THALITHAQUMI
PIEDAD
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VIA CRUCIS SEGÚN SAN MARCOS
Juan Pablo II reza cada Viernes Santo el via crucis en el Coliseo de Roma. Ya hace años abandonó la fórmula de las estaciones tradicionales y nos ha hecho ya distintas propuestas. Siguiendo, pues, su hacer, proponemos aquí un via crucis cuyas estaciones siguen la pasión según san Marcos, que es el evangelista del ciclo B. Tras el enunciado de cada estación, se recita la conocida fórmula de S. Francisco: “Te adoramos, Cristo y te bendecimos...”
Introducción
En estos días tan especiales, desde tiempo
inmemorial, el pueblo cristiano recuerda en su oración los pasos que siguió el
Señor hasta dar la vida por nosotros. Es lo que llamamos el Via Crucis. Los
apóstoles, los evangelistas, quisieron dejar en nuestra memoria una serie de
acontecimientos ocurridos en tan sólo unas horas y que, puestos
cronológicamente uno tras otro, son lo que llamamos
Primera estación: La
entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén (Mc 11, 7-10)
Trajeron el pollino a Jesús, echaron sobre él sus mantos, y
se sentó sobre él. 8También muchos tendían sus mantos por el camino,
y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. 9Los
que iban delante y los que venían detrás gritaban, diciendo:
—¡Hosanna! ¡Bendito el que viene
en el nombre del Señor! 10¡Bendito el reino de nuestro padre David
que viene! ¡Hosanna en las alturas!
Jesús llega a Jerusalén para celebrar
Segunda estación: Las autoridades religiosas
conspiran para matar a Jesús (Mc 14, 1-2)
1Dos días después era
La escaramuza con los vendedores en el Templo (c. 11), la
prevención contra los maestros de la ley (c. 12), la parábola de los labradores
homicidas (c. 12)... suponían la desautorización de los jefes religiosos por
parte de Jesús. Ellos temieron perder su “status” frente al pueblo y deciden
dar muerte a Jesús. Aunque Él no se ha revelado plenamente, la paradoja
consiste en que condenan a muerte al Hijo de Dios aquellos que ostentan la
representación de Dios en la tierra. No sabían muy bien cómo ni cuándo hacerlo.
Este desconcierto lo muestra el evangelista con el comentario de que no tuviera
lugar durante la fiesta. Y precisamente, eso es lo que sucederá después: darán
muerte a Jesús durante la fiesta. Ésta comenzaba con el día de la preparación;
al día siguiente era la fiesta de
Tercera estación: Judas, el discípulo, entrega a
Jesús (Mc 14, 10-11)
10Entonces Judas Iscariote, uno de
los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. 11Ellos,
al oírlo, se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad
para entregarlo.
El grupo de los doce, que tiene que ser el punto de
conexión entre la comunidad del Jesús terreno y la comunidad post-pascual, tampoco
es perfecto. Su torpeza para comprender es llevada al extremo por la traición
de Judas Iscariote. Es Judas quien toma la iniciativa de hablar con los jefes
de los sacerdotes. Les puso fáciles las cosas y, quizá por eso, vencieron el
temor a ejecutarlo durante la fiesta de
Cuarta estación: Jesús instituye
22Mientras comían, Jesús tomó pan,
lo bendijo, lo partió y les dio, diciendo:
—Tomad, esto es mi cuerpo. 23Después tomó la copa
y, habiendo dado gracias, les dio y bebieron de ella todos. 24Y les
dijo:
—Esto es mi sangre del nuevo pacto que por muchos es
derramada. 25De cierto os digo que no beberé más del fruto de la
vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios.
Jesús cena con los doce al atardecer el día en que se
sacrificaba el cordero pascual (14, 12). Nadie pregunta por qué ellos cenan un
día antes que todo el mundo. Antes de entregarse en la cruz, Jesús se va a
entregar a los suyos. Lo que Él hace ahora, lo harán los doce después de su
resurrección. Su cuerpo entregado y su sangre derramada por todos son los
signos de la nueva alianza que Jesús establece como cordero sacrificado. No hay
referencias explícitas a todo esto en el evangelio de Marcos, pero el día del
sacrificio y la fiesta de
Quinta estación: Jesús, abandonado por los discípulos
en Getsemaní (Mc 14,37-40)
37Vino luego y los halló durmiendo,
y dijo a Pedro:
—Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? 38Velad
y orad para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está
dispuesto, pero la carne es débil.
39Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras.
40Al volver, otra vez los halló durmiendo, porque los ojos de ellos
estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle.
La cruz no es sólo el patíbulo y el momento de la muerte. Son también otras situaciones en que el hombre experimenta el dolor. El abandono y la soledad son también momentos de cruz. Aquellos en los que Jesús se apoyaba, le dejan solo cuando más los necesita. No comparten la realidad de Jesús; ellos están en otra cosa y se les pasa por alto la necesidad que Jesús tiene de ellos. También ellos están forjando la cruz de Jesús. La soledad es un punto más en la pasión de Jesús; al fin y al cabo será Él solo quien tenga que afrontarla. El hombre siempre se enfrenta en soledad a la muerte.
Sexta estación: Jesús acepta el cáliz de la pasión (Mc
14, 35-36)
35Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró
que, si fuera posible, pasara de él aquella hora. 36Y decía: «¡Abba,
Padre!, todas las cosas son posibles para ti. Aparta de mí esta copa; pero no
se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».
Sin duda, Jesús había descubierto que el sentido de su vida era hacer la voluntad del Padre. Y esa voluntad pasaba necesariamente por la fidelidad al hombre. Jesús siente su debilidad humana pero asume las consecuencias de su predicación y su actuación. Precisamente, esa coherencia personal hace creíble su mensaje. Getsemaní era un buen momento para escapar, pero Jesús decide ser fiel hasta el final y acepta el cáliz amargo. El segundo evangelio pone especial interés en que comprendamos que la entrega de Jesús es la voluntad de Dios. Jesús así lo entiende y con ese espíritu lo realiza. Aceptando la pasión llevará hasta el fin su decisión de llevar a cabo la voluntad divina. Nótese que eso no quita que Jesús exponga a Dios sus planes en forma de rogativa, pero antepone la voluntad de Dios a la suya.
Séptima estación: Jesús responde ante el sanedrín (Mc
14, 61-64)
61Pero él callaba y nada respondía.
El Sumo sacerdote le volvió a preguntar:
—¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?
62Jesús le dijo:
—Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra
del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo.
63Entonces el Sumo sacerdote,
rasgando su vestidura, dijo:
—¿Qué más necesidad tenemos de testigos? 64Habéis
oído la blasfemia; ¿qué os parece?
Y todos ellos lo
condenaron, declarándolo digno de muerte.
En un juicio sumarísimo los sacerdotes buscan una confesión por parte de Jesús como excusa para condenarlo a la muerte. Jesús sólo abre la boca cuando el sumo sacerdote pregunta acerca de su filiación divina (revelación que tiene por objeto el evangelio de Marcos). El sanedrín no ha llegado a descubrir la verdad de Jesús. Quien debería ser el reo aparece como juez en la escena y, por el contrario, quien debería ser el juez resulta interrogado y condenado. Jesús no reconoce en el sumo sacerdote la capacidad para juzgarle, pero manifiesta ante él la verdad de su revelación. La condena a muerte de Jesús (contraria a la ley de Dios) sólo podrá ser ejecutada por los paganos romanos a los que Jesús será por fin entregado, siendo, así, expulsado del pueblo santo de Dios.
Octava estación: Pedro niega conocer a Jesús (Mc 14,
69-72)
69La criada, viéndolo otra vez,
comenzó a decir a los que estaban allí:
—Este es uno de ellos.
70Pero él volvió a negarlo. Poco
después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro:
—Verdaderamente tú eres de ellos, porque eres galileo y tu
manera de hablar es semejante a la de ellos.
71Entonces él comenzó a maldecir y a
jurar:
—¡No conozco a este hombre de quien habláis!
72Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se
acordó de las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que el gallo cante dos
veces, me negarás tres veces». Y pensando en esto, lloraba.
Pedro tiene miedo y niega conocer a Jesús. En la cena había asegurado que él no iba a fallar (v. 29 y 31). En Getsemaní estaba como ausente, como despistado, pero ahora ve lo que va a pasar. Y no está dispuesto a arriesgar. Si lo relacionan ahora con Jesús, quizás termine compartiendo su misma suerte. La entrega de Jesús (generosidad) contrasta con la cobardía (reserva) de su discípulo. El que había sido testigo de la transfiguración y quiso evitar la cruz de Jesús, pone ahora todas sus fuerzas en evitar la propia. Un comportamiento muy humano pero poco fiel. El canto del gallo le hace tomar conciencia de la trascendencia de lo que acaba de hacer y termina llorando. Llora pero no pone remedio a la mentira. Lo siente, pero las fuerzas le siguen fallando. Pedro es un hombre de buenos sentimientos, pero débil.
Novena estación: Jesús ocupa la plaza de Barrabás (Mc
15, 11-15)
11Pero los principales sacerdotes
incitaron a la multitud para que les soltara más bien a Barrabás. 12Respondiendo
Pilato, les dijo otra vez:
—¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?
13Y ellos volvieron a gritar:
—¡Crucifícalo!
14Pilato dijo:
—¿Pues qué mal ha hecho?
Pero ellos gritaban aun más:
—¡Crucifícalo!
15Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a
Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado.
El famoso escritor Paulo Coelho defiende que “Barrabás” significa “hijo del padre” (bar-abbá) y que Pilato, por tanto, no tenía elección. Hiciese lo que hiciese condenaría al hijo-del-Padre. En cualquier caso, Barrabás es la figura del culpable; y Jesús, el Inocente, ocupa su lugar. La libertad de aquél es a costa de la muerte de éste. Por eso Jesús obra en la cruz la redención: porque, siendo inocente, acepta ocupar nuestro lugar. El Hijo del Padre ha pagado el rescate de todos los hijos del Padre. Ya no vale aquello de que el que la hace la paga; el amor puede conseguir la libertad del reo. La entrega de Jesús puede más que el pecado de todo Barrabás. El amor de Dios es más fuerte que su deseo de hacer pagar la culpa, que su deseo de condenar.
Décima estación: Los soldados hacen burla de la
realeza de Jesús (Mc 15, 16-20)
16Entonces los soldados lo llevaron
dentro del atrio, esto es, al pretorio, y reunieron a toda la compañía. 17Lo
vistieron de púrpura, le pusieron una corona tejida de espinas 18y
comenzaron a saludarlo:
—¡Salve, Rey de los judíos!
19Le golpeaban la cabeza con una caña, lo escupían y,
puestos de rodillas, le hacían reverencias. 20Después de haberse
burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus propios vestidos y lo sacaron
para crucificarlo.
Otro momento más de cruz: antes, la burla de los sacerdotes (14, 65) a propósito de su declaración como Hijo de Dios; ahora, la burla de los paganos por haber contestado afirmativamente cuando Pilato preguntó si era rey de los judíos. Es la humillación. El rechazo que siente Jesús es total: el de los discípulos, el de los representantes de Dios, el de los gentiles... Ciertamente, en estas condiciones, a Jesús sólo le queda morir. Pero la recta final hacia la cruz es más dura. A la tortura física se añade la psicológica. La burla unida a la traición, a la agonía del huerto, a la soledad, al abandono... es un peldaño más de la crueldad de los hombres. Decididamente, parece que nadie haya descubierto y comprendido la identidad de Jesús.
Undécima estación: La crucifixión de Jesús en el
Gólgota (Mc 15, 22-27)
22Y lo llevaron a un lugar llamado
Gólgota, (que significa: “Lugar de
25Era la hora tercera cuando lo crucificaron. 26El
título escrito que señalaba la causa de su condena era: «El Rey de los Judíos».
27Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro
a su izquierda.
El rey de los judíos aparece entronizado en el monte, entre el cielo y la tierra, entre dos ladrones a las nueve de la mañana. Antes, le han dado un vino amargo y le han despojado de sus vestidos, de su dignidad. A Jesús ya no le queda nada. Ha sido despojado de todo, con ensañamiento, con crueldad. Ahora está a punto de dar su vida, pero para darla ha sido necesario despojarse antes de todo lo demás, comenzando por su rango... (Flp 2, 7) hasta sus vestidos. Sólo esa estampa es capaz ahora de suscitar algún sentimiento de humanidad hacia el que tanto se ha abajado.
Duodécima estación: Jesús consuma su oblación y muere
en la cruz (Mc 15, 33-37)
33Cuando vino la hora sexta, hubo
tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. 34Y a la hora
novena Jesús clamó a gran voz, diciendo:
—¡Eloi, Eloi!, ¿lama sabactani? (que significa: “Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”).
35Algunos de los que estaban allí
decían, al oírlo:
—Mirad, llama a Elías.
36Corrió uno y, empapando una
esponja en vinagre, la puso en una caña y le dio a beber, diciendo:
—Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo.
37Pero Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró.
No ha habido ni un paso atrás. Un Jesús asustado y débil lleva a término su misión y la ofrenda total de sí mismo. Incluso en la agonía de la muerte continúa la burla iniciada antes. A Jesús sólo le quedaba el Padre, pero también de Él se siente abandonado. Las palabras que Marcos menciona en arameo son la recitación del salmo 22. Pero Jesús no está aquí recitando; está más bien haciendo suya la experiencia del salmista; está más bien clamando al cielo, clamando a Dios. Es la total indefensión, la total desnudez y desposesión. Jesús siente que se enfrenta él solo a la muerte. En realidad, la muerte es una experiencia personal y a la que cada ser humano ha de afrontar en soledad. Tres horas de tinieblas tiñen de luto la naturaleza. La muerte de Jesús tiene dimensión cósmica.
Decimotercera estación: El centurión romano confiesa
que Jesús es el Hijo de Dios (Mc 15 , 38-39)
38Entonces el velo del Templo se
rasgó en dos, de arriba abajo. 39Y el centurión que estaba frente a
él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo:
—¡Verdaderamente este
hombre era Hijo de Dios!
Todo el evangelio de Marcos está dirigido al v. 39. La confesión de este hombre es central en la teología del segundo evangelio. Desde aquí se explica el secreto mesiánico que Jesús imponía a quien descubría su identidad. El velo rasgado expresa apertura de la salvación a los paganos. Es ahora cuando un pagano reconoce y confiesa a Jesús. La plenitud de la revelación de la identidad de Jesús sucede en su muerte en la cruz: Es el Hijo de Dios; y, por esta confesión, los paganos acceden a la salvación por Él obrada.
Decimocuarta estación: La tierra acoge el cuerpo
muerto de Jesús (Mc 15, 44-46)
44Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto, y
llamando al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. 45E
informado por el centurión, dio el cuerpo a José, 46el cual compró
una sábana y, bajándolo, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro que
estaba cavado en una peña e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
Un miembro
distinguido del sanedrín se hace cargo del cuerpo de Jesús para enterrarlo.
José no estaba de acuerdo con esta injusta condena y no ha podido evitarla.
Ahora, hace lo que puede y lo que debe: envuelve el cuerpo de Jesús y lo pone
en un sepulcro. Jesús estará en el lugar de los muertos, en la tierra que
acoge, al final, a todos sus hijos. Vino a esta vida desde el seno de María y
vendrá a la nueva vida desde el seno de la tierra. Desde ahí, el cuerpo de
Jesús esperará la resurrección, que tendrá lugar al tercer día.
Conclusión
Todo el camino de la cruz es camino de soledad y de
abandono. La cruz adquiere verdadero sentido cuando es aceptada como ofrenda
generosa de la propia vida. Y esa cruz de Jesús es el prototipo de la cruz de
tantos inocentes que antes y después que él siguen siendo condenados bajo
tantas honorables y aparentemente justificables formas. Dios continúa muriendo,
también hoy, en las cruces de los inocentes. Pero la confesión del Jesús
crucificado como el Hijo de Dios abre las puertas de la salvación a todos y
cada uno.
thalithaqumi
Zaragoza, 2003