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PLAZA MAYOR

 

 

----------------------------------------------------------------- Pregón de Semana Santa

 

 

 

 

SALUDO

 

Cuadro de texto: Edilio Mosteo Sobreviela es sacerdote de la diócesis de Zaragoza que en este momento ejerce como Director Espiritual en el Seminario Diocesano.

Durante veinte años y hasta 1996, su ministerio presbiteral se localizó en la parroquia de Alcañiz, cuna de la Semana Santa del Bajo Aragón y punto de arranque de la Ruta del Tambor y el Bombo.

En este año 2004, Edilio aceptó la invitación para pronunciar el pregón que abre la Semana Santa en Alcañiz. Dio lectura del texto que reproducimos en el teatro municipal de la ciudad en la tarde del Lunes Santo.

La primera palabra que quiero sacar del corazón a los labios es la palabra PAZ.

No sólo porque no hace todavía un mes de la masacre en Madrid, sino porque ésta es la palabra, y la actitud, con la que los discípulos de Jesús tenemos que entrar en todos los lugares. Así nos lo mandó Él.

 

Con esta breve e intensa palabra –PAZ- saludo, pues, al señor alcalde, Carlos Abril, a cada uno de los miembros de la Junta de la Semana Santa, y a todos los ciudadanos de Alcañiz, hayan o no hayan nacido aquí, en este lugar lleno de historia y de belleza.

 

A mí no me habéis designado, evidentemente, ni por mis conocimientos, ni por mi relumbre social, sino por afecto y porque, durante veinte años, fui sacerdote en la Parroquia de Santa María. Mis títulos ante vosotros son para mí muy valiosos, pues son la amistad y el ministerio sacerdotal. Por ello, no os extrañaréis de que haya articulado mi pregón como una oración de la tarde, como unas vísperas, sencillamente. Os llamo, pues, a uniros a mi oración; o a escucharla en silencio. Entremos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ATRIO

 

I

I

 

n principio erat Verbum...

En el principio ya existía el tambor

y el tambor estaba con Dios

y el tambor era el resonar de Dios,

el sonar germinal y primerizo

del silencio del Verbo.

 

Al son de los tambores,

las cítaras templadas y las arpas,

Dios hizo el universo.

 

Al son de los tambores,

en un instante eterno, en un acorde

de infinita hermosura,

Dios alzó el universo,

de la hierba a los cedros,

la caña de la flauta y las estrellas,

la lágrima y el beso,

las rocas, el desierto, los jazmines,

las cumbres y las manos indecisas

del niño...

 

(Un día, el niño tendrá un abuelo que le comprará un tambor,

y aprenderá poco a poco sus secretos,

y dejará de hacer solamente ruido adolescente, narcisista,

y empezará decir cosas con el tambor,

palabras telúricas y calientes, a treinta y siete grados,

brotando del tambor del corazón).

 

Al son de los tambores,

hace dieciocho mil millones de años,

según las mediciones de la ciencia,

al son certero y santo de tambores,

de una gran explosión de tambores

antiquísimos,

brotaba el universo.

 

(La ciencia es fruto del trabajo y la inteligencia del hombre,

y tiene siempre una palabra provisional y penúltima...)

Era el tambor latido de la vida

y, a su golpe encendido, todo se iluminaba,

golpe de pedernales sonorosos

como ríos hallados por los místicos.

Llenas están las noches de la historia

de hogueras y tambores, desde entonces,

dulces epitalamios y batallas,

amor y muerte.

 

 

II

 

 

Y el tambor se hizo piel, alcañizanos,

y habitó entre nosotros.

Y en la semana santa, desde niños, hemos visto su gloria

en torno a Jesucristo Nazareno, muerto y resucitado,

justamente en las fechas de la Pascua,

al primer novilunio de cada primavera,

cuando muere la muerte

y Job cuelga guirnaldas en el zaguán de casa

y el canto de la alondra nos despierta.

Cuando se hace la noche tan clara como el día

y se cumplen las santas escrituras

y huele a panes tiernos y en las copas

rebosa tinto el vino de la fiesta

¡Aleluya!

.

III

 

Cada instante que pasa, cada grado

de luz que se desliza, cada canto

de gorrión o de mirlo, va surgiendo

-aquí y allá- un atrio y sus columnas.

Almudines inclina sus tejados

y la Salada envuelve mansamente

todo con su silencio. Los tambores,

en su tensa quietud ya preparados,

adensan en su adentro su plegaria,

su lamento, su aliento contenido,

su luz antigua...

Alcañiz,  a estas horas, es un atrio.

 

 

 

 

HIMNO

 

V

enimos con tambores y con salmos

al monte del Señor.

Venimos cual lo hicieron nuestros padres,

y como un día claro subirán nuestros hijos,

trayendo el equipaje de los hombres:

los gozos y esperanzas,

las tristezas y angustias

(la técnica es miope a tanta hondura).

 

Venimos con tambores y con salmos

desde la Mangranera, desde lejos,

en donde todavía anidan las perdices

y el sílex ve las nubes,

donde hay silencio urdido de torcaces.

Venimos de lo hondo de Valdecavadores,

de lo alto de las Horcas,

desde la Redehuerta, tan cerca, tan perdida,

desde calles, callizos y caminos,

polvo, asfalto, tomillos y semáforos,

de esta ciudad rural donde se puede,

todavía,

mirar atardecer sobre los montes,

al final de la calle,

más allá del neón de los anuncios.

 

Óyenos Tú, el Eterno,

metido en nuestra historia, nuestra geografía,

el tiempo y el espacio, el paisaje y la herida,

Oh Dios encontradizo, escondido y patente,

propicio al corazón de los mortales,

Dios nuestro.

 

Venimos con tambores y con salmos

al monte del Señor.

Todo monte es tu monte, Santo Dios:

Jerusalén y Pueyos, Garizín y Puipinos,

Señor de las montañas y de los montecicos,

Señor del corazón,

ese monte indefenso del hombre a la ternura,

vulnerable por más que amurallado,

enormemente vulnerable, sí,

que bien lo sabes en tu propia carne,

Ecce Homo, retrato de los hombres maltratados,

Icono y  Mapa de la vida  humana.

 

Venimos con tambores y con salmos

a la casa de Dios,

Señor de los palacios y los templos,

Señor de los masicos y las casas,

apenas de cien metros,

Dios entre los pucheros, que diría Teresa.

Señor de los jardines y las tapias,

en medio de nosotros e inasible,

Siervo y Señor,

muerto y resucitado

 

 

Venimos con tambores y con salmos

a la hora de Dios,

hora de amor y sangre,

manos y pies clavados, hora santa,

espinas y vinagre, caña y púrpura,

hora vital en que la muerte muere,

hora de libertad y de esperanza,

hora de salvación de los perdidos,

de todos los hundidos de la historia,

hora de gracia y viento,

que levanta del polvo al desvalido

y alza de la basura a los mendigos.

Hora hermosísima.

 

 

Venimos con tambores y con salmos

al corazón de Dios.

Nos cubran los tambores como un manto,

delante del Dios Vivo.

Expresen los tambores

lo que nuestras palabras no atinan a decir.

Sean nuestra plegaria los tambores,

la larga letanía suplicante,

la súplica incesante que atraviesa

la noche y sus misterios.

Al fin y al cabo, el corazón del hombre

es también un tambor,

así lo diseñaste:

un repetir de sístoles,

un resonar sagrado de diástoles.

 

(Es curioso: tambor y corazón y vida coinciden). Amén.

 

 

 

 

DE JESÚS NAZARENO

 

(Para el miércoles santo. Según la melodía Lirios es el dictamen. Salmo)

 

E

l Señor es un Dios que se ha echado a la calle.

Primero bajó Él, vino a los suyos,

y no le recibimos.

Siempre hay un poderoso que lo echa a la calle,

que lo ata a una columna o al desprecio,

a severa pobreza o a la infamia.

Este individualismo  patológico,

el desdén insolente, la torpeza

de un corazón humano,

tú y yo, que somos ciegos

con gafas progresivas o mirada de insecto.

 

Y no vemos al Cristo tirado por las calles.

Son casi dos mil años los que lleva

por las calles del mundo.

 

Jesucristo es el Dios que anda por las calles.

como uno de tantos,

sin túnica morada ni sandalias,

a veces...

 

Jesús, el Nazareno, camina por las calles,

cuando el miércoles santo se ha cubierto de sombras

y Alcañíz es un río rojo y azul y vibran

las cornetas –metales infinitos-

sobre un friso solemne de tambores.

 

El Nazareno lleva una cruz por la calle.

Hay cruces invisibles que lleva el Nazareno:

Heridas de la infancia, ocultas soledades,

alas rotas, oscuros secretos y desprecios,

un fardo de sospechas...

Detente, hombre que sufres,

y mira tu retrato en ese Nazareno.

 

El Nazareno pasa mirando por la calle.

Yo me encontré sus ojos,

muchos miércoles santos,

en la calle Salinas.

Mirad en su mirada un horizonte

que tiernamente abraza

esta herida, esta sed

que somos todavía.

 

¿A dónde va ese Lirio morado por la calle?

¿Por qué ese empeño suyo de pasar por tu lado?

¿Qué mendiga su mano, al pasar por tu puerta?

¿Dónde encontrar colirios que aclaren la mirada

del hombre apresurado, del hombre distraído,

de titanio y diseño en las gafas y el móvil?

 

Y Simón de Cirene, campesino,  le ayuda.

Un hombre de las viñas y de las oliveras,

podador del almendro, del intenso ciruelo,

como poda el poeta las palabras del verso.

Agricultor del trigo susurrante  en el monte,

que diría el salmista,

cultivador experto del melocotonero,

del huerto, las borrajas, los tomates...

Un hombre de la tierra que mira mucho al cielo.

Un hombre de Alcañiz o de Cirene.

 

Menos mal que te ayudan labradores,

Nazareno rural y caminante,

caído y levantado,

Ay, Cristo nazareno, Cristo  sangre,

Cristo suelo de todos los cansancios,

Cristo burlado, escupitajo y risas,

Cristo sudor y solo, maltratado.

¡Qué triste es una noche, cuando eres expulsado

de la mesa, la casa,  la ciudad y sus calles,

y te echan afuera, allende las murallas,

qué triste, ay, nazareno de todos los exilios!

Virgilio lloraría, nunc quoque, hoy también, esta noche...

 

Y Verónica siempre con un paño en la mano.

Siempre habrá una mujer de mano compasiva

que le limpie el sudor al hombre maltratado.

Siempre habrá alcañizanas para los nazarenos.

Mujeres que no inhiban

su lado maternal, su compromiso,

su gesto solidario y atrevido,

su ternura de pétalo  y violeta

con todos los que sufren.

 

Amén.

 

 

 

DEL CRISTO DEL SILENCIO

(Para el jueves santo. Según la melodía La paloma muda. Salmo)

 

D

ios es una palabra que se ha quedado muda.

El que plantó el oído no oye.

El que construyó el ojo no ve.

El que es Palabra eterna no habla.

¿De verdad que no oye, que no ve, que no habla?

 

Ay, Cristo del Silencio, para escuchar al hombre

te quedas tan callado, tan inmóvil, tan quieto.

 

Cuando se ha dicho todo, sólo queda el silencio.

Y el silencio es palabra de amor contemplativo,

mensaje sin error, palabra soberana,

que se dicen y entienden todos los que se aman.

 

Pero, sin voz ni voto, el Cristo del Silencio

ha partido la historia en dos, desde el Calvario.

Ha metido en las carnes de todos los que sufren

la callada semilla viva de la esperanza,

de una gran esperanza que no tiene fronteras,

más allá de las tribus y de sus cementerios.

El Cristo Uno de tantos encabeza la fila

de todos los que buscan más allá de los límites,

más allá de las guerras, más allá de la muerte;

de todos los que llaman a las puertas del cielo,

de todos los que piden y suplican y oran,

saltándose los dogmas laicistas de ahora,

y se atreven a ser, a seguir siendo,

religiosos, creyentes,  tus discípulos

políticamente incorrectos;

Tú encabezas la fila, ay, Cristo del Silencio,

de todos los que siguen levantando las manos

sin espadas al cielo,

de todos los que abren sus brazos al hermano,

Tú encabezas la fila, con los brazos abiertos,

 

 

Dios ha muerto, repiten, repiten todo el día,

me lo dicen de muchas maneras, todo el día,

aquellos que acumulan prestigios y dinero.

Dios ha muerto, me dicen, se ha quedado obsoleto,

pertenece al pasado, como los dinosaurios,

los muros de Pompeya o el Románico.

Dios ha muerto, me dicen, ¿no te enteras?:

una niña es violada al salir de la escuela,

mi hijo se acribilla las venas con la droga,

los malvados prosperan y están sanos y orondos,

en el ataque mueren seis niños palestinos...

Dios ha muerto, ya era hora, me dicen.

Nunca fueron los dioses buenos para los hombres,

siempre sembraron guerras y fundamentalismos,

seamos razonables, me dicen...

Ay, Cristo del Silencio, resucita,

levántate de nuevo, dinos una palabra

en tanto desconcierto,

envíanos tu Espíritu y surja un tiempo nuevo.

 

La gracia se derrama en tus labios callados.

Tu silencio es aceite amansando la herida

del corazón humano, muerto de sed de amor.

Tú estás ahí callado de tanto amar al mundo,

tu silencio es un beso de amor hasta el extremo,

una clara caricia en la noche del alma,

el alba que despierta un domingo infinito,

el tiempo en que se enhebran todos los contrapuntos,

el brocal de la música, inicio de la danza.

 

Que se alcen los dinteles ante el Rey de la gloria

y ante la Reina madre, que viene toda lágrimas.

Que se abaje el orgullo del hombre y de sus máquinas,

se abajen las banderas de bandos y de bandas.

Que se abaje hasta el suelo la altivez de los tronos,

la ceja levantada de quien desprecia a otro hombre,

la mano levantada y armada que asesina,

el puño amenazante, la cínica euforia,

Que se abajen los montes ante tanto silencio,

ante un Hombre que ha muerto de amor crucificado.

Y ante el rostro lloroso de esta hermosa aldeana,

nazarena de piel y manos campesinas.

Unjamos esta noche con romero y tomillo.

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

CÁNTICO DE LA SOLEDAD

(Para el viernes santo. Según la melodía La cierva de la aurora. Miktam)

 

E

sta mujer que veis es una cierva herida,

como tantas mujeres,

en un paisaje roto, en un inmenso páramo inclemente,

segado por aullidos.

Una viuda deshecha, sin su único hijo,

un ser humano solo sobre un monte pelado

donde no crece nada, sólo se alza este leño

con sangre coagulada, duro y frío,

donde se corta el viento.

 

Plata limpia de ganga, su alma refinada

ha sido atravesada por un puñal certero,

por misteriosa espada, que viene de muy lejos.

Esta mujer resume todas las soledades

del corazón humano:

niña huérfana y virgen,

viuda y enlutecida quien fuera desposada,

sola quien tuvo un hijo,

sola como aquel hijo entre el cielo y la tierra,

vacía y hoy tan sola, a quien llamaran

la Kejaritomene, la llena de la gracia.

El Señor, mujer sola, ya no está hoy contigo.

Nadie te ve bendita entre tantas mujeres

famosas y felices, soñadas y admiradas.

Y tu fruto está muerto, el fruto de tu seno.

 

¡Qué solo queda el mundo en este viernes santo

que atraviesa los tiempos!

¡Qué largos viernes santos de la existencia humana!

Enfermos incurables, hambrientos que se mueren,

seres abandonados en todas las edades

(toda edad es cruel para que te abandonen),

odios y enemistades heredados,

de padres a los hijos,

como se hereda un campo, un reloj o una casa.

¡Qué solo queda el hombre cuando muere el amor,

cuando Dios muere!

 

Emergen los infiernos en este viernes santo,

las redes infinitas del sufrimiento humano,

los abismos del mal, la soledad inmensa...

 

Cierva herida, María, mujer de soledades,

Refugio, Amparo, Madre,

que nos precedes sola, en todos los senderos solitarios,

déjanos que pongamos

blancas corolas a tu negro manto,

luces en torno a ti, tan sola sobre el monte.

Deja que te miremos,

deja que te recemos la salve,

cuando la vida se nos hace valle

de soledad y llanto;

deja que suspiremos

y deja que lloremos sobre tus manos pálidas

las soledades que arrastramos todos.

Deja que te llamemos, en cada viernes santo de la vida,

Madre de la esperanza, la Cierva de la aurora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESPONSORIO

 

E

s hermoso esperar,

saber que viene alguien,

que está viniendo ya, ahora mismo.

Que viene sin aviso, pero viene,

como ladrón nocturno a robarnos las penas,

como amor que no duerme y que ronda las tapias

del jardín, bajo un toldo de estrellas;

como amigo que trae el vino de la fiesta.

como abrazo y anillo al que viene de lejos.

 

Es hermoso y es bueno esperar en silencio

la salvación de Dios, el abrazo de Dios,

su anillo de alianza,

porque en este entretiempo ya no somos felices.

 

Es hermoso y es bueno esperar en silencio

la venida de Dios, que salte por la tapia

-tantos muros de miedo y de torpeza-

que traiga un Día nuevo,

sin ocasos, ni adiós, ni despedidas.

 

Es hermoso y es bueno esperar en silencio

el latido de Dios, el rumor de sus pasos,

porque nos falta vino, vino bueno y jocundo,

para empezar la fiesta.

 

Es hermoso y es bueno esperar en silencio.

Es hermoso y es bueno esperarle cantando

o tañendo la flauta, sin impaciencia alguna,

sin estrujar, nervioso, la ropa que te has puesto.

Es tan hermoso, sí, descolgar los tambores,

sacarlos a las calles, juntarnos en la plaza

de Alcañiz, y esperarle, fundidos en azul,

tocando los tambores, recordarle,

tocando los tambores, aclamarle,

tocando los tambores, enterrarle,

tocando los tambores, esperarle,

tocando los tambores, anunciarle,

tocando los tambores,

tocando los tambores...

Es hermoso y es bueno esperar, esperarle.

Porque Él es El que viene...

 

Lo triste es cuando alguien amargamente sabe

que nadie llamará más a su puerta.

 

Lo triste es el vivir sin esperanza,

Como si Jesucristo fuera solo un difunto

ilustre de la historia,

un gurú perfumado de sándalo y canela,

un hombre iluminado, como tantos, y muerto.

Pero Dios viene, viene, porque está tan vivo,

porque ¡ha resucitado y ha vencido a la muerte!

Y tu muerte y la mía están ya malheridas,

heridas por su muerte en la cruz victoriosa,

y una brecha está abierta para escapar del cerco,

cogidos de su mano...

Y todo ya es azul y ya no hay luto

ni llanto, ni dolor.

 

Es preciso esperarle: no colguéis la toalla,

no colguéis los tambores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAGNIFICAT

(Para el Domingo de Pascua. Para flautas, oboes y arpa. Poema)

 

D

esde las uñas de nuestros pies

hasta los pelos de la cabeza,

que Dios tiene contados uno a uno...

Desde las veinte uñas, que tenemos,

atravesando este cuerpo que somos de dolor y deseo,

de profundas nostalgias y de algunas certezas...

Desde las uñas de nuestros pies,

desde lo hondo de todas las heridas,

desde la orilla más antigua de la memoria

hasta este latido último,

proclamamos contigo, María, Santa María,

que Dios es grande,

que Dios es el futuro grande del hombre,

que Dios es el presente  profundo,

compañero de todo ser humano,

que Dios está viniendo a Alcañiz,

que Dios mira y observa atentamente,

que fija dulcemente su mirada

en cada alcañizano y su tambor,

en cada ser humano,

desde el seno materno a la agonía.

Lo decimos contigo, ay, María de Pueyos,

temblando ante su amor eterno y su belleza,

lo cantamos contigo, lo gritamos contigo,

llenos de asombro y estremecimiento.

 

Dios hace maravillas, Él hace maravillas,

proezas con su brazo:

En tiempos antiquísimos, sin consultar a nadie,

organizó las células

y diseñó la bóveda del ojo y todos sus adentros;

edificó el oído y lo plantó en su sitio,

adonde resonaran los tambores y Bach y los jilgueros

y el viento entre las hojas de los álamos;

sembró lirios y espliegos.

 

Dios hace maravillas, Él hace maravillas,

proezas con su brazo:

Él conjugó con mano sosegada, con brazo poderoso,

las telúricas fuerzas

para que se formaran estos valles

y un río manso, ignoto todavía,

los regara fielmente;

Él asistió, atento y amoroso,

a la edificación de esta ciudad

en todas sus edades,

que Alcañiz hoy llamamos,

a orillas de este mismo río ignoto

que seguimos llamando Guadalope;

Él anotó en su libro

los derroteros todos de los alcañizanos

de ayer, de hoy, de siempre,

y recogió en su odre toda lágrima.

 

Dios hace maravillas, Él hace maravillas,

proezas con su brazo:

Él, compasivo y misericordioso,

camina con nosotros nuestras sendas,

sigue en esta ciudad, resucitado

quien muriera en la cruz, y vive para siempre

en todas las ciudades de los hombres,

atisbando detrás de toda tapia y límite,

colándose sin ruido, mansamente,

callado y fiel,

por el zaguán del alma, los umbrales y patios,

por todas las rendijas de nuestro corazón,

pasando por las calles quien estuvo clavado,

levantando a los pobres quien fuera sepultado,

vaciando al hombre rico e insensato

quien, siendo rico,

pobre del todo se hizo  por nosotros,

para no ser distante de nadie.

Él sigue en Alcañiz, resucitado,

mirando siempre con amor inmenso,

disculpando, esperando, perdonando,

invitando al banquete que prepara su Padre,

ungiéndonos a todos con su Espíritu,

aunque no le hagan caso.

 

Ay, María de Pueyos y del Carmen,

Virgen de Pascua y de las Palometas,

Madre de Dios y Madre de los hombres,

préstanos hoy tu canto, tu magníficat,

para cantar contigo, para gritar contigo,

de gozo y esperanza estremecidos,

la grandeza de Dios y sus proezas,

desde las cinco uñas de cada pie descalzo

al último cabello sobre nuestra cabeza.

Amén.

 

 

 

 

 

PRECES

 

P

or Alcañiz, sus calles y callizos,

sus plazas y avenidas,

Kyrie eleison.

 

Por cada alcañizano,

por el recién nacido, por quien vive

en el seno materno todavía,

Kyrie eleison.

 

Por aquellos que amamos y se fueron

y nunca olvidaremos,

Kyrie eleison.

 

Por quienes han venido

y tienen otra piel, otros idiomas,

pero la misma hondura en la mirada,

Kyrie eleison.

 

Por todos los que sufren,

a quienes Tú consuelas tan de cerca,

Kyrie eleison.

 

Por aquellos que gozan

y acrecientan el gozo de los hombres,

aún en esta orilla,

Kyrie eleison.

 

Por los trabajadores de la paz, los que claman justicia todavía,

los defensores de la libertad y de la vida,

Kyrie eleison.

 

Por aquellos que miran lo invisible, los que ven más allá,

por todos los testigos de esperanza,

los hombres y mujeres del Espíritu,

Kyrie eleison.

 

Por esta inagotable Cofradía

de azul y de tambores,

Kyrie eleison.

 

En griego te rezamos,

como la iglesia del primer momento:

Señor, tennos piedad,

Kyrie eleison.

 

 

 

 

 

BENDICIÓN

 

D

ios bendiga a Alcañiz y sus tambores.

Dios bendiga a Alcañiz y sus silencios.

Dios bendiga las noches y los días del corazón

y todos sus senderos.

Llene su bendición este paisaje

donde se amó en latín, en árabe y hebreo.

Dios bendiga  la higuera y el olivo,

la viña en la ladera, el masico y el huerto,

la colmena, la fábrica, el taller,

el cazador y el perro.

Bendiga Dios  las viejas almazaras,

el comercio, las redes informáticas,

las ferias y las fiestas y todas las tareas.

Llene vuestro futuro la bendición de Dios

de pacto y de concordia, como fuisteis ayer...

Llene su bendición vuestros proyectos.

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DESPEDIDA

 

N

o quiero despedirme.

Alcañizano ausente me siento, me declaro.

Aquí dejo estos versos, salmos, pétalos,

aromas de oración, pequeña lámpara

en  este atardecer,

para esperar, unido con vosotros,

un Domingo sin lunes, sin orillas, eterno.

 

EDILIO MOSTEO SOBREVIELA

 

 

 

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Zaragoza, mayo 2004