THALITHAQUMI
---------------------------------------------------------------------------Carta del cura de mi pueblo
Cariñena, 20-Noviembre-2003
de
la diócesis de Zaragoza, licenciado en Catequética y
párroco de Cariñena, donde
apura los días antes de
ser trasladado a otra parroquia. Le
invité a escribir algo para
mi web y me envió este
escrito con forma epistolar
y estilo desenfadado
y a veces jocoso,
como corresponde al
de un amigo cuando escribe
a otro amigo. En
él hace balance de sus
vivencias interiores en
los ocho años que ha servido
como cura en Cariñena.
Ángel Bolea es sacerdote
Querido Juan:
Hace un tiempo me pediste que te escribiera algo sobre mi experiencia personal y comunitaria como sacerdote.
Muchas cosas se me van a quedar sin expresar, sobre todo personas y vidas que nos hemos encontrado en el camino de cada día.
Mirando un poquito hacia atrás, los últimos años, los que he compartido con las gentes de Cariñena y tomando conciencia de lo que he vivido, creo que hay unas situaciones de referencia que me han ido marcando.
El encuentro en Caritas con los pobres, los Transeúntes y los Inmigrantes.
Al comenzar mi relación con las personas y situaciones de la parroquia y del pueblo me encontré con un equipo de mujeres que tenían una sensibilidad deliciosa para situarse junto a los más necesitados y desvalidos, con unas ganas inmensas de hacer el bien, de ayudar a la promoción de las personas y de la justicia y de aprender continuamente cómo hacer presente el rostro de Dios a estas personas y en esas situaciones.
En este encuentro con el equipo y con los pobres, los transeúntes e inmigrantes he ido creciendo y descubriendo. He pasado de un “atender técnicamente” las necesidades que se presentaban. ¡Qué vergüenza paso ahora cuando recuerdo a las personas que he humillado con mi “ayuda” desde el poder que me daba tener la llave de una casa con la que podía decidir si en pleno invierno o en el calor del verano se quedaban en la calle porque ya no les correspondía tal ayuda!.
En este caminar, gracias a Dios, he descubierto, un poquico al menos, el corazón y la persona que se acercaba a mí. He llegado a apreciar el dolor y el sufrimiento, la soledad, la esperanza y desesperanza por encontrar un trabajo, por volver a reunirse en familia, el rebote, el rencor acumulado por días y días de desprecios, la vergüenza ante el tener que humillarse y pedir ... Poco a poco he ido aprendiendo a apreciar.¡Qué pena me da el no haber podido, sabido e incluso querido aliviar a estas personas!
Y, muchas más gracias a Dios, porque en alguna persona que ha venido a mí desde su pobreza, desde su necesidad, buscando algo, he descubierto a Dios Padre que me ama, que se acerca a mí a compartir su cariño, su ternura, sus deseos de justicia, su soledad, su palabra de consuelo; he descubierto a Dios que sale a mi encuentro a bendecirme y a derrochar su gracia sobre mí. ¡Qué gozada el sentirme evangelizado y poder responder agradecidamente a Dios en los hermanos con los que voy caminando por la vida!
En las Navidades del año 1997 y en el transcurso de 1998 los médicos me detectaron un fallo cardiaco. La válvula mitral estaba muy deteriorada y necesitaba de una operación y de su sustitución por otra mecánica.
Fue encontrarme de bruces conmigo mismo en una dimensión totalmente desconocida para mí. Encontrarme conmigo mismo en la debilidad, en la enfermedad, necesitando de los demás, y tener que situarme así, fue desconcertante, duro y largo de aceptar.
Tras la operación, empecé a hacerme el valiente, a vivir y a plantearme las cosas como si nada hubiese pasado.
En esta época comencé a relacionarme de una manera habitual con los enfermos del pueblo, los que estaban en casa y los que estaban hospitalizados (Nunca estaré bastante agradecido a Nati, Simona, Mª Jesús, Rosa, Fina, Maribel que tantas veces me han acompañado a visitar a los enfermos en sus casas y en el hospital).
Para mí era algo totalmente nuevo. Aún recuerdo con sonrojo cómo sudaba y casi me mareaba al entrar en la habitación y ver los goteros, las agujas, sentir el olor... cómo mis visitas al hospital eran cortísimas “por no molestar”.
Gracias a los empujones de estas mujeres y a las visitas continuas y cada vez más sosegadas empecé a intuir que el enfermo y la enfermedad son un momento de especial encuentro con la gracia y la fidelidad de Jesús, el Señor.
Fue entonces cuando lloré de pena y de gozo por las oportunidades que me había perdido, y porque empezaba a aprender a situarme desde la confianza, a sentirme evangelizado una vez más, y empecé también a dejar resonar en mi corazón las mismas palabras de Dios a su hijo Jesús en el Bautismo del Señor en el Jordán: “Tú eres mi hijo amado, el predilecto, en quien me complazco...”
Tres mujeres, que desde su
vida sencilla y callada me han enseñado a amar profundamente a
Con Nati he aprendido a conocer y a amar a
Con Emilia he aprendido a conocer y a amar a
Con
Y quizás lo más duro y que más me hace sufrir. La mutua pérdida de confianza con algunas personas. El daño que nos hemos hecho, la incomprensión, la falta de diálogo fraterno que nos ha ido llevando a separarnos, a desconfiar... Espero que el Señor nos ayude a perdonar, a apreciarnos y a valorarnos y a volver nuestros ojos hacia el otro y confiar en él.
Espero que estas
pequeñas notas de mi vida te sirvan para algo y que el Señor te bendiga a ti y
a todos los que las lean. Un fuerte abrazo. Cuídate. Sé bueno. No des que
hablar y cómete todo lo que te pongan.
Angel V. Bolea Lanuza
thalithaqumi
Zaragoza,
diciembre 2003