thalithaqumi
piedad
TRIDUO A LA VIRGEN DEL PILAR
DIA PRIMERO
Canto de entrada
Mientras
recorres la vida
tú
nunca solo estás.
Contigo
por el camino
Santa
María va.
VEN
CON NOSOTROS AL CAMINAR,
SANTA
MARÍA, VEN (bis).
Saludos a María
Te
saludamos, María, elegida del Padre.
Te saludamos, María,
esclava del Señor.
Te saludamos, María, Madre
del Redentor.
Ave, Ave, Ave María.
Ave, Ave, Ave María. (Cantada
como el “Ave” de Lourdes o Fátima).
Te saludamos, María,
educadora del Señor.
Te saludamos, María,
intercesora en Caná.
Te saludamos, María,
compañía en el Calvario.
Ave, Ave, Ave María…
Te saludamos, María,
Virgen de Pentecostés.
Te saludamos, María, Madre
de los cristianos.
Te saludamos, María,
asunta al cielo, que gozas de la gloria de Jesús.
Ave, Ave, Ave María…
Oración
Dios
Todopoderoso, que, en la gloriosa Madre de tu Hijo, has concedido un amparo
celestial
a cuantos la invocamos con la secular advocación del
Pilar,
concédenos, por su intercesión:
fortaleza en la fe,
seguridad en la esperanza
y constancia en el amor.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo...
Lectura evangélica
María,
junto a la Cruz
de Jesús: Juan 19, 25-30
Meditación
La oración
colecta de la misa del día del Pilar y que nosotros hemos recitado antes de la
lectura evangélica, pide a Dios, por intercesión de María del Pilar, FORTALEZA
EN LA FE para
cuantos la invocamos. El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar es la
mayor prueba de la fe de María. Ella ya había demostrado una fe fuerte al creer
el anuncio de su concepción sin conocimiento de varón. Había dado prueba de su
fe durante toda la infancia y juventud de su Hijo, que crecía como un niño
normal y que no daba muestras de su filiación divina hasta muy tarde. La
fortaleza de la fe de María está también latente en todas esas cosas que ella
no alcanzaba a entender y que, sin embargo, guardaba en su corazón. Pero la
prueba de fuego, el momento definitivo en que la fe es puesta a prueba de
verdad, es la Cruz.
Abrahán había sido antes probado cuando Dios le pidió el
sacrificio de Isaac. Pero, al fin y al cabo, el sacrificio no se consumó. En el
Calvario, sí. El sacrificio de Jesús es total. María ve morir a su Hijo
abrazada al madero que sostenía su cuerpo. Isaac no fue arrebatado por Dios a
Abrahán, pero Jesús es arrebatado a María, que no volverá a tener a Jesús en
sus brazos sino muerto y desangrado.
Humanamente
es la desolación total. ¿Cómo su Hijo, que es el Hijo de Dios se ha dejado
vencer por Caifás, por Pilato, por los soldados de los romanos? ¿Cómo se ha
dejado vencer por la chusma que pedía en el pretorio la libertad de Barrabás?
¿Dónde quedaban entonces todas las promesas de Dios? ¿Dónde la gloria de Jesús?
Tanto sacrificio, tanto dolor, tanta renuncia de sí misma, ¿para qué?; ¿para
esto? Dios ha probado a María. Y de qué forma. La mayor prueba de la fe en una
madre es asistir a la muerte de su hijo. María pasó con dolor, con llanto, con
amargura ese trance. Pero ella no dudó de Dios. Todo lo exterior, todo lo que
podía verse, toda la apariencia apuntaba a un estrepitoso fracaso. Pero la fe
de María no se vio afectada. María tuvo fortaleza para acompañar a su Hijo
hasta el Gólgota. La tuvo para verlo morir, para sostener su cadáver en los
brazos, para llevarlo a la sepultura. Pero su fe permaneció íntegra. Ella no
entendía lo que estaba pasando, pero conservaba la fuerza de la manifestación
de Dios en su vida: Lo que le había dicho el Señor se cumplirá; ella es dichosa
porque ha creído y recuerda en su corazón las palabras y las promesas de Jesús.
De hecho, en los evangelios, los apóstoles dudan, en un primer momento, de la Resurrección de
Jesús, pero María no lo duda ni siquiera entonces.
Esa
fortaleza de María es la que la
Iglesia pide para sí. Los discípulos de Jesús, en el siglo
XXI, vemos también nuestra fe, a menudo, puesta a prueba. Nuestra sociedad,
secularizada y postmoderna, que ha abandonado los valores cristianos, que se ha
abierto a otras culturas y a otras corrientes de pensamiento, que no distingue
entre unas y otras y mete a todas en el mismo saco, considera a los cristianos
de hoy como gente anclada en el pasado, que predican un mensaje pasado de moda
y que tienen un pensamiento retrógrado y trasnochado. Hace falta estar firmes
en la fe para permanecer en ella. Pero también las dificultades y los problemas
personales, familiares, sociales... pueden ahogar nuestra fe. Y de hecho, así
les ocurre a muchos creyentes. Parece como si las cosas les fuesen mejor a los
alejados de la Iglesia;
como si los corruptos fueran los que tuvieran pujanza en la vida, mientras que
los honrados quedasen en condiciones inferiores. Muchas veces, el cristiano de
hoy, en clara minoría, ha de soportar las burlas y las afrentas de los descreídos.
Y todo ello, ¿no pone a prueba nuestra fe?
Parece como si todo invitase a no creer; como si toda la apariencia
fuera una invitación permanente a abandonar. Sin embargo, el que ha
experimentado a Dios dentro de él, sabe que la fe es lo más valioso de su vida;
más, incluso, que su propia vida. Es el tesoro escondido en el campo por el que
se vende todo para hacerse con ese campo; como la perla que se encuentra y se
venden todas las otras perlas para comprarla.
Pedimos
a Santa María del Pilar que favorezca la experiencia de Dios en los cristianos
de hoy, para que los haga, como ella fuertes en la fe. Ese Pilar que sostiene la Sagrada Imagen de la Virgen sea símbolo de una
fe fuerte en todos nosotros, sus hijos devotos, que la invocamos con tan secular
advocación. Amén.
Preces
“Pedid
y recibiréis”, nos dice el Señor. Dirijamos, pues a Él nuestra plegaria,
poniendo como intercesora a nuestra Madre del Pilar y digámosle: Santa María
del Pilar, ruega por nosotros.
·
Para que la Iglesia de nuestros días sepa acoger con su
manto, como María, a todas las personas de buena voluntad que se esfuerzan por
hacer un mundo mejor. Oremos.
·
Para que el Espíritu Santo ilumine las mentes
y las conciencias de nuestros gobernantes en orden a la consecución de una
sociedad más justa y en paz. Oremos.
·
Para que la presencia de María continúe
alentando los trabajos apostólicos de nuestras diócesis, como ocurriera con la Iglesia primitiva. Oremos.
·
Para que los enfermos y todos los que sufren
sientan el amparo celestial de Santa María al invocarla con la secular
advocación del Pilar. Oremos.
·
Para que los pueblos hermanos de
Latinoamérica, que invocan a la
Virgen del Pilar como patrona de la Hispanidad, puedan
disfrutar de un verdadero y justo desarrollo en la prosperidad. Oremos.
·
Para que todos nosotros vivamos con alegría
como hijos de Dios agradeciendo al Padre el magnífico regalo de la singular
presencia de María en nuestra tierra. Oremos.
Señor Dios nuestro, que eres admirable en todas tus
obras, al celebrar a Santa María del Pilar, te damos gracias porque tu Hijo, en
la Cruz, nos la
dio como Madre. Concédenos que ella nos ayude a crecer en nuestro sentimiento
filial para contigo y fraternal para con todos los hombres mujeres de nuestro
tiempo. Por JCNS.
Ave María
Siguiendo la
piadosa tradición del Pueblo Cristiano, recitemos tres veces el Ave María:
Dios
te Salve, María...
Oración final
Dios
todopoderoso, que en tu profundo designio quisiste dejarnos en la Virgen del Pilar un faro
esplendente y un rico presente de caridad, ayúdanos, por su intercesión, a
dejarnos iluminar con su luz y a tratar a todos con el mismo amor que tú nos
das. Por JCNS.
Canto de despedida
BENDITA Y ALABADA SEA LA HORA
EN QUE MARÍA SANTÍSIMA
VINO EN CARNE MORTAL A ZARAGOZA, A ZARAGOZA.
POR SIEMPRE SEA, POR SIEMPRE SEA
BENDITA Y ALABADA.
DIA SEGUNDO
Todo como en el día primero, excepto la lectura y la
meditación.
Lectura evangélica
Relato
de la Anunciación:
Lucas 1, 26-38
Meditación
La
oración de la misa del Pilar pide también para los fieles devotos de la Virgen, SEGURIDAD EN LA ESPERANZA. Ayer
comentábamos la fortaleza de la fe de María. Hoy nos fijaremos en ella como
Mujer de esperanza.
La
esperanza es la segunda de las virtudes teologales y hace siempre referencia a
un futuro. San Pablo dirá que la esperanza es necesaria para lo que ha de
venir, para lo que todavía no vemos, ya que para aquello que vemos la realidad
hace innecesaria la esperanza. Esta virtud va siempre unida a la fe en la Historia Bíblica,
porque la esperanza es la espera paciente y activa en las promesas de Dios. Y
para esperar en el cumplimiento de esas promesas es necesaria la fe en la Palabra que Dios ha dado.
Por ejemplo: por los profetas, Dios prometió la venida de un Mesías. El pueblo
de Israel alimentó durante siglos esa esperanza fundamentada en la fe en la
promesa. Pero cuando el Mesías llegó no cabía seguir esperándola. Sólo era
necesario reconocerle y ser conscientes de que, una vez más, la Palabra del Señor se había
cumplido tal como lo había anunciado.
Es,
precisamente, en la
Anunciación donde la esperanza de María tiene su punto de
partida. El Mensajero del Señor hace a María una promesa en su nombre: Concebirás
y darás a luz un hijo... y también: El Espíritu Santo te cubrirá con su
sombra... María queda asombrada y desconcertada pero da fe a lo que el
ángel del Señor le transmite. A partir de esa fe comienza a surgir su
esperanza. La de Nazaret se va a Judea a visitar a Isabel, su prima, y le asiste
en el parto de Juan el Bautista. Esto alimenta más la esperanza en ella. María
ha visto que lo que le había anunciado el Mensajero a propósito de su prima era
verdad, acaba por cumplirse y el nacimiento de Juan es un hecho. Para entonces,
María está ya de tres meses y no sólo es plenamente consciente de su embarazo,
sino que empieza a preparar el momento por el que Isabel ya ha pasado,
alimentando cada día más y más la esperanza que hasta entonces había sido
incipiente.
Cuando
el nacimiento de Jesús es ya una realidad, María comienza una etapa de larga
espera. Mientras el Niño crece, es un joven y se convierte en un adulto, nada,
absolutamente nada, hace pensar en su misión. María ve cómo Jesús, en
apariencia, es uno más entre los suyos. Pero ella está segura, recordando el
momento de la Anunciación,
de que su Hijo es el Hijo de Dios y que más pronto o más tarde llevará adelante
el designio para el que ha venido al mundo. María continúa en actitud de
esperanza confiando en la
Palabra que Dios le ha dado. Ya hablamos ayer del varapalo
que suponía para ella la muerte de Jesús. Pero Él había dicho que resucitaría
al tercer día y María continuó esperando. Y su espera fue compensada cuando
todo aquello que había creído se hizo realidad.
Seguridad en
la esperanza es lo que pedimos en nuestra oración. La enfermedad y la muerte
son los dos elementos que más son capaces de desestabilizar la esperanza del
hombre de nuestra sociedad actual. Ante la primera, existe la fuerza que da el
consuelo del Padre y la permanente presencia del Espíritu; ante la segunda,
está la promesa de la
Vida Eterna. Cabe preguntarnos: ¿Creemos, confiamos en las
promesas de Jesús? ¿Tenemos fe en la
Palabra que Jesús nos ha traído de parte del Padre? Si
mantenemos viva esa fe, esa confianza, mantendremos viva también la esperanza.
Y esa seguridad que da la esperanza nos hará superar nuestros miedos y nos
mantendrá en la alegría frente a toda circunstancia, evitando, así, cualquier
tipo de amargura y zozobra. Cuando la tristeza se apodera de nuestra alma, es
cuando se ha debilitado nuestra esperanza.
Pedimos
a Santa María del Pilar una vez más, que, a ejemplo de ella, la fortaleza en
nuestra fe nos haga seguros en la esperanza, para que podamos afrontar con buen
ánimo y actitud alegre cualquier dificultad que se presente en nuestro camino.
Amén.
DIA TERCERO
Todo como en el día primero, excepto la lectura y la
meditación.
Lectura evangélica
Relato de la Boda de Caná: Juan 2, 1-12
Meditación
La
tercera petición que se hace a Dios por intercesión de la Virgen del Pilar en la
oración propia de la misa del día es LA CONSTANCIA EN EL
AMOR. El amor cierra la terna de las virtudes llamadas teologales. Una vez más
recurrimos a San Pablo, que nos dice: Así que esto queda: fe, esperanza,
amor; estas tres, y de ellas la más valiosa es el amor (1Cor 13, 13). Pero,
si hemos dicho que la fe y la esperanza son tan importantes, ¿cómo dice el
apóstol que la más valiosa es el amor? Creo, fundamentalmente, que será por dos
razones. La primera es que hemos dicho que la fe crea esperanza, y ¿acaso, a su
vez, el amor no produce confianza? Es decir, ¿no produce fe el amor? Quien ama
confía. Quien ama cree. El amor es, por tanto, la raíz de la fe. La segunda: Dios
es amor (1Jn 4,8). Si Dios se define como amor, y nuestro amor es
participación de la esencia de Dios, ¿no será el amor lo más valioso que hay en
el ser humano? Como la fe y la esperanza provienen del Amor, porque provienen
de Dios y Dios es amor, así también la fe y la esperanza conducen a quienes las
poseen a actitudes de amor. El amor es el origen, pues, de las otras dos
virtudes, pero, al mismo tiempo, la consecuencia del ejercicio de la fe y la
esperanza es el amor hecho práctica, hecho realidad. Podemos decir que quien
cree ama y que quien espera en las promesas de Dios también ama.
María
cree, espera y ama. O también, María ama y por eso cree y espera. Sólo el amor
la lleva a escuchar a aquel que es Amor. Sólo el amor la lleva a creer el
anuncio de Gabriel y a esperar en las promesas divinas. Pero María ha sido
visitada por aquel que es Amor. Así que su fe y su esperanza se van a traducir
en amor y sólo en amor. Hemos tomado para la lectura de este tercer día del
triduo el relato de la Boda
de Caná porque muchas veces convertimos el amor en una palabra grandilocuente y
creemos reservarla sólo para las grandes ocasiones y para personas contadas.
Sin embargo, el amor de Dios es universal. Y en María ese amor se manifiesta
tanto en lo grande como en las cosas pequeñas. Por amor, María dijo al ángel
“aquí está la esclava del Señor”, o fue
a visitar a Isabel a la montaña para asistirle en los últimos días de su
gestación, pero también por el mismo amor, en Caná de Galilea, el autor del
cuarto evangelio pone en sus labios “no tienen vino”, expresando así su
preocupación por algo, aparentemente, tan insignificante.
Precisamente,
una de las características del amor es que no se guarda, sino que se comunica;
que no se reserva, sino que se da. El amor no puede reservarse, pues, para las
grandes ocasiones. Es algo cotidiano; el que ama, no elige cuándo va a
demostrarlo... simplemente lo expresa, lo proyecta en todo momento. El amor es
así y María, una vez más, nos lo muestra. El que permanece en Dios ama. Y al
que ama se le nota porque transmite amor.
Por
eso pedimos constancia en el amor, para que no se dé a golpes; ahora sí, más
tarde no. Porque si abandonamos el amor, estamos abandonando nuestra fe y
nuestra esperanza; estamos abandonando a Dios y, por tanto, nos estamos
perdiendo, abandonándonos a nosotros mismos. Que Santa María del Pilar nos
ayude a adquirir de nuestro trato con Dios un amor constante. Amén.
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--------------TLITHJAQUMI--------------
Zaragoza, septiembre 2002