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PIEDAD

 

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Via Crucis según San Lucas

 

Tradicionalmente, el Via Crucis arranca en la condena a muerte de Jesús y acaba en su sepultura. Sin embargo, la crucifixión de Jesús no es un acontecimiento aislado del resto de su vida pública y de su predicación; es más bien consecuencia de una decisión del propio Jesús (que decide entregarse) y de una cadena de acontecimientos que suceden provocados por su enseñanza y por los signos que realizaba. En el evangelio según San Lucas, que acompaña la liturgia del ciclo C, esto se ve con especial claridad. De hecho, a partir de 9, 51, termina su actividad en Galilea y  comienza el viaje de Jesús con sus discípulos a Jerusalén, ciudad en la que mueren los profetas. Incluso después de haber entrado en la ciudad santa, lleva a cabo unas escenas en el templo que serán determinantes en la decisión de las autoridades religiosas para darle muerte. En definitiva, en este Via Crucis que propongo, saco las estaciones del exclusivo contexto de los pasos de la pasión y me detengo, siguiendo el evangelio de Lucas, en otras escenas que, desde 9, 51, apuntan a ese momento culminante de la propia entrega de Jesús. Así, le damos comienzo en el inicio de su viaje a Jerusalén y lo terminamos en la meta de ese viaje y de toda la vida terrena de Jesús: su muerte en la cruz. En todos los enunciados Jesús es el sujeto, excepto en dos estaciones en la que su crucifixión depende de la decisión de otros: la traición de Judas y la condena por parte de Pilato.

 

 

PRIMERA ESTACIÓN:

JESÚS COMIENZA SU VIAJE A JERUSALÉN

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 9, 51-53               Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. 

De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

 

En el evangelio según San Lucas, Jesús comienza este viaje a Jerusalén dejando atrás la actividad en Galilea. La perspectiva de este viaje es la Pascua; de hecho, el propio evangelista apunta que el viaje da comienzo “cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo”. Entretanto irá instruyendo a sus discípulos en el camino de su seguimiento que, como el suyo, habrá de pasar también por la cruz. Si la actividad de Jesús en Galilea comienza con el rechazo de Jesús por parte de la gente de Nazaret, el viaje a Jerusalén comienza también con rechazo: el de los samaritanos. Antes ya había anunciado dos veces su pasión; ahora Jesús va a Jerusalén a entregarse a la muerte y llevar a plenitud la revelación de su persona y el plan salvador que Dios quiere realizar a través de Él.

 

Jesús nos ha enseñado a buscar, como Él, la voluntad de Dios. A veces la voluntad de Dios puede resultarnos molesta, incómoda, puede que pase por la cruz. Jesús nos enseña la valentía y el coraje necesarios para ponernos en marcha confiando en la fuerza que el Padre nos ofrece y con la perspectiva de la victoria final: de la resurrección.

 

 

SEGUNDA ESTACIÓN:

JESÚS ANUNCIA LA PERSECUCIÓN DE LOS DISCÍPULOS

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 12, 11-12             Si os llevan a las sinagogas, ante los magistrados y autoridades, no os preocupéis del modo de defenderos, ni de lo que vais a decir; el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir.

 

El seguimiento de Jesús va a ser también causa de cruz, de sufrimiento, de persecución para sus discípulos. La pasión y muerte del Maestro será también el comienzo de sus propias persecuciones y en ella encontrarán su sentido: compartir el mismo destino de Jesús. Si el Espíritu es el que impulsa a Jesús en su vida pública como la fuerza vivificadora de Dios, de la misma manera, ese mismo Espíritu será el valedor, el vivificador, el inspirador de los discípulos; en todo el tercer evangelio y en el libro de los Hechos toda la causa de Jesús aparece conducida por la acción del Espíritu Santo.

 

Podemos preguntarnos si en nuestra vida de cristianos hemos arriesgado algo por seguir a Jesús. Si nuestro seguimiento de Jesús nos resulta cómodo, si no lleva adherido el aspecto de cruz, si no produce cierta lucha dentro de nosotros, quizá no sea un seguimiento auténtico. También podemos preguntarnos si sentimos vivo en Espíritu de Jesús en notros, en nuestras comunidades; si nos estamos dejando conducir por el Espíritu de Jesús o si más bien no estamos siguiendo el propio camino que más nos conviene.

 

 

TERCERA ESTACIÓN:

JESÚS SE LAMENTA POR JERUSALÉN

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 13, 31-35             Entonces se acercaron unos fariseos y le dijeron:

-Sal, márchate de aquí porque Herodes quiere matarte.

Jesús les dijo:

-Id a decir a ese zorro: Sábete que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día acabaré. Por lo demás, hoy,. mañana y pasado tengo que continuar mi viaje porque es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, y no habéis querido. Pues bien, vuestra casa se os quedará desierta. Y os digo que ya no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

 

Jesús se presenta libre, libre incluso ante los poderosos de este mundo; sus amenazas no harán modificar su camino y su misión. Ahora su objetivo es llegar a Jerusalén. Es aquí donde expresa verdaderamente qué es lo que lleva allí: es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén. Jesús volverá allí a ser rechazado y correrá la suerte de los profetas anteriores a Él: la muerte. Jesús menta la ruina de la ciudad y del templo, pero antes le verán entrar como el enviado del Padre, como rey victorioso y pacífico anunciado en Zacarías 9, 9-10.

 

¿Somos nosotros consecuentes con nuestra fe hasta el final? A veces los “poderosos” de hoy quieren recordarnos que, en la financiación, en la promulgación de las leyes, en la colaboración con la Iglesia... dependemos de ellos. ¿Consiguen acallar con sus amenazas la voz de la verdad? ¿Nos sentimos libres los cristianos para actuar con absoluta independencia de los poderes de este mundo? Si dejamos de denunciar una sola injusticia por complacer a los que detentan el poder, nos hemos puesto contra los débiles, nos hemos puesto contra Dios. Necesitamos purificación y conversión.

 

 

CUARTA ESTACIÓN:

JESÚS ANUNCIA SU MUERTE Y RESURRECCIÓN A LOS DISCÍPULOS

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 18, 31-34             Tomando consigo a los doce, les dijo:

-Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre se va a cumplir. Será entregado a los paganos, escarnecido, ultrajado y escupido; después de azotarlo. lo matarán, pero al tercer día resucitará..

Ellos, sin embargo, no entendieron nada de esto; aquel lenguaje les resultaba totalmente oscuro. Y no podían comprender el sentido de sus palabras.

 

Jesús habla pero los discípulos no entienden. Están en otra onda. Los discípulos le acompañan en su viaje a la ciudad santa, pero entre ellos y Jesús media una gran distancia en mentalidad y planteamientos. De hecho, más tarde, en la pasión, Jesús sufrirá el abandono de los suyos. Será expulsado de su propio pueblo y entregado en manos de los paganos, que le darán muerte. Sin embargo, resucitará al tercer día. Y todo esto dará cumplimiento a lo anunciado en las escrituras. Hasta que el propio Jesús les explique las escrituras después de su Pascua (c. 24), los discípulos no lo entenderán. Jesús lo anuncia, pero ellos no lo recordarán. El cumplimiento de las escrituras manifiesta que todo en la pasión responde al plan de Dios. Dios es quien, realmente, llevará la batuta de los acontecimientos.

 

Los discípulos del siglo XXI ¿intentamos penetrar en la mentalidad y los planteamientos de Jesús? ¿Nos preocupa mirar desde su óptica, comprender desde su mentalidad, percibir y sentir desde su sensibilidad? ¿O tal vez estemos más ocupados en defender “la institución”, la estructura? ¿Hemos dejado ya en nuestra oración, en nuestra reflexión, en nuestra vida, que sea el propio Jesús quien nos explique las escrituras?

 

 

QUINTA ESTACIÓN:

JESÚS ENTRA, HUMILDE, EN JERUSALÉN

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 19, 29-38             Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles: 

-«Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", contestadle: "El Señor lo necesita".» 

Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: 

-«¿Por qué desatáis el borrico?» 

Ellos contestaron: 

- «El Señor lo necesita.» 

Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar. 

Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. 

Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: 

-«¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto.» 

 

 

La entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén es el cumplimiento de la profecía de Zacarías de un rey pacífico y humilde que llega a lomos de un borrico. La procesión de la entrada que describe Lucas es una manifestación de alegría y júbilo en tono festivo. Quienes acompañan a Jesús son los que extienden sus mantos e irrumpen en cánticos de alegría, son el grupo que ha seguido a Jesús en su viaje a Jerusalén. Esta entrada es símbolo de la entrada de Jesús en la Jerusalén del cielo, de la entrada en su gloria, como Señor y Mesías en su resurrección.

 

Nosotros somos hoy los discípulos de Jesús. ¿Hemos recorrido con Él el viaje a Jerusalén? ¿Le hemos visto, escuchado, acompañado en el designio de salvación del Padre? ¿Estamos hoy, en nuestro tiempo, implicados en la construcción, con Jesús, de ese designio salvífico de Dios para nuestro mundo, para nuestra sociedad? ¿Ya tenemos en Jesús la centralidad de nuestra implicación en la Iglesia y en la sociedad de modo que podamos gritar a todos que Jesús es el que viene en el nombre del Señor?

 

 

SEXTA ESTACIÓN:

JESÚS DENUNCIA A LOS MAESTROS DE LA LEY EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 20, 45-47             Mientras todo el pueblo estaba escuchándole, dijo a sus discípulos:

-Guardaos de los maestros de la ley, a quienes les gusta pasearse lujosamente vestidos y que todo el mundo los salude por la calle. Buscan los puestos de honor en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes. Éstos, que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones, tendrán un juicio muy riguroso.

 

Esta escena tiene lugar en el templo de Jerusalén. En realidad, Jesús ha tomado posesión del templo para impartir su enseñanza. Poco a poco, Jesús va desmitificando la institución más sagrada del judaísmo y nos va dando a entender que ya no es el templo el lugar del encuentro del hombre con Dios; Él mismo, Jesús, es el nuevo lugar en que Dios se encuentra con los hombres y éstos con Dios. En esa desmitificación entra la denuncia de lo poco agradable a Dios que es la conducta de quienes se tienen por maestros de la ley. El querer destacar sobre los otros, el abusar de los pobres, los comportamientos injustos son incompatibles con la sensibilidad de Dios.

 

¿Cuál es nuestra postura ante la injusticia de nuestro mundo? ¿Colaboramos nosotros de alguna manera con las situaciones injustas de nuestra sociedad? ¿Señalamos con valentía el origen de la injusticia y de los comportamientos injustos que machacan y exprimen a los pobres? Utilizar el nombre de Dios para lucrarse o para aprovecharse de los débiles e indefensos sólo nos hará merecedores de la máxima condena por parte de Dios. El discípulo de Jesús no participa de la injusticia de este mundo, la desenmascara y se implica en la construcción de unas relaciones más fraternas y solidarias entre los hombres.

 

 

SÉPTIMA ESTACIÓN:

JESÚS PREDICE LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 21, 5-6                 Al oír a algunos que hablaban sobre la belleza de las piedras y exvotos que adornaban el templo, dijo:

                                   -Vendrá un día en que todo esto que veis quedará totalmente destruido; no quedará piedra sobre piedra.

 

Este anuncio de Jesús, que incluye la destrucción de Jerusalén unos versículos más adelante, forma parte de un discurso escatológico, de un tiempo futuro en que la venida del Hijo del Hombre, glorioso, dará plenitud al plan de salvación de Dios. El primero de los signos del fin es la destrucción del templo y de Jerusalén. En la tradición de los profetas, el abandono y la destrucción del templo de Dios es signo inequívoco de la ruptura de la alianza por parte del hombre. Junto a su enseñanza en el templo, este anuncio de Jesús resulta provocativo para las autoridades religiosas; al fin y al cabo, supone una acusación velada de haber roto la alianza con Dios.

 

El templo era un elemento aglutinador de la fe de los judíos, centro de peregrinación y elemento esencial de su nacionalismo. Había traspasado su sentido sacro y era motivo de orgullo para el pueblo, pues exaltaba su belleza. Nosotros contamos con bellas catedrales, pero no debemos olvidar que el verdadero templo de Dios es Jesús y, en Él, el templo de su Espíritu es cada ser humano, cada corazón y cada persona. Si nos quedamos en la belleza de las piedras de nuestros templos nos desviamos de su verdadero sentido; tampoco de ellos quedará piedra sobre piedra. Sin embargo, el templo del Espíritu es eterno y está llamado a permanecer en la gloria de Dios.

 

 

OCTAVA ESTACIÓN:

JUDAS CONSPIRA PARA ENTREGAR A JESÚS

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 22, 1-6                 Se acercaba la fiesta de los panes sin levadura llamada pascua. Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley buscaban el modo de acabar con Jesús, pero temían al pueblo. Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce, y éste fue a tratar con los jefes de los sacerdotes y las autoridades del templo la manera de entregárselo. Ellos se alegraron y convinieron en darle dinero. Él aceptó la propuesta y andaba buscando una ocasión para entregárselo a espaldas de la gente.

 

Es aquí donde comienza propiamente el relato de la pasión en el evangelio de Lucas. En Lc 4, 13 habíamos visto al diablo marcharse hasta el momento oportuno. Éste es el momento en que Satanás vuelve a aparecer en el tercer evangelio. Judas no lucha, no se resiste; lo que él hace, lo hará empujado por Satanás que lo ha poseído. La proximidad de la pascua es momento propicio para acabar con Jesús, y Satanás se aliará con los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley para detenerle a espaldas de la gente. Este acontecimiento prepara el camino de la cruz, del plan de salvación de la humanidad, el éxodo de Jesús de este mundo: su Pascua.

 

Estos versículos contrastan con el relato de las tentaciones de Jesús. Jesús se muestra libre ante lo que el tentador quiere hacer de Él. Judas, en cambio, es un pelele a merced del diablo. En Jesús dominaban los pensamientos emergentes de la Sagrada Escritura y de la renuncia de sí mismo; en Judas dominan los pensamientos de la desconfianza y la sospecha. De ahí que Jesús supere la tentación y que Judas acabe siendo instrumento del diablo. ¿Cuáles son nuestros pensamientos más abundantes? ¿Hasta qué punto hemos renunciado a nosotros mismos y estamos llenos de la Palabra de Dios? O, por el contrario ¿somos presas fáciles del tentador? Es necesario que sepamos a quién estamos sirviendo. No podemos vivir poniendo una vela a Dios y otra al diablo por tiempo indefinido. Hay que decantarse ya.

 

 

NOVENA ESTACIÓN:

JESÚS ANTICIPA SU ENTREGA EN LA ÚLTIMA CENA

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 22, 14-20             Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: 

-«He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios.» 

Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias y dijo: 

-«Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios.» 

Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: 

-«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.» 

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: 

-«Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.»

 

La cena de Jesús con sus discípulos es la anticipación de la entrega de Jesús. Sus palabras sobre el pan y sobre la copa son el centro de atención del relato. Estos gestos apuntan al momento de la cruz, pero Jesús anticipa su entrega a los discípulos. La copa contiene la sangre de una nueva alianza; esa alianza la establece Jesús con su sangre derramada en la cruz. Evoca la sangre de la primera alianza, sangre de los corderos que salvaron a Israel de la muerte en Egipto la noche de la salida. La plenitud de esta nueva alianza tendrá lugar en la plenitud del reino de Dios, es decir, en un horizonte escatológico. La eucaristía apuntará hacia ese horizonte también como anticipación.

 

La Eucaristía es el gran don que Jesús nos hace antes de partir; es memorial de su entrega; es signo de la nueva alianza; es comunión con el Señor: con su cruz y con su gloria. ¿Cómo hemos podido banalizar tanto nuestras celebraciones eucarísticas? ¿Cómo hemos podido convertirlas en elementos amenazadores de condenas eternas? Pero, al mismo tiempo ¿cómo hemos podido quitarle importancia? ¿Cómo hemos podido defender el ser cristiano sin la Eucaristía? Y a la vez, ¿cómo la trivializamos tanto en las primeras comuniones, en los bautizos, en las bodas, en los funerales...? La Eucaristía no es celebrar cualquier cosa. Hay que darle el valor central que tiene.

 

 

DÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS, APRESADO EN EL MONTE DE LOS OLIVOS

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 22, 47-53             Todavía estaba hablando, cuando aparece gente; y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. 

Jesús le dijo: 

-«Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» 

Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: 

-«Señor, ¿herimos con la espada?» 

Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. 

Jesús intervino, diciendo: 

-«Dejadlo, basta.» 

Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: 

«¿Habéis salido con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas.»

 

Es la hora del poder de las tinieblas; encabezados por Judas, con Satanás dentro, irrumpen en el monte de los olivos, invaden el espacio y el tiempo de la oración de Jesús y acaban con ella. Un beso no es siempre un signo de amor y amistad, puede serlo de traición. No obstante, quien lleva la iniciativa en la escena es Jesús: cura al criado del sumo sacerdote y les dirige la palabra de reproche: están llevando a cabo su acción a escondidas porque no se atrevieron a hacerlo en público. La hora de las tinieblas está también al servicio del plan de Jesús: su muerte redentora hacia la que camina con paso decidido.

 

La moraleja de esta escena no es difícil de vislumbrar para nosotros: no todo el que te da un beso te lo da porque te quiere; no todo el que dice que es tu amigo lo es en verdad; no todo el que va contigo en la prosperidad continuará contigo en los momentos difíciles; no todo el que cree que está haciendo un bien hace verdaderamente un bien; no todo el que se pone a tu favor en público lo hace también en privado... De los demás ya hemos vivido estas experiencias, pero ¿lo hemos sido nosotros para Jesús?

 

 

UNDÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS SE PRESENTA ANTE EL SANEDRÍN COMO EL “HIJO DE DIOS”

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 22, 66-71             Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y escribas, y, haciéndole comparecer ante su Sanedrín, le dijeron:

-«Si tú eres el Mesías, dínoslo.»

Él les contestó: 

-«Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. Desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso.» 

Dijeron todos: 

-«Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» 

Él les contestó: 

-«Vosotros lo decís, yo lo soy.» 

Ellos dijeron: 

-«¿Que necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.»

 

Es ésta la primera comparecencia de Jesús preso. Es, en realidad, su presentación como Mesías, Hijo del hombre e Hijo de Dios. En su respuesta, Jesús cita el salmo 110. Con su formulación, Jesús aparece glorioso, victorioso sobre el poder de las tinieblas. Jesús aparece, así, ejerciendo su señorío incluso en los momentos de la pasión. El rechazo se convierte, de esta manera, en un elemento más de su gloria.

 

El sanedrín son los jefes religiosos de Israel. Tienen delante a Aquél que dicen servir, a Dios, a su Hijo. Él lo proclama ante ellos explícitamente, a las claras. Pero ellos no están dispuestos a aceptar esa confesión. En realidad, no quieren aceptar la identidad de Jesús porque sería considerarle por encima de ellos. ¿No le pasa algo similar al hombre de hoy, que quiere arrinconar a Dios porque quiere ser superior a Dios? Aceptar la identidad de Jesús como Hijo de Dios nos hace también a nosotros hijos de Dios; rechazarla por orgullo nos convierte en “enemigos” de Dios.

 

 

DUODÉCIMA ESTACIÓN:

JESÚS GUARDA SILENCIO ANTE HERODES

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 23, 8-12               Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. 

Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahinco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal.

 

Estamos ante la tercera comparecencia de Jesús en su proceso. Entre el sanedrín y la visita a Herodes hay una segunda comparecencia ante Pilato, al que volverán a llevar a Jesús más tarde. Las ganas del tetrarca por ver a Jesús y la gran cantidad de preguntas que le hace contrastan con el silencio de Jesús. Allí vuelven a estar presentes los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Aquí, dentro del ámbito del pueblo de Israel, se ha mezclado lo religioso con lo político. Jesús ya había hecho frente con anterioridad a la acusación religiosa ante el sanedrín, a la política ante Pilato. Herodes vuelve a Jesús a Pilato porque él no tiene capacidad de decisión. Herodes es un “don-nadie”, un pelele de los romanos, que son los que verdaderamente pueden decidir sobre la vida y la muerte.

 

Herodes quería espectáculo. Su interés por Jesús era verle hacer algún milagro. Jesús calla y no hace nada porque sus milagros no tienen el objeto de satisfacer curiosidades ni de obrar prodigios de cara a la galería tipo circense. El milagro sólo es posible cuando se acepta la identidad de Jesús. ¿Qué tiene nuestra fe de espectáculo, de folclore, de costumbres, de tradiciones? Muchos cristianos de hoy corren el riesgo de participar en las tradiciones religiosas y no profundizar en ellas, de tener delante a Jesús y no saber a quién tienen, como le ocurrió a Herodes. Las tradiciones son expresión de la fe pero carecen de fuerza para sostenerla por sí solas.

 

 

DECIMOTERCERA ESTACIÓN:

PILATO ENTREGA A LA MUERTE A JESÚS

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 23, 20-25             Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: 

«¡Crucifícalo, crucifícalo!» 

Él les dijo por tercera vez: 

«Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.» 

Ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. 

Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

 

En la primera comparecencia ante Pilato quienes lo entregan no aducen su declaración de Hijo de Dios sino que formulan una acusación de índole política ante el romano. Es curioso que Lucas no pone la muerte de Jesús en manos de los romanos, sino de los judíos; les entrega a Jesús para que hicieran con él lo que quisieran después de tres intentos de soltarle. Pilato no hace lo que decide hacer, hace lo que le piden, se deja llevar por la presión ambiental; esa presión genera en él un temor y cede ante el criterio de la masa. Pilato lo entrega a la muerte a sabiendas de que no la merece (v. 22) y suelta, en su lugar, a un bandido. Pilato es consciente de que es injusto.

 

Es una gran ironía, pero veintiún siglos después hay también demasiados Pilatos que toman decisiones injustas a sabiendas de que son injustas. No se busca tanto que una medida sea justa, sino que responda a los propios intereses, a los intereses de mi grupo, de mi partido, de la gente que me sostiene detrás. Quienes lo sufren son siempre los pequeños, los humildes, los pobres, los últimos de este mundo, de esta sociedad. Dios pedirá cuenta a muchos Pilatos de hoy día que condenan al inocente por mantener su status.

 

 

DECIMOCUARTA ESTACIÓN:

JESÚS MUERE, CRUCIFICADO, EN EL LUGAR DE LA CALAVERA

 

            Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.

 

Lc 23, 44-46             Era ya eso de mediodía, y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: 

«Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.»

Y, dicho esto, expiró.

 

Es Viernes Santo. Es la hora de las tinieblas. El grito de la expiración de Jesús son las palabras del salmo 31. En apariencia, el mal ha vencido, pero Jesús deja a Dios la última palabra. El centurión, que reconoce que Jesús era justo, representa la apertura de la salvación a la universalidad; las mujeres, que contemplan la escena desde lejos, es la Iglesia que tomará el testigo de Jesús. En Lucas, la muerte de Jesús viene acompañada no sólo de la oscuridad de la noche en pleno día, sino también del rasgado del velo del templo (el nuevo templo es Jesús crucificado) y un arrepentimiento general que afecta a todos los que han contemplado lo sucedido.

 

Expulsado de su pueblo, abandonado de todos, en la soledad más absoluta, en la única compañía de los soldados y el centurión, Lucas describe la muerte de Jesús como un acto sublime del amor y la misericordia de Dios puestas en Jesús, como el cumplimiento de las Escrituras, como la soberanía manifestada en el perdón incluso de sus verdugos, como la antítesis de dos posibles reacciones ante el acontecimiento de su muerte representada en los dos malhechores, como una nueva alianza de Dios con los hombres, como la salvación de Dios obrada en la historia. Jesús ha sido fiel hasta el final. Pero... ¿es Satanás quien ha ganado esta batalla?

 

 

CONCLUSIÓN

 

Aquí, en el monte de La Calavera, termina el camino de la cruz, el Via Crucis. Pero es eso sólo lo que aquí acaba, porque el éxodo de Jesús ha de atravesar aún una última, definitiva y victoriosa etapa: SU RESURRECCIÓN. Será su salida definitiva de este mundo, su paso de la muerte a la vida, de la temporalidad a la eternidad, de la historia a la gloria. El Viernes Santo todo daba la apariencia de que las tinieblas habían vencido; pero no; Dios ha hablado el último resucitando a Jesús de entre los muertos. El sepulcro vacío y las apariciones, en el capítulo 24, así lo atestiguan. Ambos tienen lugar, según Lucas, en Jerusalén (al contrario que Mateo y Marcos, que sitúan las apariciones en Galilea), y desde la ciudad santa, Jesús pasará el testigo a sus discípulos; serán los comienzos del tiempo de la Iglesia, momento en el que arranca la segunda obra de Lucas: el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero ése será tema para otra ocasión.

 

 

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Zaragoza, marzo 2004