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PLAZA MAYOR

 

 

-----------------------------------------------------------------------------------Nace una obra social

 

Cuadro de texto: Rosario Cueva Peña es religiosa de la congregación de María Inmaculada, conocida también como la “del Servicio doméstico”. Después de trabajar varios años dirigiendo el centro social en la casa de Zaragoza, ha sido trasladada recientemente a la casa que la congregación tiene en Logroño, donde, en 20005, celebrará sus Bodas de Oro. Después de su artículo, en el que relata el surgimiento de esta obra y el trabajo que desarrolla, incluyo los testimonios de dos jóvenes inmigrantes (rumana y colombiana, respectivamente), que fueron acogidas en el centro social de Zaragoza.

Vicenta María nace en Cascante (Navarra), el 22 de Marzo de 1847. Mientras en Cascante crece y va madurando y tomando fuerza su fe, en Madrid vivía la tía tan querida de Vicenta Mª, Doña Mª Eulalia. Casada con Don Manuel de Riega, Doña Mª Eulalia, mujer de corazón grande y generoso, pertenecía a la alta sociedad madrileña. Estando comprometida con las necesidades de la época, crea la Asociación de Laicos, dedicando parte de su tiempo libre a visitar y enseñar el catecismo a los niños ingresados en el Hospital General. Es así como Doña Mª Eulalia entra en relación con las jóvenes, en su mayoría sirvientas, venidas de los pueblos a la ciudad en busca de trabajo. Éstas jóvenes, al ponerse enfermas, eran despedidas de las casas en las que trabajaban y llevadas por sus señores al Hospital.

Vicenta María es enviada por sus padres a Madrid para completar su formación en casa de sus tíos. Al llegar a Madrid, Vicenta María, descubre, a través de la inquietud cristiana de sus tíos por ayudar a las chicas, una serie de necesidades que parten de una realidad muy palpable. Acompaña a su tía y colabora con ella en las visitas al hospital, sobre todo con las chicas. Desde 1868, que comunica a sus padres la decisión de consagrarse para siempre al Señor, transcurrieron ocho años hasta que pudo realizar su deseo de fundar una congregación dedicada expresamente a “sus chicas”. El camino se va haciendo paso a paso, con problemas y dificultades por parte de sus padres, que no ven con buenos ojos esta determinación de su hija. El corazón de Vicenta Mª, que se centraba cada vez más en Dios, se sentía golpeado por la situación de jóvenes solas, ausentes de su hogar, pobres, en contacto con una sociedad desconocida y acechadas por mil peligros. El mundo de las jóvenes empleadas de hogar en el Madrid del s. XIX, era un mundo de marginación, por la ausencia de todo tipo de recursos, en un mundo de opulencia. A estas situaciones reales quiso salir al paso Vicenta Mª para preservar a la joven.

Con este fin, a lo largo de la historia congregacional se han ido creando cauces de comunicación, participación y acompañamiento. Hoy, muchas jóvenes, han de abandonar sus países de origen en busca de trabajo. La atención al inmigrante, que generalmente llega en condiciones ilegales, es una dimensión de nuestra pastoral. Nos llegan sus inquietudes, necesidades y problemas y tratamos de acercarnos a ellas con la escucha, comprensión y cariño. Hoy, más que nunca, necesitan de nuestro apoyo y se lo damos a través de distintas actividades. Las religiosas, con ayuda de sacerdotes y colaboradores seglares, luchan contra la discriminación, la falta de igualdad de oportunidades, los bajos salarios, etc. Además tenemos grupos de formación para matrimonios y parejas donde pueden compartir su fe, favoreciendo la vivencia de valores morales y cristianos. Se les prepara para recibir el Bautismo, Primera Comunión, Confirmación y Matrimonio. Se procura inculcar el valor del trabajo y la dignificación del mismo. Además se les procura facilitar su acceso al mundo laboral como uno de los pilares para la integración social de las chicas.

El Carisma de la fundadora, tiene así en nuestra actualidad una vivencia singular. Esto mismo nos exige a nosotras, religiosas de María Inmaculada, un empeño y un compromiso constante de renovación, fijando la mirada en nuestra Santa Madre, para seguir sus pasos en la vida espiritual y apostólica. Tratando con gran amor y hasta con ternura a nuestras jóvenes. Es la herencia principal, que nos dejó Vicenta María.

 

ROSARIO CUEVA PEÑA

 

 

 

Me llamo Cristina y salí de Rumanía en Septiembre  del 2002. De mi llegada  a este país no guardo ningún buen recuerdo. Me llamó una familia para que viniera a España y yo, confiada de que me iban a tratar bien, les entregué mi pasaporte. Pasado un tiempo, me pusieron de patitas en la calle y me retuvieron el pasaporte, me lo devolverían  cuando pagara una deuda que había contraído mi familia con ellos. Me encontré sola en la calle sin documentación y sin casa; oí hablar de las Religiosas de María Inmaculada y recurrí a ellas. Me abrieron los brazos y me dieron alojamiento hasta el día de hoy; además, una buenísima hermana del centro me pagó la deuda y pude recobrar mi documentación. No sé como agradecérselo. En el centro proporcionan trabajo a las chicas que lo solicitan y yo he tenido la suerte de ser una de ellas. No  tengo palabras para expresar mi gratitud a todas las hermanas y colaboradoras. Aquí encontré el calor de una familia a la cual echaba mucho de menos. Ahora, cuando hablo con ellos, les cuento lo a gusto que estoy después de todo lo que me ha pasado. Ellos están más tranquilos y sobre todo agradecidos.

Doy todos los días gracias a Dios, a la Virgen y a Santa Vicenta  María, que me protegen y me han librado de tantos peligros.

                                                                        CRISTINA

 

 

Me llamo Beatriz. Llegué a España en el verano del 2001. En aquel entonces me sumaba a la larga lista de colombianos que huyen anualmente de mi país por los problemas políticos y de seguridad ocasionados por las FARC, la guerrilla Colombiana.

Mi vida había cambiado y ahora tenía que enfrentarme a un cambio radical, no sólo cultural si no laboral. Buscando empleo, acudí al Centro Social de las Religiosas de María Inmaculada. A los pocos días hallé un empleo, pero luego mi problema iba más allá; no tenía donde vivir, pues mi salida de Colombia fue muy rápida y aquí en España conocía a  poca gente ,así que, una vez más, acudí a ellas,a las Religiosas, quienes me abrieron las puertas de su casa.

En la residencia vivo hace dos años. Es un hogar encantador y acogedor; nunca me ha sentido sola porque el cariño de las hermanas no da espacio a que esto ocurra. Es como haber encontrado un segundo hogar, o mejor dicho, lo es. Creo que mi vida en la residencia ha abierto un capítulo muy importante en mi existencia. He crecido espiritual  y personalmente. Me siento orgullosa de vivir en un hogar tan digno y moralmente constituido.

En estos dos años  he conocido a muchas chicas que como yo, han venido aquí y han sido abrigadas por las Religiosas de María Inmaculada, he escuchado muchas historias. Cada una llega por un motivo diferente pero, al final, todas coincidimos en que de no haber sido por las hermanas, solo Dios sabría qué hubiera pasado con nosotras.

De algo estoy segura: es que este capítulo será para mí inolvidable. Soy un testimonio de agradecimiento a esta comunidad. He sido acogida por ellas y, al escribir este recuerdo, me quedo corta para explicar y enumerar todo cuanto he recibido de ellas. Que Dios derrame sus bendiciones sobre cada hermana y cada casa. El valor de su misión es incalculable.

BEATRIZ

 

 

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Zaragoza, diciembre 2004