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PLAZA MAYOR

 

 

Cuadro de texto: Luis Miguel Castro es un joven sacerdote zaragozano que acaba de cumplir cinco años de ministerio. Sus cuatro primeros años transcurrieron en una zona rural de la diócesis de Zaragoza llamada “Campo de Romanos”. Junto con otros dos sacerdotes, atendía pastoralmente a la gente de quince pequeños municipios en la zona sur de la provincia. Este curso 2004-2005 fue trasladado a una parroquia de un populoso barrio de la capital, el barrio de La Jota, en la parroquia de San Pío X. Es desde la realidad de esa parroquia obrera desde donde nos plantea esta reflexión que nace de su visión y experiencia pastoral.

----------------------------Empezando de nuevo desde abajo

 

         Últimamente he vivido varias experiencias que me han llevado a pararme, a pensar y a querer compartir con vosotros el fruto de dicha reflexión:

 

Me da la sensación de que la Diócesis, las Delegaciones, las Parroquias mantenemos una estructura que no se corresponde con la realidad, con el número y el tiempo de que disponen los cristianos a quienes van dirigidas. Es demasiado tinglado para tan pocas personas, corriéndose por lo tanto el peligro de que, en vez de que la estructura esté al servicio de la realidad, suceda al revés, que la realidad se ponga al servicio de la estructura, convirtiéndose esta última en lugar de en un apoyo, en una carga a la que hay que dedicar todo el tiempo y energías posibles para que se siga manteniendo. Da la impresión pues, de que los cristianos estamos organizamos y participamos en cosas para salvaguardar la estructura, en vez de que ésta esté al servicio de nosotros y de facilitar nuestra experiencia de Dios y  nuestro anuncio del Reino. 

Todo esto provoca en nuestra gente mucho sufrimiento y cansancio ya que:

- estamos ocupados en hacer multitud de actividades, que no reciben la respuesta adecuada, al acudir a cada una de ellas muy pocas personas;

- no vivimos las actividades eclesiales como algo que  brota de nuestra vida, de nuestras capacidades, ilusiones y posibilidades, y que nos ayuda a vivir más auténticamente nuestra fe y de forma más satisfactoria la existencia, sino como algo que viene impuesto desde fuera, que se añade a ella, como una superestructura que nos agota y nos deja sin fuerzas para afrontar la vida de cada día.

Y como consecuencia de todo ello, nuestra reacción más instantánea no es la de querer participar, sino la de evitar implicarnos lo más posible.

Pero no sólo produce eso entre nosotros, sino que es también lo que percibe la gente de fuera al ver a nuestros parroquianos, a nuestros curas: cansados, sin tiempo, liados,... y así, se dicen, “mejor no meterme, no vaya a ser que también me absorban y me agoten a mí”. Sin desearlo nosotros, nuestra misión y acción evangelizadora, en vez de atraer, de transmitir alegría e ilusión a los demás, lo que produce en cambio, es simplemente rechazo.

Como podemos ver, la estructura en muchos casos ya no nos sirve, anda vacía; los cristianos comprometidos son demasiado pocos, ante lo que se les organiza, y muchos van ya simplemente a su aire, fuera de toda organización, al experimentarla no como una ayuda sino como algo extraño a sus vidas que les sobrepasa, a la que no pueden responder o simplemente no les dice nada.

Porque ésa es otra; no es sólo que sean ya demasiadas cosas para nuestra gente y el tiempo del que disponen, sino que bastantes veces seguimos organizando las cosas de arriba abajo, sin tener en cuenta ni responder a la situación de las personas a las que pretendidamente van dirigidas. Las personas lo que buscan es que se les escuche,  que se parta de sus inquietudes y búsquedas; que se les deje ser protagonistas y organizarse por sí mismas. Por lo tanto, cada vez se sienten más reacias, menos implicadas y con menos ganas de colaborar ante lo que viene desde arriba sin su participación. Y con razón.

Es en definitiva, el sentimiento que yo tengo frecuentemente, el de atosigar a las personas de la parroquia con la estructura parroquial, reuniones, encuentros, programaciones, “hay que preparar esto...”, “hay que organizar esto otro...”, “hay que...”, “hay que...”,... Es el que me surge al escuchar a tantos agentes de pastoral, que andan estresados sin tiempo para cultivar y compartir tranquilamente su vida y su fe con los demás. Y por lo tanto yo me digo: “¿No necesitará la gente mucho menos? O ¿no será que no pueden dar más de sí, y que por lo tanto en vez de ayudarles, lo que hacemos es agobiarles con tantas cosas? O ¿no nos estamos cargando lo fundamental, el vivir y compartir nuestra fe, al andar haciendo tantas cosas?”

Y qué puedo decir cuando la gente se me queja porque no les atiendo personalmente, no les pregunto qué tal les va, no estoy atento a la situación personal de los agentes de pastoral, porque las reuniones, los tinglados, los papeles me llenan el tiempo, y al final del día me acuerdo y pienso: “tenía que haber llamado a éste, preguntarle a este otro, ir a ver a aquel, hablar más rato con esto otro”, y no les puedo prestar atención como buen pastor que estoy llamado a ser, que cura a las ovejas enfermas, venda a las heridas, recoge a las descarriadas, busca a las perdidas y no sobrecarga ni abusa de las más fuertes (cfr. Ez 34, 16). Que tiene como fundamento de su ministerio acompañar personalmente a su gente y procurar que lleguen a ser comunidad, grupo de personas que se relaciona, que convive, que se ayuda mutuamente, que comparte confiada y amistosamente su vida y su fe. Todo lo demás para un pastor, sacramentos, papeles, estructuras, reuniones, es secundario y está en función de ello. Pero peligrosamente, en nuestra vida ministerial  va ocupando el lugar primero, y muchas veces, el único.

 

Ante esto y tantas otras cosas, yo me planteo:

 

¿Por qué no paramos el carro? Seamos valientes.

 

a)Intentemos coordinar, no repetir las mismas cosas delegaciones y/o parroquias; pensemos en ir unificando a nivel de arciprestazgos servicios y actividades parroquiales, e incluso en fundir parroquias que se han hecho ya demasiado pequeñas para seguir manteniéndolas.

 

b)    1) Delegaciones: ¿no os podríais dedicar simplemente a visitar personalmente a vuestros agentes de pastoral distribuidos por toda la Diócesis, el tiempo que haga falta, sin prisas, preguntándoles qué tal estáis, qué necesitáis, escuchándoles, tomándoos un café con ellos? Lo agradecerán mucho más que las todas programaciones, cursillos y actividades que les ofrecéis de continuo.

                    2) Parroquias: partamos de la gente; no les impongamos cosas. Cómo estáis; qué buscáis, qué queréis hacer. El protagonismo es vuestro: Pedid y hagámoslo entre todos. Dejemos a un lado lo que se nos ocurre a nosotros sin contar con ellos.

 

c) Y es más, por qué no proponemos hacer un año sabático parroquial de vez en cuando, al estilo de los del Antiguo Testamento (cf. Lv 25). Este año, o los que se necesiten, dejamos de administrar sacramentos de iniciación, de dar catequesis,  paramos las actividades que hagan falta, y nos vamos a dedicar simplemente a compartir la fe y la vida, invitando a la gente a que participen en ellos sin ningún otro planteamiento. Todo ello nos aportaría muchos beneficios, al igual que el descanso semanal lo hace a nuestras vidas y el barbecho a nuestras tierras. Seguro que al volver a la actividad parroquial normal, nos encontraríamos más relajados, con más ganas y energías; distinguiríamos más fácilmente lo importante, lo fundamental de lo accesorio; como Iglesia no nos sentiríamos tan “necesarios” e “imprescindibles”, y por lo tanto tan “obligados” a no parar de hacer cosas,  sino que experimentaríamos que el Reino ha seguido avanzando sin tanta actividad como la que llevan normalmente nuestras parroquias y grupos y que incluso, al volver a poner en marcha toda la maquinaria, crece con más rapidez que cuando no parábamos nunca; en fin,  redescubriríamos que el único esencial es Dios y su amor, fundamento de su Reino.

De alguna manera, yo ya se lo voy planteando a los catequistas de Catequesis Familiar de la Parroquia. Cuando comulgan sus chicos, les comento: “si queréis empezar al siguiente año con otro grupo, podéis hacerlo, pero yo a lo que os invito es a que descanséis durante un tiempo y paséis a formar parte de un grupo de vida, que es mucho más fundamental para la existencia de un cristiano que el desempeñar cualquier actividad, y que os puede ayudar a vivir de una forma más sana, sin quemaros, y más auténtica vuestro ministerio de catequista, si al cabo de un tiempo volvéis a desempeñarlo”.

 

d) O si no, volvamos a empezar de nuevo, como los primeros cristianos, las primeras comunidades (Hch 2,42-47), desde nuestro testimonio personal, desde él y desde nuestras propias palabras, que parten de nuestra vivencia y experiencia, desmontando tantos prejuicios y falsas imágenes que arrastra desde hace tiempo la gente sobre Dios, sobre el estilo de vida cristiano, sobre Jesús, sobre la forma de organizarnos como cristianos, etc.; ofrezcamos espacios donde juntarnos y compartir la fe tranquilamente, en pequeño grupo, en confianza, con tranquilidad; donde simplemente transmitamos lo más importante: que el Señor Jesús aporta a mi vida, la transforma y me ayuda a caminar, y que esa vivencia me gusta compartirla y enriquecerla con otros que también lo tienen como referencia en su vida. Poco a poco esos pequeños grupos irán pidiendo juntarse con otros. Es ley de vida; o nos juntamos con otros, nos seguimos enriqueciendo, o si nos encerramos en nosotros mismos, desaparecemos. Irán pidiendo más cosas, de ahí surgirán de nuevo estructuras que estén al servicio de esas necesidades, y sobre todo para atender a estas personas, para visitarlas, para ayudarlas. Y que en el momento que no respondan a nuestra situación o que nos sobrepasen, no tendremos ningún problema por sustituirlas por otras.

 

En conclusión, lo que os quiero transmitir es que el principio de nuestra labor pastoral consiste en partir de la gente, de la base, de su protagonismo, de lo cercano y cotidiano, de abajo hacia arriba, de sus necesidades, posibilidades e inquietudes, con el objetivo de facilitar y potenciar su vivencia de Dios y su vocación a construir el Reino; todo lo demás son superestructuras sin sentido que no calan en las personas, que las ahogan y que acaban por derrumbarse.

Éste es el momento oportuno, el “kairós”, para empezar de nuevo  cuanto antes desde abajo y volviendo a lo fundamental. No lo dejemos escapar; antes de que la estructura se nos coma a los pocos que quedamos o se derrumbe llevándosenos por delante.

 

         Vuestro amigo

LUIS MIGUEL CASTRO SANZ

 

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Zaragoza, marzo 2005