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PLAZA MAYOR

 

 

 

------------------------------------------El acompañamiento en el duelo desde las parroquias

 

Cuadro de texto: Carlos García Laceras es un joven sacerdote zaragozano que desempeña el ministerio presbiteral como vicario parroquial de la una parroquia emblemática de la ciudad de Zaragoza: la Basílica de Santa Engracia, que alberga los restos de los innumerables mártires de Zaragoza.

Cursó sus estudios eclesiásticos previos a su ordenación en Pamplona y Zaragoza. Después de varios años en la pastoral rural, obtuvo la licenciatura en Teología Moral por la universidad lateranense de Roma. El presente documento es el contenido de una conferencia  que impartió en el Centro Berit, de teología para seglares, en febrero de 2005.

Agradezco los desvelos de D.José Luis Serrano y su confianza a mi persona por la invitación a participar en la formación que oferta la Delegación de Pastoral de la Salud y reconozco la oportunidad que brinda el centro Berit para facilitar una profundización teológica y práctica a los seglares.

He querido dividir mi exposición en dos partes fundamentales para señalar la importancia de la “unión de contrarios” como clave hermenéutica de interpretación en clave cristológica. La primera parte es mas práctica y concreta, al responder a las necesidades del acompañamiento al duelo desde las parroquias, potenciando el protagonismo de los equipos de visitadores de enfermos dentro de una pastoral de la Salud integral; y la segunda desde una profundización teológica como el espíritu que anima el cuerpo del tema que nos ocupa. Todo ello vendrá precedido de un prólogo en el que me encuentro, como pórtico que nos adentra al “Santo Santorum”.

 

El próximo 11 de febrero celebramos en éste Cuerpo del que formamos parte, la Iglesia, Madre y Maestra la XIII Jornada Mundial del Enfermo, amparados en nuestra Sra. de Lourdes, prototipo, modelo de la misma. Nuestro Pontífice Juan Pablo II, enfermo en su cuerpo, ardiente en el espíritu nos propone como reflexión remontándose a diez años, la parábola del “buen samaritano” recordándonos la ayuda que continúa requiriendo África, como continente de tantas personas necesitadas. Además apunta una reflexión sobre la noción de la salud como situación de armonía del ser humano consigo mismo y con el mundo que lo rodea. Plantea el flagelo del SIDA también como una “patología del espíritu”, dando pistas de su posible prevención, tratamiento, asimismo como todo el alivio moral y espiritual que requieren las personas afectadas. Eleva el discurso al superar la estrecha visión de compasión filantrópica, al animarnos a la adhesión a Cristo Redentor, y lograr reconocer su rostro en los rasgos de la persona que sufre. Nos llama de nuevo a la fe, para un verdadero compromiso pleno, a la esperanza para perseverar en esta misión a pesar de los innumerables obstáculos, y a la caridad como acercamiento a las diferentes situaciones, al permitir que “la fantasía de la caridad”, informe a percibir las peculiaridades concretas y ofrecer una respuesta en forma adecuada. Nos invita a clamar: “¡Ánimo, Dios no te ha olvidado! Cristo sufre contigo. Y tú, ofreciendo tus sufrimientos, puedes colaborar con El para redimir al mundo”.

Resalta el papel insustituible, irrenunciable de la pastoral de la salud, en nuestra época marcada por el secularismo, que oculta apuntando como en otro campo, donde se juegue el destino del hombre. Nos revela por el contrario cómo es en el momento de enfermedad donde se debe poner con más urgencia la necesidad de encontrar respuestas adecuadas a las cuestiones últimas referentes a la vida del hombre, como el sentido del dolor, del sufrimiento y de la misma muerte; considerada no sólo como un enigma con el cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio en el que Cristo incorpora a Sí mismo nuestra existencia, abriéndola a un nuevo y definitivo nacimiento para la vida que nunca acabará.

Intentaremos que ésta suponga nuestra conclusión:

“En Cristo está la esperanza de la verdad y de la plena salud, la salvación que El trae es la verdadera respuesta a los interrogantes últimos del hombre. Ya no hay contradicción (sino unión de contrarios) entre salud terrena y eterna, pues el Señor ha muerto por la salud integral del hombre y de todos los hombres. La salvación constituye el contenido final de la Nueva Alianza”.

Para ello nos valdremos del comentario a la tercera Bienaventuranza[1] (Mt 5,4). Ella despeja la aparente antinomia que parece haber entre el sufrimiento y el gozo, superada gracias a la acción del Espíritu Santo. Configurándonos al misterio de Cristo crucificado y resucitado, el espíritu nos abre desde ahora al gozo que alcanzará su plenitud en el encuentro gozoso con el Redentor. Pues como afirma el Papa, el ser humano no aspira a un bienestar sólo físico o espiritual, sino a una “salud” que se manifieste en una total armonía con Dios, consigo mismo y con la humanidad. María continúa siendo modelo  a través de la anticipación de los misterios escatológicos que contemplamos, por su Inmaculada Concepción (150 aniv.) y Asunción al Cielo.

 

Me parece oportuno en este campo al que nos disponemos a vislumbrar, recomendar a su vez las palabras del mensaje del Santo Padre para ésta recién estrenada Cuaresma 2005; donde se nos invita a la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, para ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado.

En dicho mensaje nos alienta a reconocer y valorar la edad madura, como signo de bendición y benevolencia del Altísimo, especial don divino. Tal atención a la denominada “tercera edad”, nos anima a la afectuosa acogida, a ayudar a vivir sus grandes potencialidades con mayor plenitud, poniéndolas al servicio de toda la comunidad. Alienta al cuidado e interés por ellos, especialmente de las comunidades eclesiales de las sociedades occidentales, evitando tantas situaciones de soledad que conllevan amargos desánimos.

Resalta, que las personas ancianas están más dispuestas a afrontar los interrogantes existenciales que resaltábamos al comienzo; quizá descuidados en etapas más jóvenes, por la prioridad que se otorgaba a cuestiones consideradas más apremiantes. La conciencia de la cercanía de la meta final (nos dice el Papa), induce al anciano a concentrarse en lo esencial, en aquello que el paso de los años no destruye.

Es cierto recuerda, que el hombre vive de la herencia de quien le ha precedido, y su futuro depende de manera determinante de cómo le han sido transmitidos los valores de la cultura del pueblo al que pertenece, es aquí, donde la sabiduría y experiencia de los ancianos puede iluminar el camino del hombre en la vía de progreso hacia una forma de civilización cada vez más plena. Destaca el importante recíproco enriquecimiento entre las distintas generaciones. Alienta a las familias a una permanente actitud abierta y acogedora hacia nuestros mayores. A ello nos ayudarán con su intercesión Sta Ana y S. Joaquín.

Fin del prólogo... comienzo de la primera parte:

Cuántas veces nos hemos sentido, al visitar a una familia, como pájaros de mal agüero, por la supuesta “familiaridad con la muerte”, los sacerdotes visitadores de enfermos. Se ha llegado a decir, “le han traído eso que es peor que la comunión”... Unción?. Cómo perdura aún lo de “extrema...”.

Por ello en ésta exposición pretendo ampliar el marco de comprensión a todos los agentes de Pastoral de la Salud, especialmente a los que desempeñan el ministerio de visitar a los enfermos y acompañantes, unidos por la fraternidad que explicita a la parroquia, como organismo vivo, cuerpo animado, formado por numerosos y variados miembros y funciones en comunión.

 

Hoy, ciertamente se puede hablar de “crisis de la muerte” en nuestra sociedad, se da un rechazo a su reconocimiento, se la acompaña de silencio, engaño, ocultamiento, es un gran “tabú”. Se la rechaza del hogar; se da en la calle, en las carreteras; se recluye a hospitales, geriátricos, unidades de cuidados paliativos. Ni se nombra; se habla de desaparición, éxitus, abandono, adiós, despedida... Ha perdido solemnidad incluso el cadáver, ya no se le acerca a los más íntimos, no se porta en hombros, acaba uno entre desconocidos “profesionales y técnicos”.

Propongo la solicitud por intentar dar una transformación audaz, un paso en la concepción de la muerte, de enemiga a aliada; un proceso de familiarización... esto es de humanización,  y ello conlleva la cristianización. La muerte como último don de sí, cátedra de la vida: Puede enseñarnos a valorar las cosas en su dimensión real. Nos puede poner en contacto con la esperanza de una vida que transciende. Nos puede hacer más sensibles a los valores humanos y espirituales. Nos puede  hacer creíble la Resurrección de Cristo como fundamento de nuestra esperanza (principio de resurrección de todos los que han muerto). Acrisola en fin nuestra visión cristiana de la vida y su destino.

Pero su impacto es sufrido por los más cercanos, ¡cuánto consuela la unidad familiar! (Iglesia en miniatura). Éste es un punto de inserción desde donde la parroquia acompaña al duelo, en la continuidad de reanimar la esperanza herida ante la separación temporal del amado; auténtico campo de audaz evangelización.

Cada núcleo familiar asumirá la pérdida con unas connotaciones únicas, singulares a las que debemos empatizar para comprender, sin falsas compasiones y lamentos estériles. Es importante por tanto verbalizar los sentimientos para afrontar el duelo evitando restos patológicos (la cerrazón falsea nuestra auténtica libertad, aquella que nos relaciona con la verdad profunda). La libertad por tanto, nos enfrenta en realismo a nuestra vulnerabilidad, muestra de fidedigna humanidad. De este modo nos acercamos a quienes se han encontrado más cercanos, al cuidador principal, el que más peso ha soportado. Ello aporta un progresivo beneficio. Personalizar la escucha de los numerosos testimonios aporta un mutuo agradecimiento. Aunque cuando pudiese aparecer alguna anomalía, es necesario aconsejar derivar a otros profesionales en el acompañamiento.

No podemos obviar el trasfondo teológico en el hecho de morir, algo tan odiado y rechazado por la sociedad actual, sin descuidar las implicaciones psicológicas y antropológicas. Pero por supuesto nada mas lejos de reducir su riqueza al momento puntual de las exequias. En éstas el detalle es muestra de un gran amor, aquí no hay rebajas, una celebración entrañable y digna despedida de un ser humano cercano y querido, llena de esperanza cristiana, con fundamento, sentido y valor que se presuponen. No tendría cabida una celebración anónima, sin el calor humano que se espera, es aquí donde la propia familia se debe implicar, no excusándose en el comprensible cansancio y dolor. Es aquí donde el sacramento de la Eucaristía, muestra su contenido profundo de creencia amorosa y esperanzadora. Queda mucho por mejorar en una auténtica pastoral de exequias. Pero no puede terminar aquí el acompañamiento, la Iglesia, y la parroquia que es concreción de la misma, es Madre y Maestra. Debe poseer la ternura de su feminidad, especialmente en las situaciones donde el resultado de la pérdida temporal deje en soledad extrema al superviviente (ancianos viudos, padres que han perdido a un hijo...). Ello nos abre a una nueva tarea desde las parroquias, pero donde la iniciativa debe ser recíproca, convirtiéndose en numerosas ocasiones en algo costoso por desconocimiento mutuo. Se pide una metanoia, una conversión de mentalidad, de una pastoral de la muerte a una de vida. No sólo se acompaña a “buen morir”, la construcción del Reino de Dios conlleva un plus. Una pastoral de comunión. Una auténtica promoción integral del mismo enfermo y de su entorno. En definitiva queda por proyectar toda una pastoral del “después del morir” (J.A. Pagola: La Pastoral de la Salud en la Parroquia: líneas básicas para un proyecto compartido. Labor Hospitalaria. nº 259. Pag 20(2001).

Tres principios pueden resumir éstas líneas desde la evangelización de la parroquia a las personas que han sufrido recientemente la separación forzosa de un ser querido (según Pangrazzi: La pérdida de un ser querido: un viaje dentro de la vida. Ed. Paulinas, Madrid, 1993):

1.Visita a personas en duelo en sus propias casas, sobre todo en las fases más críticas, preparando y delegando a un grupo de personas ésta diaconía de la caridad.

 2. Implicación gradual de personas que han sufrido una pérdida significativa en actividades e iniciativas parroquiales para ayudarlos a sentirse útiles y para darles la oportunidad de ejercitar sus talentos.

3. Inserción de viudos/as (padres y madres) que han elaborado positivamente un duelo participando en grupos de apoyo con otras personas afectadas por una pérdida reciente para permitirles, desde su propia vivencia “consolar a todos los que sufren con el consuelo que nosotros mismos recibimos de Dios (2 Cor 1, 4).

 

Es importante constatar que la Pastoral sanitaria va saliendo a la calle, no sólo acompaña desde hospitales. La labor de los equipos de visitadores es pues colosal. Se va tomando conciencia de su ministerio sanador, pero se debe fundamentar una auténtica formación especializada. Ello es uno de los objetivos de las Escuelas de Pastoral de la Salud, coordinadas por la Delegación, cuya buena muestra son éstas jornadas... Hay diócesis que cuentan con un determinado programa y temario establecido. Donde no sólo se tiene en cuanta la muerte, sino la situación posterior de la post-muerte para la familia (iglesia en miniatura- doméstica).

Jesucristo sigue siendo el modelo a imitar, experto en humanidad desde su divinidad, divinamente humano. Supo acompañar, compartiendo alegrías y penas, en felicidad y dolor. Comprensivo y realista, cercano en momentos de duda y desaliento. Clarificadores como ejemplo entre otros muchos, su amistad con Lázaro ( Jn 11. 1-44), y el proceso de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Existen numerosos comentarios, de los que extraemos una serie de aspectos iluminadores (Ramón Martín Rodrigo. OH. Labor Hospitalaria, nº 265): Emaús, modelo de acompañamiento revitalizante:

-Tomar la iniciativa, ofrecer ayuda. Como Jesús, “mientras conversaban y discutían, se acercó y siguió con ellos”...

-Interesarse, pero no interrogar. Dejar hablar. “Él les dijo: ¿de qué discutíais por el camino?”...

-Dar voz al dolor. “Ellos se pararon con aire entristecido”... “Nosotros esperábamos que sería él quien iba a liberar a Israel”.

-La confrontación realista. “ ¡Insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas. No era necesario que el Cristo padeciera eso y así entrara en su gloria!”.

-La iluminación. “Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras”.

-Solidaridad y comunión. “ Ellos le forzaron a quedarse diciéndole: Quédate con nosotros porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos”.

La revelación. “Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

-El testimonio: Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once... Ellos por su parte, contaron lo que les había pasado por el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan”.

Testimonio de experiencia de esperanza renacida por el encuentro sanante con Jesús. Del dolor compartido que nace del amor, solidaridad, deseo de que otros se beneficien de la ayuda de la escucha atenta y el compartir intimidad. Clima de confiada esperanza.

 

Últimas sugerencias para el acompañamiento del duelo; pautas de actuación:

-Familiarizarse con el proceso de duelo, evitando la sensación de miedo, desazón, ante nuestra vulnerabilidad.

-Ayudar a tomar conciencia de la realidad de la pérdida, dejando sentir el dolor en el interior de uno mismo. Evitar la sensación de irrealidad, asumiendo el dolor emocional que acompaña, en un proceso positivo, a través del recuerdo agradecido, que alivia y libera. No reprimir llantos, tristezas, culpas o rabias...

-Evitar las frases hechas. Tópicos, que no ayudan, sino mas bien hieren o desconciertan. No minimizar sufrimientos que conlleva la separación (no tanto una pérdida). Valor del silencio y el contacto físico.

- Revalorizar los signos de presencia. Transmitiendo compañía, signo de consuelo humano de carácter evangelizador.

-Mantener el contacto durante el tiempo necesario, no sólo reducido al día de después... de muy diferentes formas, derrochando imaginación a través de encuentros...

-Estimular la dedicación de tiempo para uno mismo, espacio vital de recuperación para interiorizar, en el encuentro con la propia identidad. También saber retirarse.

-Respetar las diversas reacciones y el ritmo propio, personal (singular).

-Estimular a elegir y tomar decisiones, opciones constructivas, fomentando el interés renovador, sin suplir o anular, pero acompañando, para acertar positivamente.

-Cultivar los recuerdos, como fuerza consoladora terapéutica. Hay que recorrer el camino desde atrás hacia adelante.

-Desprenderse del que se va, del patrimonio afectivo activo (tener). Sin que conlleve la reducción de lo que somos, sino que queda arraigado en el mundo interno (ser). Animando a cerrar asuntos pendientes, no sólo materiales (ejemplo. “Cinco horas con Mario”).

-Ser símbolos de esperanza, ayudando a acoger signos de renovación esparcidos a lo largo del sendero de la aflicción. Como cristianos debemos ser testigos actuales y convencidos del Resucitado. Desde la prudencia (adecuación de medios para un fin), debemos revelar verdades vividas y sentidas por quien se siente presa de la desesperanza, contagiando progresivamente un entusiasmo esperanzador. Con calor humano, siendo asidero y estímulo para mirar hacia adelante, transcendiendo e invitando a la acción y compromiso por otros.

-Acompañarle a descubrir nuevos motivos para vivir y nuevas relaciones, saliendo del aislamiento, hacia el ámbito familiar y comunitario. Desde la aceptación alegre y sin sentimientos de culpa o infidelidad ante nuevas amistades. Hay una transformación al sentirse de nuevo deseados y necesarios para otros, merecedores de cuidados e intereses compartidos y tareas que reconstruyen el sentido de la vida.

Quizá la invitación última es volver a empezar, como el buen samaritano, vivir de forma renovada el “ahora haz tu lo mismo”. Ánimo.

 

Segunda y última parte:

 

No podemos desarrollar la importancia y profundidad del deseo natural de la felicidad (universal y particular)... Las bienaventuranzas como búsqueda de la felicidad. Nos centramos en comentar la tercera Bienaventuranza: “Los que lloran porque serán saciados”...

 

Esta tercera bienaventuranza ha tenido numerosas variantes en su traducción: los afligidos, los que lloran, literalmente, los que están en duelo. S. Lucas afirma: “bienaventurados vosotros los que lloráis, pues reiréis... Ay de vosotros los que reís porque conoceréis el duelo y las lágrimas” (Lc 6,21 y 25). Parece como si los traductores vacilen ante la palabra “duelo”. Esta palabra será la punta externa del problema que planteamos. Pues el duelo significa el sufrimiento más agudo, el que se experimenta ante la muerte de un ser querido, cuando las lágrimas son inagotables (también se han echo los ojos para ellas, nuestra vocación última es de videntes... y hay lágrimas de alegría).

 

Nos referimos a la bienaventuranza del consuelo. Ello evoca el libro de la consolación de Israel, en Isaías (40-55), cuyo comienzo dice: “ consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios, que está pagada su culpa...”. Además, entre los cánticos del Siervo de Yahvé se nos comunica entre otros: “varón de dolores, familiarizado con el sufrimiento..., menospreciado sin que le tengamos en cuenta. Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores... Dispuesta estaba entre los impíos su sepultura... Por la fatiga de su alma verá y se saciará su conocimiento” (cap. 53). Pero después afirmará la invitación a la alegría dirigida a Jerusalén después de la prueba: “ regocíjate, estéril, que no has parido... En un rapto de cólera oculté de ti un instante mi rostro, pero con amor eterno me apiadé de ti” (cap. 54). Posteriormente evocará la vocación del profeta: “El espíritu del Señor, Yahvé está sobre mi..., me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón..., para consolar a los tristes..., para darles en vez de ceniza, una corona, el óleo del gozo en vez de vestidos de luto, un manto de fiesta en vez de espíritu abatido” (cap. 61).

 

En el Nuevo testamento, citamos la segunda carta a los corintios, que nos hace experimentar la fuerza de la consolación cristiana. Pasado por numerosas pruebas, s.Pablo confiesa estar agobiado hasta el extremo, por encima de sus fuerzas, hasta pensar que perdía su vida, para aprender a no poner su confianza en sí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos. (No en el párroco, que tantas veces no adivina el estado de enfermedad de un feligrés...). Por ello, a s. Pablo le brota de su corazón la acción de gracias: “bendito sea... el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que se hallan en cualquier trabajo ( y morir cuesta, desde la aceptación, al último don de sí); con la misma consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque a medida que aumentan en nosotros las aflicciones de Cristo, se aumenta también nuestra consolación por Cristo” ( 2Cor 1, 3-5).

S. Juan, recogiendo el discurso de Jesús después de la cena afirma: “en verdad, en verdad os digo que vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo se regocijará... ahora estáis tristes, pero yo volveré a visitaros y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo” (Jn 16, 20. 22).

Así, la bienaventuranza de los afligidos tiene sus raíces en el Antiguo y Nuevo Testamento, y se despliega en la experiencia cristiana de la prueba. Pero tiene su centro en la persona y el amor de Jesús, como en s.Juan, a través de la pena de su ausencia, por el gozo y el consuelo de su presencia. ( El siempre Fiel, no falla, no así siempre la parroquia).

 

La Tradición nos adentra en el tema, distinguiendo tres tipos de duelos:

El primero el que se siente por nuestros pecados y por los de los demás, que son como una muerte espiritual. Su consuelo reside el en perdón, como expresa la oración del Miserere: “devuélveme la alegría de tu salvación”. Pues los Padres del desierto aconsejaban vivir en el arrepentimiento y lágrimas, al ver en éstos la fuente del consuelo y del perdón.

El segundo es la pena causada por la estancia en esta vida, las miserias, que serán recompensadas por el gozo de la vida eterna.

El tercero, según s. Agustín, el duelo de quienes aceptan la cruz de Cristo en esta vida, que mueren para el mundo y renuncian a sus placeres, prefiriendo los goces del amor divino prodigados por el Espíritu Santo, que por eso se le denomina Paráclito, Consolador.

Belleza la de éstos textos, consoladora doctrina. Pero no podemos hacernos ilusiones, no caigamos en la dulce equivocación de leerlos, escucharlos sin captar algo más que sus palabras, la realidad de la que hablan, lo que con frecuencia nos da miedo.

Entre las bienaventuranzas quizá sea esta la que más contradiga el sentido común; nadie cree que la felicidad pertenezca a quienes lloran, a quienes están en duelo... Pues la asociamos a la alegría, risas, el impulso por la vida; ¿no se da en todo esto una gran contradicción?. Pensamos que quienes se complacen en el sufrimiento, en el pensamiento de la muerte (de moda en ciertos románticos) gozan de cierta depravación. Nuestro sentido natural (puesto por Dios en el corazón), ¿no nos lleva hacia la alegría, hacia la vida? ¿A qué esta bienaventuranza del luto y las lágrimas?. ¿Y si la adaptáramos a las necesidades e ideas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo?. ¿Cómo hacerla estímulo para la alegría de vivir, tan necesaria hoy ante las tareas cotidianas?. Pues ¿no debemos luchar contra el sufrimiento y la muerte, en vez de aceptarlos pasivamente?, y ¿no hace falta hoy tener piedad de los hombres y mujeres, apartando de su vida, en todo lo posible, los gestos que produce el dolor, que los perturba y los debilita? ( acordémonos de encomendar a el protagonista real de “mar a dentro”).

Pero es ésta una bienaventuranza del valor. El Evangelio tiene, sin embargo, razón contra nuestro deseo, cuando se atreve a hablar del sufrimiento y de la aflicción. Al mirar la realidad concreta de nuestra propia vida, percibimos una extraña mezcla de alegrías y tristezas, de gozos y penas, éxitos y fracasos. Incluso si se ha vivido poco se ha podido ver sufrir a nuestro alrededor, y se llega a entender la arcana comparación de la vida como “un valle de lágrimas” (Salve). Puede surgir ante este espectáculo, la tentación del desánimo, desaliento, desesperanza. Es verdadero el Evangelio al ponernos el sufrimiento ante nuestros ojos, es parte del lote de la vida, y trata además de evitar que nos comportáramos como una avestruz.

Tal invitación está llamada al valor de ser personas humanas, maduros, no simples niños a quienes se les distrae con bellas historias y a quienes se les protege contra los espectáculos penosos y turbadores; sino adultos que osan mirar la realidad de la vida cara a cara, como parte de los sufrimientos, que aceptan sin esquivar “sangre, sudor y lágrimas”... No vemos en ello ninguna depravación o desprecio por la vida; por el contrario, reconocemos la necesidad de una gran fuerza vital, pues  es en la lucha contra los adversarios donde se afirma más la vida, se progresa. Esta es la virtud, fuerza, el valor de la bienaventuranza que comentamos. Hacer frente a la muerte, según los ancianos (presbítero); para los cristianos, el testimonio del martirio. La prueba del sufrimiento y la idea de la muerte son, pues, necesarias para formar la persona humana y para enseñarnos lo que es vivir.

Imaginad un hombre o una mujer que nunca hubiese conocido otra cosa que placeres y alegrías, facilidades y dulzuras, y que terminase su vida sin tener conciencia de la misma, en un lecho de rosas. Quizá lo envidiásemos un poco, pero pensando ¿no creeríamos que se ha quedado en un niño/a grande? ¿que se ha perdido algo de la vida misma?. Ello no quiere decir que tengamos que buscar el sufrimiento para ejercitar nuestro valor (viene sólo tantas veces); basta estar a la expectativa y seremos bien despachados. Pero ello no impide que aceptemos mientras tanto las alegrías que se nos presenten, tan patentes en la creación, como los lirios del campo, aves del cielo, tan evangélicas; o el gozar de la compañía de los amigos, como Jesús en Betania.

 

Ciertamente, esperamos aún más de ésta bienaventuranza (autobiografías de Cristo), que la invitación al valor humano ante el sufrimiento y el duelo. Profundizando queremos descubrir que incluso el hombre o la mujer valiente, saca provecho de la prueba, y su virtud le proporciona una cierta alegría recia. Pero ¿cómo vislumbrar en el sufrimiento y la prueba, en las lágrimas y el duelo, sobretodo ante la muerte, el camino de la felicidad?, ¿Y cuando sus proyectos se derrumban, pierde a sus parientes, amigos; cuando siente envejecer?. Soportar tal pena y sacar de ella una cierta verdadera grandeza, puede ser, pero ¿alegría?.

Más madera, arder, profundizar sin consumirnos. ¿Cómo confiar en palabras y discursos, se pregunta la valentía humana? ; para ella sólo cuenta la acción que se expresa con un sí o con un no. Si ante el sufrimiento incluso los grandes filósofos se convierten en niños... ¿no valdría la pena callarse?. ¿No nos deja atónitos y desamparados el duelo cuando su mano nos aprieta?.

Evidentemente, para hablar con verdad del sufrimiento necesitamos un guía a nuestra medida, una palabra que supere las nuestras. El Evangelio, Palabra de Dios, “viva y cortante, penetra hasta el fondo del alma, hasta las junturas de los huesos y hasta los tuétanos”. Así es el anuncio: “ bienaventurados los que lloran”. Hace falta escucha con humildad para comprender.

Si alguien se hubiera preguntado ¿qué piensa usted que debería hacer Dios para llegar a todos los hombres y mujeres, para poder establecer con ellos, entre ellos, su Reino?, ¿qué instrumento debería escoger?. Quizá hubiéramos afirmado, su omnipotencia: Que mandase un enviado revestido de fuerza, del poder para realizar grandes signos visibles para todos, milagros como por lo demás pensaban los judíos e incluso los Apóstoles acerca del Mesías esperado. O quizá una persona llena de sabiduría, que nos enseñara por su autoridad y claridad de sus argumentos, razones. O bien un profeta que tocara y removiera el alma de los pueblos y los condujera por la simpatía y el entusiasmo de una gran causa. Ciertamente nadie hubiera soñado en el sufrimiento, como instrumento útil para un designio tan grande. ¿Que Dios, el Hijo de Dios, pudiese aprender a sufrir...?: “Aun siendo el Hijo, no obstante aprendió la obediencia por medio de los sufrimientos de la pasión, y por ser consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna” (Heb. 5, 8-9). Un Dios que sufre, que obedece: nadie habría podido inventar esto; resulta escandaloso a primera vista.

Sin embargo, el sufrimiento ofrecía a Dios el mejor instrumento para llegar a todos los hombres y mujeres sin excepción, de verdad y en realidad. Quienes utilizan el poder alcanzan a los hombres enérgicos; pero ¿qué harán con los débiles y con los cobardes, que probablemente somos los más numerosos?. Los sabios nunca han llegado más que a una élite lúcida, y si bien el buen sentido está ampliamente difundido entre el pueblo, no es menos verdad que dicen ser el número de tontos abundante. ¿Tendrá Dios que abandonarlos a su suerte?. Es cierto que un profeta puede anunciar el amor por medio de imágenes emocionantes y frases percutientes. Pero ¿podrá evitar los graves equívocos que cargan sobre la palabra amor?. ¿Sabrá remover los corazones desecados, endurecidos, paralizados por la vida y las batallas?. Sólo el sufrimiento es universal: visita a los poderosos y a los débiles, a los sabios..., no hace distinción. Así es como Dios lo ha escogido para alcanzar, por su medio, hasta el último de los hombres y llevarle la invitación al Reino. Sin acepción de personas, y que sabe hablar a todos. Sólo él, sabe hablar a quienes tienen el corazón duro como su oído (que no quiere escuchar). No hay persona humana que pueda permanecer indiferente cuando el sufrimiento le visita. Ni puede cerrarle los oídos. Porque desde nuestro interior se dirige a nosotros, y su voz resuena hasta los confines más remotos de nuestro ser. No se puede escapar a esa voz que sube desde nuestro cuerpo cuando sufre (somos cuerpo), y se extiende hasta la cima de nuestro espíritu, el cual se pone a temblar ante la voz del sufrimiento. Ocupa todo el espacio de cuerpo y alma, por eso es tan humano. Así, verdaderamente ya no se puede ser hombre o mujer sin conocerle, es parte de la condición humana.

Extraña voz que hace callar a las demás, cortando respiración y haciendo enmudecer. Por ello se emparienta con la voz de Dios, que es capaz de arrastrar al hombre a la soledad del desierto para hacerse oír. Así, el sufrimiento es escogido para llevar la Palabra de Dios, o, al menos, para prepararle el camino. ¿no responde a ello la cuestión del carácter universal del Evangelio?. Pues su anuncio exterior, podría llegar a una parte de los hombres, pues para su difusión depende de medios limitados. Pero si el sufrimiento ha sido encargado por el Espíritu Santo (que tiene la ciencia de la palabra interior) para plantear a cada hombre y mujer, en el fondo de su conciencia, la cuestión decisiva que le haga volver la vista hacia el lado por dónde le llegará la Buena Nueva (a menos que la rechace); entonces la Palabra evangélica ha encontrado el camino que buscaba hacia el corazón de toda persona humana, para resonar en toda la tierra y sus palabras hasta los extremos del mundo (Rom 10,18).

Así, la bienaventuranza significaría que todo hombre o mujer que sufre, que llora, que está de duelo, es visitado por Dios misteriosamente y es atraído por Cristo y por el Espíritu Santo. Es por ello por lo cual no se debe separar la palabra exterior del Evangelio de la Palabra interior que se desliza en el seno del sufrimiento; pero saber diferenciarlas permite a la inteligencia (que tan fácilmente cae en los lazos de las apariencias), adivinar cuáles pueden ser la anchura y la profundidad del eco despertado por la humilde palabra de los predicadores del Evangelio, más allá de los horizontes que ven nuestros ojos.

La fe en la Pasión y en la Resurrección de Jesús.

Por lo visto, también para nosotros, los cristianos, “acostumbrados” a oír la Palabra de Dios, produce una sacudida y nos despierta. Pero ello debe llevarnos a profundizar en las enseñanzas del Señor, a comprometernos con El, y de modo más particular nos introduce en el misterio de la Encarnación, de la Pasión y la Resurrección de Jesús. Es evidente la actualidad del peligro de quedarnos a nivel superficial, incluso tras el cultivo del estudio de nuestra religión; las ideas y las prácticas que la componen llegan incluso a formar una dura capa en nuestro corazón, haciendo de nuestra vida algo impermeable a la gracia del Evangelio. Hasta el día en el que el sufrimiento aparece... Pues éste hace que todas nuestras defensas y reservas salten, nos pone a prueba directamente, sin dejarnos escapatoria, catando nuestra fe en el misterio de Cristo. En su cuerpo El mismo ha sufrido, ha conocido la humillación y ha aprendido la obediencia. También nosotros podemos aprender de tal modo lo que significa tener cuerpo, y vemos abrirse delante un camino, el que El nos ha abierto, porque ha pasado por El; para, por ser Camino hecho para nosotros, ser Verdad y Vida. Aquí ya no es cuestión de palabras: éste es el meollo de la condición humana y de la experiencia cristiana. Creer en la Encarnación es aceptar que Cristo se ha abajado hasta la humildad de la carne de la que nosotros tenemos experiencia en el sufrimiento, y que en eso mismo nos puede alcanzar, por su gracia, palabra e invitación, unirnos pena con pena, duelo con duelo a el Suyo, manteniéndonos en su Presencia, a través del Encuentro con su persona, sabiéndonos llamados a la Comunión.

Puede permanecer en nosotros abstracta la fe en la Encarnación, como elemento extraño a nuestro espíritu, si no va tomando cuerpo en nosotros, por medio del sufrimiento; y nuestro camino hacia el Reino podría no tomar hondura, madurez y permanecer superficial.

Quizá fuese la espada de fuego del Paraíso que esgrimiera el ángel, impidiendo su retorno a nuestros primeros padres, el sufrimiento que hace retroceder a toda persona humana, hasta que Cristo la tomase entre sus manos de humildad y obediencia, para reabrir la entrada al Reino de los que crean en El.

Pero tampoco nos podemos quedar en la mera resignación, o en tan extendido estoicismo, si tras la Encarnación y muerte del Señor, no estuviese el acontecimiento de la Resurrección; una fe que estuviese probada, formada y revelada en el seno del sufrimiento necesita de las afirmaciones de Cristo vivo, que ha vencido a la muerte y nos da la Vida. Es fundamental, para no quedarnos en lo ilusorio, la confesión del carácter corporal de la Resurrección, el mismo cuerpo del crucificado es el Resucitado. Es a través de la prueba como se acrisola nuestra fe. Si Cristo ha resucitado con el mismo cuerpo que ha sufrido, entonces el sufrimiento está verdaderamente vencido, incluido el nuestro propio; entonces la Resurrección puede a su vez adquirir para nosotros todo el peso de la realidad humana que tiene, formándose en nosotros (“a pesar nuestro”, por Otro más grande) una fe capaz de asumir abiertamente el sufrimiento, de extraer de él, y de los mismos duelos, una obra de vida. Una esperanza “contra toda esperanza” humana, desarrollándose en nosotros una esperanza que es al mismo tiempo humilde, realista y audaz. Habiendo el sufrimiento barrido nuestros mitos y engaños humanos, en donde somos tentados de refugiarnos (especialmente los filósofos y teólogos) y complacernos, ya no deja que en nosotros subsista sino la Palabra de Dios que actúa por medio de la fe.

Bienaventurados por tanto los que  se afligen, sufren, lloran, se duelen..., no porque el sufrimiento les haga felices por sí mismo, ni porque lo busquen y se gocen de él, sino porque por el poder de Dios se ha convertido en un camino hacia la felicidad del Reino, porque Cristo lo ha escogido como medio para hacerse cercano a las personas, y por haberlo vencido en su cuerpo, obligándolo a hacerse siervo de su designio de salvación y misericordia.

A cada uno de nosotros nos corresponde creer en la realidad de este misterio que esconde tanto amor (tantas veces razones que no entiende la razón), en el momento en el que el sufrimiento nos visita y nos interroga con dureza, a fin de que la obra de Cristo pueda renovarse en nuestra propia vida. ¿No es para ayudarnos a ello por lo que Jesús instituyó la Eucaristía, el sacramento de su cuerpo y de su presencia, en el que se cumple la conmemoración activa de su sufrimiento y de su victoria, para hacernos participar en uno y en otra?

El sufrimiento y el amor. Asombrosa transmutación, que ya quisieran los alquimistas: Deja en nuestro paladar el sufrimiento el sabor de la ceniza y nos recuerda que toda cosa volverá al polvo vil, pero se convierte en crisol, en el corazón de nuestra vida, en oro, de un amor nuevo que viene de Dios, por el poder del amor de Cristo, transformados en siervos del Evangelio. Un nuevo lazo entre amor y sufrimiento, percibido ya en el amor humano a un primer nivel: ¿no es cierto que, por medio del fuego de la prueba, el amor se fortalece, se purifica, hasta el punto de considerar al sufrimiento como el mejor don y el más seguro testimonio que se puede ofrecer al amado?. La clave para mirar al sufrimiento, por tanto en el duelo está en partir del amor, si queremos comprender un poco el misterio de su transformación en ofrenda selecta e incluso en fuente de alegría (incluso en la persecución)...

Para finalizar esta parte es bueno echar una ojeada a algunas clases de sufrimientos que nos visitan y que podemos ofrecer al Señor con las manos de nuestra fe.

En lo primero que pensamos al oír hablar del sufrimiento es en el dolor físico, el más tangible. Que no se debe despreciar, como si fuese de orden inferior, pues el dolor se burla de nuestras clasificaciones intelectuales. Este acaba irradiándose en nuestro ser entero, y puede llegar a abatir a los mejores y más firmes, haciéndoles sentir todo el peso del cuerpo y su repercusión en el alma. Nadie puede saber de antemano cómo soportará el dolor, y hasta puede que éste nos enseñe mejor la humildad y cuál es nuestra condición de personas humanas (recomiendo vivamente, como precioso itinerario de acompañamiento en el proceso de enfermedad, para llegar al último don de sí, que no se improvisa, el libro “martes con mi viejo profesor” de                                ).

También está el sufrimiento moral, bajo sus innumerables formas, que alcanza a nuestros afectos, proyectos, esperanzas, por medio de los desacuerdos, decepciones, soledades e incomprensiones. Nos enseña a sentir éste sufrimiento la fragilidad de los bienes a los que nos apegamos demasiado, y se nos presenta como una delgada capa de hielo que cubre un agua profunda y peligrosa; nos incita a buscar en otra parte bienes más sólidos, que constituirán el tesoro de nuestro corazón y que nadie podrá arrebatarnos.

Después podemos hablar de la pena que sube de la conciencia del pecado; con frecuencia resulta algo confusa, por la profundidad que se ha formado y cierta oscuridad que no sabemos porqué no nos importa mantener, alcanzando a veces la zona inocente de nuestra alma. Es por el arrepentimiento sincero a la luz de la gracia, como se encuentra el punto de partida de toda conversión y vida espiritual.

Por último está un sufrimiento que parece nacer del amor mismo y acompañarle inevitablemente en nuestra condición actual. Pues todo amor contiene en su centro la llamada a la comunión de su doble objeto (el bien, como mediación objetiva y la persona del otro, como subjetiva), y reclama en consecuencia el sacrificio de todo apegamiento a lo que no es él y para él. Amor que reclama exclusividad, celoso por naturaleza (tenemos el ejemplo figurado de Abraham, cumplido en Cristo, que sacrifica su voluntad propia, por más inocente que fuera, al acceder a la del Padre y manifestar su misericordia). No puede el amor renunciar a tal exigencia, no cabe otros compromisos, so pena de corromperse y sofocarse. Tal es el amor puro y fuerte que el Espíritu Santo quiere infundir en nuestros corazones (no se lo impidamos) y que tiene como frutos la alegría y la paz, camino de Reino de Dios.

Terminamos citando un libro de amor: el Cantar de los Cantares, donde se afirma que “el amor es fuerte como la muerte”, S. Agustín comenta: “Igual que la caridad mata lo que hemos sido para que seamos lo que no éramos, el amor produce en nosotros una especie de muerte. De esa muerte había muerto quien decía: “El mundo está crucificado para mí y yo estoy crucificado para el mundo”... Así, pues, si, el amor es fuerte, es poderoso, tiene una gran fuerza, es la fuerza misma” (In Psalmis, 121, n. 12).

Un amor que puede parecer tan exigente que lleva el hierro del sufrimiento hasta el fondo del alma, es también el más sensible ante el sufrimiento de los demás, el más pronto a aliviarlo, el más ardiente en combatirlo, el más solícito hacia los afligidos. Tal fue la misericordia de Jesús con los enfermos y los débiles a quienes los fariseos daban de lado el sábado, y con todo el pueblo que venía a El como ovejas sin pastor. El amor es demasiado rico para que lo podamos encerrar en una sola idea o lo abarquemos de una sola mirada. Se desborda siempre y se nos escapa cuando le queremos asir, al igual que el sufrimiento.

 

Por ello concluyo recomendando vivamente la lectura de un libro que es capaz de transformar la vida, de aventurarnos a saborear el amor de Dios como Caridad, y entender ésta como verdadera amistad: La primacía del Amor. Gracias por su paciencia.

 

CARLOS GARCÍA LASHERAS

 

 

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thalithaqumi

Zaragoza, mayo 2005

 

 

 



[1] Servais Pinckaers. En busca de la felicidad. Ed. Palabra 1981. Pag. 79-94.