si alguien ofende a sus hijos, sienten también la ofensa como propia. Así le pasa a Dios con todos sus hijos, pero más con sus predilectos: los pequeños, los débiles, los humildes. A Dios no le vemos, nos recuerda San Juan en sus cartas; pero Dios está en las personas, en todo ser humano, nos recuerdan al mismo tiempo él y los otros evangelistas. Alguno diría que si Dios se dejara ver, que si su presencia en el mundo fuera irrefutable, que si nos hablara directamente, que si pudiéramos tomar café con Él una vez por semana… su vida sería distinta; se dedicaría sólo a hacer lo que dijera; se entusiasmaría de poder estar con Dios. Pues Tú nos lo has dejado bien claro: Dios está en Ti, y Tú, en nosotros. Y Tú, Señor Jesús, eres el rey de la parábola, el que hará ese examen sobre la misericordia. Porque la materia a examinar no son planteamientos complicados ni asertos teológicos, sino eso: la misericordia, el amor con que hemos tratado a los demás, si les hemos socorrido o no en sus necesidades más elementales: comer, beber, hospedar, acoger, visitar en la tribulación… Y eso será determinante –y no otras cosas- para heredar o no el reino. La misericordia tuya, Señor, debe ser, sin excusas, modelo para que nosotros la practiquemos como Tú. Al atender a los hermanos, Tú te sientes atendido en ellos. Cuando desatendemos a nuestros hermanos, Tú te sientes desatendido en ellos. Ayúdanos a nosotros, Señor de amor y misericordia, a transparentar tu ternura para con los más pequeños; que en nuestras palabras sientan la ayuda de tus palabras, que en el auxilio de nuestras manos puedan sentir el auxilio de tus manos, que en nuestra comprensión puedan ver tu comprensión, que al darles nuestro amor puedan percibir el amor con que Tú los quieres. Amén.

 

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.

 

 

 

 

PRECES DE LA MISERICORDIA

 

         La misericordia es una misma actitud que se demuestra en los momentos más complicados de la vida, cuando se ve herido nuestro propio ego, cuando se ve amenazada nuestra seguridad, cuando alguien nos hiere en lo más sensible de nuestros sentimientos y de nuestro corazón. Unida siempre a la bondad, a la humildad y a la sencillez, la misericordia es el mayor reflejo en nuestra vida del amor que Dios nos tiene y que nos da cada día, en cada momento. Por eso, pidamos al Señor que nos dé un corazón misericordioso como Él lo tiene.

 

·        Para que sepamos reconocer con sencillez nuestros errores. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos pedir perdón con naturalidad. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos perdonar al que nos ha ofendido. Roguemos al Señor.

·        Para que no tengamos en cuenta las injurias de los demás. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos valorar lo bueno que hay en cada persona. Roguemos al Señor.

·        Para que no devolvamos con mal el mal que recibimos. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos compartir con el prójimo sus sufrimientos. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos compadecernos de todo el que es humillado. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos ayudar al prójimo en su necesidad. Roguemos al Señor.

·        Para que siempre nos pongamos de parte del más débil. Roguemos al Señor.

·        Para que nunca seamos causa se padecimiento para otros. Roguemos al Señor.

·        Para que no haya odio en nuestro corazón y seamos indulgentes. Roguemos al Señor.

·        Para que nuestro amor no excluya a nadie y a nadie lo neguemos. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos rezar y pedir por los que no nos quieren. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos compartir con los demás lo que somos y tenemos. Roguemos al Señor.

·        Para que seamos pacientes con todos los que traten con nosotros. Roguemos al Señor.

·        Para que sepamos ver la parte positiva de cada situación, de cada acontecimiento. Roguemos al Señor.

·        Para que seamos sencillos y reflexivos en la adversidad y Dios nos dé fuerzas. Roguemos al Señor.

·        Para que seamos dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. Roguemos al Señor.

·        Para que aprendamos de Jesús, que es manso y humilde de corazón. Roguemos al Señor.

 

 

 

Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: PADRE NUESTRO…

 

 

 

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS

 

            Sagrado Corazón de Jesús, Señor resucitado y glorioso, que eres la imagen viva del Padre, el rostro de Dios misericordioso; te damos gracias por tu amor, por tu paciencia y tu perdón para con nosotros; reconocemos y agradecemos el abajamiento de tu encarnación, que ha elevado a todo el género humano y que nos ha hecho hijos de Dios por adopción en tu adopción de nuestra naturaleza; reconocemos y agradecemos tu obra de la redención, pues, en tu fidelidad y obediencia al Padre nos has hecho dignos ante Dios reconciliándonos definitivamente con Él; reconocemos y agradecemos tu gloriosa resurrección y ascensión a los cielos, pues en ellas nos has obtenido la vida eterna; reconocemos y agradecemos el gran don del Espíritu Santo, presencia vivificadora en los cristianos después de la Pascua; y, por fin, reconocemos y agradecemos tu gran amor para con todo el género humano. Que nuestro corazón se parezca al tuyo en todo lo posible y que nos lleve a obrar y a actuar con todo amor de que seamos capaces en nuestra vida. Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana; inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado; ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando en un mundo mejor, en una vida más plena y feliz, en una victoria total y definitiva del amor sobre el odio, de la gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. Amén.

 

 

 

Propuesta de cantos para acompañar el ejercicio de esta novena:

 

Cantemos al Amor de los amores / No adoréis a nadie / Donde hay caridad y amor / Un mandamiento nuevo / Dios es amor / Vaso nuevo / Amor es vida, vida es alegría / Resucitó, resucitó / Cristo nos da la libertad / Alabaré, alabaré / Hosanna al Hijo de David…

 

 

                        ________________________________________________________________

 

 

Anexo

 

         La práctica de las tradicionales obras de misericordia nos ayudará a profundizar en un estilo solidario y bondadoso para nuestra vida. Son cosas sencillas, fácilmente comprensibles y elementales si se quiere reconocer en todo ser humanota presencia viva de Dios y si se desea vivir el estilo de misericordia del Señor Jesús. El catecismo “Ésta es nuestra fe”, de la Conferencia Episcopal Española, las formula así:        

 

-         Las principales obras de misericordia que atienden al prójimo en sus necesidades materiales son:

1.     Visitar y cuidar a los enfermos.

2.     Dar de comer al hambriento.

3.     Dar de beber al sediento.

4.     Atender a los que no tienen hogar.

5.     Procurar ropa a los necesitados.

6.     Ayudar a los encarcelados y exiliados.

7.     Acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido.

 

-         Las principales obras de misericordia que atienden al prójimo en sus necesidades espirituales son:

1.     Enseñar al que no sabe.

2.     Dar buen consejo al que lo necesita.

3.     Corregir al que yerra.

4.     Perdonar las injurias.

5.     Consolar al triste.

6.     Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

7.     Rogar a Dios por los vivos y los difuntos.

 

 

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Zaragoza, junio 2006