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PLAZA MAYOR
------------------------------------------------------------------------------------La
sencillez evangélica
Julio
César Doval García es condiscípulo mío y religioso redentorista.
Además del
sexenio teológico en Zaragoza, cursó también estudios de catequética en Madrid.
A la hora
de escribir este artículo, ejerce como párroco en una barriada pobre
en Jerez
de
de
redentoristas que la regenta y atiende.
Esta
meditación es una reflexión acerca de la sencillez evangélica,
inspirada
en una mujer seglar de su parroquia jerezana;
una de
esas personas sencillas que transparentan
la bondad
y el amor de Dios.
En aquel
momento, El Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús,
que dijo:
-Yo te
alabo, Padre, señor del cielo y de la tierra,
porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos
y se las
has revelado a los sencillos.
Sí, Padre,
así te ha parecido bien (Lc 10, 21)
Vamos a meditar sobre la sencillez evangélica, o
una llamada a vivir en la simplicidad de nuestra existencia. Tenemos como telón
de fondo el pasaje evangélico de Lucas, esa hermosa oración de Jesús que eleva
al Padre, bajo el influjo del Espíritu. Nos descubre, pienso, lo esencial de
nuestro vivir: la sencillez.
1.
Introducción
Nos hemos acostumbrado a acomodar el Evangelio a
nuestra vida e, incluso, a interpretarlo según nuestras situaciones y deseos,
cuando debe ser todo lo contrario. Sólo
el Evangelio, leído en silencio y gustado en su sencillez, puede darnos la
clave de nuestra vida, historia…
¿Cómo podríamos hacer que los hombres vuelvan a
ser alegres y a tener confianza? Diríamos que muy sencillo: mirando al mundo
con ojos de niños (sencillez) y a Dios con ojos simples (confianza), de hijos
que creen todavía en el amor sincero del Padre.
De alguna manera, desde la convicción “Dios es mi Padre y me ama”, que es una
verdad muy simple pero contiene todo el Evangelio, “el mismo Padre los ama” (Jn 16, 27).
Es una frase que puede cambiar una vida. Es
necesario más que nunca vivir desde la sencillez, desde la simplicidad, que no
es ingenuidad. Simplicidad es una actitud consciente, profunda y madura. Se
opone a la superficialidad y a la inconsciencia, al orgullo y a la soberbia. Ya
el papa Juan XXIII decía: “hay gente que
tiene la extraña virtud de complicar las cosas más simples”. Así, una
persona simple, sencilla, gana en seguida el amor y confianza de los demás. Nos
fiamos fácilmente de personas sencillas, ya que confiamos en Dios y esas
personas nos lo muestran cercanamente.
En una comunidad o familia puede haber personas
sencillas y personas complicadas. Es entonces cuando más se nos exige morir a
nosotros mismos, creer en el amor que Dios nos tiene y buscar un vivir en
comunión.
Una persona simple-sencilla, puede vencer con su
serenidad la nerviosidad agresiva de una persona complicada, aunque tenga que
pagar su victoria con una lastimadura interior. Los sencillos comprenden
fácilmente a los complicados, pero difícilmente los complicados pueden entender
y aceptar a los simples-sencillos.
La verdadera sencillez-simplicidad evangélica
coincide con la sabiduría, o al menos es el camino más directo para alcanzarla:
* La
sabiduría evangélica está reservada a los pequeños, es decir, a los simples,
humildes, sencillos (Lc 10, 21). Son ellos los que pueden entender mejor, gustar,
explicar a los demás la riqueza y exigencias del Reino de los cielos.
2.
Gustar la sencillez
evangélica
Es la contemplación la que produce un gozo
inefable, equilibra el espíritu, porque pone en contacto
exclusivo
con el Dios-Amor, el Dios fiel.
Ver las cosas en Dios y no sólo a Dios
en las cosas. Nos hemos acostumbrado a buscar a Dios en las cosas y los hombres
pero nos hemos olvidado de que sólo quien posee una capacidad contemplativa
puede conseguirlo.
Para volver a la simplicidad-sencillez
del Evangelio; el ser hombres que busquen el silencio, el misterio de Cristo:
para esto hay que tener un corazón desprendido y pobre, silencioso y
contemplativo. Sólo así se puede descubrir la sabiduría del Evangelio.
* Gustar la sabiduría del Evangelio es “vivir a la escucha de
En definitiva: En una palabra, contemplar a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre
para nuestra salvación.
* Gustar el Evangelio es contemplar la
sabiduría y potencia de la cruz: “…nosotros predicamos a Cristo crucificado,
escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de
Dios para los que han sido llamados” (1Cor 1, 22-24).
El misterio de la cruz sólo lo entienden
las personas simples, porque tienen alma contemplativa, y son los que
comprenden la cruz, la de Cristo y la nuestra, pertenecen al designio de amor
de un Padre “que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros…”
Volver a la simplicidad-sencillez del
Evangelio es abrazar con alegría y saborear en silencio el misterio de la cruz.
Sabemos que para seguir a Jesús hay que olvidarse totalmente de uno mismo y
asumir la cruz de cada día. Hay personas que han olvidado, borrado sistemáticamente
la cruz de su programa y todo lo explican y quieren según los criterios humanos
de comodidad y eficiencia.
La verdadera sabiduría del Evangelio es
creer en el seguimiento de Cristo y asumir sus sentimientos, ponerse a servir
de verdad a los otros, y sentir la alegría de desaparecer y morir: “En
cuanto a mí, jamás presumo de algo que no sea la cruz de Nuestro Señor
Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal
6, 14).
* La vida religiosa, su existencia,
tiene sentido desde una especial configuración con la muerte de Jesús (Flp 3,
10), para poder participar en la definitiva eficacia de su resurrección.
* Los hombres de hoy necesitan con
urgencia testigos de los sufrimientos de Cristo y reclaman hombres fuertes,
serenos, alegres, que puedan gritar: “yo estoy crucificado con Cristo, y no vivo
yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 19-20).
Así, gustar el misterio de la cruz
(comprenderlo, vivirlo…) es haber llegado a comprender la sabiduría del Evangelio.
Es haber aprendido a ser verdaderamente sencillos. En la cruz, comprendemos la
felicidad de vivir ignorados, incomprendidos, marginados, pero sintiéndonos
amados por el Señor y guardados en la cavidad de sus manos.
3.
Vivir la sencillez del
Evangelio
La sabiduría de la cruz no se reduce a un puro
conocimiento intelectual o a una sublime doctrina; es una experiencia sabrosa
de la cruz. Sólo cuando nos metemos en la cruz y somos levantados en lo alto
como el Señor, nos damos cuenta que vale la pena sufrir en silencio y nuestra
vida empieza a ser verdaderamente útil. Por ello, vivir la sabiduría del
Evangelio es vivir en pobreza, fraternidad alegría.
* Pobreza.
Es un tesoro que se vive adentro y envuelve en su sencillez fecunda todas las
actitudes de nuestra vida. Es una forma de simplicidad evangélica que supone
renuncia serena y total desprendimiento de las cosas y de los hombres para
poder abrazarlos en Cristo.
La pobreza se manifiesta, no se define, se
comunica; es callada, serena. Los verdaderos pobres son los que esperan
activamente en el Señor. Sólo dos cosas se oponen a la pobreza evangélica: la
resignación pasiva y la violencia.
* Hemos de ser pobres de verdad. Una pobreza,
ante todo, de corazón, de tener un corazón pobre, desprendido, abierto,
entregado a Dios y dispuesto a escuchar y servir a los demás. El pobre es el
que sabe rezar y gustar a Dios, tiene capacidad de solidarizarse, de acercarse
a los que sufren.
*
Fraternidad. Es fruto de la pobreza, ya que, cuando uno vive desprendido, es
cuando se abre a los demás. La fraternidad evangélica está presidida por Cristo
y animada por el Espíritu. Por eso, una comunidad que canta, ora, vive en la
sencillez y alegría, se abre a los demás en una generosa a actitud de servicio.
La comunidad estará abierta, acogedora, profunda. La fraternidad se nutre de
* Alegría.
Tenemos necesidad de alegría verdadera,
profunda, serena. Es uno de los signos de las personas simples-sencillas que
creen en Dios, se dejan amar por Él y viven en permanente actitud de servicio. La alegría es el mejor testimonio de que
Cristo vive; y el mejor camino para mostrar a los hombres la senda del amor
(la alegría es fruto y signo del amor; Flp 4, 4). La fuente de la alegría es
Dios mismo, un Dios que va haciendo camino con nosotros. Las almas sencillas,
que saben rezar y sufrir en silencio, son felices y hacen felices a los demás: “Os
he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y esta alegría sea perfecta”
(Jn 15, 11).
3.
Anunciar la sencillez
redentora del Evangelio
Quien ha gustado la sencillez de la cruz, quien
ha experimentado la presencia de un Dios amor en su vida, siente la necesidad
de comunicarla con sencillez a los hombres; porque los quiere de veras y se
siente feliz, no puede guardar esta dicha para sí solo: necesita compartirla.
Las almas sencillas tienen una extraña virtud de
comunicar a Dios, revelar su misterio. Lo hacen con palabras sencillas, claras
y profundas y con gestos serenos. La sola presencia de un alma sencilla
comunica a Dios, deja la impresión de un nuevo paso del Señor.
San Pablo había gustado la sabiduría de la cruz
y sentía la necesidad de anunciarla. “¡Pobre de mí si no predicara el Evangelio!”
(1Cor 9, 16). La verdad de Dios le quemaba dentro, le impulsaba a predicar lo
que él mismo había recibido.
En lo referente a la sabiduría divina, hay algo
esencial: es recibirla adentro con sencillez de pobre y gustarla con espíritu
contemplativo; y después, exige palabras sencillas, claras y concretas (1Cor
12, 1-4). Son las personas simples las que transmiten sencillamente, siendo
testimonio. Hoy el mundo necesita
testigos-heraldos que experimenten y griten.
Para anunciar la sabiduría evangélica-redentora,
hacen falta tres cosas:
*
Anunciar íntegramente el Evangelio, ser fiel a todas sus exigencias de conversión
y santificación. Penetrar con pobreza y generosidad todas sus enseñanzas sobre
el reino…
Esto es, hablar explícitamente de Cristo, el Hijo de Dios, salvador
del hombre y que llama a todos a la conversión y a la fe.
* Esto lo tenemos que hacer desde el interior de
* Este anuncio es palabra de “reconciliación” (2Cor 5, 18-19); es un anuncio de salvación, llamada a la
conversión, a la unidad y paz. Los hombres simples-sencillos, cuando anuncian,
su palabra y gestos son siempre una semilla que manifiestan a un Dios amor que
quiso reconciliarnos consigo en Cristo (Col 1, 2).
** Hoy
hacen falta hombres así, pobres, sencillos, que creen en la verdad de sus
hermanos y en la misericordia del Padre, que sufren, rezan, aman a Dios y dan
su vida silenciosamente por la unidad de los pueblos.
Conclusión
Hay una verdadera necesidad de hombres buenos, sinceros, gente sencilla
que comunica con su palabra y testimonio a Dios vivo y verdadero.
Miramos a María,
JULIO
CÉSAR DOVAL GARCÍA
elcantarodesicar.com
Zaragoza, noviembre 2005