elcantarodesicar.com
LOS SIETE DOLORES DE LA VIRGEN MARÍA
La festividad de la Virgen de los
Dolores se celebra litúrgicamente el día 15 de septiembre, después del día de
la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, pues, esta advocación de la Virgen
está directamente relacionada con los momentos de la pasión del Señor. Por eso
y porque antaño se denominaba el viernes anterior al Domingo de Ramos el
“Viernes de Dolores”, en muchos lugares se mantiene la tradición de honrar a
Ntra. Sra. de los Dolores en dicho día, en otros días de la Semana Santa o en
su Soledad el día del Sábado Santo. La piedad popular siempre ha reservado un
lugar importante a María en las celebraciones de la Pasión y de la Resurrección
de Jesús.
Una de las
formas de piedad popular propia para honrar a la Virgen Dolorosa o a Soledad es
la meditación en sus siete dolores y cuyo origen se atribuye a Santa Brígida.
La vida de María va unida a la vida de su Hijo Jesús desde que recibiera el
anuncio del ángel y ella respondiera con su “fiat”. Todo amor es también dolor.
Se sufre por las personas que se ama y se comparte su suerte y sus
sentimientos. Así, por ser madre de Jesús, la tradición del pueblo cristiano se
ha detenido en la contemplación y meditación de siete escenas que pudieron
suponer un padecimiento de María a causa de su Hijo Jesús. Éstos son los siete
dolores de la Virgen María.
Lo que
propongo en este documento es la meditación en esas siete escenas. Se puede
hacer todo en un solo acto (la corona o
el rosario de los siete dolores de la Virgen) o en varios días (septenario). La corona de los siete dolores consistirá en leer la meditación
correspondiente a cada escena y rezar a continuación un Ave María después de
cada una de ellas. El rosario de los
siete dolores consistirá en rezar siete Ave Marías después de cada una de
las siete escenas. El septenario
será cuando, en siete días consecutivos, se dice la meditación de una sola de
las escenas (la correspondiente a cada día) y se reza siete veces el Ave María.
No todas las escenas tienen fundamento bíblico ni evangélico; en las que lo
tienen, acompaño el título con la cita bíblica a que hace referencia. Siempre
será conveniente leer la cita antes del texto de la meditación.
INICIO
En
este día vamos a detenernos en contemplar a la Santísima Virgen María en su
advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Meditando en los padecimientos de
ella, unidos a los de su Hijo Jesús, y acompañándola en su piadosa soledad. Que
Dios abra nuestros corazones a la oración para que, a través de ella, crezca nuestro sentimiento
filial hacia Él y nos sintamos hermanos de todos los hombres; y para que, al
contemplar los momentos más difíciles de la vida de María, la Vitgen,
encontremos consuelo en los nuestros y en los de nuestros hermanos.
Este niño va a ser motivo
de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción, y a
ti misma, una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las
intenciones de todos. ¡Qué misteriosas palabras las de aquel anciano! Y era un hombre de
Dios; por tanto, había que considerar sus palabras como un anuncio profético.
Depende de quién vienen, las palabras no tienen ningún valor. Pero si vienen de
la gente de Dios, de la gente de esperanza, de la gente que ha sabido
aprovechar su vida y su experiencia, entonces su valor es incalculable. Dios
puede estar detrás de lo que nos está diciendo. María puede descubrir en ese
momento que su vida no va a ser fácil; que va a quedar unida a la suerte de su
Hijo. Que el Hijo que lleva a presentar al templo será motivo de discordia,
signo de contradicción. Que, a pesar de venir de Dios, no todos lo van a
reconocer ni todos lo van a acoger. María ha podido ver en las palabras de
Simeón que el sufrimiento no va a estar ausente en la vida de ambos, pues Dios
la ha llenado de su alegría y de su gracia pero no le va a evitar la capacidad
para sufrir. El reconocimiento amplio que Simeón hace del Niño cono el Salvador
no ahorra el dolor y la pasión, no evita la muerte. De hecho, todo ser que nace
a la vida tendrá también que pasar por la muerte. Y eso iba a suceder con
Jesús. El ser signo de contradicción le llevaría después a una muerte injusta y
violenta.
Hacia Egipto, escapando de una muerte segura. El destino y la
suerte de Jesús son también los de José y María. Como hoy, también muchos
tienen que emigrar de sus tierras a otras más prósperas escapando del hambre,
de la miseria, de la guerra, de la muerte. Como Jacob y toda su familia habían
emigrado también a Egipto escapando de la sequía y el hambre. Egipto los acogió
pero luego los convirtió en esclavos. Moisés les devolvió la libertad, a través
del desierto, hasta regresar a la tierra que habían dejado atrás en otro
tiempo. Muerto Herodes, Jesús y sus padres vuelven a Palestina. Será el nuevo y
definitivo éxodo llevado a cabo por el nuevo Moisés: Jesús. Él será el que
traiga la libertad y la salvación para todo el pueblo. Como Moisés promulgó la
ley del Señor en el Sinaí, Jesús promulgará la ley de la Nueva Alianza en el
sermón de la montaña: las bienaventuranzas. Moisés trajo al pueblo una alianza
temporal, abocada al fracaso. Jesús traerá la alianza definitiva fundada en el
amor. Pero todo esto a María se le debió escapar. Ella tuvo que salir de su
tierra, de su país, de su gente, de su familia y pasar a ser extranjera en
Egipto cuando Jesús era sólo un bebé. Las dificultades arrecian y se confirma
la profecía de Simeón: la presencia de Jesús en el mundo será signo de
contradicción. Pero María dio el sí cuando el anuncio del ángel y ahora debe
también ser fiel, en los buenos y en los malos momentos.
San Lucas es el único de los evangelistas que incluye este
episodio en su obra. Destinado a afirmar su filiación divina y la supremacía de
Dios sobre la de sus padres, es la primera vez que Jesús va a Jerusalén y
también la primera vez que toma la palabra –todavía siendo un niño- en el
tercer evangelio. La preocupación de María y de José es honda al comprobar que
no se encuentra entre la caravana. Tal es así, que deben abandonar la comitiva
y regresar a Jerusalén en su búsqueda. José y María sienten la responsabilidad
de ser padres; el remordimiento de haber sido demasiado confiados; la pena de
no saber dónde se encuentra su hijo; el temor de que haya podido ocurrirle algo
malo; la angustia de contemplar la posibilidad de no haber sido fieles a la
misión que Dios les había confiado y haber fallado en el cuidado de su Hijo.
Cualquier padre o madre puede entender fácilmente lo que ellos debieron sentir
en esos días. Un sufrimiento más para María, un nuevo dolor que le trae el amor
a Dios, el deseo de ser fiel a su voluntad y la unidad de su vida con la de su
Hijo Jesús. El amor conlleva un componente de sufrimiento que es inherente al
propio amor; así sea el amor al mismísimo Dios. Y en la Virgen María no va a
ser una excepción. El amor por su Hijo, en todas las etapas de su vida, ya sea
en la infancia, en la juventud y en la adultez, se va a manifestar también en
ese aspecto de dolor y padecimiento.
Es un momento importante. No lo recogen los evangelios, pero
la piedad cristiana ha hecho de este encuentro motivo de procesiones,
representaciones y actos piadosos. De hecho, es la cuarta de las estaciones del
Via Crucis. Como queriendo aliviar un momento el dolor de Jesús, cargado con la
cruz; como queriendo hacer que reciba siquiera una pizca de amor en una
situación en la que se vuelca sobre él tanto odio y tanta violencia, el pueblo
cristiano ha imaginado que María le salió al encuentro, le abrazó, le besó,
juntó su rostro con el de su Hijo, quedando su cara empapada de su sangre y de
su sudor. Y que entonces Jesús suspiró aliviado y sacó de ese encuentro las
fuerzas para llegar con el peso de la cruz hasta el Gólgota. ¡Qué momento tan
humano! Pero también, qué trago para María. Tener que ver a su Hijo en esas
condiciones. No entender el por qué; no alcanzar a comprender el significado de
lo que está ocurriendo; tener que aceptar tan dolorosamente esa realidad y no
poder rebelarse, no poder hacer nada para que eso no suceda. Sólo puede
acompañar; llorar amargamente y acompañar. Empieza a tomar forma la profecía de
Simeón de que una espada le iba a atravesar el alma. Es una espada larga y
afilada que se clava hasta la cruz. En verdad el corazón de la Virgen María ha
sentido esa terrible punzada, ese tremendo desgarro. ¿Por qué a su Hijo, que
sólo ha hecho el bien, tienen que hacerle esto?
Que una madre deba pasar por la muerte de su hijo es, a buen
seguro, el trago más amargo que puede tocarle en la vida. Pero que esa muerte
sea tan violenta como injusta y que su madre esté presente, supera cualquier
experiencia de sufrimiento que podamos tener los seres humanos. El evangelio de
Juan sitúa a María, en el tremendo momento de la muerte de Jesús, al pie de su
cruz junto al discípulo querido del Señor. Es curioso que sólo en el cuarto
evangelio, que es el más tardío, se mencione la presencia de la madre en esa escena
cruel. Juan ha pensado en todo: así, Jesús no muere en soledad y carente de
todo afecto; así María está también acompañada en un trance como ese; así los
dos se ven arropados por la comunidad cristiana incipiente y hay ocasión para
que Jesús, como pronunciando su última voluntad, les haga el encargo de
cuidarse mutuamente entre ellos y de dejar constancia de su continuidad en la
comunidad de los cristianos que iba a surgir poco después de estos
acontecimientos: “He ahí a tu hijo”; “he ahí a tu madre”. Qué terrible para
María, pero qué dulce para Jesús poder morir rodeado del cariño de su madre y
del afecto de los suyos. Y en momentos como éste es cuando el amor alcanza su
expresión máxima: en Jesús porque consuma su entrega por amor; en María porque
ha supuesto el acompañamiento de su hijo en toda su vida: desde Belén hasta el
Calvario; de su comienzo a su final.
Esta escena, que
también ha creado la tradición cristiana y la piedad del pueblo de Dios,
suscita los mejores sentimientos de empatía y de compasión con el dolor de la
madre. Siempre nos sentimos cercanos al dolor de las madres cuando pasan por la
muerte de sus hijos. De hecho, el llanto de la madre que está enterrando a su
hijo se nos clava en el corazón y en la memoria durante largo tiempo, y, a
veces, de por vida. La mayor parte de las procesiones generales del Viernes
Santo cuentan con esta escena: el cadáver de Jesús en los brazos de su madre
ante el cadalso de la cruz. Los imagineros cristianos del barroco y el
neoclásico abundaron también en la reproducción de la Piedad. María, impotente
y con el gesto desencajado, llora desconsolada con el Hijo muerto en su regazo,
y mira al cielo como preguntando a Dios por qué le hace pasar por esto,
indefensa y desgarrada; y mira al pueblo como preguntando “¿qué es lo que os ha
hecho para que le tratéis así?” Y todos nos sentimos afectados por tan grande
dolor de la madre de nuestro Señor Jesucristo. De esta manera, el dolor de la
madre conmueve los corazones piadosos y lleva a muchos cristianos sencillos a
mirar la pasión de Jesús a través de los ojos y de la mirada de María, a través
de su tremendo sufrimiento y dolor. Ternura, compasión... No hay que tenerles
miedo; son sentimientos de un corazón noble que nacen del amor y que lo hace
crecer aún más.
Aquí termina la vida temporal de Jesús. Eliminado por los
poderosos de aquella época y de aquel lugar, su cuerpo es llevado a la sepultura.
Para María es también misión cumplida. Trajo a Jesús al mundo, lo cuidó, lo
crió, lo educó; ahora, muerto, lo recibe en su regazo y lo entrega a la tierra,
al lugar de los muertos. María no sabía lo que iba a suceder después. Como
muchas madres de entonces y de hoy, al enterrar a su hijo, se despide de él
para siempre. Lo hace sabiendo que no lo va a volver a ver, que el hijo de sus
entrañas y al que tanto y tanto amó, queda ya sólo en el corazón y en el
recuerdo. Es un adiós definitivo para ella. Por eso, precisamente, es el último
de sus siete dolores. Sin embargo, y aunque a María se le escapara en ese
momento, no habrá ya más sufrimiento para ella por su Hijo Jesús, pues la
alegría se haría desbordante al tener noticia de su santa resurrección del lugar
de los muertos. La que parecía una clamorosa derrota de su Hijo Jesús, ya no lo
es tal, y –más aún- se ha convertido en su gran victoria. Cristo asciende, victorioso, del abismo, reza el pregón pascual. Y
una cosa más: Ahora vendrá la segunda parte de la misión de María, la que Dios
nunca le reveló antes pero que su Hijo le encargó en la cruz: María acompañará
los primeros pasos y los balbuceos de la comunidad cristiana que comienza a
nacer en la Pascua. Ella sigue siendo la madre de Jesús al ser, al mismo
tiempo, la madre de la Iglesia y de cada creyente.
CONCLUSIÓN
Los
Dolores de nuestra Señora, la Virgen María, han servido hoy para nuestra
oración y reflexión. Que ellos nos ayuden también a encontrar el sentido de
nuestro propio sufrimiento y a comprender con amor el sufrimiento de nuestro
prójimo. Que, como fieles discípulos de Jesús, nos afanemos en la tarea de
aliviar el sufrimiento de nuestro mundo y de nuestros hermanos. Por JCS. Amén.
elcantarodesicar.com
Zaragoza, Semana Santa 2007