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-------------------------------------------Seguimiento, conversión y economía en la obra lucana

 

Cuadro de texto: Rafael-Antonio Fleta Soriano pronunció esta conferencia en Zaragoza en la sede del Centro de Estudios Sociales de la CAI, el día tristemente famoso del 11 de marzo de 2004, dentro del ciclo de conferencias sobre la Doctrina Social de la Iglesia que organiza Acción Social Católica de Zaragoza.

Otro artículo suyo en esta sección de nuestra web: Embriones Congelados (septiembre 2003)

Este artículo tiene como objeto mostrar, a través de algunos textos  del evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles (Lc 3, 10-15; 5, 1-11; 5, 27-32; 9, 57-62; 14, 25-33; 18, 18-27; 18, 28-30 y 19, 1-10.  Hch 2, 42-47; 4, 32-35; 4, 36-37 y 5, 1-11), cómo se encuentran relacionados el seguimiento y la conversión con una determinada exigencia económica.  Estos textos hay que situarlos en su época y contexto (el mundo helenístico-romano) para comprender mejor qué se exigía económicamente en relación con la conversión a la comunidad lucana.  Junto a las actitudes económicas que mostraban los que pretendían entrar en la comunidad lucana, también se refleja cómo se veía la renuncia a la propiedad en el mundo antiguo y las distintas formas de hacerlo.

 

 

Importancia del tema económico

Es opinión muy común que el dinero mueve el mundo. Todo parece girar alrededor del dinero.  Negocios legales e ilegales, cifras astronómicas gastadas en loterías, empresas, gobiernos, relaciones entre países, guerras iniciadas para satisfacer unos determinados intereses económicos.  Al menos aparentemente, las relaciones sociales son impulsadas por un provecho económico y, en el fondo, por el beneficio que éste produce.  Incluso el país económicamente más poderoso de la tierra lleva escrito en sus billetes: “In God we Trust” (confiamos en Dios), como si el dinero y la divinidad formaran una unidad y la religión tuviera que ir vinculada a una determinada economía, algo contra lo que ya advertía Lucas en su evangelio: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13).

Tener asegurado el sustento económico y, si puede ser, con holgura, es afán de muchos.  Acumular bienes es visto como algo natural e incluso envidiable.  La fe en Dios se ha sustituido o, por lo menos, coexiste con la fe en el dinero como quien nos puede sacar y salvar de todas las dificultades. 

Los bienes se tienen como algo muy personal y de libre disposición para el propietario.  Las cuestiones de fe no se suelen relacionar con las monetarias.  Pero ¿qué pasaría si recibiéramos la llamada de Jesús directamente como sucede a una serie de personajes en el evangelio de Lucas pidiendo que abandonáramos todo y le siguiéramos como sucedió con los primeros discípulos (Lc 5, 1-11), Leví (5, 27-32) o el hombre rico (Lc 18, 18-27)?  ¿Podría surgir en nosotros un conflicto de fidelidades o, mejor, un intento de integrar la llamada con la posesión de, al menos, algunos bienes como sucede con algunos personajes de la doble obra lucana? En el fondo, lo que se plantea aquí es una problemática de moral socioeconómica que sigue teniendo gran importancia en la Iglesia actual.

Es precisamente en el grado de implicación económica cuando se comprueba el compromiso de una persona con una idea o creencia.  Cuando alguien se compromete con algo económicamente es, seguramente, porque cree que merece la pena.  Bien lo sabía Jesús y, por ello, a los que, en el evangelio de Lucas, llama personalmente o a los que le piden seguirle les manda que se desprendan de sus bienes, así estarán completamente libres para emprender un nuevo camino.  También en el libro de los Hechos de los Apóstoles la primera comunidad cristiana debe enfrentarse a un gran problema: su sostenimiento económico, ya que entre ellos había quienes poseían y quienes no tenían nada.  De esta forma Lucas da una nueva dimensión al aspecto económico: relaciona las consecuencias que se producen en la economía personal con la conversión y el seguimiento.

 

La economía antigua (el mundo helenístico-romano) y la renuncia a la propiedad

a) La economía antigua

Debido a esta enorme distancia que nos separa de las sociedades agrarias, necesitamos un modelo: un marco económico que nos haga comprender cómo funcionaba la sociedad agraria anterior a la revolución industrial.  Este marco económico está estrechamente relacionado con la estratificación social[1].

Dentro de la estratificación social, la diferencia entre las capas superiores de la sociedad, con muy poco número de miembros, y las capas inferiores, la mayoría de la población, era enorme.  No había una clase media como en nuestra sociedad.  Unas pocas familias poseían la tierra y eran honorables, no ocurriendo así con el resto de las familias.  La movilidad social era muy difícil, aunque no imposible.

A diferencia de las sociedades industrializadas, en las que la posición dentro de la escala social no viene determinada principalmente por la pertenencia a la familia, sino por la propia valía y los logros personales, en las sociedades agrarias y, concretamente en la helenístico-romana, el honor, el rango y la condición social contaban mucho a la hora de identificar a los miembros de un estrato social, incluso más que las condiciones económicas.  No bastaba ser rico para acceder a los más importantes puestos, sino también ser de buena cuna.

Respecto al modelo económico de las sociedades agrarias, éste no corresponde en absoluto con el de las sociedades industrializadas.  Su complejidad y su división del trabajo es menor, las formas de producción son distintas y las cantidades menores.  Recordar una serie de características y estructuras existentes en la antigüedad, nos puede aclarar el marco económico de  ésta época:

1º. Dentro de esta sociedad agraria cerrada, los recursos eran percibidos como limitados por la escasa producción de la tierra debida a la falta de medios técnicos.  Los bienes ya habían sido repartidos, por lo que quedaba conservar el status que se había recibido, ya que aunque se trabajara mucho, poco se podía hacer por conseguir más.

2º.  La unidad de producción y de consumo en las sociedades agrarias es la familia.    Esta producción apenas llegaba para cubrir las necesidades y el excedente era mínimo.  Esta economía familiar o doméstica se basaba en la reciprocidad, es decir, en la solidaridad entre sus miembros, de forma que había un equilibrio en el intercambio para que ninguna parte saliera perdiendo.

3º.  Fuera de la economía doméstica pero sin llegar todavía a la economía política practicada por los gobernantes destacaba la relación patrón-cliente.  Éste era un modelo institucionalizado de forma de intercambio económico en libertad entre personas de distinta posición social donde  las dos partes obtenían beneficios.

4º.  En el Imperio Romano, como ejemplo de sociedad agraria, existía también una economía política centralizada en el sentido de que había redistribución desde el poder central.  El centro del poder era Roma.  La riqueza era extraída de las provincias en forma de impuestos a través de sus oficiales y soldados o de los vasallos.  Esta riqueza era usada tanto para el consumo de las elites como para la inversión en obras públicas y monumentos.

b) La renuncia a la propiedad

La importancia de la propiedad en las sociedades agrarias estaba vinculada directamente con la posesión de la tierra.  La riqueza se conseguía principalmente a través de la agricultura y, en menor medida, del comercio.  Además de riqueza, la posesión de la tierra concedía prestigio social.  Así, la conservación de este patrimonio en la familia era algo básico y estaba protegido a través de la ley de la herencia.

Quien abandonaba domicilio, familiares y patrimonio, tenía que asumir la pobreza económica y renunciar al apoyo y solidaridad que en aquella cultura helenístico-romana proporcionaba la casa.  A pesar de ello, había quienes abandonaban propiedades y familia por motivos filosóficos y religiosos.

Así, buscando en el mundo antiguo analogías con la obra lucana que relacionen los temas de la economía y la conversión.  Tres son las tipologías de la antigüedad que aquí se han recogido, y que están relacionadas con la obra de Lucas, en caso de conversión e ingreso en un nuevo grupo:

      a)  Entregando los bienes a la familia.  Así obraban los terapeutas según la descripción de Filón.  También encontramos el ejemplo de Apolonio de Tiana y dentro del judaísmo a Eliseo y algunos rabinos.  Coinciden con estos comportamientos los de los primeros discípulos de Jesús (Lc 5, 1-11), Leví (Lc 5, 27-32) y los tres personajes que se acercan a Jesús (Lc 9, 57-62).

      b)  Llevando los bienes al nuevo grupo del que se entraba a formar parte.  Los esenios, según testimonio de Filón, Flavio Josefo y Qumrán así actuaban.  También Pitágoras y los pitagóricos, según Jámblico, obraban de esta manera.  De esta forma se plasma también el comportamiento de la primera comunidad cristiana en Jerusalén (Hch 2, 44-45; 4, 32; 4, 37 y 5, 1-2). 

      c)  Abandonando los bienes, los cuales no se quedan en la familia ni pasan a formar parte del nuevo grupo.  Los filósofos cínicos son el ejemplo más representativo de este tipo de comportamiento.  También dos ejemplos clásicos en la antigüedad de esta forma de obrar son Anaxágoras y Demócrito.  En los textos sobre la implicación económica de  la conversión al cristianismo, coinciden con este comportamiento el que se le pide al joven rico (Lc 18, 18-30) y, en menor medida, el de Zaqueo (Lc 19, 8), ya que éste no lo abandona todo.

De estos tres modelos mencionados, dejar los bienes a la familia era el más razonable, porque se trataba de una herencia anticipada; pasar los bienes al nuevo grupo del que se entraba a formar parte resultaba extraño, pero todavía el convertido conservaba sus bienes en la comunidad; el tercer comportamiento, desprenderse totalmente de los bienes, era el más radical porque se perdía totalmente uno de los mayores valores del mundo antiguo, la propiedad.

 

Implicación económica de la conversión en la obra lucana y sus diversos modelos

Después de presentar el funcionamiento de la economía en la antigüedad y su repercusión en el sistema social junto con distintos grupos de personas que renunciaban a la propiedad y a los bienes por motivos filosóficos o religiosos, he pasado a seleccionar y agrupar, según su temática, los textos de la doble obra lucana donde la conversión al cristianismo también suponía una determina respuesta económica. De esta forma, he seleccionado los textos en tres grupos:

1. Los frutos de la conversión

Existe un primer grupo de textos (Lc 3, 10-14; Hch 2, 42-47 y 4, 32-37) donde  aparece el arrepentimiento-conversión relacionado con la pregunta “¿qué haremos?” y que tiene como consecuencia unas exigencias económicas. 

El arrepentimiento tiene en estos textos una consecuencia muy clara: su implicación económica.  Juan Bautista habla de hacer frutos dignos de arrepentimiento (Lc 3,8) y, a continuación, aparecen los vv. 10-14 como un ejemplo de que esos frutos deben estar directamente relacionados con un comportamiento económico: repartir, no exigir más de lo ordenado y no extorsionar.  Pedro también habla de arrepentimiento y de bautismo para, seguidamente, referirse a la vida en comunidad (Hch 2, 42-47), dentro de la cual la actitud económica es clara: los que habían creído, lo tenían todo en común, actitud que aparece también en el segundo sumario (Hch 4, 32).

Así, la relación entre estos textos la encontramos en tres partes que completan un proceso: a) la gente ante la predicación de Juan Bautista y Pedro reacciona preguntando “¿qué haremos?” b) el arrepentimiento-conversión es la respuesta que ambos dan c) esta conversión está directamente relacionada con un comportamiento económico que lleva a repartir y compartir con el prójimo.

En Lc 3, 10-14, Juan Bautista pide, a quienes se acercan a él, compartir los bienes.  Dentro de la economía de una sociedad agraria, sorprende la petición que Juan hace a los que a él se acercan.  Compartir bienes con alguien ajeno a la familia era extraño porque éstos se concebían como limitados y repartirlos era una pérdida.  Así, la implicación económica de esta conversión está clara en las respuestas de Juan porque exige cambio en el comportamiento habitual. Pero estas exhortaciones de Juan están más en la línea de mantener un orden social y evitar tensiones.  No supone una radicalidad en el comportamiento.

Más radical es la respuesta que se da en los dos primeros sumarios de Hechos (Hch 2, 42-47 y 4, 32-35).  La pregunta que se le había hecho a Juan se le formula ahora a Pedro en Hch 2, 37 (¿qué haremos?). Los que escuchan su discurso también preguntan qué deben hacer para convertirse.  La respuesta la encontramos en el primer y segundo sumario: vender-distribuir las posesiones, compartir y tener todo en común. 

Esta primera comunidad cristiana que aparece en Hechos seguramente estaba compuesta por personas de distintos estratos sociales, siendo unos propietarios de tierras y bienes y otros necesitados.  Entre ellos se da la comunión de bienes, teniendo todo en común e incluso vendiendo de sus posesiones y distribuyendo según la necesidad de cada uno. Existen dos grupos con un comportamiento muy similar al de los cristianos, es decir, poner los bienes al servicio del nuevo grupo al que se entra a formar parte para que éste los administre.  Estos dos grupos son los esenios y los pitagóricos.

La predicación de Juan Bautista y la experiencia de la primera comunidad cristiana abren un camino poco habitual para aquella sociedad: la posibilidad de compartir los bienes con quienes no son de la propia familia.  Pero no se agotan con los consejos de Juan Bautista y la experiencia de la primera comunidad cristiana las posibilidades económicas de la conversión, sino que, como ahora veremos, se pueden tomar otras opciones.

2. Dejar todo por seguir a Jesús

En un segundo grupo de textos (Lc 5, 1-11; 5, 27-32; 9, 57-62; 14, 25-33 y 18, 28-30)  la conversión y el seguimiento llevan consigo abandonar todos los bienes materiales para poder seguir a Jesús.

En estos textos aparece un proceso donde se habla de: 1º) llamada de Jesús 2º) abandono de todos los bienes materiales, que lleva implícita la conversión y 3º) seguimiento de Jesús. Todos ellos recogen enseñanzas de Jesús que tienen que ver con el discipulado y el seguimiento, destacando la radicalidad de quien quiera llegar a ser discípulo: abandonar toda seguridad económica y familiar.

Analizando estos textos, encontramos cómo expresan un abandono radical de los bienes materiales por seguir a Jesús.  Ante su llamada, quien quiere seguirle debe dejar todo e ir tras él.  Este abandono aparece claramente como “dejar todo” en Lc 5, 11; 5, 28; 14, 33 y 18, 28, pero también lo encontramos cuando Lucas habla de abandonar la familia en Lc 9, 57-62 y 14, 26 ya que abandonar ésta suponía renunciar a los bienes que en ella se compartían. 

La radicalidad en el abandono está orientada en estos textos hacia el seguimiento.  No se admite poner condiciones a Jesús para ser discípulo.  Este seguimiento puede llevar también a un conflicto de fidelidades para quien quiera ser discípulo, ya que hay que elegir entre la familia biológica o la nueva familia que componen los seguidores de Jesús (Lc 14, 26).  La elección es dura porque abandonar la familia de origen suponía renunciar a toda protección que ella daba, incluso la económica.

A esta radicalidad respecto a los bienes cualquiera puede ser llamado.  No importa la cantidad ni la condición social de quien los tenga.  Así se expresa en los diversos personajes que van apareciendo, distintos entre sí según su posición social: Pedro, Santiago y Juan (Lc 5, 1-11) eran pescadores con barca propia, lo cual quiere decir que no se encontraban en el nivel social más bajo. Leví (Lc 5, 27-32), como publicano y recaudador de impuestos, tenía una buena posición social.  En Lc 14, 25, el grupo de personas a las que se dirige Jesús queda totalmente ampliado al nombrarlas como “muchas multitudes”, sin distinguir estrato social o posición económica.

Esta renuncia a la propiedad que se pide a quien quiera ser discípulo era vista en el mundo antiguo como algo extraño y valorado negativamente.  Quien abandonaba la casa y la familia, base de la economía en la sociedad agraria de entonces, abandonaba la seguridad económica que ésta le proporcionaba. Pero esta actitud, aun siendo extraña para aquella sociedad, era asumida por razones filosóficas y religiosas, aunque de forma minoritaria.  Los terapeutas son ejemplo de esta actitud.  También Apolonio de Tiana, Eliseo y la actitud de algunos rabinos que abandonan todo por ir a estudiar la Torá, ilustran esta forma de actuar.  Así, no eran los cristianos originales en este aspecto, pero sí que se diferenciaban de lo comúnmente aceptado en su sociedad respecto al uso de bienes y propiedades.

3. Diversos modelos de renuncia a los bienes

En un tercer grupo de textos (Lc 18, 18-27; 19, 1-10 y Hch 4, 36-37; 5, 1-11) no hay una homogeneidad sobre qué hacer con los bienes, sino que cada uno de los personajes que aparece elige una forma distinta de utilizarlos.  Estos personajes concretos pueden servir de ejemplos dentro del proceso de conversión relacionado con los bienes personales.  La respuesta que cada uno de ellos da es distinta, por lo que podemos hablar de heterogeneidad en sus comportamientos.

El estudio de estos textos muestra cómo ante las exigencias económicas de la conversión, puede haber distintas respuestas.  Los personajes tienen libertad para elegir, no son obligados a tomar un determinado camino.  Así, la respuesta del hombre importante y rico (Lc 18, 18-27) es negativa ante la petición de Jesús de que lo dé todo a los pobres y le siga.  Por el contrario, la de Zaqueo es positiva (Lc 19, 1-10), llevando él la iniciativa y planteando su propia conversión económica.  Su manera de actuar muestra cómo existe libertad para usar los bienes, pero no para acumular.  Los ejemplos positivo de Bernabé y negativo de Ananías y Safira  (Hch 4, 36-37 y 5, 1-11) están en la línea de Zaqueo.  Se busca compartir, no la radicalidad en la donación de los bienes.

Como ya ocurre en los dos apartados anteriores (“los frutos de la conversión” y “dejar todo por seguir a Jesús”), no hay originalidad en el comportamiento de estos personajes frente a los bienes y posesiones, ya que son reflejo de otros grupos de la antigüedad, aunque sí es sorprendente su actuación para el conjunto de la sociedad en la que vivían La petición de Jesús al hombre importante y rico para que venda todo y lo dé a los pobres y luego le siga tiene relación con la actitud de los cínicos, que lo abandonaban todo por seguir un ideal y, más concretamente en el filósofo griego cínico Crates.  La decisión de Zaqueo  repartiendo una parte de su fortuna a los pobres y a los que ha defraudado y quedándose con el resto, tiene semejanza con el ejemplo de Apolonio de Tiana, quien reparte su fortuna, aunque es entre sus familiares, y se queda una pequeña parte para él.  Bernabé, Ananías y Safira entregan el producto de una venta a los apóstoles para que éstos lo administren.  Así obraban también los esenios en sus comunidades, pues tenían unos inspectores y jueces que se encargaban de la administración de los bienes que debían entregar todos los que allí ingresaban.

 
Conclusiones

Para llegar a la conclusión de qué suponía económicamente el seguimiento y la conversión en la obra lucana:

1. Hay que poner una base: la comprensión de la economía antigua y el cambio que la revolución industrial ha producido en nuestra sociedad.  No podemos olvidar que el evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles se desarrollan dentro de una sociedad agraria: el Imperio Romano.  El valor de la tierra, la estratificacón social, el marco económico, son básicos para entender las actitudes de los personajes que aparecen en los textos estudiados.

2. No hay originalidad cristiana en el desprendimiento de los bienes, ya que los comportamientos descritos en el evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles coinciden con los de otros grupos de la antigüedad.  Más bien, esta originalidad se da porque los primeros cristianos no siguen unas ideas o comportamientos filosófico-religiosos, sino que el objeto de su seguimiento es una persona concreta que les llama a ser sus discípulos.

3.  Las implicaciones económicas de la conversión y el seguimiento en la obra lucana no ofrecen sólo un camino, sino que se abren a varias posibilidades.  Desde el compartir con el prójimo parte de lo que se tiene (primer grupo de textos), pasando por dejar todo, incluso lo necesario, por el seguimiento de Jesús (segundo grupo de textos), hasta optar de formas diferentes, rechazando incluso el desprenderse de los bienes o engañando a la comunidad.

4. En los textos citados no hay uniformidad de personajes, sino que aparecen como dispares tanto en su posición social como económica.  Los hay desde muy ricos (Zaqueo, el hombre importante) hasta muy pobres (aquellos que se benefician en la primera comunidad cristiana de la puesta en común de los bienes).  Aunque la variedad de personajes es grande, las exigencias que éstos reciben se pueden agrupar en dos: compartir parte de lo que se tiene o abandonar todo por seguir a Jesús.

5.  Se puede comprobar una evolución desde el evangelio de Lucas hasta los Hechos de los Apóstoles respecto a las implicaciones económicas de la conversión. La mayor parte de los textos del evangelio hablan de radicalidad, de “dejarlo todo” por seguir a Jesús.  Salvo el caso de Zaqueo, Jesús pide una renuncia absoluta a sus seguidores.  Esto es posible porque Jesús y sus discípulos viven una vida itinerante y el abandonar las posesiones es algo compatible con este estilo de vida.  Esta radicalidad se ve mitigada en los Hechos de Apóstoles donde los discípulos forman una comunidad más o menos sedentaria donde se trata más de compartir que de dejarlo todo.  La evolución de la comunidad sigue hasta crear una “administración central” regida por los apóstoles y destinada a distribuir los bienes entre los más necesitados. Desde la radicalidad de la renuncia y el desprendimiento y abandono de los bienes que hemos visto en el evangelio se ha llegado a la institucionalización para que los recursos puedan ser justamente distribuidos dentro de la comunidad. 

7.  Es importante el replanteamiento de los temas económicos desde la perspectiva bíblica.  Cuando se hable de un sistema económico debería tenerse en cuenta, sobre todo desde los textos citados, que el camino de la conversión pasa por el compartir los bienes e incluso abandonar todo por seguir a Jesús, pero no pasa por obtener la mayor cantidad posible de beneficios y acumularlos, sino por distribuir entre los necesitados.  Tampoco podemos olvidar que, en el fondo, de los textos vistos, se desprende un modelo de comportamiento socioeconómico para todo cristiano.

8.  En definitiva, la pregunta para el discípulo sigue siendo: “¿qué hacer?”.  Y la respuesta para todo el que quiera ser discípulo de Jesús, tanto los que aparecen en la obra de Lucas como nosotros, sigue teniendo una clave económica: compartir con el necesitado y  con el pobre.

RAFAEL-ANTONIO FLETA SORIANO

 





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Zaragoza, abril 2004



[1] Una descripción de esta economía y sociedad la encontramos en G. Lenski, Poder y privilegio (Buenos Aires, Piados 1969); P. Garnsey-R. Saller, El Imperio Romano.  Economía, sociedad y cultura (Barcelona, Crítica 1991) y M. Finley, La economía de la antigüedad (Méjico, Fondo de Cultura Económica 19862).