thalithaqumi
PLAZA MAYOR
-----------------------------------------------------------------------------------Nace una obra social

Vicenta María nace en Cascante (Navarra), el 22 de Marzo de 1847.
Mientras en Cascante crece y va madurando y tomando fuerza su fe, en Madrid
vivía la tía tan querida de Vicenta Mª, Doña Mª Eulalia. Casada con Don Manuel
de Riega, Doña Mª Eulalia, mujer de corazón grande y generoso, pertenecía a la
alta sociedad madrileña. Estando comprometida con las necesidades de la época,
crea
Vicenta María es enviada por sus padres a Madrid para completar su
formación en casa de sus tíos. Al llegar a Madrid, Vicenta María, descubre, a
través de la inquietud cristiana de sus tíos por ayudar a las chicas, una serie
de necesidades que parten de una realidad muy palpable. Acompaña a su tía y
colabora con ella en las visitas al hospital, sobre todo con las chicas. Desde
1868, que comunica a sus padres la decisión de consagrarse para siempre al
Señor, transcurrieron ocho años hasta que pudo realizar su deseo de fundar una
congregación dedicada expresamente a “sus chicas”. El camino se va haciendo
paso a paso, con problemas y dificultades por parte de sus padres, que no ven
con buenos ojos esta determinación de su hija. El corazón de Vicenta Mª, que se
centraba cada vez más en Dios, se sentía golpeado por la situación de jóvenes
solas, ausentes de su hogar, pobres, en contacto con una sociedad desconocida y
acechadas por mil peligros. El mundo de las jóvenes empleadas de hogar en el
Madrid del s. XIX, era un mundo de marginación, por la ausencia de todo tipo de
recursos, en un mundo de opulencia. A estas situaciones reales quiso salir al
paso Vicenta Mª para preservar a la joven.
Con este fin, a lo largo de la historia congregacional se han ido
creando cauces de comunicación, participación y acompañamiento. Hoy, muchas
jóvenes, han de abandonar sus países de origen en busca de trabajo. La atención
al inmigrante, que generalmente llega en condiciones ilegales, es una dimensión
de nuestra pastoral. Nos llegan sus inquietudes, necesidades y problemas y
tratamos de acercarnos a ellas con la escucha, comprensión y cariño. Hoy, más
que nunca, necesitan de nuestro apoyo y se lo damos a través de distintas
actividades. Las religiosas, con ayuda de sacerdotes y colaboradores seglares,
luchan contra la discriminación, la falta de igualdad de oportunidades, los
bajos salarios, etc. Además tenemos grupos de formación para matrimonios y
parejas donde pueden compartir su fe, favoreciendo la vivencia de valores
morales y cristianos. Se les prepara para recibir el Bautismo, Primera
Comunión, Confirmación y Matrimonio. Se procura inculcar el valor del trabajo y
la dignificación del mismo. Además se les procura facilitar su acceso al mundo
laboral como uno de los pilares para la integración social de las chicas.
El Carisma de la fundadora, tiene así en nuestra actualidad una vivencia singular. Esto mismo nos exige a nosotras, religiosas de María Inmaculada, un empeño y un compromiso constante de renovación, fijando la mirada en nuestra Santa Madre, para seguir sus pasos en la vida espiritual y apostólica. Tratando con gran amor y hasta con ternura a nuestras jóvenes. Es la herencia principal, que nos dejó Vicenta María.
Me llamo Cristina y salí de Rumanía en Septiembre del 2002. De mi llegada a este país no guardo ningún buen recuerdo. Me llamó una familia para que viniera a España y yo, confiada de que me iban a tratar bien, les entregué mi pasaporte. Pasado un tiempo, me pusieron de patitas en la calle y me retuvieron el pasaporte, me lo devolverían cuando pagara una deuda que había contraído mi familia con ellos. Me encontré sola en la calle sin documentación y sin casa; oí hablar de las Religiosas de María Inmaculada y recurrí a ellas. Me abrieron los brazos y me dieron alojamiento hasta el día de hoy; además, una buenísima hermana del centro me pagó la deuda y pude recobrar mi documentación. No sé como agradecérselo. En el centro proporcionan trabajo a las chicas que lo solicitan y yo he tenido la suerte de ser una de ellas. No tengo palabras para expresar mi gratitud a todas las hermanas y colaboradoras. Aquí encontré el calor de una familia a la cual echaba mucho de menos. Ahora, cuando hablo con ellos, les cuento lo a gusto que estoy después de todo lo que me ha pasado. Ellos están más tranquilos y sobre todo agradecidos.
Doy todos los días gracias a Dios, a
CRISTINA
Me llamo Beatriz. Llegué a España en el verano del 2001. En aquel
entonces me sumaba a la larga lista de colombianos que huyen anualmente de mi
país por los problemas políticos y de seguridad ocasionados por las FARC, la
guerrilla Colombiana.
Mi vida había
cambiado y ahora tenía que enfrentarme a un cambio radical, no sólo cultural si
no laboral. Buscando empleo, acudí al Centro Social de las Religiosas de María
Inmaculada. A los pocos días hallé un empleo, pero luego mi problema iba más
allá; no tenía donde vivir, pues mi salida de Colombia fue muy rápida y aquí en
España conocía a poca gente ,así que, una vez más, acudí a ellas,a las
Religiosas, quienes me abrieron las puertas de su casa.
En la residencia
vivo hace dos años. Es un hogar encantador y acogedor; nunca me ha sentido sola
porque el cariño de las hermanas no da espacio a que esto ocurra. Es como haber
encontrado un segundo hogar, o mejor dicho, lo es. Creo que mi vida en la
residencia ha abierto un capítulo muy importante en mi existencia. He crecido
espiritual y personalmente. Me siento orgullosa de vivir en un hogar tan
digno y moralmente constituido.
En estos dos años he conocido a muchas chicas que como yo, han
venido aquí y han sido abrigadas por las Religiosas de María Inmaculada, he
escuchado muchas historias. Cada una llega por un motivo diferente pero, al
final, todas coincidimos en que de no haber sido por las hermanas, solo Dios
sabría qué hubiera pasado con nosotras.
De algo estoy segura: es que este capítulo será para mí inolvidable.
Soy un testimonio de agradecimiento a esta comunidad. He sido acogida por ellas
y, al escribir este recuerdo, me quedo corta para explicar y enumerar todo
cuanto he recibido de ellas. Que Dios derrame sus bendiciones sobre cada
hermana y cada casa. El valor de su misión es incalculable.
thalithaqumi
Zaragoza, diciembre 2004