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El día 16 de agosto del
2005 moría asesinado a sus 90 años en Taizé el Hermano Roger. Al cumplirse el
primer aniversario de su muerte, muchos medios eclesiales publican páginas
dedicadas a su figura y la significación de su obra. Este artículo está escrito
por el Hermano François, también de la comunidad de Taizé, y ha sido tomado de
revistaecclesia.com.
LA MUERTE DEL HERMANO ROGER: ¿POR QUÉ?
En muchos de
los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano
Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se
puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados
en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus
adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.
Algunos dirán
que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal
frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo
odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me
odiaron sin causa».
Sin embargo,
tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó
siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El
hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente
es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los
demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El
hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que
otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él
decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se
comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o
se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de
ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él
«veía a través».
Tomaré el
ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que
si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora.
Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él,
la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en
el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos
preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una
reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal
nombre?
Decían de él
que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro
que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la
necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les
oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de
dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La
unidad les parecía imposible.
El hermano
Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable,
sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en
ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie
de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los
cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un
camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la
unidad estaría muy cerca.
Había otro
aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar
todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía
sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el
tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a
reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que
se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad,
oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.
Si el hermano
Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que
verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por
naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y
perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero
despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la
bondad.
Esta
insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en
Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de
bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado,
algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza
humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad
del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe,
incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor
tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.
Lo más precioso
de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor
y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una
inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el
inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás,
capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se
sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la
misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es
complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.
La duda no
estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase:
«¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las
insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él
sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase
convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel
intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que
no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas,
esta evidencia era necesariamente frágil.
En los
evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se
sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran
sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones
constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los
conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la
fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.
El hermano
Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez,
por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía
transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí
mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No
bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard
de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que
emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla.
Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»
Quise escribir
esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la
vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre
fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que
era.
Hermano François
de Taizé
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Zaragoza, septiembre 2006