PIEDAD
--------------------------------------------Las siete palabras del Señor en la cruz
Junto al
rezo del Via Crucis, la piedad popular medita durante los días de
PRIMERA PALABRA
“Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34)
Jesús, colgado ya en la cruz ora al Padre, y el contenido de su oración es pedir el perdón para sus verdugos. De los cuatro evangelios, sólo el de Lucas pone esta oración en boca de Jesús. Por algo se conoce al tercer evangelio como el “evangelio de la misericordia”. En él se recalca la misericordia de Dios para con el hombre, para con su infidelidad, para con su pecado. En él, Jesús pone un especial acento en que sus discípulos vivan esa misma misericordia que reciben del Padre. Aquí, en el momento crítico, Jesús vuelve a dar ejemplo a los suyos implorando el perdón de Dios para quienes le asesinan. El desconocimiento de su verdadera identidad es aducido por Jesús como argumento de la defensa para ellos. Jesús ejerce de abogado de sus ejecutores y aparece, en contraste, como el Inocente frente a los culpables. La tarea mediadora de Jesús entre Dios y el hombre no tiene límites. Una vez más, Jesús nos enseña que no ha venido a condenar, sino a salvar, que no ejerce su poder desde la condena o el castigo, sino desde el perdón y la misericordia. El ejemplo de Jesús no es sólo para que lo conozcamos y sepamos de él; con sus actitudes, Jesús nos enseña a hacer lo que Él hace, a perdonar como Él perdona.
“Te
aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43)
Nuevamente es Lucas el que recoge estas palabras. El ladrón ha descubierto, en la cruz, quién es Jesús en realidad. Ha reconocido ante todos su pecado, aunque no ha pedido siquiera perdón por haberlo cometido; ha proclamado la inocencia de Jesús frente a la culpabilidad suya y de su compañero; por fin ha concluido su intervención con una súplica a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas como rey”. En su oración está el reconocimiento de la realeza y de la mesianeidad de Jesús. Sin embargo, su petición es escatológica: se refiere al momento de la venida definitiva y gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Jesús, en su respuesta, le dice que no es necesario esperar a entonces para encontrar la felicidad que la vida le ha negado; que en ese mismo día le tendrá junto a Él en el paraíso. Jesús da al ladrón el premio reservado a los justos. El reconocimiento de sus errores y la fe en Jesús le han obtenido este gran regalo, este gran don. Una vez más se nos descubre que Jesús es el rey que perdona, que derrama amor y misericordia allá donde no pueden llegar los méritos del hombre a causa de su pecado. Desde la cruz, Jesús ha recuperado un nuevo hijo para el Padre.
“Mujer,
ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre” (Juan
19, 26-27)
En esta ocasión es el
evangelio de San Juan el que recoge la presencia de la madre y del discípulo
amado al pie de la cruz. Ambas son figuras representativas: el discípulo es la
comunidad de los creyentes en Jesús, la madre es figura de la nueva humanidad
o, también, de
“Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27, 46 y Marcos 15, 34)
Colgado en la cruz, Marcos y Mateo ponen estas palabras en boca de Jesús. Son el comienzo del salmo 22. Jesús se dirige a Dios y recita el salmo no como una simple oración, sino como verdadero clamor desde la situación amarga que está viviendo. ¿Se siente Jesús abandonado de Dios? Los comentaristas bíblicos dicen que el apelativo doble “Dios mío, Dios mío” muestran una clara conciencia de que Jesús sabe que Dios está presente y trata de invocarle, de agarrarse a Él. Lo que no ofrece dudas es que Dios guarda silencio durante la pasión. Hablará, sí, pero no en ese momento límite, sino al tercer día. En ese momento, Jesús se siente solo. Abandonado de los suyos, de su dignidad, de su pueblo, sufre ahora el silencio del Padre. Muchas personas buenas que sufren en este mundo reprochan a Dios su silencio. ¿Está Dios ausente del dolor de los hombres? Dios acompaña pero no habla. Él tendrá siempre la última palabra, pero quizá no en el momento más duro, sino en el momento que Él elija para la resurrección. Es éste uno de los mayores misterios de Dios, que respeta la libertad humana hasta el punto de no evitar el sufrimiento de sus hijos. Pero ese padecimiento del hombre no va a ser definitivo y ésta es la esperanza a la que nos abre el mensaje cristiano: la cruz es camino de resurrección.
“¡Tengo sed!” (Juan 19, 28)
San Juan referencia la sed de Jesús y el vinagre que
le ofrecen al cumplimiento de las Escrituras. Todo está en función de la
voluntad divina y del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. En
el cuarto evangelio hay otro relato a propósito de la sed de Jesús; es el
relato de la samaritana. El que pedía de beber termina dando de beber y
calmando la sed de su interlocutora. A ella se le manifiesta Jesús a propósito
de su sed. También la muerte de Jesús en la cruz manifiesta su revelación. La
sed de Jesús es la sed de se haga realidad el reino de Dios, de que los hombres
vivan en amor y fraternidad, de que la justicia y la paz dejen de ser sólo una
buena intención y se implanten definitivamente sobre la tierra. Pero es Él el que,
desde su manifestación en la cruz, puede saciar la sed de perdón y
reconciliación, la sed de felicidad que el hombre tiene. A Jesús se le ofrece
el vinagre de
“Todo está cumplido” (Juan 19,30)
San Juan pone estas palabras en boca de Jesús
después de probar el vinagre e inmediatamente antes de su muerte. Si
concediéramos crédito histórico absoluto al relato de este evangelista,
diríamos que estas son las últimas palabras que Jesús pronunció aquí en esta
vida. Jesús siente que ha cumplido su misión. Había decidido ser fiel al Padre
y ser fiel a la condición humana que había encarnado. Esa obediencia y
fidelidad le han llevado al final. Nada
más queda por hacer; nada más queda por decir: Está cumplido. El final
violento de Jesús venía anunciado en las Escrituras del Antiguo Testamento. El
siervo de Yhavhé iba a ser fiel
“Padre, a tus manos encomiendo mi
espíritu” (Lucas 23, 46)
En los otros tres evangelios, Jesús muere inclinando la cabeza o dando un fuerte grito. San Lucas pone esta frase del salmo 31 en labios de Jesús moribundo. No sólo es una oración o una recitación de las Escrituras. Es la entrega de la vida a las manos de Dios. En realidad, el hombre nunca está solo, pues las manos de Dios están siempre atentas para recogernos aun cuando ya nadie nos quiera: si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá, dice otro salmo. San Pablo nos dirá después que siempre somos de Dios, que en la vida y en la muerte somos del Señor. Muchas veces hay que pasarlo mal y sufrir, padecer el rechazo de los otros y los efectos de la soledad, de la enfermedad... pero Dios está siempre ahí para llevarnos con sus manos. Felices son los que ya en esta vida, como Jesús, como Carlos de Foucauld, saben abandonarse en las manos de Dios y le dicen: “Padre, me pongo en tus manos”.
Dios de
bondad y de misericordia: Meditar en las palabras de Jesús desde la cruz supone
meditar en la personalidad orante y misericordiosa de tu Hijo. Que su ejemplo
de total dependencia de Ti y de donación sin límites por amor, nos ayude a ser
cada vez más conscientes de que sólo en Ti podemos encontrar la plenitud de
nuestra vida; de que sólo en Ti hallaremos la felicidad que el hombre se afana
en alcanzar. Por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que vive y reina
contigo por los siglos de los siglos. Amén.
thalithaqumi
Zaragoza,
2003