
Últimamente he vivido varias experiencias
que me han llevado a pararme, a pensar y a querer compartir con vosotros el
fruto de dicha reflexión:
Me da
la sensación de que
Todo
esto provoca en nuestra gente mucho sufrimiento y cansancio ya que:
-
estamos ocupados en hacer multitud de actividades, que no reciben la respuesta
adecuada, al acudir a cada una de ellas muy pocas personas;
- no
vivimos las actividades eclesiales como algo que brota de nuestra vida, de nuestras
capacidades, ilusiones y posibilidades, y que nos ayuda a vivir más
auténticamente nuestra fe y de forma más satisfactoria la existencia, sino como
algo que viene impuesto desde fuera, que se añade a ella, como una
superestructura que nos agota y nos deja sin fuerzas para afrontar la vida de
cada día.
Y como
consecuencia de todo ello, nuestra reacción más instantánea no es la de querer
participar, sino la de evitar implicarnos lo más posible.
Pero no
sólo produce eso entre nosotros, sino que es también lo que percibe la gente de
fuera al ver a nuestros parroquianos, a nuestros curas: cansados, sin tiempo,
liados,... y así, se dicen, “mejor no meterme, no vaya a ser que también me
absorban y me agoten a mí”. Sin desearlo nosotros, nuestra misión y acción
evangelizadora, en vez de atraer, de transmitir alegría e ilusión a los demás,
lo que produce en cambio, es simplemente rechazo.
Como podemos ver, la estructura en muchos casos ya no nos sirve,
anda vacía; los cristianos comprometidos son demasiado pocos, ante lo que se les
organiza, y muchos van ya simplemente a su aire, fuera de toda organización, al
experimentarla no como una ayuda sino como algo extraño a sus vidas que les
sobrepasa, a la que no pueden responder o simplemente no les dice nada.
Porque ésa es otra; no es sólo que sean ya demasiadas cosas para
nuestra gente y el tiempo del que disponen, sino que bastantes veces seguimos
organizando las cosas de arriba abajo, sin tener en cuenta ni responder a la
situación de las personas a las que pretendidamente van dirigidas. Las personas
lo que buscan es que se les escuche, que
se parta de sus inquietudes y búsquedas; que se les deje ser protagonistas y
organizarse por sí mismas. Por lo tanto, cada vez se sienten más reacias, menos
implicadas y con menos ganas de colaborar ante lo que viene desde arriba sin su
participación. Y con razón.
Es en definitiva, el sentimiento que yo tengo frecuentemente, el de
atosigar a las personas de la parroquia con la estructura parroquial,
reuniones, encuentros, programaciones, “hay que preparar esto...”, “hay que
organizar esto otro...”, “hay que...”, “hay que...”,... Es el que me surge al
escuchar a tantos agentes de pastoral, que andan estresados sin tiempo para
cultivar y compartir tranquilamente su vida y su fe con los demás. Y por lo
tanto yo me digo: “¿No necesitará la gente mucho menos? O ¿no será que no
pueden dar más de sí, y que por lo tanto en vez de ayudarles, lo que hacemos es
agobiarles con tantas cosas? O ¿no nos estamos cargando lo fundamental, el
vivir y compartir nuestra fe, al andar haciendo tantas cosas?”
Y qué puedo decir cuando la gente se me queja porque no les atiendo
personalmente, no les pregunto qué tal les va, no estoy atento a la situación
personal de los agentes de pastoral, porque las reuniones, los tinglados, los
papeles me llenan el tiempo, y al final del día me acuerdo y pienso: “tenía que
haber llamado a éste, preguntarle a este otro, ir a ver a aquel, hablar más
rato con esto otro”, y no les puedo prestar atención como buen pastor que estoy
llamado a ser, que cura a las ovejas enfermas, venda a las heridas, recoge a
las descarriadas, busca a las perdidas y no sobrecarga ni abusa de las más
fuertes (cfr. Ez 34, 16). Que tiene como fundamento de su ministerio acompañar
personalmente a su gente y procurar que lleguen a ser comunidad, grupo de
personas que se relaciona, que convive, que se ayuda mutuamente, que comparte
confiada y amistosamente su vida y su fe. Todo lo demás para un pastor,
sacramentos, papeles, estructuras, reuniones, es secundario y está en función
de ello. Pero peligrosamente, en nuestra vida ministerial va ocupando el lugar primero, y muchas veces,
el único.
Ante esto y tantas otras cosas, yo me planteo:
¿Por qué no paramos el carro? Seamos valientes.
a)Intentemos coordinar, no repetir las mismas cosas delegaciones
y/o parroquias; pensemos en ir unificando a nivel de arciprestazgos servicios y
actividades parroquiales, e incluso en fundir parroquias que se han hecho ya
demasiado pequeñas para seguir manteniéndolas.
b) 1) Delegaciones: ¿no os
podríais dedicar simplemente a visitar personalmente a vuestros agentes de
pastoral distribuidos por toda
2)
Parroquias: partamos de la gente; no les impongamos cosas. Cómo estáis; qué
buscáis, qué queréis hacer. El protagonismo es vuestro: Pedid y hagámoslo entre
todos. Dejemos a un lado lo que se nos ocurre a nosotros sin contar con ellos.
c) Y es más, por qué no proponemos hacer un año sabático parroquial
de vez en cuando, al estilo de los del Antiguo Testamento (cf. Lv 25). Este
año, o los que se necesiten, dejamos de administrar sacramentos de iniciación,
de dar catequesis, paramos las
actividades que hagan falta, y nos vamos a dedicar simplemente a compartir la
fe y la vida, invitando a la gente a que participen en ellos sin ningún otro
planteamiento. Todo ello nos aportaría muchos beneficios, al igual que el
descanso semanal lo hace a nuestras vidas y el barbecho a nuestras tierras.
Seguro que al volver a la actividad parroquial normal, nos encontraríamos más
relajados, con más ganas y energías; distinguiríamos más fácilmente lo
importante, lo fundamental de lo accesorio; como Iglesia no nos sentiríamos tan
“necesarios” e “imprescindibles”, y por lo tanto tan “obligados” a no parar de
hacer cosas, sino que experimentaríamos
que el Reino ha seguido avanzando sin tanta actividad como la que llevan
normalmente nuestras parroquias y grupos y que incluso, al volver a poner en
marcha toda la maquinaria, crece con más rapidez que cuando no parábamos nunca;
en fin, redescubriríamos que el único
esencial es Dios y su amor, fundamento de su Reino.
De alguna manera, yo ya se lo voy planteando a los catequistas de
Catequesis Familiar de
d) O si no, volvamos a empezar de nuevo,
como los primeros cristianos, las primeras comunidades (Hch 2,42-47), desde
nuestro testimonio personal, desde él y desde nuestras propias palabras, que
parten de nuestra vivencia y experiencia, desmontando tantos prejuicios y
falsas imágenes que arrastra desde hace tiempo la gente sobre Dios, sobre el
estilo de vida cristiano, sobre Jesús, sobre la forma de organizarnos como
cristianos, etc.; ofrezcamos espacios donde juntarnos y compartir la fe
tranquilamente, en pequeño grupo, en confianza, con tranquilidad; donde
simplemente transmitamos lo más importante: que el Señor Jesús aporta a mi
vida, la transforma y me ayuda a caminar, y que esa vivencia me gusta
compartirla y enriquecerla con otros que también lo tienen como referencia en
su vida. Poco a poco esos pequeños grupos irán pidiendo juntarse con otros. Es
ley de vida; o nos juntamos con otros, nos seguimos enriqueciendo, o si nos
encerramos en nosotros mismos, desaparecemos. Irán pidiendo más cosas, de ahí
surgirán de nuevo estructuras que estén al servicio de esas necesidades, y
sobre todo para atender a estas personas, para visitarlas, para ayudarlas. Y
que en el momento que no respondan a nuestra situación o que nos sobrepasen, no
tendremos ningún problema por sustituirlas por otras.
En conclusión, lo que os quiero transmitir es que el principio de
nuestra labor pastoral consiste en partir de la gente, de la base, de su
protagonismo, de lo cercano y cotidiano, de abajo hacia arriba, de sus
necesidades, posibilidades e inquietudes, con el objetivo de facilitar y
potenciar su vivencia de Dios y su vocación a construir el Reino; todo lo demás
son superestructuras sin sentido que no calan en las personas, que las ahogan y
que acaban por derrumbarse.
Éste es el momento oportuno, el “kairós”, para empezar de
nuevo cuanto antes desde abajo y
volviendo a lo fundamental. No lo dejemos escapar; antes de que la estructura
se nos coma a los pocos que quedamos o se derrumbe llevándosenos por delante.
Vuestro amigo
thalithaqumi
Zaragoza, marzo 2005