THALITHAQUMI

PLAZA MAYOR

 

----------------------------------------------------------------------------Embriones congelados

 

Rafael Antonio Fleta Soriano es sacerdote de la diócesis de Zaragoza.

 

Es licenciado en Teología Bíblica, cuyos estudios cursó en Salamanca y Jerusalén.

 

Es un hombre preocupado por la actualidad social, de la que hace una lectura creyente.

 

En estos momentos desarrolla su misión pastoral en dos parroquias rurales de la comarca zaragozana de Los Monegros.  

 
 

 


      Sigue siendo normal y natural que una pareja que se casa, o que simplemente se ama y comparte su vida, quiera tener descendencia, es decir, prolongar su amor a través de los hijos.  Y para ello siempre se ha utilizado la unión sexual como método natural.  Pero cada vez se están dando más casos en nuestra sociedad, en los que esta unión sexual no produce los frutos apetecidos, es decir, no se llega al embarazo, por lo que hay que recurrir a otros métodos, llamados técnicas de reproducción asistida.

 

     Existen unas clínicas, llamadas de Fecundación In Vitro (FIV) donde lo que no se puede conseguir de forma natural, se alcanza de forma artificial.   Los médicos fecundan muchos óvulos para tener garantías de que esta fecundación in vitro será un éxito.  Así, se implantan en el útero de la mujer dos o tres óvulos fecundados y el resto se congelan para utilizarlos en posteriores embarazos.

 

     La ciencia, como en muchos casos de nuestra vida, viene en ayuda de lo que la naturaleza no puede conseguir por sí sola.  Pero de estas actuaciones surgen preguntas y, ¿por qué no?, también problemas para quien tenga sensibilidad ética.  O, simplemente, para quien le importe la vida humana, porque se calcula que en nuestro país hay alrededor de 30.000 embriones congelados.

 

     Todo el problema gira alrededor del embrión congelado, metido en un frigorífico.  Hay quienes se empeñan en afirmar que ese embrión no es vida humana.  Incluso, astutamente, se llega a tratar ya de "preembrión" al embrión  preimplantado y sugerir, de paso, que no es propiamente humano.  De esta forma, se trata de apartar de la mente de quien oye esto, la idea de que se trata de un ser humano.

 

     Pero sólo se conoce una manera de establecer la frontera a partir de la cual empieza a existir un individuo de la especie humana: en el momento en que el ovocito  es fertilizado por el espermatozoide y empieza un desarrollo completamente distinto al que había tenido hasta entonces.  Si ese desarrollo no se interrumpe, ya sea por causas naturales o artificiales, tendremos ante nosotros a una persona, un ser humano nuevo.

 

 

     La consecuencia principal es que nos encontramos con, al menos, 30.000 embriones congelados, que llevan así varios años y a los que se les ha denominado "embriones sobrantes", como si cualquier ser humano fuera sobrante.  El gobierno propone reformar la ley para que los embriones humanos que lleven más de cinco años congelados, puedan emplearse en investigaciones con buenos fines.  Se habla sobre las bondades de estas investigaciones para tratar enfermedades incurables hoy día.  Pero, en realidad, los avances científicos están demostrando las enormes ventajas de las células madre de adulto que no plantean ningún problema ético a diferencia de las células embrionarias.

 

   No son ajenos los intereses económicos.  ¿Qué hacer con tantos embriones humanos almacenados en los congeladores de las clínicas de fecundación in vitro?  Hay que sacarles un rendimiento porque el almacenamiento sólo produce gastos y de vez en cuando, por alguna descongelación, se pueden perder embriones.  Evidentemente, la forma de aprovecharlos es utilizarlos para la experimentación científica, lo cual provoca su muerte. 

 

     Y aquí se unen los intereses de las clínicas FIV, que son las que almacenan los embriones congelados, y presionan en la Comisión Nacional de Reproducción Asistida, que asesora al Gobierno en estos temas, para que deje campo libre para este tipo de experimentación, con la prensa "progresista", que realiza todo un canto a la manipulación de embriones, eso sí, pensando en el progreso científico y en la curación de enfermedades.  Pero todo se acaba reduciendo a conseguir un material barato y a mano para investigar.

 

     Pero, claro, ese material no es una cosa, sino una persona.  Y aquí ya se plantean serios problemas éticos (para quien dé importancia a la ética) porque hablamos del respeto a la dignidad de la persona desde el comienzo de su existencia.  Congelar un embrión humano es detener su ciclo vital y suspenderle la vida, tratándolo como un producto de consumo.  Un "producto" que puede acabar diseccionado en una sala de experimentación.

 

 

     La Ley de Reproducción Humana Asistida permite que en el proceso de fecundación in vitro se trabaje con un número indefinido de óvulos, lo que ha supuesto que en los últimos años se hayan acumulado gran cantidad de embriones congelados que han "sobrado" en el proceso.   La nueva reforma establece que sólo se podrá trabajar con tres óvulos por ciclo para que ninguno de ellos vaya a parar al congelador.  Pero, como se dice vulgarmente, "puesta la ley, puesta la trampa".

 

     La reforma del artículo 4 está redactada de forma ambigua: "se fecundarán un máximo de tres ovocitos que puedan ser transferidos a la mujer en el mismo ciclo, salvo en los casos en los que lo impida la patología de base de los progenitores".  Es decir, se establecen una serie de casos en los que se permite fecundar un número mayor de ovocitos.  ¿Quién establece esos casos? ¿Serán las clínicas de FIV quienes lo hagan?   Si hay excepciones, nuevamente se empezarán a acumular embriones en los congeladores de estas clínicas.

 

     El negocio de la reproducción humana asistida es muy sustancioso.  Entre el 16% y el 20% de las parejas españolas en edad reproductiva, sufre problemas de esterilidad.  La sanidad pública se ha ido saturando ante tantas peticiones recibidas.  Incluso hay listas de espera de más de dos años, mientras que el periodo reproductivo de las mujeres va pasando.  Así, muchas parejas recurren al sector privado, donde un ciclo completo de fecundación in vitro puede costar de 3.400 a 5000 euros.

 

     A esto, hay que añadir que, aunque hay cifras oficiales de la cantidad de embriones congelados, es difícil saber el número exacto porque nadie se ha molestado en hacer un censo.  Las clínicas informan de lo que quieren, y  la ausencia de control puede suponer una puerta abierta al mercado negro de embriones, sobre todo si se aprobara una ley que permitiera experimentar con ellos.

 

     Pero no hace falta sólo pensar en el futuro.  ¿Qué hacer ahora con los alrededor de 30.000 embriones congelados que se almacenan en las clínicas de FIV?  La congelación ha llevado a un callejón sin salida.  Miles de embriones esperando ¿qué?  Tres pueden ser las soluciones: a) aun siendo un proceso muy complejo, es el éticamente más correcto, adoptarlos, es decir, devolverlos al útero para que sigan su normal desarrollo; b) utilizarlos como cobayas humanas, así las clínicas FIV tendrán material barato para la experimentación (pero sin olvidar que los tejidos humanos que se pueden crear a partir de los embriones, pueden desarrollarse a partir de cualquier célula madre);c)  simple y llanamente, quemarlos, como en el Reino Unido.

 

     Espero equivocarme, pero me temo que prevalecerá el negocio, como tantas veces ocurre.  ¿Dónde queda la ética, el respeto a la persona, sobre todo cuando más débil es?   Dentro de no mucho tiempo lo comprobaremos con las decisiones de un Gobierno, temeroso de que le tachen de reaccionario y antiprogresista, y el cumplimiento que de ellas hagan los directamente implicados.

RAFAEL-ANTONIO FLETA SORIANO

 

 

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Zaragoza, septiembre 2003