thalithaqumi
PLAZA MAYOR
-----------------------------------------------------------------
Pregón de Semana Santa
SALUDO

La primera
palabra que quiero sacar del corazón a los labios es la palabra PAZ.
No sólo porque no hace todavía un mes de la masacre en Madrid, sino
porque ésta es la palabra, y la actitud, con la que los discípulos de Jesús
tenemos que entrar en todos los lugares. Así nos lo mandó Él.
Con esta breve e intensa palabra –PAZ-
saludo, pues, al señor alcalde, Carlos Abril, a cada uno de los miembros de
A mí no me habéis designado,
evidentemente, ni por mis conocimientos, ni por mi relumbre social, sino por
afecto y porque, durante veinte años, fui sacerdote en
I
I
|
n principio erat
Verbum...
y el tambor era el
resonar de Dios,
el sonar germinal y
primerizo
del silencio del
Verbo.
Al son de los
tambores,
las cítaras
templadas y las arpas,
Dios hizo el
universo.
Al son de los tambores,
en un instante
eterno, en un acorde
de infinita
hermosura,
Dios alzó el
universo,
de la hierba a los
cedros,
la caña de la
flauta y las estrellas,
la lágrima y el
beso,
las rocas, el
desierto, los jazmines,
las cumbres y las
manos indecisas
del niño...
(Un día, el niño
tendrá un abuelo que le comprará un tambor,
y aprenderá poco a
poco sus secretos,
y dejará de hacer
solamente ruido adolescente, narcisista,
y empezará decir
cosas con el tambor,
palabras telúricas
y calientes, a treinta y siete grados,
brotando del tambor
del corazón).
Al son de los
tambores,
hace dieciocho mil
millones de años,
según las
mediciones de la ciencia,
al son certero y
santo de tambores,
de una gran
explosión de tambores
antiquísimos,
brotaba el
universo.
(La ciencia es
fruto del trabajo y la inteligencia del hombre,
y tiene siempre una
palabra provisional y penúltima...)
Era el tambor
latido de la vida
y, a su golpe
encendido, todo se iluminaba,
golpe de pedernales
sonorosos
como ríos hallados
por los místicos.
Llenas están las
noches de la historia
de hogueras y
tambores, desde entonces,
dulces epitalamios
y batallas,
amor y muerte.
II
Y el tambor se hizo piel, alcañizanos,
y habitó entre
nosotros.
Y en la semana
santa, desde niños, hemos visto su gloria
en torno a
Jesucristo Nazareno, muerto y resucitado,
justamente en las
fechas de
al primer novilunio
de cada primavera,
cuando muere la
muerte
y Job cuelga
guirnaldas en el zaguán de casa
y el canto de la
alondra nos despierta.
Cuando se hace la
noche tan clara como el día
y se cumplen las
santas escrituras
y huele a panes
tiernos y en las copas
rebosa tinto el
vino de la fiesta
¡Aleluya!
.
III
Cada instante que pasa, cada grado
de luz que se
desliza, cada canto
de gorrión o de
mirlo, va surgiendo
-aquí y allá- un
atrio y sus columnas.
Almudines inclina
sus tejados
y
todo con su
silencio. Los tambores,
en su tensa quietud
ya preparados,
adensan en su
adentro su plegaria,
su lamento, su
aliento contenido,
su luz antigua...
Alcañiz, a estas horas, es un atrio.
V
|
enimos con tambores
y con salmos
al monte del Señor.
Venimos cual lo
hicieron nuestros padres,
y como un día claro
subirán nuestros hijos,
trayendo el
equipaje de los hombres:
los gozos y
esperanzas,
las tristezas y
angustias
(la técnica es
miope a tanta hondura).
Venimos con
tambores y con salmos
desde
en donde todavía
anidan las perdices
y el sílex ve las
nubes,
donde hay silencio
urdido de torcaces.
Venimos de lo hondo
de Valdecavadores,
de lo alto de las
Horcas,
desde
desde calles,
callizos y caminos,
polvo, asfalto,
tomillos y semáforos,
de esta ciudad
rural donde se puede,
todavía,
mirar atardecer
sobre los montes,
al final de la
calle,
más allá del neón
de los anuncios.
Óyenos Tú, el
Eterno,
metido en nuestra
historia, nuestra geografía,
el tiempo y el
espacio, el paisaje y la herida,
Oh Dios
encontradizo, escondido y patente,
propicio al corazón
de los mortales,
Dios nuestro.
Venimos con
tambores y con salmos
al monte del Señor.
Todo monte es tu
monte, Santo Dios:
Jerusalén y Pueyos,
Garizín y Puipinos,
Señor de las
montañas y de los montecicos,
Señor del corazón,
ese monte indefenso
del hombre a la ternura,
vulnerable por más
que amurallado,
enormemente
vulnerable, sí,
que bien lo sabes
en tu propia carne,
Ecce Homo, retrato
de los hombres maltratados,
Icono y Mapa de la vida humana.
Venimos con
tambores y con salmos
a la casa de Dios,
Señor de los
palacios y los templos,
Señor de los
masicos y las casas,
apenas de cien
metros,
Dios entre los
pucheros, que diría Teresa.
Señor de los
jardines y las tapias,
en medio de
nosotros e inasible,
Siervo y Señor,
muerto y resucitado
Venimos con tambores
y con salmos
a la hora de Dios,
hora de amor y
sangre,
manos y pies
clavados, hora santa,
espinas y vinagre,
caña y púrpura,
hora vital en que
la muerte muere,
hora de libertad y
de esperanza,
hora de salvación
de los perdidos,
de todos los hundidos
de la historia,
hora de gracia y
viento,
que levanta del
polvo al desvalido
y alza de la basura
a los mendigos.
Hora hermosísima.
Venimos con
tambores y con salmos
al corazón de Dios.
Nos cubran los
tambores como un manto,
delante del Dios
Vivo.
Expresen los
tambores
lo que nuestras
palabras no atinan a decir.
Sean nuestra
plegaria los tambores,
la larga letanía
suplicante,
la súplica
incesante que atraviesa
la noche y sus
misterios.
Al fin y al cabo,
el corazón del hombre
es también un
tambor,
así lo diseñaste:
un repetir de
sístoles,
un resonar sagrado
de diástoles.
(Es curioso: tambor
y corazón y vida coinciden). Amén.
(Para el
miércoles santo. Según la melodía Lirios es el dictamen. Salmo)
E
|
l Señor es un Dios que
se ha echado a la calle.
Primero bajó Él,
vino a los suyos,
y no le recibimos.
Siempre hay un
poderoso que lo echa a la calle,
que lo ata a una
columna o al desprecio,
a severa pobreza o
a la infamia.
Este
individualismo patológico,
el desdén insolente,
la torpeza
de un corazón
humano,
tú y yo, que somos
ciegos
con gafas
progresivas o mirada de insecto.
Y no vemos al
Cristo tirado por las calles.
Son casi dos mil
años los que lleva
por las calles del
mundo.
Jesucristo es el
Dios que anda por las calles.
como uno de tantos,
sin túnica morada
ni sandalias,
a veces...
Jesús, el Nazareno,
camina por las calles,
cuando el miércoles
santo se ha cubierto de sombras
y Alcañíz es un río
rojo y azul y vibran
las cornetas
–metales infinitos-
sobre un friso
solemne de tambores.
El Nazareno lleva
una cruz por la calle.
Hay cruces
invisibles que lleva el Nazareno:
Heridas de la
infancia, ocultas soledades,
alas rotas, oscuros
secretos y desprecios,
un fardo de
sospechas...
Detente, hombre que
sufres,
y mira tu retrato
en ese Nazareno.
El Nazareno pasa
mirando por la calle.
Yo me encontré sus
ojos,
muchos miércoles
santos,
en la calle
Salinas.
Mirad en su mirada
un horizonte
que tiernamente
abraza
esta herida, esta
sed
que somos todavía.
¿A dónde va ese
Lirio morado por la calle?
¿Por qué ese empeño
suyo de pasar por tu lado?
¿Qué mendiga su
mano, al pasar por tu puerta?
¿Dónde encontrar
colirios que aclaren la mirada
del hombre
apresurado, del hombre distraído,
de titanio y diseño
en las gafas y el móvil?
Y Simón de Cirene,
campesino, le ayuda.
Un hombre de las
viñas y de las oliveras,
podador del
almendro, del intenso ciruelo,
como poda el poeta
las palabras del verso.
Agricultor del
trigo susurrante en el monte,
que diría el salmista,
cultivador experto
del melocotonero,
del huerto, las
borrajas, los tomates...
Un hombre de la
tierra que mira mucho al cielo.
Un hombre de
Alcañiz o de Cirene.
Menos mal que te
ayudan labradores,
Nazareno rural y
caminante,
caído y levantado,
Ay, Cristo
nazareno, Cristo sangre,
Cristo suelo de
todos los cansancios,
Cristo burlado,
escupitajo y risas,
Cristo sudor y
solo, maltratado.
¡Qué triste es una
noche, cuando eres expulsado
de la mesa, la
casa, la ciudad y sus calles,
y te echan afuera,
allende las murallas,
qué triste, ay,
nazareno de todos los exilios!
Virgilio lloraría,
nunc quoque, hoy también, esta noche...
Y Verónica siempre
con un paño en la mano.
Siempre habrá una
mujer de mano compasiva
que le limpie el sudor
al hombre maltratado.
Siempre habrá
alcañizanas para los nazarenos.
Mujeres que no
inhiban
su lado maternal,
su compromiso,
su gesto solidario
y atrevido,
su ternura de
pétalo y violeta
con todos los que
sufren.
Amén.
(Para el
jueves santo. Según la melodía La paloma muda. Salmo)
D
|
ios es una palabra
que se ha quedado muda.
El que plantó el
oído no oye.
El que construyó el
ojo no ve.
El que es Palabra
eterna no habla.
¿De verdad que no
oye, que no ve, que no habla?
Ay, Cristo del
Silencio, para escuchar al hombre
te quedas tan
callado, tan inmóvil, tan quieto.
Cuando se ha dicho
todo, sólo queda el silencio.
Y el silencio es
palabra de amor contemplativo,
mensaje sin error,
palabra soberana,
que se dicen y entienden
todos los que se aman.
Pero, sin voz ni
voto, el Cristo del Silencio
ha partido la
historia en dos, desde el Calvario.
Ha metido en las
carnes de todos los que sufren
la callada semilla
viva de la esperanza,
de una gran
esperanza que no tiene fronteras,
más allá de las
tribus y de sus cementerios.
El Cristo Uno de
tantos encabeza la fila
de todos los que
buscan más allá de los límites,
más allá de las
guerras, más allá de la muerte;
de todos los que
llaman a las puertas del cielo,
de todos los que
piden y suplican y oran,
saltándose los
dogmas laicistas de ahora,
y se atreven a ser,
a seguir siendo,
religiosos,
creyentes, tus discípulos
políticamente
incorrectos;
Tú encabezas la
fila, ay, Cristo del Silencio,
de todos los que
siguen levantando las manos
sin espadas al
cielo,
de todos los que
abren sus brazos al hermano,
Tú encabezas la
fila, con los brazos abiertos,
Dios ha muerto,
repiten, repiten todo el día,
me lo dicen de
muchas maneras, todo el día,
aquellos que acumulan
prestigios y dinero.
Dios ha muerto, me
dicen, se ha quedado obsoleto,
pertenece al
pasado, como los dinosaurios,
los muros de
Pompeya o el Románico.
Dios ha muerto, me
dicen, ¿no te enteras?:
una niña es violada
al salir de la escuela,
en el ataque mueren
seis niños palestinos...
Dios ha muerto, ya
era hora, me dicen.
Nunca fueron los
dioses buenos para los hombres,
siempre sembraron
guerras y fundamentalismos,
seamos razonables,
me dicen...
Ay, Cristo del
Silencio, resucita,
levántate de nuevo,
dinos una palabra
en tanto
desconcierto,
envíanos tu
Espíritu y surja un tiempo nuevo.
La gracia se
derrama en tus labios callados.
Tu silencio es
aceite amansando la herida
del corazón humano,
muerto de sed de amor.
Tú estás ahí
callado de tanto amar al mundo,
tu silencio es un
beso de amor hasta el extremo,
una clara caricia
en la noche del alma,
el alba que
despierta un domingo infinito,
el tiempo en que se
enhebran todos los contrapuntos,
el brocal de la
música, inicio de la danza.
Que se alcen los
dinteles ante el Rey de la gloria
y ante
Que se abaje el
orgullo del hombre y de sus máquinas,
se abajen las banderas
de bandos y de bandas.
Que se abaje hasta
el suelo la altivez de los tronos,
la ceja levantada
de quien desprecia a otro hombre,
la mano levantada y
armada que asesina,
el puño amenazante,
la cínica euforia,
Que se abajen los
montes ante tanto silencio,
ante un Hombre que
ha muerto de amor crucificado.
Y ante el rostro
lloroso de esta hermosa aldeana,
nazarena de piel y
manos campesinas.
Unjamos esta noche
con romero y tomillo.
Amén.
(Para el
viernes santo. Según la melodía La cierva de la aurora. Miktam)
E
|
sta mujer que veis
es una cierva herida,
como tantas
mujeres,
en un paisaje roto,
en un inmenso páramo inclemente,
segado por
aullidos.
Una viuda deshecha,
sin su único hijo,
un ser humano solo sobre
un monte pelado
donde no crece
nada, sólo se alza este leño
con sangre
coagulada, duro y frío,
donde se corta el
viento.
Plata limpia de
ganga, su alma refinada
ha sido atravesada
por un puñal certero,
por misteriosa
espada, que viene de muy lejos.
Esta mujer resume
todas las soledades
del corazón humano:
niña huérfana y
virgen,
viuda y enlutecida
quien fuera desposada,
sola quien tuvo un
hijo,
sola como aquel
hijo entre el cielo y la tierra,
vacía y hoy tan
sola, a quien llamaran
El Señor, mujer
sola, ya no está hoy contigo.
Nadie te ve bendita
entre tantas mujeres
famosas y felices,
soñadas y admiradas.
Y tu fruto está
muerto, el fruto de tu seno.
¡Qué solo queda el
mundo en este viernes santo
que atraviesa los
tiempos!
¡Qué largos viernes
santos de la existencia humana!
Enfermos
incurables, hambrientos que se mueren,
seres abandonados
en todas las edades
(toda edad es cruel
para que te abandonen),
odios y enemistades
heredados,
de padres a los
hijos,
como se hereda un
campo, un reloj o una casa.
¡Qué solo queda el
hombre cuando muere el amor,
cuando Dios muere!
Emergen los
infiernos en este viernes santo,
las redes infinitas
del sufrimiento humano,
los abismos del
mal, la soledad inmensa...
Refugio, Amparo,
Madre,
que nos precedes
sola, en todos los senderos solitarios,
déjanos que
pongamos
blancas corolas a
tu negro manto,
luces en torno a
ti, tan sola sobre el monte.
Deja que te
miremos,
deja que te recemos
la salve,
cuando la vida se
nos hace valle
de soledad y
llanto;
deja que suspiremos
y deja que lloremos
sobre tus manos pálidas
las soledades que
arrastramos todos.
Deja que te
llamemos, en cada viernes santo de la vida,
Madre de la
esperanza,
|
E |
s hermoso esperar,
saber que viene
alguien,
que está viniendo
ya, ahora mismo.
Que viene sin
aviso, pero viene,
como ladrón
nocturno a robarnos las penas,
como amor que no duerme
y que ronda las tapias
del jardín, bajo un
toldo de estrellas;
como amigo que trae
el vino de la fiesta.
como abrazo y
anillo al que viene de lejos.
Es hermoso y es
bueno esperar en silencio
la salvación de
Dios, el abrazo de Dios,
su anillo de alianza,
porque en este
entretiempo ya no somos felices.
Es hermoso y es
bueno esperar en silencio
la venida de Dios,
que salte por la tapia
-tantos muros de
miedo y de torpeza-
que traiga un Día
nuevo,
sin ocasos, ni
adiós, ni despedidas.
Es hermoso y es
bueno esperar en silencio
el latido de Dios,
el rumor de sus pasos,
porque nos falta
vino, vino bueno y jocundo,
para empezar la
fiesta.
Es hermoso y es
bueno esperar en silencio.
Es hermoso y es
bueno esperarle cantando
o tañendo la flauta,
sin impaciencia alguna,
sin estrujar,
nervioso, la ropa que te has puesto.
Es tan hermoso, sí,
descolgar los tambores,
sacarlos a las
calles, juntarnos en la plaza
de Alcañiz, y
esperarle, fundidos en azul,
tocando los
tambores, recordarle,
tocando los
tambores, aclamarle,
tocando los
tambores, enterrarle,
tocando los
tambores, esperarle,
tocando los
tambores, anunciarle,
tocando los
tambores,
tocando los
tambores...
Es hermoso y es
bueno esperar, esperarle.
Porque Él es El que
viene...
Lo triste es cuando
alguien amargamente sabe
que nadie llamará
más a su puerta.
Lo triste es el
vivir sin esperanza,
Como si Jesucristo
fuera solo un difunto
ilustre de la
historia,
un gurú perfumado
de sándalo y canela,
un hombre
iluminado, como tantos, y muerto.
Pero Dios viene,
viene, porque está tan vivo,
porque ¡ha
resucitado y ha vencido a la muerte!
Y tu muerte y la
mía están ya malheridas,
heridas por su
muerte en la cruz victoriosa,
y una brecha está
abierta para escapar del cerco,
cogidos de su
mano...
Y todo ya es azul y
ya no hay luto
ni llanto, ni
dolor.
Es preciso
esperarle: no colguéis la toalla,
no colguéis los
tambores.
(Para el
Domingo de Pascua. Para flautas, oboes y arpa. Poema)
|
D |
esde las uñas de nuestros pies
hasta los pelos de la cabeza,
que Dios tiene contados uno a uno...
Desde las veinte uñas, que tenemos,
atravesando este cuerpo que somos de dolor y deseo,
de profundas nostalgias y de algunas certezas...
Desde las uñas de nuestros pies,
desde lo hondo de todas las heridas,
desde la orilla más antigua de la memoria
hasta este latido último,
proclamamos contigo, María, Santa María,
que Dios es grande,
que Dios es el futuro grande del hombre,
que Dios es el presente profundo,
compañero de todo ser humano,
que Dios está viniendo a Alcañiz,
que Dios mira y observa atentamente,
que fija dulcemente su mirada
en cada alcañizano y su tambor,
en cada ser humano,
desde el seno materno a la agonía.
Lo decimos contigo, ay, María de Pueyos,
temblando ante su amor eterno y su belleza,
lo cantamos
contigo, lo gritamos contigo,
llenos de asombro y
estremecimiento.
Dios hace
maravillas, Él hace maravillas,
proezas con su
brazo:
En tiempos
antiquísimos, sin consultar a nadie,
organizó las células
y diseñó la bóveda
del ojo y todos sus adentros;
edificó el oído y
lo plantó en su sitio,
adonde resonaran
los tambores y Bach y los jilgueros
y el viento entre
las hojas de los álamos;
sembró lirios y
espliegos.
Dios hace
maravillas, Él hace maravillas,
proezas con su
brazo:
Él conjugó con mano
sosegada, con brazo poderoso,
las telúricas
fuerzas
para que se
formaran estos valles
y un río manso,
ignoto todavía,
los regara
fielmente;
Él asistió, atento
y amoroso,
a la edificación de
esta ciudad
en todas sus
edades,
que Alcañiz hoy
llamamos,
a orillas de este
mismo río ignoto
que seguimos
llamando Guadalope;
Él anotó en su
libro
los derroteros
todos de los alcañizanos
de ayer, de hoy, de
siempre,
Dios hace maravillas,
Él hace maravillas,
proezas con su
brazo:
Él, compasivo y
misericordioso,
camina con nosotros
nuestras sendas,
sigue en esta
ciudad, resucitado
quien muriera en la
cruz, y vive para siempre
en todas las
ciudades de los hombres,
atisbando detrás de
toda tapia y límite,
colándose sin
ruido, mansamente,
callado y fiel,
por el zaguán del
alma, los umbrales y patios,
por todas las
rendijas de nuestro corazón,
pasando por las
calles quien estuvo clavado,
levantando a los
pobres quien fuera sepultado,
vaciando al hombre
rico e insensato
quien, siendo rico,
pobre del todo se
hizo por nosotros,
para no ser
distante de nadie.
Él sigue en
Alcañiz, resucitado,
mirando siempre con
amor inmenso,
disculpando,
esperando, perdonando,
invitando al banquete
que prepara su Padre,
ungiéndonos a todos
con su Espíritu,
aunque no le hagan
caso.
Ay, María de Pueyos
y del Carmen,
Virgen de Pascua y
de las Palometas,
Madre de Dios y
Madre de los hombres,
préstanos hoy tu
canto, tu magníficat,
para cantar contigo,
para gritar contigo,
de gozo y esperanza
estremecidos,
la grandeza de Dios
y sus proezas,
al último cabello
sobre nuestra cabeza.
Amén.
sus plazas y avenidas,
Kyrie eleison.
Por cada
alcañizano,
por el recién
nacido, por quien vive
en el seno materno
todavía,
Kyrie eleison.
Por aquellos que
amamos y se fueron
y nunca
olvidaremos,
Kyrie eleison.
Por quienes han
venido
y tienen otra piel,
otros idiomas,
pero la misma
hondura en la mirada,
Kyrie eleison.
Por todos los que
sufren,
a quienes Tú
consuelas tan de cerca,
Kyrie eleison.
Por aquellos que
gozan
y acrecientan el
gozo de los hombres,
aún en esta orilla,
Kyrie eleison.
Por los trabajadores
de la paz, los que claman justicia todavía,
los defensores de
la libertad y de la vida,
Kyrie eleison.
Por aquellos que
miran lo invisible, los que ven más allá,
por todos los testigos de esperanza,
los hombres y mujeres del Espíritu,
Kyrie eleison.
Por esta inagotable
Cofradía
de azul y de
tambores,
Kyrie eleison.
En griego te
rezamos,
como la iglesia del
primer momento:
Kyrie eleison.
D
|
ios bendiga a
Alcañiz y sus tambores.
Dios bendiga a Alcañiz
y sus silencios.
Dios bendiga las
noches y los días del corazón
y todos sus
senderos.
Llene su bendición
este paisaje
donde se amó en
latín, en árabe y hebreo.
Dios bendiga la higuera y el olivo,
la viña en la
ladera, el masico y el huerto,
la colmena, la
fábrica, el taller,
el cazador y el
perro.
Bendiga Dios las viejas almazaras,
el comercio, las redes informáticas,
las ferias y las
fiestas y todas las tareas.
Llene vuestro
futuro la bendición de Dios
de pacto y de
concordia, como fuisteis ayer...
Llene su bendición
vuestros proyectos.
Amén.
|
N |
o quiero despedirme.
Alcañizano ausente me siento, me declaro.
Aquí dejo estos versos, salmos, pétalos,
aromas de oración, pequeña lámpara
en este atardecer,
para esperar, unido con vosotros,
un Domingo sin lunes, sin orillas, eterno.
EDILIO MOSTEO SOBREVIELA
thalithaqumi
Zaragoza, mayo
2004