thalithaqumi
PLAZA MAYOR
------------------------------------------El
acompañamiento en el duelo desde las parroquias

Agradezco los desvelos de D.José
Luis Serrano y su confianza a mi persona por la invitación a participar en la
formación que oferta
He querido dividir mi exposición
en dos partes fundamentales para señalar la importancia de la “unión de
contrarios” como clave hermenéutica de interpretación en clave cristológica. La
primera parte es mas práctica y concreta, al responder a las necesidades del
acompañamiento al duelo desde las parroquias, potenciando el protagonismo de
los equipos de visitadores de enfermos dentro de una pastoral de
El próximo 11 de febrero celebramos
en éste Cuerpo del que formamos parte,
Resalta el papel insustituible,
irrenunciable de la pastoral de la salud, en nuestra época marcada por el
secularismo, que oculta apuntando como en otro campo, donde se juegue el
destino del hombre. Nos revela por el contrario cómo es en el momento de
enfermedad donde se debe poner con más urgencia la necesidad de encontrar
respuestas adecuadas a las cuestiones últimas referentes a la vida del hombre,
como el sentido del dolor, del sufrimiento y de la misma muerte; considerada no
sólo como un enigma con el cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio
en el que Cristo incorpora a Sí mismo nuestra existencia, abriéndola a un nuevo
y definitivo nacimiento para la vida que nunca acabará.
Intentaremos que ésta suponga
nuestra conclusión:
“En Cristo está la esperanza de
la verdad y de la plena salud, la salvación que El trae es la verdadera
respuesta a los interrogantes últimos del hombre. Ya no hay contradicción (sino
unión de contrarios) entre salud terrena y eterna, pues el Señor ha muerto por
la salud integral del hombre y de todos los hombres. La salvación constituye el
contenido final de
Para ello nos valdremos del
comentario a la tercera Bienaventuranza[1]
(Mt 5,4). Ella despeja la aparente antinomia que parece haber entre el
sufrimiento y el gozo, superada gracias a la acción del Espíritu Santo.
Configurándonos al misterio de Cristo crucificado y resucitado, el espíritu nos
abre desde ahora al gozo que alcanzará su plenitud en el encuentro gozoso con
el Redentor. Pues como afirma el Papa, el ser humano no aspira a un bienestar
sólo físico o espiritual, sino a una “salud” que se manifieste en una total
armonía con Dios, consigo mismo y con la humanidad. María continúa siendo
modelo a través de la anticipación de
los misterios escatológicos que contemplamos, por su Inmaculada Concepción (150
aniv.) y Asunción al Cielo.
Me parece oportuno en este campo
al que nos disponemos a vislumbrar, recomendar a su vez las palabras del
mensaje del Santo Padre para ésta recién estrenada Cuaresma 2005; donde se nos
invita a la escucha asidua de
En dicho mensaje nos alienta a
reconocer y valorar la edad madura, como signo de bendición y benevolencia del
Altísimo, especial don divino. Tal atención a la denominada “tercera edad”, nos
anima a la afectuosa acogida, a ayudar a vivir sus grandes potencialidades con
mayor plenitud, poniéndolas al servicio de toda la comunidad. Alienta al
cuidado e interés por ellos, especialmente de las comunidades eclesiales de las
sociedades occidentales, evitando tantas situaciones de soledad que conllevan
amargos desánimos.
Resalta, que las personas
ancianas están más dispuestas a afrontar los interrogantes existenciales que
resaltábamos al comienzo; quizá descuidados en etapas más jóvenes, por la
prioridad que se otorgaba a cuestiones consideradas más apremiantes. La
conciencia de la cercanía de la meta final (nos dice el Papa), induce al
anciano a concentrarse en lo esencial, en aquello que el paso de los años no
destruye.
Es cierto recuerda, que el hombre
vive de la herencia de quien le ha precedido, y su futuro depende de manera
determinante de cómo le han sido transmitidos los valores de la cultura del
pueblo al que pertenece, es aquí, donde la sabiduría y experiencia de los
ancianos puede iluminar el camino del hombre en la vía de progreso hacia una
forma de civilización cada vez más plena. Destaca el importante recíproco
enriquecimiento entre las distintas generaciones. Alienta a las familias a una
permanente actitud abierta y acogedora hacia nuestros mayores. A ello nos
ayudarán con su intercesión Sta Ana y S. Joaquín.
Fin del prólogo... comienzo de la
primera parte:
Cuántas veces nos
hemos sentido, al visitar a una familia, como pájaros de mal agüero, por la
supuesta “familiaridad con la muerte”, los sacerdotes visitadores de enfermos.
Se ha llegado a decir, “le han traído eso que es peor que la comunión”...
Unción?. Cómo perdura aún lo de “extrema...”.
Por ello en ésta
exposición pretendo ampliar el marco de comprensión a todos los agentes de
Pastoral de
Hoy, ciertamente se
puede hablar de “crisis de la muerte” en nuestra sociedad, se da un rechazo a
su reconocimiento, se la acompaña de silencio, engaño, ocultamiento, es un gran
“tabú”. Se la rechaza del hogar; se da en la calle, en las carreteras; se
recluye a hospitales, geriátricos, unidades de cuidados paliativos. Ni se
nombra; se habla de desaparición, éxitus, abandono, adiós, despedida... Ha
perdido solemnidad incluso el cadáver, ya no se le acerca a los más íntimos, no
se porta en hombros, acaba uno entre desconocidos “profesionales y técnicos”.
Propongo la
solicitud por intentar dar una transformación audaz, un paso en la concepción
de la muerte, de enemiga a aliada; un proceso de familiarización... esto es de
humanización, y ello conlleva la
cristianización. La muerte como último don de sí, cátedra de la vida: Puede
enseñarnos a valorar las cosas en su dimensión real. Nos puede poner en
contacto con la esperanza de una vida que transciende. Nos puede hacer más
sensibles a los valores humanos y espirituales. Nos puede hacer creíble
Pero su impacto es
sufrido por los más cercanos, ¡cuánto consuela la unidad familiar! (Iglesia en
miniatura). Éste es un punto de inserción desde donde la parroquia acompaña al
duelo, en la continuidad de reanimar la esperanza herida ante la separación
temporal del amado; auténtico campo de audaz evangelización.
Cada núcleo familiar
asumirá la pérdida con unas connotaciones únicas, singulares a las que debemos
empatizar para comprender, sin falsas compasiones y lamentos estériles. Es
importante por tanto verbalizar los sentimientos para afrontar el duelo
evitando restos patológicos (la cerrazón falsea nuestra auténtica libertad,
aquella que nos relaciona con la verdad profunda). La libertad por tanto, nos
enfrenta en realismo a nuestra vulnerabilidad, muestra de fidedigna humanidad.
De este modo nos acercamos a quienes se han encontrado más cercanos, al
cuidador principal, el que más peso ha soportado. Ello aporta un progresivo
beneficio. Personalizar la escucha de los numerosos testimonios aporta un mutuo
agradecimiento. Aunque cuando pudiese aparecer alguna anomalía, es necesario
aconsejar derivar a otros profesionales en el acompañamiento.
No podemos obviar el
trasfondo teológico en el hecho de morir, algo tan odiado y rechazado por la
sociedad actual, sin descuidar las implicaciones psicológicas y antropológicas.
Pero por supuesto nada mas lejos de reducir su riqueza al momento puntual de
las exequias. En éstas el detalle es muestra de un gran amor, aquí no hay
rebajas, una celebración entrañable y digna despedida de un ser humano cercano
y querido, llena de esperanza cristiana, con fundamento, sentido y valor que se
presuponen. No tendría cabida una celebración anónima, sin el calor humano que
se espera, es aquí donde la propia familia se debe implicar, no excusándose en
el comprensible cansancio y dolor. Es aquí donde el sacramento de
Tres principios
pueden resumir éstas líneas desde la evangelización de la parroquia a las
personas que han sufrido recientemente la separación forzosa de un ser querido
(según Pangrazzi: La pérdida de un ser querido: un viaje dentro de la vida. Ed.
Paulinas, Madrid, 1993):
1.Visita a personas
en duelo en sus propias casas, sobre todo en las fases más críticas, preparando
y delegando a un grupo de personas ésta diaconía de la caridad.
2. Implicación gradual de personas que han
sufrido una pérdida significativa en actividades e iniciativas parroquiales
para ayudarlos a sentirse útiles y para darles la oportunidad de ejercitar sus
talentos.
3. Inserción de viudos/as
(padres y madres) que han elaborado positivamente un duelo participando en
grupos de apoyo con otras personas afectadas por una pérdida reciente para
permitirles, desde su propia vivencia “consolar a todos los que sufren con el
consuelo que nosotros mismos recibimos de Dios (2 Cor 1, 4).
Es importante
constatar que
Jesucristo sigue
siendo el modelo a imitar, experto en humanidad desde su divinidad, divinamente
humano. Supo acompañar, compartiendo alegrías y penas, en felicidad y dolor.
Comprensivo y realista, cercano en momentos de duda y desaliento.
Clarificadores como ejemplo entre otros muchos, su amistad con Lázaro ( Jn 11.
1-44), y el proceso de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Existen
numerosos comentarios, de los que extraemos una serie de aspectos iluminadores
(Ramón Martín Rodrigo. OH. Labor Hospitalaria, nº 265): Emaús, modelo de
acompañamiento revitalizante:
-Tomar la
iniciativa, ofrecer ayuda. Como Jesús, “mientras conversaban y discutían, se
acercó y siguió con ellos”...
-Interesarse, pero
no interrogar. Dejar hablar. “Él les dijo: ¿de qué discutíais por el
camino?”...
-Dar voz al dolor.
“Ellos se pararon con aire entristecido”... “Nosotros esperábamos que sería él
quien iba a liberar a Israel”.
-La confrontación
realista. “ ¡Insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los
profetas. No era necesario que el Cristo padeciera eso y así entrara en su
gloria!”.
-La iluminación. “Y
empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que
había sobre él en todas las Escrituras”.
-Solidaridad y
comunión. “ Ellos le forzaron a quedarse diciéndole: Quédate con nosotros
porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos”.
La revelación.
“Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo
partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.
-El testimonio: Y
levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los
Once... Ellos por su parte, contaron lo que les había pasado por el camino y
cómo le habían reconocido al partir el pan”.
Testimonio de
experiencia de esperanza renacida por el encuentro sanante con Jesús. Del dolor
compartido que nace del amor, solidaridad, deseo de que otros se beneficien de
la ayuda de la escucha atenta y el compartir intimidad. Clima de confiada
esperanza.
Últimas sugerencias
para el acompañamiento del duelo; pautas de actuación:
-Familiarizarse con
el proceso de duelo, evitando la sensación de miedo, desazón, ante nuestra
vulnerabilidad.
-Ayudar a tomar
conciencia de la realidad de la pérdida, dejando sentir el dolor en el interior
de uno mismo. Evitar la sensación de irrealidad, asumiendo el dolor emocional
que acompaña, en un proceso positivo, a través del recuerdo agradecido, que
alivia y libera. No reprimir llantos, tristezas, culpas o rabias...
-Evitar las frases
hechas. Tópicos, que no ayudan, sino mas bien hieren o desconciertan. No
minimizar sufrimientos que conlleva la separación (no tanto una pérdida). Valor
del silencio y el contacto físico.
- Revalorizar los
signos de presencia. Transmitiendo compañía, signo de consuelo humano de
carácter evangelizador.
-Mantener el
contacto durante el tiempo necesario, no sólo reducido al día de después... de
muy diferentes formas, derrochando imaginación a través de encuentros...
-Estimular la
dedicación de tiempo para uno mismo, espacio vital de recuperación para
interiorizar, en el encuentro con la propia identidad. También saber retirarse.
-Respetar las
diversas reacciones y el ritmo propio, personal (singular).
-Estimular a elegir
y tomar decisiones, opciones constructivas, fomentando el interés renovador,
sin suplir o anular, pero acompañando, para acertar positivamente.
-Cultivar los
recuerdos, como fuerza consoladora terapéutica. Hay que recorrer el camino
desde atrás hacia adelante.
-Desprenderse del
que se va, del patrimonio afectivo activo (tener). Sin que conlleve la
reducción de lo que somos, sino que queda arraigado en el mundo interno (ser).
Animando a cerrar asuntos pendientes, no sólo materiales (ejemplo. “Cinco horas
con Mario”).
-Ser símbolos de
esperanza, ayudando a acoger signos de renovación esparcidos a lo largo del
sendero de la aflicción. Como cristianos debemos ser testigos actuales y
convencidos del Resucitado. Desde la prudencia (adecuación de medios para un
fin), debemos revelar verdades vividas y sentidas por quien se siente presa de
la desesperanza, contagiando progresivamente un entusiasmo esperanzador. Con
calor humano, siendo asidero y estímulo para mirar hacia adelante,
transcendiendo e invitando a la acción y compromiso por otros.
-Acompañarle a
descubrir nuevos motivos para vivir y nuevas relaciones, saliendo del
aislamiento, hacia el ámbito familiar y comunitario. Desde la aceptación alegre
y sin sentimientos de culpa o infidelidad ante nuevas amistades. Hay una
transformación al sentirse de nuevo deseados y necesarios para otros,
merecedores de cuidados e intereses compartidos y tareas que reconstruyen el
sentido de la vida.
Quizá la invitación
última es volver a empezar, como el buen samaritano, vivir de forma renovada el
“ahora haz tu lo mismo”. Ánimo.
Segunda y última
parte:
No podemos
desarrollar la importancia y profundidad del deseo natural de la felicidad
(universal y particular)... Las bienaventuranzas como búsqueda de la felicidad.
Nos centramos en comentar la tercera Bienaventuranza: “Los que lloran porque
serán saciados”...
Esta
tercera bienaventuranza ha tenido numerosas variantes en su traducción: los
afligidos, los que lloran, literalmente, los que están en duelo. S. Lucas
afirma: “bienaventurados vosotros los que lloráis, pues reiréis... Ay de
vosotros los que reís porque conoceréis el duelo y las lágrimas” (Lc 6,21 y
25). Parece como si los traductores vacilen ante la palabra “duelo”. Esta
palabra será la punta externa del problema que planteamos. Pues el duelo
significa el sufrimiento más agudo, el que se experimenta ante la muerte de un
ser querido, cuando las lágrimas son inagotables (también se han echo los ojos
para ellas, nuestra vocación última es de videntes... y hay lágrimas de
alegría).
Nos
referimos a la bienaventuranza del consuelo. Ello evoca el libro de la
consolación de Israel, en Isaías (40-55), cuyo comienzo dice: “ consolad,
consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios, que está pagada su culpa...”. Además,
entre los cánticos del Siervo de Yahvé se nos comunica entre otros: “varón de
dolores, familiarizado con el sufrimiento..., menospreciado sin que le tengamos
en cuenta. Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó
con nuestros dolores... Dispuesta estaba entre los impíos su sepultura... Por
la fatiga de su alma verá y se saciará su conocimiento” (cap. 53). Pero después
afirmará la invitación a la alegría dirigida a Jerusalén después de la prueba:
“ regocíjate, estéril, que no has parido... En un rapto de cólera oculté de ti
un instante mi rostro, pero con amor eterno me apiadé de ti” (cap. 54).
Posteriormente evocará la vocación del profeta: “El espíritu del Señor, Yahvé
está sobre mi..., me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y
sanar a los de quebrantado corazón..., para consolar a los tristes..., para
darles en vez de ceniza, una corona, el óleo del gozo en vez de vestidos de
luto, un manto de fiesta en vez de espíritu abatido” (cap. 61).
En el
Nuevo testamento, citamos la segunda carta a los corintios, que nos hace
experimentar la fuerza de la consolación cristiana. Pasado por numerosas
pruebas, s.Pablo confiesa estar agobiado hasta el extremo, por encima de sus
fuerzas, hasta pensar que perdía su vida, para aprender a no poner su confianza
en sí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos. (No en el párroco, que
tantas veces no adivina el estado de enfermedad de un feligrés...). Por ello, a
s. Pablo le brota de su corazón la acción de gracias: “bendito sea... el Padre
de las misericordias y el Dios de toda consolación, el cual nos consuela en
todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los
que se hallan en cualquier trabajo ( y morir cuesta, desde la aceptación, al
último don de sí); con la misma consolación con que nosotros somos consolados
por Dios. Porque a medida que aumentan en nosotros las aflicciones de Cristo,
se aumenta también nuestra consolación por Cristo” ( 2Cor 1, 3-5).
S.
Juan, recogiendo el discurso de Jesús después de la cena afirma: “en verdad, en
verdad os digo que vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo se
regocijará... ahora estáis tristes, pero yo volveré a visitaros y vuestro
corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo” (Jn 16, 20. 22).
Así,
la bienaventuranza de los afligidos tiene sus raíces en el Antiguo y Nuevo
Testamento, y se despliega en la experiencia cristiana de la prueba. Pero tiene
su centro en la persona y el amor de Jesús, como en s.Juan, a través de la pena
de su ausencia, por el gozo y el consuelo de su presencia. ( El siempre Fiel,
no falla, no así siempre la parroquia).
El
primero el que se siente por nuestros pecados y por los de los demás, que son
como una muerte espiritual. Su consuelo reside el en perdón, como expresa la
oración del Miserere: “devuélveme la alegría de tu salvación”. Pues los
Padres del desierto aconsejaban vivir en el arrepentimiento y lágrimas, al ver
en éstos la fuente del consuelo y del perdón.
El
segundo es la pena causada por la estancia en esta vida, las miserias, que
serán recompensadas por el gozo de la vida eterna.
El
tercero, según s. Agustín, el duelo de quienes aceptan la cruz de Cristo en
esta vida, que mueren para el mundo y renuncian a sus placeres, prefiriendo los
goces del amor divino prodigados por el Espíritu Santo, que por eso se le
denomina Paráclito, Consolador.
Belleza
la de éstos textos, consoladora doctrina. Pero no podemos hacernos ilusiones,
no caigamos en la dulce equivocación de leerlos, escucharlos sin captar algo
más que sus palabras, la realidad de la que hablan, lo que con frecuencia nos
da miedo.
Entre
las bienaventuranzas quizá sea esta la que más contradiga el sentido común;
nadie cree que la felicidad pertenezca a quienes lloran, a quienes están en
duelo... Pues la asociamos a la alegría, risas, el impulso por la vida; ¿no se
da en todo esto una gran contradicción?. Pensamos que quienes se complacen en
el sufrimiento, en el pensamiento de la muerte (de moda en ciertos románticos)
gozan de cierta depravación. Nuestro sentido natural (puesto por Dios en el
corazón), ¿no nos lleva hacia la alegría, hacia la vida? ¿A qué esta
bienaventuranza del luto y las lágrimas?. ¿Y si la adaptáramos a las
necesidades e ideas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo?. ¿Cómo hacerla
estímulo para la alegría de vivir, tan necesaria hoy ante las tareas
cotidianas?. Pues ¿no debemos luchar contra el sufrimiento y la muerte, en vez
de aceptarlos pasivamente?, y ¿no hace falta hoy tener piedad de los hombres y
mujeres, apartando de su vida, en todo lo posible, los gestos que produce el
dolor, que los perturba y los debilita? ( acordémonos de encomendar a el
protagonista real de “mar a dentro”).
Pero
es ésta una bienaventuranza del valor. El Evangelio tiene, sin embargo, razón
contra nuestro deseo, cuando se atreve a hablar del sufrimiento y de la
aflicción. Al mirar la realidad concreta de nuestra propia vida, percibimos una
extraña mezcla de alegrías y tristezas, de gozos y penas, éxitos y fracasos.
Incluso si se ha vivido poco se ha podido ver sufrir a nuestro alrededor, y se
llega a entender la arcana comparación de la vida como “un valle de lágrimas”
(Salve). Puede surgir ante este espectáculo, la tentación del desánimo,
desaliento, desesperanza. Es verdadero el Evangelio al ponernos el sufrimiento
ante nuestros ojos, es parte del lote de la vida, y trata además de evitar que
nos comportáramos como una avestruz.
Tal
invitación está llamada al valor de ser personas humanas, maduros, no simples
niños a quienes se les distrae con bellas historias y a quienes se les protege
contra los espectáculos penosos y turbadores; sino adultos que osan mirar la
realidad de la vida cara a cara, como parte de los sufrimientos, que aceptan
sin esquivar “sangre, sudor y lágrimas”... No vemos en ello ninguna depravación
o desprecio por la vida; por el contrario, reconocemos la necesidad de una gran
fuerza vital, pues es en la lucha contra
los adversarios donde se afirma más la vida, se progresa. Esta es la virtud,
fuerza, el valor de la bienaventuranza que comentamos. Hacer frente a la
muerte, según los ancianos (presbítero); para los cristianos, el testimonio del
martirio. La prueba del sufrimiento y la idea de la muerte son, pues,
necesarias para formar la persona humana y para enseñarnos lo que es vivir.
Imaginad
un hombre o una mujer que nunca hubiese conocido otra cosa que placeres y
alegrías, facilidades y dulzuras, y que terminase su vida sin tener conciencia
de la misma, en un lecho de rosas. Quizá lo envidiásemos un poco, pero pensando
¿no creeríamos que se ha quedado en un niño/a grande? ¿que se ha perdido algo
de la vida misma?. Ello no quiere decir que tengamos que buscar el sufrimiento
para ejercitar nuestro valor (viene sólo tantas veces); basta estar a la
expectativa y seremos bien despachados. Pero ello no impide que aceptemos
mientras tanto las alegrías que se nos presenten, tan patentes en la creación,
como los lirios del campo, aves del cielo, tan evangélicas; o el gozar de la
compañía de los amigos, como Jesús en Betania.
Ciertamente,
esperamos aún más de ésta bienaventuranza (autobiografías de Cristo), que la
invitación al valor humano ante el sufrimiento y el duelo. Profundizando
queremos descubrir que incluso el hombre o la mujer valiente, saca provecho de
la prueba, y su virtud le proporciona una cierta alegría recia. Pero ¿cómo
vislumbrar en el sufrimiento y la prueba, en las lágrimas y el duelo, sobretodo
ante la muerte, el camino de la felicidad?, ¿Y cuando sus proyectos se
derrumban, pierde a sus parientes, amigos; cuando siente envejecer?. Soportar
tal pena y sacar de ella una cierta verdadera grandeza, puede ser, pero
¿alegría?.
Más
madera, arder, profundizar sin consumirnos. ¿Cómo confiar en palabras y
discursos, se pregunta la valentía humana? ; para ella sólo cuenta la acción
que se expresa con un sí o con un no. Si ante el sufrimiento incluso los
grandes filósofos se convierten en niños... ¿no valdría la pena callarse?. ¿No
nos deja atónitos y desamparados el duelo cuando su mano nos aprieta?.
Evidentemente,
para hablar con verdad del sufrimiento necesitamos un guía a nuestra medida,
una palabra que supere las nuestras. El Evangelio, Palabra de Dios, “viva y
cortante, penetra hasta el fondo del alma, hasta las junturas de los huesos y
hasta los tuétanos”. Así es el anuncio: “ bienaventurados los que lloran”. Hace
falta escucha con humildad para comprender.
Si
alguien se hubiera preguntado ¿qué piensa usted que debería hacer Dios para
llegar a todos los hombres y mujeres, para poder establecer con ellos, entre
ellos, su Reino?, ¿qué instrumento debería escoger?. Quizá hubiéramos afirmado,
su omnipotencia: Que mandase un enviado revestido de fuerza, del poder para
realizar grandes signos visibles para todos, milagros como por lo demás
pensaban los judíos e incluso los Apóstoles acerca del Mesías esperado. O quizá
una persona llena de sabiduría, que nos enseñara por su autoridad y claridad de
sus argumentos, razones. O bien un profeta que tocara y removiera el alma de
los pueblos y los condujera por la simpatía y el entusiasmo de una gran causa.
Ciertamente nadie hubiera soñado en el sufrimiento, como instrumento útil para
un designio tan grande. ¿Que Dios, el Hijo de Dios, pudiese aprender a
sufrir...?: “Aun siendo el Hijo, no obstante aprendió la obediencia por medio
de los sufrimientos de la pasión, y por ser consumado, vino a ser para todos
los que le obedecen causa de salud eterna” (Heb. 5, 8-9). Un Dios que sufre,
que obedece: nadie habría podido inventar esto; resulta escandaloso a primera
vista.
Sin embargo,
el sufrimiento ofrecía a Dios el mejor instrumento para llegar a todos los
hombres y mujeres sin excepción, de verdad y en realidad. Quienes utilizan el
poder alcanzan a los hombres enérgicos; pero ¿qué harán con los débiles y con
los cobardes, que probablemente somos los más numerosos?. Los sabios nunca han
llegado más que a una élite lúcida, y si bien el buen sentido está ampliamente
difundido entre el pueblo, no es menos verdad que dicen ser el número de tontos
abundante. ¿Tendrá Dios que abandonarlos a su suerte?. Es cierto que un profeta
puede anunciar el amor por medio de imágenes emocionantes y frases
percutientes. Pero ¿podrá evitar los graves equívocos que cargan sobre la
palabra amor?. ¿Sabrá remover los corazones desecados, endurecidos, paralizados
por la vida y las batallas?. Sólo el sufrimiento es universal: visita a los
poderosos y a los débiles, a los sabios..., no hace distinción. Así es como
Dios lo ha escogido para alcanzar, por su medio, hasta el último de los hombres
y llevarle la invitación al Reino. Sin acepción de personas, y que sabe hablar
a todos. Sólo él, sabe hablar a quienes tienen el corazón duro como su oído
(que no quiere escuchar). No hay persona humana que pueda permanecer
indiferente cuando el sufrimiento le visita. Ni puede cerrarle los oídos.
Porque desde nuestro interior se dirige a nosotros, y su voz resuena hasta los
confines más remotos de nuestro ser. No se puede escapar a esa voz que sube
desde nuestro cuerpo cuando sufre (somos cuerpo), y se extiende hasta la cima
de nuestro espíritu, el cual se pone a temblar ante la voz del sufrimiento.
Ocupa todo el espacio de cuerpo y alma, por eso es tan humano. Así,
verdaderamente ya no se puede ser hombre o mujer sin conocerle, es parte de la
condición humana.
Extraña
voz que hace callar a las demás, cortando respiración y haciendo enmudecer. Por
ello se emparienta con la voz de Dios, que es capaz de arrastrar al hombre a la
soledad del desierto para hacerse oír. Así, el sufrimiento es escogido para
llevar
Así,
la bienaventuranza significaría que todo hombre o mujer que sufre, que llora,
que está de duelo, es visitado por Dios misteriosamente y es atraído por Cristo
y por el Espíritu Santo. Es por ello por lo cual no se debe separar la palabra
exterior del Evangelio de
La fe
en
Por
lo visto, también para nosotros, los cristianos, “acostumbrados” a oír
Puede
permanecer en nosotros abstracta la fe en
Quizá
fuese la espada de fuego del Paraíso que esgrimiera el ángel, impidiendo su
retorno a nuestros primeros padres, el sufrimiento que hace retroceder a toda
persona humana, hasta que Cristo la tomase entre sus manos de humildad y
obediencia, para reabrir la entrada al Reino de los que crean en El.
Pero
tampoco nos podemos quedar en la mera resignación, o en tan extendido
estoicismo, si tras
Bienaventurados
por tanto los que se afligen, sufren,
lloran, se duelen..., no porque el sufrimiento les haga felices por sí mismo,
ni porque lo busquen y se gocen de él, sino porque por el poder de Dios se ha
convertido en un camino hacia la felicidad del Reino, porque Cristo lo ha
escogido como medio para hacerse cercano a las personas, y por haberlo vencido
en su cuerpo, obligándolo a hacerse siervo de su designio de salvación y
misericordia.
A
cada uno de nosotros nos corresponde creer en la realidad de este misterio que
esconde tanto amor (tantas veces razones que no entiende la razón), en el
momento en el que el sufrimiento nos visita y nos interroga con dureza, a fin
de que la obra de Cristo pueda renovarse en nuestra propia vida. ¿No es para
ayudarnos a ello por lo que Jesús instituyó
El
sufrimiento y el amor. Asombrosa transmutación, que ya quisieran los
alquimistas: Deja en nuestro paladar el sufrimiento el sabor de la ceniza y nos
recuerda que toda cosa volverá al polvo vil, pero se convierte en crisol, en el
corazón de nuestra vida, en oro, de un amor nuevo que viene de Dios, por el
poder del amor de Cristo, transformados en siervos del Evangelio. Un nuevo lazo
entre amor y sufrimiento, percibido ya en el amor humano a un primer nivel: ¿no
es cierto que, por medio del fuego de la prueba, el amor se fortalece, se
purifica, hasta el punto de considerar al sufrimiento como el mejor don y el
más seguro testimonio que se puede ofrecer al amado?. La clave para mirar al
sufrimiento, por tanto en el duelo está en partir del amor, si queremos
comprender un poco el misterio de su transformación en ofrenda selecta e
incluso en fuente de alegría (incluso en la persecución)...
Para
finalizar esta parte es bueno echar una ojeada a algunas clases de sufrimientos
que nos visitan y que podemos ofrecer al Señor con las manos de nuestra fe.
En lo
primero que pensamos al oír hablar del sufrimiento es en el dolor físico, el
más tangible. Que no se debe despreciar, como si fuese de orden inferior, pues
el dolor se burla de nuestras clasificaciones intelectuales. Este acaba
irradiándose en nuestro ser entero, y puede llegar a abatir a los mejores y más
firmes, haciéndoles sentir todo el peso del cuerpo y su repercusión en el alma.
Nadie puede saber de antemano cómo soportará el dolor, y hasta puede que éste
nos enseñe mejor la humildad y cuál es nuestra condición de personas humanas
(recomiendo vivamente, como precioso itinerario de acompañamiento en el proceso
de enfermedad, para llegar al último don de sí, que no se improvisa, el libro “martes
con mi viejo profesor” de ).
También
está el sufrimiento moral, bajo sus innumerables formas, que alcanza a nuestros
afectos, proyectos, esperanzas, por medio de los desacuerdos, decepciones,
soledades e incomprensiones. Nos enseña a sentir éste sufrimiento la fragilidad
de los bienes a los que nos apegamos demasiado, y se nos presenta como una
delgada capa de hielo que cubre un agua profunda y peligrosa; nos incita a
buscar en otra parte bienes más sólidos, que constituirán el tesoro de nuestro
corazón y que nadie podrá arrebatarnos.
Después
podemos hablar de la pena que sube de la conciencia del pecado; con frecuencia
resulta algo confusa, por la profundidad que se ha formado y cierta oscuridad
que no sabemos porqué no nos importa mantener, alcanzando a veces la zona
inocente de nuestra alma. Es por el arrepentimiento sincero a la luz de la
gracia, como se encuentra el punto de partida de toda conversión y vida
espiritual.
Por
último está un sufrimiento que parece nacer del amor mismo y acompañarle
inevitablemente en nuestra condición actual. Pues todo amor contiene en su
centro la llamada a la comunión de su doble objeto (el bien, como mediación
objetiva y la persona del otro, como subjetiva), y reclama en consecuencia el
sacrificio de todo apegamiento a lo que no es él y para él. Amor que reclama
exclusividad, celoso por naturaleza (tenemos el ejemplo figurado de Abraham,
cumplido en Cristo, que sacrifica su voluntad propia, por más inocente que
fuera, al acceder a la del Padre y manifestar su misericordia). No puede el
amor renunciar a tal exigencia, no cabe otros compromisos, so pena de
corromperse y sofocarse. Tal es el amor puro y fuerte que el Espíritu Santo
quiere infundir en nuestros corazones (no se lo impidamos) y que tiene como
frutos la alegría y la paz, camino de Reino de Dios.
Terminamos
citando un libro de amor: el Cantar de los Cantares, donde se afirma que
“el amor es fuerte como la muerte”, S. Agustín comenta: “Igual que la caridad
mata lo que hemos sido para que seamos lo que no éramos, el amor produce en
nosotros una especie de muerte. De esa muerte había muerto quien decía: “El
mundo está crucificado para mí y yo estoy crucificado para el mundo”... Así,
pues, si, el amor es fuerte, es poderoso, tiene una gran fuerza, es la fuerza
misma” (In Psalmis, 121, n. 12).
Un
amor que puede parecer tan exigente que lleva el hierro del sufrimiento hasta
el fondo del alma, es también el más sensible ante el sufrimiento de los demás,
el más pronto a aliviarlo, el más ardiente en combatirlo, el más solícito hacia
los afligidos. Tal fue la misericordia de Jesús con los enfermos y los débiles
a quienes los fariseos daban de lado el sábado, y con todo el pueblo que venía
a El como ovejas sin pastor. El amor es demasiado rico para que lo podamos
encerrar en una sola idea o lo abarquemos de una sola mirada. Se desborda
siempre y se nos escapa cuando le queremos asir, al igual que el sufrimiento.
Por ello concluyo recomendando vivamente la lectura de un libro que es capaz de transformar la vida, de aventurarnos a saborear el amor de Dios como Caridad, y entender ésta como verdadera amistad: La primacía del Amor. Gracias por su paciencia.
CARLOS GARCÍA LASHERAS
thalithaqumi
Zaragoza, mayo 2005