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PLAZA MAYOR

 

 

LA RESTAURACIÓN DE LOS ESTUDIOS ECLESIÁSTICOS TRAS LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1939-1952)

 

Luis María Torra Cuixart es sacerdote diocesano de Zaragoza,

donde cursó los estudios eclesiásticos. Tras varios años en el ejercicio activo de la pastoral rural y urbana,

pasó a estudiar en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde obtuvo la licenciatura

y el doctorado en Teología Dogmática, pasando a formar parte del elenco del profesorado

del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA). A fecha de hoy,

desempeña las funciones de vicario parroquial en una parroquia de la ciudad

y es el responsable de la Delegación Diocesana de Pastoral Vocacional.

El trabajo que nos presenta aquí es el que elaboró para la lección inaugural

del CRETA para la apertura del curso académico 2005-2006.

 

 

 

 

1. Introducción.

1.1. Herencia del pasado.

1.2. La nueva situación, tras la guerra civil.

1.3. Situación material de los Seminarios.

 

2. Centros Superiores de formación teológico-sacerdotal.

2.1. Restauración de la Universidad Pontificia de Salamanca.

2.2. Universidad Pontificia de Comillas.

2.3. Facultad de Teología de Granada.

2.4. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

2.5. Colegio Español de San José (Roma).

2.6. Centro de Estudios Eclesiásticos (Roma).

 

3. Los seminarios diocesanos.

3.1. Plan de Estudios y Reglamento Escolar (1941).

3.2. Estado de las Bibliotecas de los seminarios.

3.3. Manuales de teología.

3.4. La Teología en los años cuarenta.

 

4. Otras iniciativas.

4.1. Colegio Santiago Apóstol (el Salvador) de Salamanca.

4.2. Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián y las Conversaciones Católicas de Gredos.

4.3. Escuelas Sociales Sacerdotales de Málaga, Vitoria y el Instituto Social León XIII.

 

5. Algunas personalidades relevantes.

 

6. Conclusiones.

 

Bibliografía.

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Introducción[1]

 

En 1939, España salía de una larga y cruel guerra fratricida, con muchas víctimas por ambos bandos y unas pérdidas materiales inmensas. España perdió unas 800.000 personas, cuando no llegaba a una población de 30 millones.

 

La Iglesia se vio desde el primer momento alineada a uno de los bandos, lo que hizo que fuese una de las instituciones que más perdió. Miles de cristianos de a pie, de religiosos y religiosas, de sacerdotes y seminaristas y hasta Obispos, fueron no sólo víctimas de la guerra, sino víctimas de la persecución religiosa -la gran mayoría de ellos testigos de la fe-, auténticos "mártires", sobre todo en los primeros meses, de la guerra.

 

Con ese fondo de una Iglesia martirizada, se desencadena a partir de 1939 una voluntad de fidelidad nueva, de seguimiento heroico en la reconstrucción de España, tanto en el orden material, levantando y reconstruyendo templos y edificios, como reponiendo vidas eliminadas. Con razón se ha aplicado a este periodo de la Iglesia española, la célebre frase de Tertuliano, "la sangre de los mártires ha sido siempre semilla de cristianos", aplicada a la vida sacerdotal.

 

El límite temporal de esta disertación lo ponemos en el año 1952, cuando en el marco de XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, fueron ordenados 840 sacerdotes en el estadio de Montjuich (el 31 de mayo), y otros muchos mucho se ordenaron a lo largo de ese mismo año. Era la primera generación de sacerdotes formada después de la guerra. En 1952, por otra parte, España comienza una nueva etapa de apertura hacia Europa y al mundo: se levantaba el cerco diplomático internacional y entró a formar parte de la UNESCO. En 1953 se firmó el Concordato entre España y la Santa Sede (27 agosto), y tuvo lugar la firma de los acuerdos de cooperación militar con EE.UU. (26 septiembre). En 1955 ingresó en las Naciones Unidas y en 1957, en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial.

 

D. Lamberto de Echeverría, hablando de los protagonistas de estos años, escribía:

 

"En conjunto, el clero Español se ha mostrado admirable. Digámoslo con verdad y sin pasión: diezmado cruelmente, después de haber sucumbido sus miembros a millares, a pesar de las consecuencias que en su propia formación cultural habían dejado los años de persecución, el clero español (y naturalmente incluyo en esta expresión a todos los religiosos), respondió en las horas de la posguerra con una generosidad, un entusiasmo y un afán de trabajo acaso sin parigual en la sociedad española"[2].

 

 

 

 

 

 

1.1. Herencia del pasado

 

El panorama de los estudios eclesiásticos y de la formación sacerdotal de finales del siglo pasado ha sido descrito como "desolador" por Vicente Cárcel Orti[3], a la luz del Informe Vico (de 1891)[4], a pesar del intento que había supuesto la creación del Seminario de El Escorial, por San Antonio M.ª Claret (en 1861) como centro superior de estudios eclesiásticos y de la creación de los Seminarios Centrales (más tarde las Universidades Pontificias) a raíz del Concordato de 1851. Simultáneamente a la elaboración del informe, se funda en Comillas el Seminario Pontificio San Antonio de Padua (1892) y comienzan su andadura, en el mismo año, el Colegio Español de San José en Roma y el Colegio de Estudios Eclesiásticos Superiores de Calatrava, en Salamanca, obra del Obispo Tomás de Cámara[5].

 

Otros proyectos posteriores de creación de centros superiores de formación intelectual del clero español, en el primer tercio del siglo XX, fueron las tentativas del Obispo de Madrid-Alcalá, José M.ª Salvador Barrera, con su Academia Universitaria Católica (en 1908) con un proyecto preparado por D. Juan Zaragüeta, y el de su sucesor, D. Prudencio Mello y Alcalde y el conde de Mieres, D. Manuel Loring (en 1918) después de la Primera Guerra Mundial. En Barcelona el proyecto del Instituto Balmes como Instituto Superior de Estudios Católicos, promovido por el P. Casanovas (s.j.) y los sacerdotes Luis Carreras, Carlos Cardó (desde 1911), y más tarde apoyados por el cardenal Vidal Barraquer en 1921; también la creación del Centro Superior de Estudios

Eclesiásticos, promovido por el Obispo de Barcelona Dr. Miralles y la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en 1929; y los proyectos de una Universidad Católica Vasca (1932) en el contexto autonómico de la Segunda República y de revalorización de la lengua y cultura vasca.

 

Pero la división de los católicos, la misma concepción del ejercicio del ministerio episcopal, las suspicacias e intereses particulares de los implicados en los distintos proyectos, hicieron inviables estas tentativas, antes de la guerra civil española.

 

Cabe destacar, tras la Constitución Deus Scientiarum Dominus (1931), en los años inmediatamente anteriores de la guerra civil, el gran proyecto de una Universidad Católica promovida por D. Ángel Herrera Oria al frente de la Acción Católica Española apoyado por la Conferencia de Metropolitanos y cuyos primeros pasos se plasmaron en 1933 con la creación del Instituto Pedagógico, el Instituto de Cultura Superior Femenina, el Centro de Estudios Universitarios y los Cursos de Verano de Acción Católica de Santander, en cuyos proyectos entraban también la creación de Facultades de Filosofía, Teología y Cánones[6], en la ciudad de Toledo.

 

Respecto a los Seminarios Centrales y diocesanos, tras el Informe Vico, vemos que, por la penuria de medios económicos y profesorales, no fueron capaces de remontar, salvo raras excepciones, la mediocridad que venían arrastrando de las décadas anteriores. Los Seminarios Centrales convertidos en Universidades Pontificias (en 1896) no resistieron las exigencias académicas y materiales que pedía la constitución Deus Scientiarum Dominus. No obstante, cabe destacar en todo el primer tercio del siglo XX la actuación de D. Manuel Domingo y Sol y los Operarios Diocesanos por él fundados (en l883) con los Colegios de Vocaciones San José y su labor en la dirección de seminarios diocesanos en su parte religiosa, disciplinar y administrativa, y la fundación del Colegio Español de San José en Roma (1892) para que los mejores seminaristas españoles pudieran realizar los estudios filosóficos, teológicos y canónicos en las Universidades romanas. Pero también cabe señalar el impulso que se dio a finales de este primer tercio de siglo en algunos seminarios diocesanos como los de Pamplona[7], Málaga[8] y Vitoria[9].

 

Las voces que desde León XIII clamaban por una elevación del nivel material, intelectual y espiritual de los seminarios frente a los nuevos retos que planteaba el mundo y la sociedad y que se urgían desde el Código de 1917 y la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios (creada en 1915) tuvieron eco en España con la celebración del Congreso Nacional de Educación (de 1924) y la Semana Pro-Seminario de Toledo (1935), pero las conclusiones y propuestas no pudieron ponerse en práctica y ser efectivas, hasta después de la guerra civil española, por lo que podemos detectar de la Visita Apostólica a los Seminarios Españoles de 1934[10] y algunas voces críticas de aquellos años[11].

 

 

1.2. La nueva situación, tras la guerra civil

 

En 1939 la Iglesia española y especialmente el clero tiene la sensación de salir de una larga persecución, que el cardenal Goma ya había calificado de "cruelísima, inhumana, bárbara, antiespañola y anticristiana"[12]. Según el famoso trabajo de D. Antonio Montero, 12 Obispos y 1 administrador apostólico, 4184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2365 religiosos, 283 religiosas y un innumerable número de seglares habían sido víctimas de ella, muchos de ellos dando testimonio de fe en el martirio[13]. Algunos de estos eclesiásticos, beneméritos estudiosos de las ciencias eclesiásticas, como los escrituristas: Ramón Ejarque (Tortosa), Juan C. Escribano (Cuenca), Pedro Ginebra (Barcelona), Mariano Revilla (Agustino, de El Escorial), Luis Palacios Lozano (Benedictino), o el historiador Zacarías García Villada (Jesuita), o en otros campos Ignacio Casanova (Escolapio). Al final de la contienda civil se tiene la impresión de que la Iglesia fue "la gran víctima" de la guerra, título de la obra del canónigo de Salamanca, Aniceto Castro Albarrán[14]. Pero también el fin de la guerra supuso la victoria total de una parte de España sobre la otra.

 

La Iglesia y el Estado, rescatando valores tradicionales, se unían para conseguir una nueva cristiandad basada en valores del Siglo de Oro y el pensamiento de nuestros grandes escolásticos; culturalmente se propugnaba una vuelta al gran siglo XVI español, dando la espalda a la inmediata historia de España de los siglos XVII y XVIII que se veían como nefastos. La legislación del nuevo Estado se preocupó desde el primer momento de dar un sentido cristiano y católico a todos los ámbitos de la vida: familia, enseñanza, moral, cultura, lo social, etc.[15]. Desde ahí, la Iglesia experimentó una fuerte sentido de liberación y responsabilidad. Por un lado, la libertad fundamental de vivir: se hacía posible la predicación y el culto, interrumpido en media España por la persecución religiosa y, por otro, libertad de acción: el campo estaba abierto, sin trabas de ninguna clase. La sensación de una vuelta a una cierta normalidad era total. Los sacerdotes vivieron además, una nueva libertad interior: por primera vez en muchos años podían dedicarse a su ministerio sin interferencias de ningún tipo.

 

Por otra parte, desde el primer momento se emprendió la tarea de reconstruir, rehabilitar y abrir, aunque fuese en precario, los edificios total o parcialmente destruidos, requisados por el gobierno de la República y en el transcurso de la guerra[16]. A la hora de la reconstrucción hay que tener en cuenta que la guerra había sumido a España en una grave crisis económica. La política económica de los años siguientes, condicionada por la II Guerra mundial 1939-1945 y el aislamiento a que se vio sometida por el cierre posterior de fronteras, estuvo supeditada a un fuerte intervencionismo estatal lo que produjo graves desequilibrios. El sistema de racionamiento favoreció el mercado negro y el estraperlo[17]; todos los productos estaban intervenidos y era necesario acudir a los organismos oficiales para cualquier necesidad. El Estado es el que tuvo que subvenir para todo lo que supusiera una reconstrucción o restauración. Para ello, creó la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, y la Junta Nacional de Reconstrucción de Templos (1941), dependientes ambas del Ministerio de la Gobernación.

 

1.3. Situación material de los Seminarios

 

Por lo que respecta a los Seminarios, una primera evaluación general del estado material de los Seminarios nos la ofrece, en julio 1938, antes de terminar la guerra, el Arzobispo de Toledo, cardenal Gomá:

 

"los daños causados en nuestras cosas por la guerra son enormes. Ignoramos aún lo que habrá pasado en las zonas no reconquistadas. Ciñéndonos a nuestros Seminarios, he aquí algunos datos que nos darán la medida de la magnitud de los daños sufridos, sólo en las Diócesis cuya capital había quedado libre o había sido liberada en septiembre del año pasado: de los 38 Seminarios, 29 estaban destinados a usos de guerra: cuarteles, hospitales, cárceles, orfanatos; de los demás, unos habían sido destruidos, otros quedaban para su uso corriente"[18].

 

Estas primeras impresiones del cardenal Goma, una vez terminada la guerra, se confirmaron. En la zona republicana los seminarios, saqueados en un primer momento, fueron habilitados como cárceles, cuarteles, albergues de refugiados o campos de prisioneros, como ocurrió en Valencia, Barcelona, Madrid, Lérida, Oviedo, Almería, Comillas, Ciudad Real, Segorbe, Solsona, Jaén, Gaudix-Baza; el de Toledo fue quemado. Otros fueron destruidos totalmente, como los seminarios menores de

Belchite (Zaragoza) y Jaca, y los seminarios mayores de Teruel, Barbastro,

Tortosa y Santander. En la zona nacional, no corrieron igual suerte pero, fueron convertidos en cuarteles, hospitales de sangre, orfanatos o requisados por el ejército; así en Ávila, Comillas, Córdoba, Vitoria, Pamplona, Zaragoza, Burgos, Lugo, Tarazona. Los seminarios de Orihuela, Cuenca y Gerona eran, aún después de la guerra, prisiones militares. La tarea de rehabilitarlos fue obra de enormes trabajos y de generosidad sin límites.

 

En la ponencia que hizo el Obispo de Vitoria en la I Asamblea de Rectores de Seminarios en 1944, basándose en las relaciones previas enviadas por los rectores, reconoce que el estado del mobiliario y del material pedagógico de los Seminarios, causa pena.

"Pena cuando se leen [en los informes] frases como estas: el mobiliario es escaso y malo; anticuado e inservible; viejo, insuficiente y muy deteriorado; reúne ínfimas condiciones"[19].

 

La nueva situación va a permitir que a lo largo de los vienticinco años siguientes, los obispos emprendan grandes obras para dotar de edificios modernos a los seminarios. Las revistas Sígueme, Ecclesia y Signo, son testigos de las campañas en pro de los Seminarios, para resaltar su importancia y sentido para el futuro de España y recabar fondos por medio de colectas. En ellas van apareciendo continuamente noticias sobre la colocación y bendición de primeras piedras, inauguración y bendición de nuevos pabellones y edificios[20].

 

 

2. Centros Superiores de formación TEOLÓGICO-sacerdotal

 

Las dificultades, deficiencias y negligencias de la etapa anterior a la guerra civil de cara a la creación de centros superiores de formación eclesiástica, van a verse superadas en cierta medida al encontrar el clima favorable de la nueva situación española. Ella va a favorecer la creación de instituciones nuevas o de potenciación y reorientación de otras existentes.

 

2.1. Restauración de la Universidad Pontificia de Salamanca

 

El 6 de noviembre de 1940 se inauguraba el curso de las Facultades de Sagrada Teología y Derecho Canónico en la recién restaurada Pontificia Universidad Eclesiástica de Salamanca[21]. La Universidad Pontificia quería ser continuación de las antiguas facultades eclesiásticas de la Universidad de Salamanca fundada por Alfonso X el Sabio en 1254 y suprimidas en 1852[22]. Sorprende la prontitud de este logro tras tantos años de intentos de creación de centros superiores de formación del clero o de una universidad católica. En ello tuvo papel importantísimo el Obispo de Salamanca, D. Enrique Pla y Deniel.

 

Llama la atención que la primera Conferencia de Metropolitanos de la posguerra (Toledo, 2-5 mayo 1939) tratase el asunto en el punto 10 del tema III sobre la Acción Católica. Los Arzobispos veían necesaria la creación de una Universidad Católica libre, según consta en el Acta de la Conferencia, pero reconocen "que no puede, hoy por hoy, abordarse una obra de tal magnitud [dados] los problemas urgentísimos del momento y

la necesidad de levantar tanta ruina como han sufrido la mayoría de nuestras iglesias, obligan a demorar esta empresa". Los Arzobispos hacían "votos para que las [universidades] del Estado sean católicas vere et plene, como lo fueron las gloriosísimas de otros tiempos en nuestra patria"[23].

 

Rastreando el Boletín Oficial de la diócesis de Salamanca, encontramos pocos días más tarde, la carta pastoral El triunfo de la Ciudad de Dios y la Resurrección de España (21 mayo 1939). En ella, Pla y Deniel, hacía un balance de los tres años de guerra, señalaba los logros conseguidos en la nueva situación y apuntaba las tareas pendientes. El obispo hace una primera alusión al tema de la Universidad católica; veía que,

"si toda la Santa Cruzada se ha realizado no sólo para defenderse contra el comunismo, sino con el alto ideal de lograr de nuevo una España grande y libre, tenemos como indudable que este ideal no se lograría si España no volviese a tener Universidades tanto civiles como eclesiásticas dignas de este nombre"[24].

 

La crónica de la solemne inauguración de la Universidad aparece en el Boletín del mes de noviembre de 1940 junto con la noticia de la adjudicación de una subvención del Ministerio de Educación Nacional de 100.000 pesetas[25].

 

Dos años más tarde, el mismo Boletín, en la 'Crónica diocesana' del mes de marzo de 1942, recoge la aprobación de los Estatutos de la Universidad por cinco años; la constitución del Consejo de Obispos formado por los de Salamanca, Avila, León, Pamplona, Vitoria y el Arzobispo de Valladolid[26], y la solemne velada de despedida del Gran Canciller, el Obispo Pla y Deniel, recién promovido a la Sede Primada de Toledo[27].

 

Nueva alusión a la Universidad la hace Pla y Deniel en la carta pastoral de despedida al salir de la diócesis: Nuestros siete años de Pontificado en Salamanca en la que hace un balance de su actuación desde que llegó a la diócesis. Al tratar de los motivos del restablecimiento de la Universidad, apunta "la gloriosa historia de la antigua Universidad Salmantina allanó por completo el camino para lograrlo", pero señala también que "el Ministro de Educación Nacional ofreció en nombre del Gobierno del Caudillo Franco, una respetable subvención anual"[28]. Junto a estas razones habría que añadir la de que Salamanca había sido cuartel general de Franco el primer año de la guerra y éste debía al obispo especiales favores[29] y muy probablemente tuviera que ver también el proceso negociador para el restablecimiento de la normalidad concordataria (de 1851) que durante esos meses tenían lugar entre el Gobierno de Franco y el Vaticano[30].

 

En 1945 se estableció la Facultad de Filosofía, y en 1949 la de Letras Clásicas. El número de alumnos, pobre en principio, fue paulatinamente creciendo[31] a la vez que se iban abriendo en Salamanca, casas de formación, colegios mayores, seminarios y residencias universitarias[32]. Entre estos cabe destacar el Colegio M. Jaime Balmes para sacerdotes estudiantes en el que surgió la revista Incunable[33]. Por el Jaime Balmes, pasaron como estudiantes en un primer momento: Manuel Aparisi, José M.ª Javierre, José Andrés Mato, y los que después fueron Obispos: Luis M.ª Larrea y

José Cervino. Lamentablemente no se ha hecho un catálogo de sacerdotes que allí residieron. También el Colegio San Juan Evangelista, fundado por D. Avelino López de Castro para jóvenes de Acción Católica, del que surgiría la Hermandad de Operarios Evangélicos (después Acies Christi) y el Colegio M. Santiago Apóstol para vocaciones tardías y al que volveremos más tarde.

 

En cuanto al cuadro de profesores según los proyectos de Pla y Deniel, la Universidad mantuvo siempre el carácter abierto a los dos cleros. Si al principio fueron solamente sacerdotes diocesanos, Jesuitas, Dominicos, Carmelitas Descalzos, Claretianos y Capuchinos[34], más tarde se incorporaron Operarios Diocesanos, Agustinos, Mercedarios, etc., en todas sus Facultades[35].

 

En 1943 la Universidad auspició la iniciativa de D. Ángel Herrera Oria, aún sacerdote, y los seglares D. Máximo Cuervo y José M.ª Sánchez Muniain, de crear dentro de La Editorial Católica, la Biblioteca de Autores Cristianos, para ofrecer al público culto español obras clásicas y modernas de carácter fundamental como "el pan de nuestra cultura católica"[36].

 

La Universidad siguió un proceso constante de institucionalización. En 1952 se creó el Centro de Espiritualidad y en 1954, el Centro de Estudios Bíblicos y Orientales[37]. La Universidad Pontificia, sus colegios, alumnos y profesores, se va a convertir en pocos años en centro de promoción y elevación intelectual y espiritual del clero; sus inquietudes e iniciativas tendrán repercusión en toda España.

 

2.2. Universidad Pontificia de Comillas

 

El 23 de enero de 1932 la Compañía de Jesús había quedado disuelta como consecuencia de las leyes secularizadoras de la II República. Comillas, dado su estatuto especial (estaba bajo la titularidad de la Santa Sede), pudo mantener la normalidad gracias a la gestiones del Nuncio que dio plenos poderes al obispo de Santander Mons. Eguino y nombrar a D. Aniceto Castro Albarrán, y a D. Baltasar Mayorga, ambos antiguos alumnos del centro, rector y vicerrector de la Universidad. La comunidad de jesuitas se disolvió, pero los profesores pudieron seguir residiendo en la cercana población de Comillas atendiendo las clases. El 18 de julio de 1936, Comillas quedó en zona republicana y el 12 de agosto las instalaciones de los padres jesuitas fueron asaltadas; instalaciones y edificios fueron confiscados y los residentes llevados prisioneros a Santander[38]. En octubre de 1937, liberada ya Santander, se inició el curso en Comillas en condiciones muy precarias por el abandono sufrido en sus instalaciones y porque una parte del edificio fue destinado a hospital. Habían desaparecido muchos libros, los objetos litúrgicos, el material escolar, camas, muebles; a pesar de ello, el curso comenzó el 10 de noviembre bajo el rectorado del P. José Escudero, que durante tres años dirigió la restauración material y académica de la Universidad. Mientras tanto hay que señalar que la Santa Sede había aprobado el 3 de diciembre de 1935 los estatutos de la Universidad adaptados a la Deus Scientiarum Dominus, y el 3 de mayo de 1938 se había restaurado la Compañía de Jesús por las nuevas autoridades nacionales[39] . Al P. Escudero le sucedieron los Rectores Joaquín Salaverri (1940-1943), Javier Baeza (1943-1949) y Pablo Pardo (1949-1953)[40].

 

Comillas sufrió también, como todos los seminarios, las condiciones de pobreza y dureza de la vida nacional en la posguerra, agravadas por la necesidad de abastecer a colectivos numerosos: falta de comida, carbón, apagones de luz, restricciones de agua,... A pesar de ello en 1940 se incorporan a Comillas los estudiantes jesuitas y en 1942 se pone la primera piedra del Colegio Máximo que se inauguró en 1944 como un edificio más del complejo de Comillas. En 1942 tienen lugar las fiestas del cincuentenario de la fundación del Seminario[41]. El eco de las celebraciones en la revista Ecclesia pretende atraer la atención a las necesidades materiales y divulgar las posibilidades de futuro de la institución, entre ellas la creación de una Facultad de Humanidades[42]. El balance que se hace entonces de los alumnos salidos de Comillas es: 922 sacerdotes y 10 obispos; de 815 sacerdotes supervivientes: 85 son canónigos o dignatarios; 204 son párrocos; 10, son rectores de seminarios; 22, profesores de Universidad; 67, profesores de seminarios y 59, de enseñanzas medias; 29, dirigentes de Acción Católica, y 16 de Obras Misionales Pontificias, además de 105 religiosos[43]. Entre las diversas iniciativas y celebraciones de las bodas de Oro, además de salir a la luz pública la revista Miscelánea de Comillas[44], se dotó de 5 becas para estudiantes hispanoamericanos, como inicio del que será Colegio Hispanoamericano en Comillas[45].

 

Pedagógicamente, Comillas seguía la orientación humanística clásica de todos los colegios de la Compañía, potenciada en estos años por la orientación de las nuevas leyes civiles[46]. Para saber lo que supuso Comillas en el orden intelectual en aquellos años, la revista Miscelánea de Comillas dedicó un número especial con motivo del Centenario (1992) con diferentes estudios sobre la formación bíblica, filosófica, canónica, moral, humanística, literaria y misional de la Universidad, a ellos remitimos[47]. En el contexto de estos años hemos que situar al P. Manuel García Nieto (1894-1974)[48], director espiritual del Seminario, que marcó fuertemente la vida espiritual y apostólica de muchas generaciones de seminaristas comilleses. El P. Nieto permaneció como director espiritual prácticamente hasta el traslado de la Universidad a la sede de Cantoblanco- Madrid (en el curso 1967-68).

 

 2.3. Facultad de Teología de Granada

 

Otro de centro de formación sacerdotal con posibilidad de otorgar grados en el nuevo contexto de la posguerra fue la Facultad de Teología y el Seminario interdiocesano de Granada. El arzobispo de Granada, D. Agustín Parrado García, había sido nombrado Administrador Apostólico de las diócesis de Jaén, Guadix y Almería en 1937 y, ante la necesidad de proveer de un centro idóneo de formación sacerdotal, solicitó en 1938 permiso a Roma para abrir un Seminario Central, al estilo de los que preveía el Concordato de 1851[49] aún vigente, y agrupar a los seminaristas de la provincia eclesiástica de Granada. Contaba para ello con el profesorado del Colegio Máximo de los PP. Jesuitas de la provincia de Andalucía, reinstalados en 1937 en Granada tras la expulsión republicana. Los PP. Jesuitas, durante el exilio forzoso, se habían desperdigado por distintos centros de enseñanza de Francia, Bélgica y Alemania, y ahora, devueltas sus propiedades, habían reiniciado las actividades del Colegio. El Colegio Máximo, había comenzado a publicar en 1938 la revista Archivo Teológico Granadino, como revista de investigación teológica, y la colección Biblioteca Teológica Granadina, con dos secciones: una de monografías teológicas y otra, se pensaba, con las tesis doctorales presentadas en la Facultad[50]. D. Agustín Parrado, erigió en agosto de 1939 el Seminario Interdiocesano en Granada puesto bajo la dirección de los PP. Jesuitas[51] y poco tiempo después (en febrero de 1940), se concedió a la Facultad de Teología[52] la posibilidad por dos años, de conceder a los alumnos de la provincia eclesiástica de Granada los grados académicos que se concedían a los alumnos religiosos de la Compañía, según la constitución Deus Scientiarum Dominus.

 

La nueva Facultad comenzaba el curso el 31 de octubre de 1939, con 100 alumnos teólogos (55 estudiantes jesuitas y 45 seminaristas diocesanos) teniendo como profesores, entre otros, a los PP. Miguel Nicolau, Joaquín Jude Díaz y José Antonio de Aldama.

 

El Seminario y Facultad a pesar de estar restringido a la provincia eclesiástica de Granada alcanzó pronto un respetable nivel de estudios, como nos indicó D. Antonio Montero, actual Arzobispo Emérito de Mérida-Badajoz, que hizo los estudios humanísticos, filosóficos y teológicos allí entre 1938 y 1950:

"... La suerte que tuvimos en aquellos años de poder estudiar con los PP. Jesuitas venidos de distintas Universidades europeas. Así en Teología manejábamos el manual de Lercher. En cuanto a lo espiritual -dice- todo respiraba siglo XVI español: Santa Teresa, Beato Ávila, P. Rodríguez, Lapuente, Molina, etc., pero no en el sentido nacional-católico...; también recibíamos la espiritualidad francesa que venía a través de Vitoria y de la revista Surge; de espiritualidad en general leíamos también Apostolado Sacerdotal y más tarde, Incunable"[53].

 

Referido a esta revista, D. Antonio había escrito sobre su repercusión en Granada. La cita es larga, pero es muy expresiva:

 

"... Teníamos clara conciencia de ser la primera generación de la posguerra. En la infancia y la adolescencia estuvimos marcados por el idealismo religioso de los años cuarenta, por las estrecheces económicas y el aislamiento forzado del país, y por una formación sacerdotal tan recia en sus raíces ascéticas como limitada en sus implicaciones pastorales y sociales.

Yo amo profundamente aquella época,... por los valores afirmativos que poseía: fe compacta y gozosa, solidaridad sacerdotal, cariño sin traumas a la Iglesia visible. No era conformismo, no.... Hacíamos una revistilla -Surco- donde constan nuestras rebeldías contra el casticismo retrospectivo; nuestra apertura a los escritores del 98; nuestra sensibilidad litúrgica de nuevo cuño; nuestra voluntad de acercamiento al estudiante de la calle; nuestro empeño por superar infinitos tópicos del estamento clerical. Éramos reformadores sin angustia, un tanto ensayistas y literatos, poco abiertos a la realidad espiritual y material de nuestro pueblo...

Los de Salamanca [a través de Incunable] nos disteis a los granadinos la seguridad fraterna de no estar solos en nuestros atisbos, a más de un desparpajo universitario, que era mucho pedir a unos muchachos aislados del sur del país y en 1948... Este espíritu carecía de precedentes en nuestras publicaciones eclesiásticas.

Por primera vez el clero secular, además de lector, era autor de una revista destinada a sus miembros; y ello, sin exclusivas aduanas, al menos por parte de la Redacción [de la revista Incunable].

Significaba la presencia en España de una generación sacerdotal que lanzaba al aire sus valores propios. Habría que comparar los números del primer año con los paralelos de otras revistas eclesiásticas de la época para comprobar si me equivoco"[54].

 

2.4. Consejo Superior de Investigaciones Científicas

 

Dentro del programa normalizador de la situación española y de la labor restauradora de las instituciones en los primeros meses de la posguerra se encuentra la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1939[55], obra José Ibañez Martín, miembro de la A.C.N. de Propagandistas y segundo Ministro de Educación Nacional del gobierno de Franco.

 

El CSIC nacía, según indicaba la Ley fundacional, como heredero de todos los organismos que dependían de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (creada en 1907 y abolida por el Gobierno de Burgos en 1938), de la Fundación de Investigaciones Científicas y Ensayos de Reformas (creada en 1931) y del Instituto de España. Su finalidad era la fomentar, orientar y coordinar la investigación científica nacional y renovar la gloriosa tradición científica española. Pero ello va a ser una reacción a todo lo que habían supuesto estas entidades en el mundo de la cultura y de la ciencia de la etapa anterior.

"Tal empeño -decía el preámbulo de la ley de creación del consejo- ha de cimentarse, ante todo, en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII. Para ello, hay que subsanar el divorcio y la discordia entre las ciencias especulativas y experimentales y promover en el árbol total de la ciencia el armonioso desarrollo de algunas de sus ramas, con anquilosamiento de otras. Hay que crear un contrapeso frente al especialismo exagerado y solitario de nuestra época, devolviendo a las ciencias su régimen de sociabilidad, el cual supone un franco y seguro retorno a los imperativos de la coordinación y jerarquía. Hay que imponer al orden de la cultura, las ideas esenciales que han inspirado nuestro Glorioso Movimiento, en las que se conjugan las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad"[56].

 

Con ello la Teología se incorporaba a las tareas de la investigación científica oficial. Bajo el Patronato Raimundo Lulio, el Instituto Francisco Suárez acogió la investigación teológica junto a los Institutos dedicados a la Filosofía y Derecho. Se crearon los Institutos de San Raimundo de Peñafort de Derecho Canónico, Enrique Florez de Historia Eclesiástica y Arias Montano de Estudios hebraicos. Bajo el amparo del CSIC se organizaron desde muy pronto Semanas españolas de Teología, de Derecho Canónico, de Mariología, de Misionología, etc., y se crearon sus respectivas revistas.

 

A la cabeza de los distintos Consejos, Patronatos e Institutos se colocaron persona afines a la política de investigación que se iba a llevar a cabo. El Ministro de Educación Nacional se reservó el puesto de Presidente del Consejo donde se mantuvo hasta 1967; D. José M.ª Albareda, antiguo miembro de la A.C.N de Propagandistas, fue Secretario General hasta su muerte en 1966[57]. Vicepresidente del Consejo lo fue el agustino P. José López Ortíz, que en 1944 fue nombrado Obispo de Tuy. Presidente del Instituto Francisco Suárez lo fue desde el principio D. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá[58]. En 1944, de los 26 nombres que figuran al frente de los Patronatos e Institutos del Consejo, dieciséis eran eclesiásticos, nueve de los cuales eran religiosos[59].

 

En 1941 comenzaron a celebrarse las Semanas de Teología y salió la Revista Española de Teología que iban a ser, junto con las Semanas Bíblicas Españolas y la Revista de Estudios Bíblicos, el aliciente de la intelectualidad teológica española durante muchos años[60]. En conjunto las Semanas fueron un estímulo para el trabajo intelectual de profesores de Teología y Biblia de las distintas Facultades y Seminarios tanto del clero regular como secular. Promovieron, además, el conocimiento mutuo, la investigación y la divulgación teológica, a la vez que sirvieron, en estos años de penuria económica, para dar un primer impulso a la publicación de diversas obras teológicas de autores españoles[61].

 

2.5. Colegio Español de San José (Roma)

 

Fundado por D. Manuel Domingo y Sol en 1892, como hemos apuntado anteriormente, con el decidido apoyo de León XIII y del que después sería cardenal, Rafael Merry del Val, fue encomendado desde el principio a los Sacerdotes Operarios Diocesanos. Se inscribía esta fundación dentro del esfuerzo renovador de la formación intelectual del clero que propulsaba León XIII y de la corriente de instituir colegios nacionales en

Roma[62]. Se trataba de dotar a la Iglesia de España de un centro que acogiese a los mejores seminaristas de cada diócesis para que pudieran obtener grados en los distintos centros romanos y recibiesen una seria formación sacerdotal. A él dedicaron todos los esfuerzos humanos y materiales los Operarios Diocesanos[63]. Los sucesivos rectores y superiores [64] dieron al Colegio el carácter de alto centro de formación sacerdotal por su piedad, estudio y trabajo y por el que en repetidas ocasiones recibieron felicitaciones tanto de los pontífices como de los centros universitarios que frecuentaban[65].

 

El número de colegiales dependió no solo de la situación de la Iglesia en España sino también de las vicisitudes de la vida italiana y europea en general. El número de alumnos en los primeros 25 años (1892-1916) fue de 573. Después, la guerra mundial, la civil española y los comienzos de la segunda guerra mundial hizo que el número de colegiales descendiese a 453, en los veinticinco años siguientes (1917-1941). De1942 a 1967, el número colegiales llegó a 929, aunque hubo promociones (como las de 1943 y 1944) en que no hubo alumnos nuevos, pero también hubo promociones muy numerosas como las de los años 1961-1965[66].

 

En 1942, en plena guerra mundial, se cumplían las Bodas de Oro del Colegio. El balance que se hizo de los 50 primeros años de vida del Colegio era, que habían sido alumnos 900 sacerdotes, que habían obtenido 932 doctorados y 336 licenciaturas, de los que 19 habían sido o eran Obispos. El colegio pensado en un primer momento para recibir seminaristas, con el paso del tiempo y especialmente a raíz de la constitución Deus Scientiarum Dominus, fue frecuentado por sacerdotes ya ordenados que eran enviados por los Obispos para obtener los grados necesarios para desempeñar distintas funciones en las diócesis. En 1941 se dotó a estos con un nuevo Reglamento para ajustar la vida colegial a las necesidades de los sacerdotes y de la vida académica[67].

 

En cuanto a la labor cultural e intelectual del colegio, en 1913 había aparecido la revista Mater Clementísima como medio de comunicación del Colegio con los antiguos alumnos y ya, dentro de los años que nos ocupan, fue el lanzamiento de la revista literaria Estría, con el subtítulo Cuadernos de poesía que edita el Colegio Español de Roma[68]. Nació en el círculo de poesía del colegio en 1951, por impulso y aliento del vicerrector José M.ª Javierre Ortás que ya había sido cofundador en Salamanca de la revista Incunable y acababa de publicar la Vida de Pío X. En ella colaboraron, en una primera etapa los alumnos del Colegio: Julio Montalvillo, Antonio Montero, José M.ª Cabodevilla, Ignacio Escribano, José Luis Martín Descalzo, Eugenio García Amor,... y, otros de fuera, como Luis Alonso Schokel (s.j.) y el poeta José M.ª Valverde. "La revista duró poco,... [pero] de aquel equipo surgió la primera docena de periodistas y escritores dedicados a hacer presente los contenidos cristianos en la prensa, radio y televisión, y a meter en nuestro ámbito la literatura seglar"[69]. También comenzaron a aparecer los Cuadernos de Teología (1952) y Cuadernos de Escritura (1953) con trabajos de los alumnos del Colegio en estas materias.

 

En 1951 D. Jaime Flores y D. José M.ª Javierre comenzaron las gestiones para abrir el Colegio Español de Munich y en 1954 se dieron los primeros pasos para construir el nuevo Colegio en via di Torre Rossa aunque no se pudo habitar hasta 1961 y ser inaugurado en 1965[70]. El Catálogo del Centenario (1992) contabilizaba que por el Colegio habían pasado 2802 alumnos, de los cuales 8 son o han sido cardenales, uno patriarca, 11 arzobispos y 64 obispos.

 

2.6. Centro de Estudios Eclesiásticos (Roma)

 

Existía en Roma la Iglesia Española de Montserrat, antigua fundación pía resultante de la fusión de la Iglesia y Hospital de Santiago y San Ildefonso dependiente de la corona de Castilla y de la Iglesia y Hospital de Montserrat que había dependido de la Casa de Aragón. Aneja a ella contaba con una residencia para los capellanes que atendían las cargas de la Obra Pía. Administrativamente la institución dependía de la Embajada española[71]. Con intentos de dignificar la presencia de España en la ciudad eterna, se había fundado en 1911 la Escuela de Historia y Arqueología, dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios, bajo la dirección de D. Ramón Menéndez Pidal[72], pero prácticamente la Escuela no funcionó y en los años 40, la institución llevaba una vida lánguida que permitía la estancia de un número de sacerdotes que atendían las obligaciones de las capellanías.

 

En 1942 se le dio un nuevo Reglamento con intención de rehabilitar la Escuela y regular el sistema de provisión de capellanías que permitiese el acceso a sacerdotes que realizasen estudios en Roma, pero tampoco dio el resultado apetecido pues los capellanes becarios eran estudiantes de licenciatura y no investigadores en temas históricos y arqueológicos[73]. Tras la dimisión del último Rector de la Iglesia, D. Tomás García Barberana, a finales del curso 1947-48 y la llegada de Alberto Martín Artajo al Ministerio de Asuntos Exteriores y de Joaquín Ruiz Jiménez a la Embajada española ante la Santa Sede, se pretendió dar un nuevo impulso y orientación a la institución. Se buscó para ello a D. Maximino Romero de Lema (Rector desde 1948 hasta 1958), con la idea de restaurar la Escuela de Historia. D. Maximino dio los primeros pasos con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Con él se llegó al acuerdo de restablecer la Escuela y su Biblioteca. El Consejo se encargaría de los investigadores laicos y el Rector de la Iglesia de Montserrat, de los eclesiásticos. Pero poco tiempo después la Escuela se constituyó en el edificio de la Delegación de CSIC en Roma y D. Maximino tuvo que buscar otra solución para la Casa: se creó el Centro de Estudios Eclesiásticos[74].

 

D. Maximino se impuso dos tareas; constituir un primer grupo de investigadores y clarificar el carácter de Obra Pía de la institución que se había visto difuminada con los años. Unido a ello se impuso otra doble tarea, la de organizar el culto y la liturgia de la Iglesia de Montserrat que como Iglesia de la ciudad de Roma dependía del

Cardenal Vicario del Papa y liberar el edificio de los inquilinos que con el paso del tiempo se habían afincado en distintos pisos del inmueble. El primer grupo de investigadores lo consiguió invitando a diversos profesores de Seminarios y sacerdotes que estaban terminando la tesis doctoral en Roma[75], a los que se fueron añadiéndose otros en años sucesivos[76]. Como vicerrector de la Iglesia, D. Maximino buscó a Federico Sopeña[77] y como administrador a Miguel Roca Cabanellas, que años más

tarde sería vicerrector y Rector; y en 1966, Obispo de Cartagena-Murcia y Arzobispo de Valencia (en 1978).

 

En diciembre de 1949 se inauguraba oficialmente en Centro de Estudios Eclesiásticos en la Residencia Sacerdotal de la Iglesia Española de Santiago y Montserrat. La Residencia se pensó como un hogar, un centro para proporcionar estancias más o menos prolongadas a profesores e investigadores del clero secular que compaginaban la docencia en Seminarios y Universidades con la investigación en los Archivos y Bibliotecas Romanas; también admitía a algunos doctorandos, para dar continuidad e

incorporar nuevos investigadores al Centro.

 

Fruto de la labor investigadora del Centro fue la publicación de la revista Antología Annua (1953), que a partir de 1958, se especializó en estudios de historia eclesiástica. Para los temas que por su extensión no tenían cabida en la revista se fueron publicando diversas Monografías, que bien pronto constituyeron una colección. En 1955 se inició la Monumenta Hispaniae Vaticana como colección sistemática de fuentes de los archivos y bibliotecas romanas referentes a España y los Subsidia con catálogos y colecciones documentales. Con la incorporación de estudiosos de Sagrada Escritura al Centro y en colaboración con otros investigadores se comenzó en 1956 el Comentario al Nuevo Testamento y una serie de monografías del Antiguo Testamento (que a partir de 1962 fueron publicadas principalmente por la editorial Marova). Para potenciar los estudios bíblicos, D. Maximino fundó el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén en 1956[78], que quedó vinculado a la Universidad Pontificia de Salamanca en 1975.

 

 

3. Los seminarios diocesanos

 

3.1. Plan de Estudios y Reglamento Escolar (1941)

 

El plan de estudios y reglamento escolar de 1941 había sido elaborado por la Comisión Episcopal de Seminarios nombrada por la Nunciatura (Gaetano Cicognani)[79], en octubre de 1938 por encargo de la S. C. de Seminarios y Universidades de Estudios, a raíz de la Visita apostólica de 1933-1934. El encargo proponía:

"que se estudie con detenimiento el gravísimo problema de los Seminarios [españoles] y presente unas propuestas concretas acerca de un 'Reglamento de disciplina' y de los 'programas de estudios' que deberán seguir, a lo menos en líneas generales, en todos los Seminarios de España; [...y] se efectúe una concentración de Seminarios, como se ha hecho en Italia"[80].

 

Este último aspecto, el de la elaboración de un proyecto de concentración de Seminarios no se hizo público, y la misma carta del cardenal prefecto de la S. C. de Seminarios en que notificaba la aprobación pontificia del trabajo de la Comisión (22-11-1940), indicaba que de momento quedaba en suspenso[81]. La Comisión estaba formada por los Obispos de Salamanca, Pamplona y León, presididos por el Arzobispo de Valladolid. Los obispos se dedicaron a preparar lo que tenía que ser el punto de arranque de los Seminarios una vez terminada la guerra. Contaban para ello con los documentos de los últimos Papas sobre la formación de los seminaristas[82], las orientaciones especialmente dirigidas a los Obispos españoles[83], las Actas de la Asamblea del Episcopado celebrada en Madrid en mayo de 1930, las conclusiones de la Semana pro-Seminario celebrada en Toledo en noviembre de 1935 y los dictámenes emitidos por la Visita apostólica a los Seminarios españoles en 1934[84].

 

El Plan de Estudios para los Seminarios Diocesanos se estructuró en 3 ciclos: curso de Humanidades o curso Clásico (5 años), curso Filosófico (3 años) y el curso Teológico (4 años). Los dos primeros ciclos constituían los cursos de Enseñanzas Medias, al que precedía el Curso de Enseñanza Primaria y seguía el Curso de Enseñanza Superior o Teología. Se pretendía con los Cursos de Enseñanza Media, que los aspirantes al sacerdocio pudiesen presentarse a los exámenes oficiales en los institutos del Estado, según la Ley de Educación de 1938[85].

 

Las normas generales del Plan (lª sección), estaban destinadas unificar criterios para todos los Seminarios, señalaban las normas de admisión, el calendario escolar, las vacaciones y días de fiesta, las horas de clase y estudio y los exámenes trimestrales y anuales. La 2ª sección, recogía las normas fundamentales del profesorado, indicaba: las cualidades que debían tener, número de profesores, incompatibilidades, la figura del Prefecto de estudios y de la Junta de profesores. La 3ª sección desarrollaba el espíritu, los métodos de enseñanza y los recursos pedagógicos. El espíritu de la enseñanza debía de ser, como es lógico, enteramente sacerdotal.

 

El método en los cursos de Humanidades debían de ser los "tradicionales: pero sin rechazar lo moderno"[86]. Y en Filosofía y Teología el método que debía seguirse era el escolástico-tomístico. En cuanto a los recursos pedagógicos, se señalan: la elección de buenos libros de texto, la organización de Bibliotecas generales y especializadas, las colecciones de revistas, laboratorios, gabinetes y museos; la utilización de mapas, cuadros murales; y, que el número de alumnos fuese como máximo de 40 por aula.

 

Nos acercaremos brevemente a los dos últimos ciclos que presenta el Plan de Estudios.

 

Los cursos filosóficos comprendían tres años y debía enseñarse la Filosofía en todas sus partes: Lógica, Criteriología, Filosofía del lenguaje, Ontología, Cosmología, Psicología racional y experimental, Teodicea, Ética, Derecho Natural e Historia de la Filosofía. Además debía continuarse el estudio literario de las lenguas: castellana, latina y griega; Ciencias Físicas, Naturales y Matemáticas; y a lo largo de los tres años, Religión e Historia Civil[87]. Siguiendo las enseñanzas de los Papas, el Plan recuerda que la Filosofía:

"a) Ha de enseñarse la tradicional y cristiana, escolástica y tomística.

b) El método debe ser el tradicional escolástico-tomístico; pero adaptado al momento contemporáneo.

c) Ha de haber frecuentemente disputas y repeticiones, y en ellas ha de guardarse la forma silogística.

d) La lengua en la clase de Filosofía y en todos sus actos ha de ser la latina"[88].

 

Además el estudio de la Filosofía ha de estar, "coordinado al estudio de la Teología y subordinado al fin altísimo de todos los estudios seminarísticos, que es la formación de los Ministros de Jesucristo"[89]. Por ello propone seguir intelectual y cordialmente el Tomismo genuino, indicando a los profesores el método:

"a) dar verdaderas prelecciones, exponiendo la materia con conexión y gradación rigurosa,

b) probar con solidez,

c) explicar los vocablos axiomas técnicos y adaptar sus ideas al lenguaje moderno,

d) exponer y aplicar los altos principios de la Metafísica, y

e) cuando pueda hacerse, comprobar los argumentos racionales con argumentos experimentales"[90].

 

Un apartado especial lo dedica la Comisión Episcopal a resaltar la naturaleza, valor y condiciones del Tomismo. Partiendo del canon 1366*2, del Código de Derecho Canónico y profundizando en la encíclica Aeternis Patris (4-8-1879) de León XIII, y la consulta realizada (1916) a Benedicto XV, sobre la vigencia y valor de las 24 Tesis Tomistas publicadas por la S. C. de Seminarios y Estudios en 1914[91], y siguiendo por las posteriores enseñanzas de Pío XI en las encíclicas Officiorum omnium (1-8-1922) y Studiorum ducem (29-6-1923)[92], los Obispos de la Comisión Episcopal glosan la importancia, límites y modo de utilizarlo[93].

 

En cuanto al ciclo teológico, el Plan organizaba el estudio de la Teología en 4 años. Las materias de estudio aparecen divididas en obligatorias y subsidiarias. A las primeras corresponde la Teología Dogmática y Moral, Sagrada Escritura, Historia Eclesiástica, Derecho Canónico y Liturgia, Elocuencia Sagrada, Canto eclesiástico y Teología Pastoral, y son las que ya señalaba el Código de Derecho Canónico (c. 1365* 2, 3). De ellas, el plan asigna a las cinco primeras al carácter de principales; al segundo grupo, como auxiliares o secundarias, pertenecen: Griego Bíblico, Hebreo, Patrística, Arqueología, Arte Sacro, etc.[94]. El Plan dedica un apartado a cada una de las materias dando orientaciones y sugerencias sobre cada una de ellas.

 

Así, la Teología Dogmática, que es la "Reina de las ciencias", ha de fundamentarse en la Sagrada Escritura y en la Tradición, en las decisiones de los Pontífices y en los Decretos de los Concilios. El método en la teología, como ya había señalado León XIII, ha de ser el "escolástico-tomístico simultaneado con el racional y positivo, sin que la erudición perjudique el raciocinio"[95]. Y recuerdan que la Teología Dogmática "no se limita [sólo] a proponer la verdad de la fe, [sino que] es