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PLAZA MAYOR
Luis María Torra Cuixart es sacerdote
diocesano de Zaragoza,
donde cursó los estudios eclesiásticos. Tras
varios años en el ejercicio activo de la pastoral rural y urbana,
pasó a estudiar en
y el doctorado en Teología Dogmática,
pasando a formar parte del elenco del profesorado
del Centro Regional de Estudios Teológicos
de Aragón (CRETA). A fecha de hoy,
desempeña las funciones de vicario
parroquial en una parroquia de la ciudad
y es el responsable de
El trabajo que nos presenta aquí es el que
elaboró para la lección inaugural
del CRETA para la apertura del curso académico
2005-2006.
1.
Introducción.
1.1.
Herencia del pasado.
1.2.
La nueva situación, tras la guerra civil.
1.3.
Situación material de los Seminarios.
2.
Centros Superiores de formación teológico-sacerdotal.
2.1.
Restauración de la Universidad Pontificia de Salamanca.
2.2.
Universidad Pontificia de Comillas.
2.3.
Facultad de Teología de Granada.
2.4.
Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
2.5.
Colegio Español de San José (Roma).
2.6.
Centro de Estudios Eclesiásticos (Roma).
3.
Los seminarios diocesanos.
3.1.
Plan de Estudios y Reglamento Escolar (1941).
3.2.
Estado de las Bibliotecas de los seminarios.
3.3.
Manuales de teología.
3.4.
La Teología en los años cuarenta.
4.
Otras iniciativas.
4.1.
Colegio Santiago Apóstol (el Salvador) de Salamanca.
4.2.
Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián y las Conversaciones
Católicas de Gredos.
4.3.
Escuelas Sociales Sacerdotales de Málaga, Vitoria y el Instituto Social León
XIII.
5.
Algunas personalidades relevantes.
6.
Conclusiones.
Bibliografía.
1. Introducción[1]
En 1939, España
salía de una larga y cruel guerra fratricida, con muchas víctimas por ambos
bandos y unas pérdidas materiales inmensas. España perdió unas 800.000
personas, cuando no llegaba a una población de 30 millones.
La Iglesia se vio
desde el primer momento alineada a uno de los bandos, lo que hizo que fuese una
de las instituciones que más perdió. Miles de cristianos de a pie, de
religiosos y religiosas, de sacerdotes y seminaristas y hasta Obispos, fueron
no sólo víctimas de la guerra, sino víctimas de la persecución religiosa -la gran mayoría de ellos testigos de la fe-,
auténticos "mártires",
sobre todo en los primeros meses, de la guerra.
Con ese fondo de
una Iglesia martirizada, se desencadena a partir de 1939 una voluntad de fidelidad
nueva, de seguimiento heroico en la reconstrucción de España, tanto en el orden
material, levantando y reconstruyendo templos y edificios, como reponiendo
vidas eliminadas. Con razón se ha aplicado a este periodo de la Iglesia
española, la célebre frase de Tertuliano, "la
sangre de los mártires ha sido siempre semilla de cristianos",
aplicada a la vida sacerdotal.
El límite temporal
de esta disertación lo ponemos en el año 1952, cuando en el marco de XXXV
Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, fueron ordenados 840
sacerdotes en el estadio de Montjuich (el 31 de mayo), y otros muchos mucho se
ordenaron a lo largo de ese mismo año. Era la primera generación de sacerdotes
formada después de la guerra. En 1952, por otra parte, España comienza una
nueva etapa de apertura hacia Europa y al mundo: se levantaba el cerco
diplomático internacional y entró a formar parte de la UNESCO. En 1953 se firmó
el Concordato entre España y la Santa Sede (27 agosto), y tuvo lugar la firma
de los acuerdos de cooperación militar con EE.UU. (26 septiembre). En 1955
ingresó en las Naciones Unidas y en 1957, en el Fondo Monetario Internacional y
en el Banco Mundial.
D. Lamberto de
Echeverría, hablando de los protagonistas de estos años, escribía:
"En conjunto, el clero
Español se ha mostrado admirable. Digámoslo con verdad y sin pasión: diezmado
cruelmente, después de haber sucumbido sus miembros a millares, a pesar de las
consecuencias que en su propia formación cultural habían dejado los años de
persecución, el clero español (y naturalmente incluyo en esta expresión a todos
los religiosos), respondió en las horas de la posguerra con una generosidad, un
entusiasmo y un afán de trabajo acaso sin parigual en la sociedad
española"[2].
1.1. Herencia
del pasado
El panorama de los
estudios eclesiásticos y de la formación sacerdotal de finales del siglo pasado
ha sido descrito como "desolador" por Vicente Cárcel Orti[3],
a la luz del Informe Vico (de 1891)[4],
a pesar del intento que había supuesto la creación del Seminario de El Escorial, por San Antonio M.ª Claret (en 1861) como
centro superior de estudios eclesiásticos y de la creación de los Seminarios Centrales (más tarde las Universidades Pontificias) a raíz del
Concordato de 1851. Simultáneamente a la elaboración del informe, se funda en
Comillas el Seminario Pontificio San
Antonio de Padua (1892) y comienzan su andadura, en el mismo año, el Colegio Español de San José en Roma y el
Colegio de Estudios Eclesiásticos
Superiores de Calatrava, en Salamanca, obra del Obispo Tomás de Cámara[5].
Otros proyectos
posteriores de creación de centros superiores de formación intelectual del
clero español, en el primer tercio del siglo XX, fueron las tentativas del
Obispo de Madrid-Alcalá, José M.ª Salvador Barrera, con su Academia Universitaria Católica (en 1908) con un proyecto preparado
por D. Juan Zaragüeta, y el de su sucesor, D. Prudencio Mello y Alcalde y el
conde de Mieres, D. Manuel Loring (en 1918) después de la Primera Guerra
Mundial. En Barcelona el proyecto del Instituto
Balmes como Instituto Superior de
Estudios Católicos, promovido por el P. Casanovas (s.j.) y los sacerdotes
Luis Carreras, Carlos Cardó (desde 1911), y más tarde apoyados por el cardenal
Vidal Barraquer en 1921; también la creación del Centro Superior de Estudios
Eclesiásticos, promovido por el Obispo de Barcelona Dr.
Miralles y la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en 1929; y
los proyectos de una Universidad Católica
Vasca (1932) en el contexto autonómico de la Segunda República y de revalorización
de la lengua y cultura vasca.
Pero la división de
los católicos, la misma concepción del ejercicio del ministerio episcopal, las
suspicacias e intereses particulares de los implicados en los distintos
proyectos, hicieron inviables estas tentativas, antes de la guerra civil
española.
Cabe destacar, tras
la Constitución Deus Scientiarum Dominus
(1931), en los años inmediatamente anteriores de la guerra civil, el gran
proyecto de una Universidad Católica
promovida por D. Ángel Herrera Oria al frente de la Acción Católica Española
apoyado por la Conferencia de Metropolitanos y cuyos primeros pasos se
plasmaron en 1933 con la creación del Instituto Pedagógico, el Instituto de
Cultura Superior Femenina, el Centro de Estudios Universitarios y los Cursos de
Verano de Acción Católica de Santander, en cuyos proyectos entraban también la
creación de Facultades de Filosofía, Teología y Cánones[6],
en la ciudad de Toledo.
Respecto a los
Seminarios Centrales y diocesanos, tras el Informe Vico, vemos que, por la
penuria de medios económicos y profesorales, no fueron capaces de remontar,
salvo raras excepciones, la mediocridad que venían arrastrando de las décadas
anteriores. Los Seminarios Centrales convertidos en Universidades Pontificias
(en 1896) no resistieron las exigencias académicas y materiales que pedía la
constitución Deus Scientiarum Dominus.
No obstante, cabe destacar en todo el primer tercio del siglo XX la actuación
de D. Manuel Domingo y Sol y los Operarios Diocesanos por él fundados (en l883)
con los Colegios de Vocaciones San José
y su labor en la dirección de seminarios diocesanos en su parte religiosa,
disciplinar y administrativa, y la fundación del Colegio Español de San José en Roma (1892) para que los mejores
seminaristas españoles pudieran realizar los estudios filosóficos, teológicos y
canónicos en las Universidades romanas. Pero también cabe señalar el impulso
que se dio a finales de este primer tercio de siglo en algunos seminarios
diocesanos como los de Pamplona[7],
Málaga[8]
y Vitoria[9].
Las voces que desde
León XIII clamaban por una elevación del nivel material, intelectual y
espiritual de los seminarios frente a los nuevos retos que planteaba el mundo y
la sociedad y que se urgían desde el Código de 1917 y la Sagrada Congregación
de Seminarios y Universidades de Estudios (creada en 1915) tuvieron eco en
España con la celebración del Congreso
Nacional de Educación (de 1924) y la Semana
Pro-Seminario de Toledo (1935), pero las conclusiones y propuestas no
pudieron ponerse en práctica y ser efectivas, hasta después de la guerra civil
española, por lo que podemos detectar de la Visita Apostólica a los Seminarios
Españoles de 1934[10]
y algunas voces críticas de aquellos años[11].
1.2. La nueva situación, tras la guerra
civil
En 1939 la Iglesia española
y especialmente el clero tiene la sensación de salir de una larga persecución,
que el cardenal Goma ya había calificado de "cruelísima, inhumana,
bárbara, antiespañola y anticristiana"[12].
Según el famoso trabajo de D. Antonio Montero, 12 Obispos y 1 administrador
apostólico, 4184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2365 religiosos, 283
religiosas y un innumerable número de seglares habían sido víctimas de ella,
muchos de ellos dando testimonio de fe en el martirio[13].
Algunos de estos eclesiásticos, beneméritos estudiosos de las ciencias
eclesiásticas, como los escrituristas: Ramón Ejarque (Tortosa), Juan C.
Escribano (Cuenca), Pedro Ginebra (Barcelona), Mariano Revilla (Agustino, de El
Escorial), Luis Palacios Lozano (Benedictino), o el historiador Zacarías García
Villada (Jesuita), o en otros campos Ignacio Casanova (Escolapio). Al final de
la contienda civil se tiene la impresión de que la Iglesia fue "la gran
víctima" de la guerra, título de la obra del canónigo de Salamanca,
Aniceto Castro Albarrán[14].
Pero también el fin de la guerra supuso la victoria total de una parte de
España sobre la otra.
La Iglesia y el
Estado, rescatando valores tradicionales, se unían para conseguir una nueva
cristiandad basada en valores del Siglo de Oro y el pensamiento de nuestros
grandes escolásticos; culturalmente se propugnaba una vuelta al gran siglo XVI
español, dando la espalda a la inmediata historia de España de los siglos XVII
y XVIII que se veían como nefastos. La legislación del nuevo Estado se preocupó
desde el primer momento de dar un sentido cristiano y católico a todos los
ámbitos de la vida: familia, enseñanza, moral, cultura, lo social, etc.[15].
Desde ahí, la Iglesia experimentó una fuerte sentido de liberación y
responsabilidad. Por un lado, la libertad fundamental de vivir: se hacía
posible la predicación y el culto, interrumpido en media España por la
persecución religiosa y, por otro, libertad de acción: el campo estaba abierto,
sin trabas de ninguna clase. La sensación de una vuelta a una cierta normalidad
era total. Los sacerdotes vivieron además, una nueva libertad interior: por
primera vez en muchos años podían dedicarse a su ministerio sin interferencias
de ningún tipo.
Por otra parte,
desde el primer momento se emprendió la tarea de reconstruir, rehabilitar y
abrir, aunque fuese en precario, los edificios total o parcialmente destruidos,
requisados por el gobierno de la República y en el transcurso de la guerra[16].
A la hora de la reconstrucción hay que tener en cuenta que la guerra había
sumido a España en una grave crisis económica. La política económica de los
años siguientes, condicionada por la II Guerra mundial 1939-1945 y el
aislamiento a que se vio sometida por el cierre posterior de fronteras, estuvo
supeditada a un fuerte intervencionismo estatal lo que produjo graves
desequilibrios. El sistema de racionamiento favoreció el mercado negro y el
estraperlo[17];
todos los productos estaban intervenidos y era necesario acudir a los
organismos oficiales para cualquier necesidad. El Estado es el que tuvo que
subvenir para todo lo que supusiera una reconstrucción o restauración. Para
ello, creó la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, y la
Junta Nacional de Reconstrucción de Templos (1941), dependientes ambas del
Ministerio de la Gobernación.
1.3. Situación material de los Seminarios
Por lo que respecta
a los Seminarios, una primera evaluación general del estado material de los
Seminarios nos la ofrece, en julio 1938, antes de terminar la guerra, el
Arzobispo de Toledo, cardenal Gomá:
"los daños causados en
nuestras cosas por la guerra son enormes. Ignoramos aún lo que habrá pasado en
las zonas no reconquistadas. Ciñéndonos a nuestros Seminarios, he aquí algunos
datos que nos darán la medida de la magnitud de los daños sufridos, sólo en las
Diócesis cuya capital había quedado libre o había sido liberada en septiembre
del año pasado: de los 38 Seminarios, 29 estaban destinados a usos de guerra:
cuarteles, hospitales, cárceles, orfanatos; de los demás, unos habían sido
destruidos, otros quedaban para su uso corriente"[18].
Estas primeras
impresiones del cardenal Goma, una vez terminada la guerra, se confirmaron. En
la zona republicana los seminarios, saqueados en un primer momento, fueron
habilitados como cárceles, cuarteles, albergues de refugiados o campos de
prisioneros, como ocurrió en Valencia, Barcelona, Madrid, Lérida, Oviedo,
Almería, Comillas, Ciudad Real, Segorbe, Solsona, Jaén, Gaudix-Baza; el de
Toledo fue quemado. Otros fueron destruidos totalmente, como los seminarios
menores de
Belchite (Zaragoza)
y Jaca, y los seminarios mayores de Teruel, Barbastro,
Tortosa y
Santander. En la zona nacional, no corrieron igual suerte pero, fueron
convertidos en cuarteles, hospitales de sangre, orfanatos o requisados por el
ejército; así en Ávila, Comillas, Córdoba, Vitoria, Pamplona, Zaragoza, Burgos,
Lugo, Tarazona. Los seminarios de Orihuela, Cuenca y Gerona eran, aún después
de la guerra, prisiones militares. La tarea de rehabilitarlos fue obra de
enormes trabajos y de generosidad sin límites.
En la ponencia que
hizo el Obispo de Vitoria en la I Asamblea de Rectores de Seminarios en 1944,
basándose en las relaciones previas enviadas por los rectores, reconoce que el
estado del mobiliario y del material pedagógico de los Seminarios, causa pena.
"Pena cuando se leen [en
los informes] frases como estas: el mobiliario es escaso y malo; anticuado e
inservible; viejo, insuficiente y muy deteriorado; reúne ínfimas
condiciones"[19].
La nueva situación
va a permitir que a lo largo de los vienticinco años siguientes, los obispos
emprendan grandes obras para dotar de edificios modernos a los seminarios. Las
revistas Sígueme, Ecclesia y Signo, son testigos de las campañas en pro de los Seminarios, para
resaltar su importancia y sentido para el futuro de España y recabar fondos por
medio de colectas. En ellas van apareciendo continuamente noticias sobre la
colocación y bendición de primeras piedras, inauguración y bendición de nuevos
pabellones y edificios[20].
2. Centros
Superiores de formación TEOLÓGICO-sacerdotal
Las dificultades,
deficiencias y negligencias de la etapa anterior a la guerra civil de cara a la
creación de centros superiores de formación eclesiástica, van a verse superadas
en cierta medida al encontrar el clima favorable de la nueva situación
española. Ella va a favorecer la creación de instituciones nuevas o de
potenciación y reorientación de otras existentes.
2.1. Restauración de la Universidad
Pontificia de Salamanca
El
Llama la atención
que la primera Conferencia de Metropolitanos de la posguerra (Toledo, 2-
la necesidad de
levantar tanta ruina como han sufrido la mayoría de nuestras iglesias, obligan
a demorar esta empresa". Los Arzobispos hacían "votos para que las
[universidades] del Estado sean católicas vere
et plene, como lo fueron las gloriosísimas de otros tiempos en nuestra
patria"[23].
Rastreando el
Boletín Oficial de la diócesis de Salamanca, encontramos pocos días más tarde,
la carta pastoral El triunfo de la Ciudad
de Dios y la Resurrección de España (
"si toda la Santa Cruzada
se ha realizado no sólo para defenderse contra el comunismo, sino con el alto
ideal de lograr de nuevo una España grande y libre, tenemos como indudable que
este ideal no se lograría si España no volviese a tener Universidades tanto
civiles como eclesiásticas dignas de este nombre"[24].
La crónica de la
solemne inauguración de la Universidad aparece en el Boletín del mes de
noviembre de 1940 junto con la noticia de la adjudicación de una subvención del
Ministerio de Educación Nacional de 100.000 pesetas[25].
Dos años más tarde,
el mismo Boletín, en la 'Crónica diocesana' del mes de marzo de 1942, recoge la
aprobación de los Estatutos de la Universidad por cinco años; la constitución
del Consejo de Obispos formado por los de Salamanca, Avila, León, Pamplona,
Vitoria y el Arzobispo de Valladolid[26],
y la solemne velada de despedida del Gran Canciller, el Obispo Pla y Deniel,
recién promovido a la Sede Primada de Toledo[27].
Nueva alusión a la
Universidad la hace Pla y Deniel en la carta pastoral de despedida al salir de
la diócesis: Nuestros siete años de
Pontificado en Salamanca en la que hace un balance de su actuación desde
que llegó a la diócesis. Al tratar de los motivos del restablecimiento de la
Universidad, apunta "la gloriosa historia de la antigua Universidad
Salmantina allanó por completo el camino para lograrlo", pero señala
también que "el Ministro de Educación Nacional ofreció en nombre del
Gobierno del Caudillo Franco, una respetable subvención anual"[28].
Junto a estas razones habría que añadir la de que Salamanca había sido cuartel general
de Franco el primer año de la guerra y éste debía al obispo especiales favores[29]
y muy probablemente tuviera que ver también el proceso negociador para el
restablecimiento de la normalidad concordataria (de 1851) que durante esos
meses tenían lugar entre el Gobierno de Franco y el Vaticano[30].
En 1945 se
estableció la Facultad de Filosofía, y en 1949 la de Letras Clásicas. El número
de alumnos, pobre en principio, fue paulatinamente creciendo[31]
a la vez que se iban abriendo en Salamanca, casas de formación, colegios
mayores, seminarios y residencias universitarias[32].
Entre estos cabe destacar el Colegio M. Jaime Balmes para sacerdotes
estudiantes en el que surgió la revista Incunable[33].
Por el Jaime Balmes, pasaron como estudiantes en un primer momento: Manuel
Aparisi, José M.ª Javierre, José Andrés Mato, y los que después fueron Obispos:
Luis M.ª Larrea y
José Cervino.
Lamentablemente no se ha hecho un catálogo de sacerdotes que allí residieron.
También el Colegio San Juan Evangelista, fundado por D. Avelino López de Castro
para jóvenes de Acción Católica, del que surgiría la Hermandad de Operarios
Evangélicos (después Acies Christi) y
el Colegio M. Santiago Apóstol para vocaciones tardías y al que volveremos más
tarde.
En cuanto al cuadro
de profesores según los proyectos de Pla y Deniel, la Universidad mantuvo
siempre el carácter abierto a los dos cleros. Si al principio fueron solamente
sacerdotes diocesanos, Jesuitas, Dominicos, Carmelitas Descalzos, Claretianos y
Capuchinos[34],
más tarde se incorporaron Operarios Diocesanos, Agustinos, Mercedarios, etc.,
en todas sus Facultades[35].
En 1943 la
Universidad auspició la iniciativa de D. Ángel Herrera Oria, aún sacerdote, y
los seglares D. Máximo Cuervo y José M.ª Sánchez Muniain, de crear dentro de La
Editorial Católica, la Biblioteca de
Autores Cristianos, para ofrecer al público culto español obras clásicas y
modernas de carácter fundamental como "el pan de nuestra cultura
católica"[36].
La Universidad
siguió un proceso constante de institucionalización. En 1952 se creó el Centro
de Espiritualidad y en 1954, el Centro de Estudios Bíblicos y Orientales[37].
La Universidad Pontificia, sus colegios, alumnos y profesores, se va a
convertir en pocos años en centro de promoción y elevación intelectual y
espiritual del clero; sus inquietudes e iniciativas tendrán repercusión en toda
España.
2.2. Universidad Pontificia de Comillas
El
Comillas sufrió
también, como todos los seminarios, las condiciones de pobreza y dureza de la
vida nacional en la posguerra, agravadas por la necesidad de abastecer a
colectivos numerosos: falta de comida, carbón, apagones de luz, restricciones
de agua,... A pesar de ello en 1940 se incorporan a Comillas los estudiantes
jesuitas y en 1942 se pone la primera piedra del Colegio Máximo que se inauguró
en 1944 como un edificio más del complejo de Comillas. En 1942 tienen lugar las
fiestas del cincuentenario de la fundación del Seminario[41].
El eco de las celebraciones en la revista Ecclesia
pretende atraer la atención a las necesidades materiales y divulgar las
posibilidades de futuro de la institución, entre ellas la creación de una
Facultad de Humanidades[42].
El balance que se hace entonces de los alumnos salidos de Comillas es: 922
sacerdotes y 10 obispos; de 815 sacerdotes supervivientes: 85 son canónigos o
dignatarios; 204 son párrocos; 10, son rectores de seminarios; 22, profesores
de Universidad; 67, profesores de seminarios y 59, de enseñanzas medias; 29,
dirigentes de Acción Católica, y 16 de Obras Misionales Pontificias, además de
105 religiosos[43].
Entre las diversas iniciativas y celebraciones de las bodas de Oro, además de
salir a la luz pública la revista Miscelánea
de Comillas[44],
se dotó de 5 becas para estudiantes hispanoamericanos, como inicio del que será
Colegio Hispanoamericano en Comillas[45].
Pedagógicamente,
Comillas seguía la orientación humanística clásica de todos los colegios de la
Compañía, potenciada en estos años por la orientación de las nuevas leyes
civiles[46].
Para saber lo que supuso Comillas en el orden intelectual en aquellos años, la
revista Miscelánea de Comillas dedicó un número especial con motivo del
Centenario (1992) con diferentes estudios sobre la formación bíblica,
filosófica, canónica, moral, humanística, literaria y misional de la
Universidad, a ellos remitimos[47].
En el contexto de estos años hemos que situar al P. Manuel García Nieto
(1894-1974)[48],
director espiritual del Seminario, que marcó fuertemente la vida espiritual y
apostólica de muchas generaciones de seminaristas comilleses. El P. Nieto
permaneció como director espiritual prácticamente hasta el traslado de la
Universidad a la sede de Cantoblanco- Madrid (en el curso 1967-68).
2.3.
Facultad de Teología de Granada
Otro de centro de
formación sacerdotal con posibilidad de otorgar grados en el nuevo contexto de
la posguerra fue la Facultad de Teología y el Seminario interdiocesano de
Granada. El arzobispo de Granada, D. Agustín Parrado García, había sido
nombrado Administrador Apostólico de las diócesis de Jaén, Guadix y Almería en
1937 y, ante la necesidad de proveer de un centro idóneo de formación
sacerdotal, solicitó en 1938 permiso a Roma para abrir un Seminario Central, al
estilo de los que preveía el Concordato de 1851[49]
aún vigente, y agrupar a los seminaristas de la provincia eclesiástica de
Granada. Contaba para ello con el profesorado del Colegio Máximo de los PP.
Jesuitas de la provincia de Andalucía, reinstalados en 1937 en Granada tras la
expulsión republicana. Los PP. Jesuitas, durante el exilio forzoso, se habían
desperdigado por distintos centros de enseñanza de Francia, Bélgica y Alemania,
y ahora, devueltas sus propiedades, habían reiniciado las actividades del
Colegio. El Colegio Máximo, había comenzado a publicar en 1938 la revista Archivo Teológico Granadino, como
revista de investigación teológica, y la colección Biblioteca Teológica Granadina, con dos secciones: una de
monografías teológicas y otra, se pensaba, con las tesis doctorales presentadas
en la Facultad[50].
D. Agustín Parrado, erigió en agosto de 1939 el Seminario Interdiocesano en
Granada puesto bajo la dirección de los PP. Jesuitas[51]
y poco tiempo después (en febrero de 1940), se concedió a la Facultad de
Teología[52]
la posibilidad por dos años, de conceder a los alumnos de la provincia
eclesiástica de Granada los grados académicos que se concedían a los alumnos
religiosos de la Compañía, según la constitución Deus Scientiarum Dominus.
La nueva Facultad
comenzaba el curso el
El Seminario y
Facultad a pesar de estar restringido a la provincia eclesiástica de Granada
alcanzó pronto un respetable nivel de estudios, como nos indicó D. Antonio
Montero, actual Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz, que hizo los estudios
humanísticos, filosóficos y teológicos allí entre 1938 y 1950:
"... La suerte que
tuvimos en aquellos años de poder estudiar con los PP. Jesuitas venidos de
distintas Universidades europeas. Así en Teología manejábamos el manual de
Lercher. En cuanto a lo espiritual -dice- todo respiraba siglo XVI español:
Santa Teresa, Beato Ávila, P. Rodríguez, Lapuente, Molina, etc., pero no en el
sentido nacional-católico...; también recibíamos la espiritualidad francesa que
venía a través de Vitoria y de la revista Surge; de espiritualidad en general
leíamos también Apostolado Sacerdotal y más tarde, Incunable"[53].
Referido a esta revista,
D. Antonio había escrito sobre su repercusión en Granada. La cita es larga,
pero es muy expresiva:
"... Teníamos clara
conciencia de ser la primera generación de la posguerra. En la infancia y la
adolescencia estuvimos marcados por el idealismo religioso de los años
cuarenta, por las estrecheces económicas y el aislamiento forzado del país, y
por una formación sacerdotal tan recia en sus raíces ascéticas como limitada en
sus implicaciones pastorales y sociales.
Yo amo profundamente aquella
época,... por los valores afirmativos que poseía: fe compacta y gozosa,
solidaridad sacerdotal, cariño sin traumas a la Iglesia visible. No era
conformismo, no.... Hacíamos una revistilla -Surco- donde constan nuestras
rebeldías contra el casticismo retrospectivo; nuestra apertura a los escritores
del 98; nuestra sensibilidad litúrgica de nuevo cuño; nuestra voluntad de
acercamiento al estudiante de la calle; nuestro empeño por superar infinitos
tópicos del estamento clerical. Éramos reformadores sin angustia, un tanto
ensayistas y literatos, poco abiertos a la realidad espiritual y material de
nuestro pueblo...
Los de Salamanca [a través de
Incunable] nos disteis a los granadinos la seguridad fraterna de no estar solos
en nuestros atisbos, a más de un desparpajo universitario, que era mucho pedir
a unos muchachos aislados del sur del país y en 1948... Este espíritu carecía
de precedentes en nuestras publicaciones eclesiásticas.
Por primera vez el clero
secular, además de lector, era autor de una revista destinada a sus miembros; y
ello, sin exclusivas aduanas, al menos por parte de la Redacción [de la revista
Incunable].
Significaba la presencia en
España de una generación sacerdotal que lanzaba al aire sus valores propios.
Habría que comparar los números del primer año con los paralelos de otras
revistas eclesiásticas de la época para comprobar si me equivoco"[54].
2.4. Consejo Superior de Investigaciones
Científicas
Dentro del programa
normalizador de la situación española y de la labor restauradora de las
instituciones en los primeros meses de la posguerra se encuentra la creación
del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC) en 1939[55],
obra José Ibañez Martín, miembro de la A.C.N. de Propagandistas y segundo
Ministro de Educación Nacional del gobierno de Franco.
El CSIC nacía,
según indicaba la Ley fundacional, como heredero de todos los organismos que
dependían de la Junta de Ampliación de
Estudios e Investigaciones Científicas (creada en 1907 y abolida por el
Gobierno de Burgos en 1938), de la Fundación
de Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (creada en 1931) y del
Instituto de España. Su finalidad era
la fomentar, orientar y coordinar la investigación científica nacional y
renovar la gloriosa tradición científica española. Pero ello va a ser una
reacción a todo lo que habían supuesto estas entidades en el mundo de la
cultura y de la ciencia de la etapa anterior.
"Tal empeño -decía el
preámbulo de la ley de creación del consejo- ha de cimentarse, ante todo, en la
restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el
siglo XVIII. Para ello, hay que subsanar el divorcio y la discordia entre las
ciencias especulativas y experimentales y promover en el árbol total de la
ciencia el armonioso desarrollo de algunas de sus ramas, con anquilosamiento de
otras. Hay que crear un contrapeso frente al especialismo exagerado y solitario
de nuestra época, devolviendo a las ciencias su régimen de sociabilidad, el
cual supone un franco y seguro retorno a los imperativos de la coordinación y
jerarquía. Hay que imponer al orden de la cultura, las ideas esenciales que han
inspirado nuestro Glorioso Movimiento, en las que se conjugan las lecciones más
puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad"[56].
Con ello la
Teología se incorporaba a las tareas de la investigación científica oficial.
Bajo el Patronato Raimundo Lulio, el Instituto Francisco Suárez acogió la
investigación teológica junto a los Institutos dedicados a la Filosofía y
Derecho. Se crearon los Institutos de San
Raimundo de Peñafort de Derecho Canónico, Enrique Florez de Historia Eclesiástica y Arias Montano de Estudios hebraicos. Bajo el amparo del CSIC se
organizaron desde muy pronto Semanas españolas de Teología, de Derecho
Canónico, de Mariología, de Misionología, etc., y se crearon sus respectivas
revistas.
A la cabeza de los
distintos Consejos, Patronatos e Institutos se colocaron persona afines a la
política de investigación que se iba a llevar a cabo. El Ministro de Educación
Nacional se reservó el puesto de Presidente del Consejo donde se mantuvo hasta
1967; D. José M.ª Albareda, antiguo miembro de la A.C.N de Propagandistas, fue
Secretario General hasta su muerte en 1966[57].
Vicepresidente del Consejo lo fue el agustino P. José López Ortíz, que en 1944
fue nombrado Obispo de Tuy. Presidente del Instituto Francisco Suárez lo fue
desde el principio D. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá[58].
En 1944, de los 26 nombres que figuran al frente de los Patronatos e Institutos
del Consejo, dieciséis eran eclesiásticos, nueve de los cuales eran religiosos[59].
En 1941 comenzaron
a celebrarse las Semanas de Teología
y salió la Revista Española de Teología que
iban a ser, junto con las Semanas
Bíblicas Españolas y la Revista de
Estudios Bíblicos, el aliciente de la intelectualidad teológica española
durante muchos años[60].
En conjunto las Semanas fueron un estímulo para el trabajo intelectual de
profesores de Teología y Biblia de las distintas Facultades y Seminarios tanto
del clero regular como secular. Promovieron, además, el conocimiento mutuo, la
investigación y la divulgación teológica, a la vez que sirvieron, en estos años
de penuria económica, para dar un primer impulso a la publicación de diversas
obras teológicas de autores españoles[61].
2.5. Colegio Español de San José (Roma)
Fundado por D.
Manuel Domingo y Sol en 1892, como hemos apuntado anteriormente, con el
decidido apoyo de León XIII y del que después sería cardenal, Rafael Merry del
Val, fue encomendado desde el principio a los Sacerdotes Operarios Diocesanos.
Se inscribía esta fundación dentro del esfuerzo renovador de la formación
intelectual del clero que propulsaba León XIII y de la corriente de instituir
colegios nacionales en
Roma[62].
Se trataba de dotar a la Iglesia de España de un centro que acogiese a los
mejores seminaristas de cada diócesis para que pudieran obtener grados en los
distintos centros romanos y recibiesen una seria formación sacerdotal. A él
dedicaron todos los esfuerzos humanos y materiales los Operarios Diocesanos[63].
Los sucesivos rectores y superiores [64]
dieron al Colegio el carácter de alto centro de formación sacerdotal por su
piedad, estudio y trabajo y por el que en repetidas ocasiones recibieron
felicitaciones tanto de los pontífices como de los centros universitarios que
frecuentaban[65].
El número de
colegiales dependió no solo de la situación de la Iglesia en España sino
también de las vicisitudes de la vida italiana y europea en general. El número
de alumnos en los primeros 25 años (1892-1916) fue de 573. Después, la guerra
mundial, la civil española y los comienzos de la segunda guerra mundial hizo
que el número de colegiales descendiese a 453, en los veinticinco años
siguientes (1917-1941). De1942 a 1967, el número colegiales llegó a 929, aunque
hubo promociones (como las de 1943 y 1944) en que no hubo alumnos nuevos, pero
también hubo promociones muy numerosas como las de los años 1961-1965[66].
En 1942, en plena
guerra mundial, se cumplían las Bodas de Oro del Colegio. El balance que se
hizo de los 50 primeros años de vida del Colegio era, que habían sido alumnos
900 sacerdotes, que habían obtenido 932 doctorados y 336 licenciaturas, de los
que 19 habían sido o eran Obispos. El colegio pensado en un primer momento para
recibir seminaristas, con el paso del tiempo y especialmente a raíz de la
constitución Deus Scientiarum Dominus,
fue frecuentado por sacerdotes ya ordenados que eran enviados por los Obispos
para obtener los grados necesarios para desempeñar distintas funciones en las
diócesis. En 1941 se dotó a estos con un nuevo Reglamento para ajustar la vida
colegial a las necesidades de los sacerdotes y de la vida académica[67].
En cuanto a la
labor cultural e intelectual del colegio, en 1913 había aparecido la revista Mater Clementísima como medio de comunicación
del Colegio con los antiguos alumnos y ya, dentro de los años que nos ocupan,
fue el lanzamiento de la revista literaria Estría,
con el subtítulo Cuadernos de poesía que edita el Colegio Español de Roma[68].
Nació en el círculo de poesía del colegio en 1951, por impulso y aliento del
vicerrector José M.ª Javierre Ortás que ya había sido cofundador en Salamanca
de la revista Incunable y acababa de
publicar la Vida de Pío X. En ella
colaboraron, en una primera etapa los alumnos del Colegio: Julio Montalvillo,
Antonio Montero, José M.ª Cabodevilla, Ignacio Escribano, José Luis Martín
Descalzo, Eugenio García Amor,... y, otros de fuera, como Luis Alonso Schokel
(s.j.) y el poeta José M.ª Valverde. "La revista duró poco,... [pero] de
aquel equipo surgió la primera docena de periodistas y escritores dedicados a
hacer presente los contenidos cristianos en la prensa, radio y televisión, y a
meter en nuestro ámbito la literatura seglar"[69].
También comenzaron a aparecer los Cuadernos
de Teología (1952) y Cuadernos de
Escritura (1953) con trabajos de los alumnos del Colegio en estas materias.
En 1951 D. Jaime
Flores y D. José M.ª Javierre comenzaron las gestiones para abrir el Colegio Español de Munich y en 1954 se
dieron los primeros pasos para construir el nuevo Colegio en via di Torre Rossa
aunque no se pudo habitar hasta 1961 y ser inaugurado en 1965[70].
El Catálogo del Centenario (1992)
contabilizaba que por el Colegio habían pasado 2802 alumnos, de los cuales 8
son o han sido cardenales, uno patriarca, 11 arzobispos y 64 obispos.
2.6. Centro de Estudios Eclesiásticos (Roma)
Existía en Roma la
Iglesia Española de Montserrat, antigua fundación pía resultante de la fusión
de la Iglesia y Hospital de Santiago y
San Ildefonso dependiente de la corona de Castilla y de la Iglesia y Hospital de Montserrat que
había dependido de la Casa de Aragón. Aneja a ella contaba con una residencia
para los capellanes que atendían las cargas de la Obra Pía. Administrativamente
la institución dependía de la Embajada española[71].
Con intentos de dignificar la presencia de España en la ciudad eterna, se había
fundado en 1911 la Escuela de Historia y
Arqueología, dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios, bajo
la dirección de D. Ramón Menéndez Pidal[72],
pero prácticamente la Escuela no funcionó y en los años 40, la institución
llevaba una vida lánguida que permitía la estancia de un número de sacerdotes
que atendían las obligaciones de las capellanías.
En 1942 se le dio
un nuevo Reglamento con intención de rehabilitar la Escuela y regular el
sistema de provisión de capellanías que permitiese el acceso a sacerdotes que
realizasen estudios en Roma, pero tampoco dio el resultado apetecido pues los
capellanes becarios eran estudiantes de licenciatura y no investigadores en
temas históricos y arqueológicos[73].
Tras la dimisión del último Rector de la Iglesia, D. Tomás García Barberana, a
finales del curso 1947-48 y la llegada de Alberto Martín Artajo al Ministerio
de Asuntos Exteriores y de Joaquín Ruiz Jiménez a la Embajada española ante la
Santa Sede, se pretendió dar un nuevo impulso y orientación a la institución.
Se buscó para ello a D. Maximino Romero de Lema (Rector desde 1948 hasta 1958),
con la idea de restaurar la Escuela de Historia. D. Maximino dio los primeros
pasos con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Con él se llegó
al acuerdo de restablecer la Escuela y su Biblioteca. El Consejo se encargaría
de los investigadores laicos y el Rector de la Iglesia de Montserrat, de los
eclesiásticos. Pero poco tiempo después la Escuela se constituyó en el edificio
de la Delegación de CSIC en Roma y D. Maximino tuvo que buscar otra solución
para la Casa: se creó el Centro de
Estudios Eclesiásticos[74].
D. Maximino se
impuso dos tareas; constituir un primer grupo de investigadores y clarificar el
carácter de Obra Pía de la institución que se había visto difuminada con los
años. Unido a ello se impuso otra doble tarea, la de organizar el culto y la
liturgia de la Iglesia de Montserrat que como Iglesia de la ciudad de Roma
dependía del
Cardenal Vicario
del Papa y liberar el edificio de los inquilinos que con el paso del tiempo se
habían afincado en distintos pisos del inmueble. El primer grupo de
investigadores lo consiguió invitando a diversos profesores de Seminarios y
sacerdotes que estaban terminando la tesis doctoral en Roma[75],
a los que se fueron añadiéndose otros en años sucesivos[76].
Como vicerrector de la Iglesia, D. Maximino buscó a Federico Sopeña[77]
y como administrador a Miguel Roca Cabanellas, que años más
tarde sería
vicerrector y Rector; y en 1966, Obispo de Cartagena-Murcia y Arzobispo de
Valencia (en 1978).
En diciembre de
1949 se inauguraba oficialmente en Centro de Estudios Eclesiásticos en la
Residencia Sacerdotal de la Iglesia Española de Santiago y Montserrat. La
Residencia se pensó como un hogar, un centro para proporcionar estancias más o
menos prolongadas a profesores e investigadores del clero secular que
compaginaban la docencia en Seminarios y Universidades con la investigación en
los Archivos y Bibliotecas Romanas; también admitía a algunos doctorandos, para
dar continuidad e
incorporar nuevos
investigadores al Centro.
Fruto de la labor
investigadora del Centro fue la publicación de la revista Antología Annua (1953), que a partir de 1958, se especializó en
estudios de historia eclesiástica. Para los temas que por su extensión no
tenían cabida en la revista se fueron publicando diversas Monografías, que bien pronto constituyeron una colección. En 1955
se inició la Monumenta Hispaniae Vaticana
como colección sistemática de fuentes de los archivos y bibliotecas romanas
referentes a España y los Subsidia
con catálogos y colecciones documentales. Con la incorporación de estudiosos de
Sagrada Escritura al Centro y en colaboración con otros investigadores se
comenzó en 1956 el Comentario al Nuevo
Testamento y una serie de monografías del Antiguo Testamento (que a partir
de 1962 fueron publicadas principalmente por la editorial Marova). Para
potenciar los estudios bíblicos, D. Maximino fundó el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén en 1956[78],
que quedó vinculado a la Universidad Pontificia de Salamanca en 1975.
3. Los
seminarios diocesanos
3.1. Plan de Estudios y Reglamento Escolar
(1941)
El plan de estudios
y reglamento escolar de 1941 había sido elaborado por la Comisión Episcopal de
Seminarios nombrada por la Nunciatura (Gaetano Cicognani)[79],
en octubre de 1938 por encargo de la S. C. de Seminarios y Universidades de
Estudios, a raíz de la Visita apostólica de 1933-1934. El encargo proponía:
"que se estudie con
detenimiento el gravísimo problema de los Seminarios [españoles] y presente
unas propuestas concretas acerca de un 'Reglamento de disciplina' y de los
'programas de estudios' que deberán seguir, a lo menos en líneas generales, en
todos los Seminarios de España; [...y] se efectúe una concentración de
Seminarios, como se ha hecho en Italia"[80].
Este último
aspecto, el de la elaboración de un proyecto de concentración de Seminarios no se
hizo público, y la misma carta del cardenal prefecto de la S. C. de Seminarios
en que notificaba la aprobación pontificia del trabajo de la Comisión
(22-11-1940), indicaba que de momento quedaba en suspenso[81].
La Comisión estaba formada por los Obispos de Salamanca, Pamplona y León,
presididos por el Arzobispo de Valladolid. Los obispos se dedicaron a preparar
lo que tenía que ser el punto de arranque de los Seminarios una vez terminada
la guerra. Contaban para ello con los documentos de los últimos Papas sobre la
formación de los seminaristas[82],
las orientaciones especialmente dirigidas a los Obispos españoles[83],
las Actas de la Asamblea del Episcopado celebrada en Madrid en mayo de 1930,
las conclusiones de la Semana pro-Seminario celebrada en Toledo en noviembre de
1935 y los dictámenes emitidos por la Visita apostólica a los Seminarios
españoles en 1934[84].
El Plan de Estudios
para los Seminarios Diocesanos se estructuró en 3 ciclos: curso de Humanidades
o curso Clásico (5 años), curso Filosófico (3 años) y el curso Teológico (4
años). Los dos primeros ciclos constituían los cursos de Enseñanzas Medias, al
que precedía el Curso de Enseñanza Primaria y seguía el Curso de Enseñanza
Superior o Teología. Se pretendía con los Cursos de Enseñanza Media, que los aspirantes
al sacerdocio pudiesen presentarse a los exámenes oficiales en los institutos
del Estado, según la Ley de Educación de 1938[85].
Las normas
generales del Plan (lª sección), estaban destinadas unificar criterios para
todos los Seminarios, señalaban las normas de admisión, el calendario escolar,
las vacaciones y días de fiesta, las horas de clase y estudio y los exámenes
trimestrales y anuales. La 2ª sección, recogía las normas fundamentales del
profesorado, indicaba: las cualidades que debían tener, número de profesores,
incompatibilidades, la figura del Prefecto de estudios y de la Junta de
profesores. La 3ª sección desarrollaba el espíritu, los métodos de enseñanza y
los recursos pedagógicos. El espíritu de la enseñanza debía de ser, como es
lógico, enteramente sacerdotal.
El método en los
cursos de Humanidades debían de ser los "tradicionales: pero sin rechazar
lo moderno"[86].
Y en Filosofía y Teología el método que debía seguirse era el
escolástico-tomístico. En cuanto a los recursos pedagógicos, se señalan: la
elección de buenos libros de texto, la organización de Bibliotecas generales y
especializadas, las colecciones de revistas, laboratorios, gabinetes y museos;
la utilización de mapas, cuadros murales; y, que el número de alumnos fuese
como máximo de 40 por aula.
Nos acercaremos
brevemente a los dos últimos ciclos que presenta el Plan de Estudios.
Los cursos
filosóficos comprendían tres años y debía enseñarse la Filosofía en todas sus
partes: Lógica, Criteriología, Filosofía del lenguaje, Ontología, Cosmología,
Psicología racional y experimental, Teodicea, Ética, Derecho Natural e Historia
de la Filosofía. Además debía continuarse el estudio literario de las lenguas:
castellana, latina y griega; Ciencias Físicas, Naturales y Matemáticas; y a lo largo
de los tres años, Religión e Historia Civil[87].
Siguiendo las enseñanzas de los Papas, el Plan recuerda que la Filosofía:
"a) Ha de enseñarse la
tradicional y cristiana, escolástica y tomística.
b) El método debe ser el tradicional
escolástico-tomístico; pero adaptado al momento contemporáneo.
c) Ha de haber frecuentemente
disputas y repeticiones, y en ellas ha de guardarse la forma silogística.
d) La lengua en la clase de
Filosofía y en todos sus actos ha de ser la latina"[88].
Además el estudio
de la Filosofía ha de estar, "coordinado al estudio de la Teología y
subordinado al fin altísimo de todos los estudios seminarísticos, que es la
formación de los Ministros de Jesucristo"[89].
Por ello propone seguir intelectual y cordialmente el Tomismo genuino,
indicando a los profesores el método:
"a) dar verdaderas
prelecciones, exponiendo la materia con conexión y gradación rigurosa,
b) probar con solidez,
c) explicar los vocablos
axiomas técnicos y adaptar sus ideas al lenguaje moderno,
d) exponer y aplicar los altos
principios de la Metafísica, y
e) cuando pueda hacerse,
comprobar los argumentos racionales con argumentos experimentales"[90].
Un apartado
especial lo dedica la Comisión Episcopal a resaltar la naturaleza, valor y
condiciones del Tomismo. Partiendo del canon 1366*2, del Código de Derecho
Canónico y profundizando en la encíclica Aeternis
Patris (4-8-1879) de León XIII, y la consulta realizada (1916) a Benedicto
XV, sobre la vigencia y valor de las 24 Tesis Tomistas publicadas por la S. C.
de Seminarios y Estudios en 1914[91],
y siguiendo por las posteriores enseñanzas de Pío XI en las encíclicas Officiorum omnium (1-8-1922) y Studiorum ducem (29-6-1923)[92],
los Obispos de la Comisión Episcopal glosan la importancia, límites y modo de
utilizarlo[93].
En cuanto al ciclo
teológico, el Plan organizaba el estudio de la Teología en 4 años. Las materias
de estudio aparecen divididas en obligatorias y subsidiarias. A las primeras
corresponde la Teología Dogmática y Moral, Sagrada Escritura, Historia
Eclesiástica, Derecho Canónico y Liturgia, Elocuencia Sagrada, Canto
eclesiástico y Teología Pastoral, y son las que ya señalaba el Código de
Derecho Canónico (c. 1365* 2, 3). De ellas, el plan asigna a las cinco primeras
al carácter de principales; al segundo grupo, como auxiliares o secundarias,
pertenecen: Griego Bíblico, Hebreo, Patrística, Arqueología, Arte Sacro, etc.[94].
El Plan dedica un apartado a cada una de las materias dando orientaciones y
sugerencias sobre cada una de ellas.
Así, la Teología Dogmática, que es la "Reina de las ciencias", ha de fundamentarse en la Sagrada Escritura y en la Tradición, en las decisiones de los Pontífices y en los Decretos de los Concilios. El método en la teología, como ya había señalado León XIII, ha de ser el "escolástico-tomístico simultaneado con el racional y positivo, sin que la erudición perjudique el raciocinio"[95]. Y recuerdan que la Teología Dogmática "no se limita [sólo] a proponer la verdad de la fe, [sino que] es