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PLAZA MAYOR

 

---------------------------------------------------------------------------------La situación de los jóvenes

Luis José Franco Gracieta es un sacerdote zaragozano que ejerce su tarea pastoral en una parroquia del centro de Zaragoza junto con otros compañeros.Desde hace años dirige la revista "DABAR" y el teléfono del Evangelio. Hace algún tiempo que va cada día sobreponiéndose a una importante enfermedad que no le impide, sin embargo, su tarea habitual.

 

 

Todos lo dicen y lo repiten hasta la saciedad, hasta hacer de ella una afirmación/slogan tras la que cabe preguntarse si hay algo más que mero populismo para ganarse a los auditorios; líderes políticos, sociales, religiosos… todos tienen fácilmente la afirmación en la boca: Los jóvenes (o los niños, según convenga en cada momento y circunstancia concretos) son el futuro de la humanidad. Demagogias aparte, lo cierto es que hay mucho de verdad en esa afirmación, y que reflexionar sobre los jóvenes es reflexionar sobre ese futuro (algo que a todos nos interesa y nos preocupa) en el que los jóvenes, indudablemente, desempeñarán un papel protagonista.

Los jóvenes constituyen un colectivo cambiante, en continua transformación, y no sólo por la constante entrada y salida de individuos en esa franja de la vida que va de los 15 a los 29 años (que conforma, al menos convencionalmente, lo que denominados juventud), sino porque en un mundo en continua y vertiginosa transformación, ellos son los primeros en detectar los cambios, sean sociales, económicos, culturales…, y los primeros en pretender protagonizarlos.

Habitualmente, para hacer aproximaciones de este tipo recurrimos, sobre todo, a los datos que nos aportan las encuestas (trabajo que se presenta en otro artículo del presente número de ALTERNATIVAS, por lo que aquí apenas entraremos en datos y porcentajes), y a trabajos y análisis similares, que casi siempre están hechos por adultos; evidentemente, sería preferible un trabajo de este tipo que estuviese realizado por los propios jóvenes, pero mientras llega ese momento, tendremos que conformarnos con nuestros propios análisis, hechos desde nuestra perspectiva de adultos, aunque no quede muy claro si el resultado será una visión de la situación de los jóvenes o la visión de lo que los adultos pensamos de los jóvenes.

A la hora de abordar un estudio de la situación de los jóvenes hay que tener muy presente un doble peligro a evitar. Por una parte está el peligro de la generalización, caer en esa afirmación, tan prolijamente usada como injusta, de que “todos los jóvenes son iguales”. Es indudable que hay muchos elementos comunes a la inmensa mayoría de los jóvenes (la preocupación por la imagen, por ejemplo, de la que ya hablaremos). Pero también es indudable que entre los jóvenes hay de todo, como en la sociedad; y, al igual que en la sociedad, coexisten diversos tipos de jóvenes, que forman un abanico que va desde aquellos que profesan una ideología neonazi (pocos, pero reales) hasta los que colaboran desinteresadamente en cualquier de las múltiples ONG’s existentes. Y ese abanico es, ciertamente, muy amplio. Por tanto, hay elementos comunes a la inmensa mayoría de los jóvenes, pero éstos desarrollan una amplia variedad ideológica que los lleva a estructurar sus vidas de acuerdo a muy diferentes valores.

Por otra parte, también debe evitarse siempre el peligro de una excesiva simplificación; el mejor análisis de los jóvenes (o de cualquier colectivo humano) nunca agotará la realidad humana, siempre más rica, profunda, variada y compleja; por eso, los datos que se puedan aportar en un estudio al uso, siempre habrá que tomarlos como una pequeña, parcial y limitada ayuda para acercarse a una mejor comprensión del colectivo al que dicho estudio se refiera.

Avisados de estos peligros, podemos recordar (más que señalar) un par de características de la juventud en general, más que de la juventud actual, que, al menos, por ahora, siguen vigentes, pues responden más a la realidad social y psicológica del joven que a las coyunturas concretas.

A) La juventud sigue siendo época de aprendizaje, tanto en el ámbito humano (maduración afectiva, relaciones sociales, asunción de valores, desarrollo de conductas…), como en el ámbito laboral (es la época de realizar estudios, de ser becarios, de hacer prácticas, de encontrar los primeros trabajos). Ambas dimensiones presentan, eso sí, no pocas características especiales, propias de nuestro tiempo, y de las que hablaremos más adelante.

B) La segunda de estas características es que la juventud sigue conservando su espíritu innovador, si bien que, al menos da la impresión que es un espíritu cada vez más light, más “domesticado”; el consumismo se adueña cada vez más y más de los jóvenes (en muchos países son no ya los jóvenes, sino los niños de 11, 12, 13 años los que tienen su móvil o celular), y la innovación la viven más en el pequeño espacio (nuevo, a su vez) que les queda, y que es el de las nuevas tecnologías, en el que los jóvenes se mueven como pez en el agua. ¿Hasta dónde llegará ese nuevo lenguaje inventado por los jóvenes para ahorrar letras y palabras en los mensajes enviados, precisamente, por los móviles?

Veamos ahora algunas de las características específicas que conforman a nuestra juventud. Y una última aclaración: este artículo se escribe en España, lo cual, evidentemente, lo relativiza y configura de una manera peculiar; está dirigido, a su vez, a lectores hispanoamericanos, con lo que resulta obvio decir que a veces se podrán extrapolar los datos aquí indicados con más fortuna, y otras con menos. Quedan fuera de nuestro objetivo los jóvenes de países del Tercer Mundo, con características, evidentemente, muy diferentes. Aquí nos centramos en lo que podríamos llamar “juventud hispanoamericana del primer mundo”.

- Una de las primeras características (habrá que hablar, más bien, de un grupo de ellas, como veremos) de la juventud actual viene marcada por una de las características más típicas de la sociedad actual. El sistema económico neoliberal que impera hoy día en el primer mundo basa su funcionamiento en el consumo (no entramos aquí en valoraciones, sólo constatamos); dicho de una manera simple (que perdonen los economistas), el consumo anima la producción, la producción crea puestos de trabajo, los puestos de trabajo hacen subir la renta per cápita… Y, ¿qué es lo que nos anima a consumir? La publicidad. Todos conocemos el simple, pero eficacísimo mecanismo de la publicidad: cuando tenemos un producto, aún desconocido o que nadie compra, la publicidad se encarga de darlo a conocer y de crear en nosotros la necesidad de ese producto para que, acto seguido, lo compremos todos, convencidos de que gracias a él nuestra vida será mejor, más cómoda, más agradable, de más calidad… Hablábamos antes de los teléfonos móviles o celulares. Hace años que venimos usando los teléfonos; cuando aparecieron los móviles era una comodidad el poder estar comunicados sin necesidad de estar atados por un cable; los primeros ejemplares eran de un considerable tamaño que, en pocos años, meses, se fueron reduciendo; cada vez más y más pequeños, había que cambiar de teléfono para no parecer un dinosaurio de las comunicaciones. Pero había que seguir vendiendo aparatos, y se les dotó de la posibilidad de enviar mensajes, y luego de hacer fotos, de grabar vídeos, de… Cada nueva generación de teléfonos móviles (y se renuevan cada año, incluso cada seis meses), requiere un esfuerzo publicitario para convencernos de que no sólo necesitamos hablar por teléfono, sino también hacer fotos, vídeos… El resto ya lo conocemos todos. Pues bien, los jóvenes no son insensibles a la publicidad, sino todo lo contrario: los jóvenes son especialmente vulnerables a ella pues, todavía inmaduros, creen más fácilmente los engaños, tretas y aranas que la publicidad utiliza implacablemente para conseguir sus fines Pero las necesidades que la publicidad crea no siempre pueden ser satisfechas (lo de los teléfonos sólo era un ejemplo; pongamos por caso los coches, el apartamento, la ropa de moda…). Así, tenemos una juventud que, por un lado, es consumista, y por otro sufre las frustraciones propias de quien, con poca madurez humana todavía, ha cifrado su felicidad en el consumo y la posesión de bienes, con los no infrecuentes episodios de agresividad en que tales frustraciones pueden derivar.

- El capítulo de las frustraciones no es de menor importancia. Por una parte, las encuestas indican que los jóvenes de hoy día son optimistas, felices a pesar de las incertidumbres laborales que soportan muchos; pero al mismo tiempo hay datos que apuntan que, en ciertas zonas, dos de cada diez jóvenes tienen problemas psicológicos, de obesidad (¿simple exceso de comida basura, o somatización de las frustraciones?), consumen alcohol y drogas abusivamente, y sufren depresiones. Se requiere un estudio más profundo y sintomático de estos problemas para conocer sus causas, sus consecuencias y sus soluciones; pero el dato ahí está; un 20 % de la juventud con problemas de este tipo es un porcentaje muy elevado. Y los problemas mencionados son realmente graves.

- Consumistas y frustrados, parece que cada vez son menos significativas las tendencias revolucionarias o anárquicas; en realidad, el sistema económico imperante ha sabido hacer suya la protesta, domesticarla, ponerla a su servicio y convertirla, también a ella, en objeto de consumo; ahora apenas se protesta contra el sistema, a no ser con los medios que el mismo sistema proporciona; la vestimenta “rebelde” (quizás lo más rebelde en indumentaria hoy día sean los piercings, esos anillos que perforan y adornan las más variadas partes del cuerpo, tanto de muchachos como de muchachas) se suministra hoy en tiendas perfectamente legales, (con sus medidas sanitarias en orden, en el caso de las tiendas de piercings), y pagando sus reglamentarios impuestos. Hay más rebeldía consumible, de la que se puede comprar y vender, que de la real.

- La juventud, por su propia dinámica psicológica, siempre ha tenido sus modelos de referencia. Y hoy día, también. Y también, en la mayoría de los casos, el capital ha sabido domesticar y utilizar en su provecho propio esta característica de la juventud. Aún se ve algún que otro póster como la imagen del Che Guevara (y tampoco aquí entramos en valoraciones, sino en constataciones); pero ahora imperan los modelos que el consumo pone a la venta, porque son más rentables para el capital: futbolistas, cantantes, actores y actrices… son los modelos de referencia. Sus camisetas, sus fotos, han creado un rentabilísimo mercado para sus propietarios; valga como ejemplo el caso de un equipo de fútbol, el Real Madrid, el equipo de jugadores “galácticos” como se ha dado en llamar; llevan dos temporadas sin ganar ninguno de los títulos por los que compiten; pero da igual, pues las ganancias que producen por los derechos de imagen (camisetas, zapatillas, bufandas, llaveros…) son pingües, y eso es lo que interesa; el deporte ya da igual. Pues bien, estos son los referentes para la inmensa mayoría de los jóvenes actuales. Y, dicho de una manera sencilla: todos quieren ser futbolistas, o cantantes, porque se gana mucho dinero y muy fácilmente. Claro que también los hay que quieren ser investigadores, médicos, educadores… (no vamos a repetir lo ya dicho sobre el problema de las generalizaciones); pero los que priman como modelos de referencia son los que son; aunque no sea fácil distinguir si lo son porque los buscan los jóvenes, o los buscan los jóvenes porque la publicidad se los ha metido por los ojos.

- El consumo y los modelos de referencia nos llevan, casi sin solución de continuidad, a otra de las características más marcadas de la juventud actual: la preocupación por la propia imagen. Siempre ha preocupado al ser humano la imagen que tiene, la impresión que su aspecto causa a los demás; básicamente se trata de una actitud positiva: no oler mal, no aparecer desastrado, no causar rechazo por un mal aseo o un mal vestir… Pero hay datos más que suficientes para preguntarse si esta preocupación ocupa un lugar adecuado en una escala de valores; hasta hace pocos años eran los padres, o más concretamente las madres, las encargadas de la intendencia doméstica, incluido el vestuario; ahora los hijos, ya de niños, son quienes deciden qué quieren vestir, y de qué marca, pues no vale cualquier cosa. Y, por otra parte, lo que la juventud invierte en productos de estética se ha disparado exponencialmente en los últimos años, no sólo por parte de las jóvenes, sino también de los jóvenes; se ha inventado (quizás nunca mejor dicho) el concepto de “metrosexual” para designar a aquellos jóvenes (o adultos) varones que usan de todo tipo de cosméticos y demás recursos para cuidar su estética; alguien experto en el tema declaraba no hace mucho que tras ese término, “metrosexual”, no hay otra cosa más que una forma de vender más; pero los jóvenes varones quieren ser metrosexuales, y a la industria de los cosméticos le resulta perfecto.

Los médicos nos advierten de un peligro, real, motivado por la obsesión por la imagen; no es nada recomendable practicar intervenciones de cirugía estética a los jóvenes, a no ser que se trate de casos de malformaciones severas por causas genéticas o de accidentes; sin embargo, los datos nos indican que ya hay niñas de 15 años pasando (innecesariamente) por el quirófano para mejorar su imagen; son casos muy aislados, pero así han empezado muchas tendencias que luego se generalizan. Probablemente, el motivo por el que muchos jóvenes no pasan por el quirófano no sea otro que el alto coste de esas intervenciones.

El cuidado de la imagen no sólo afecta al propio cuerpo; para los más pudientes, llega hasta el entorno. Hoy los jóvenes que pueden ya no se conforman con una motocicleta o con un coche de segunda mano, mientras llegan tiempos de mayor estabilidad económica; hoy la moda es “tunear” los coches (ya excusarán los neologismos empleados, pero son los que usan los jóvenes). “Tunear” es personalizar; es decir, alterar todo lo alterable del coche, para transformarlo al gusto de cada uno: llantas, asientos, pintura, puertas… todo es susceptible de ser “tuneado”; el único límite es el que pone el propio bolsillo.

- Este tipo de vida suele desembocar en una cierta apatía, en un desinterés generalizado por todo lo que no sea “estar guapos para divertirse y ligar”. Aquí entran una serie de características, diferentes entre sí, pero unidas por ese rasgo de apatía: la tranquilidad y felicidad con que dicen vivir, a pesar de los problemas que observan a su alrededor (¿insolidaridad?); su apego a la tierra y a la familia, quedándose bajo el techo paterno hasta bien entrados los treinta (cuando, oficialmente, ya han dejado de ser jóvenes y han pasado a ser adultos), donde viven más cómodamente en todos los sentidos; posturas de tolerancia, que deberían calificarse como relativas, pues enseguida aparecen brotes xenófobos allá donde viven inmigrantes (por lo tanto, habría que decir que, en realidad, son tolerantes sólo con aquello con lo que se identifican, de lo que participan, pero altamente intolerantes con quienes piensan y, sobre todo, actúan de manera distinta); incluso en el terreno de los estudios se percibe esta apatía (el número de universitarios se reduce, y una reciente información afirmaba que, a tres meses de entrar en la universidad, la mitad de los estudiantes españoles aún no saben qué carrera elegir). Igualmente en el terreno político (y en el asociacionismo en general), donde son minoría los jóvenes que participan activamente.

- Un capítulo importante en la vida de los jóvenes es el del ocio, al que dedican una buena parte de su tiempo (28 horas semanales de promedio, según algunos datos); el ocio debería ser el tiempo en que una persona desarrolla aquellas actividades que a uno realmente le gustan: estar con los amigos, práctica de deportes, viajes, cine, lectura… Pero también puede ser el tiempo que se usa para evadirse de la realidad cotidiana, laboral, de la semana; esto, unido a que el capital también ha buscado la manera de beneficiarse del uso del tiempo libre que hacen los jóvenes, termina desembocando en que los jóvenes terminan por convertir su tiempo de ocio en tiempo de aburrimiento, pues apenas encuentran (aunque las haya) alternativas para su entretenimiento; todo se reduce a pasar el fin de semana en las discotecas o bares de moda (y, en el peor de los casos, consumiendo drogas para aguantar esas sesiones maratonianas de “estar de marcha”). Del capítulo de las drogas baste con recordar que todos sabemos que ahí están, que va cambiando el uso que se hace de ellas (hoy día, por ejemplo, la heroína sólo se consume en círculos muy marginales y marginados; lo más usado es la cocaína y, sobre todos, las drogas de diseño, cada vez nuevas, cada vez más fuertes…; las famosas pastillas, que han dado nombre a los jóvenes adictos a ellas: los “pastilleros”). El de las drogas no es, ni mucho menos, un problema en vías de solución; el problema, además, es de largo recorrido, pues las secuelas surgen, muchas veces, después de muchos años; lo urgente sería analizar el problema de fondo: ¿los jóvenes, entran en el mundo de la droga por perversión personal o por inducción? ¿El consumo de drogas es una expresión de pérdida de valores o una manera de protesta -todo lo errada que se quiera, pero protesta al fin y al cabo- ante una sociedad deshumanizada, materialista, explotadora…? ¿Corrupción o evasión fácil y, además, alentada por el capital, aunque, esta vez, sea por un capital sumergido y oculto, por delictivo? No olvidemos añadir, al problema de la droga, el problema sobrevenido por su causa de la delincuencia juvenil.

Las nuevas tecnologías, de tanto predicamento entre los jóvenes, están marcando también su forma de vivir el tiempo de ocio; cada vez son más los que pasan su tiempo libre frente al televisor, viendo películas en CD, con la videoconsola de juegos, o con el ordenador, conectados a Internet. Aislamiento, pérdida de la dimensión social, individualismo, globalización… ¿En qué derivará todo esto? Habría que seguir la pista a esos casos, cada vez más frecuentes, de jóvenes nipones que se ponen de acuerdo por Internet para organizar suicidios colectivos. ¿Un dato aislado o unas nuevas características de los jóvenes de estos nuevos tiempos?

- La sexualidad es otro capítulo importante en la vida de los jóvenes; casi todos los tabúes de veinte años para atrás han caído; las relaciones sexuales se inician, de promedio, a los 17 años; lo de reservarse para “la personal especial” es algo que apenas se plantea; los embarazos no deseados preocupan más bien poco; cada vez son más los países que admiten el aborto (aunque sea con todos los condicionantes que sean), y se va extendiendo el uso de la píldora del “día después”; aunque todos los médicos recuerdan que es un medio extraordinario para casos muy concretos, en la práctica se está utilizando como un anticonceptivo como otro cualquiera. El único reparo serio que se tiene en las relaciones sexuales es el que genera el temor a contraer alguna enfermedad de transmisión sexual, especialmente el sida. Ahora la sexualidad es una actividad que se practica libremente, sin mayores complicaciones morales.

- En el terreno laboral, los jóvenes han recuperado un cierto optimismo; el problema del paro ya no es tan acuciante como hace algunos años; evidentemente, todos quieren mejorar sus condiciones laborales, pero manifiestan una relativa tranquilidad, aun optimismo con sus trabajos; en realidad les interesa más el hecho de tener un trabajo que las condiciones del mismo; podría decirse que han asumido las dificultades del mundo laboral y lo importante para ellos es tener un trabajo, que les permitirá una cierta (o total) autonomía económica; aquí hay que tener presente la importancia del dinero para cuidar la imagen, para “salir de marcha”… La cosa es tener dinero; de ahí a no tener escrúpulos para ganarlo de cualquier manera, sólo hay un paso… que muchos dan, o darán en su madurez, cuando tengan más oportunidades u ocupen algún puesto desde el que les resulte más fácil.

- Una vez más será bueno recordar que nada de esto hay que generalizarlo; que entre los jóvenes hay de todo, y que estamos hablando de características generales, las más visibles o notorias. Por eso también debemos indicar aquí la preocupación entre los jóvenes ante los graves problemas del planeta: los jóvenes están preocupados por la ecología, por el reciclaje, por el calentamiento del planeta, por las posibles consecuencias negativas de la globalización (una vez más sin hacer valoraciones, pero hay que recordar que algún joven ha llegado a morir en alguna de las manifestaciones antiglobalización que en los últimos años se vienen realizando), sensibilizados ante los conflictos bélicos, ante el terrorismo… Habrá que tener muy presente que los datos apuntan a que las ONG’s están entre las instituciones más valoradas por los jóvenes.

- Por las características de la revista donde se publica este trabajo, merece una atención especial el asunto de la vivencia religiosa de los jóvenes. Hay un primer dato incuestionable: entre los jóvenes se está produciendo un fortísimo proceso de secularización. Que haya habido concentraciones millonarias de jóvenes en alguno de los actos papales en estos últimos años es un dato que no debe engañarnos; habría que saber quiénes eran, de donde veían… No para desacalificarlos, sino para valorar el dato en su justa medida; no es lo mismo un millón de jóvenes, todos españoles, por ejemplo, que un millón de jóvenes, venidos de toda Europa y aún de Hispanoamérica; por otra parte, ¿qué sucede con esos jóvenes, una vez terminada la concentración? ¿Siguen fielmente las directrices recibidas en la misma, o cada uno va a lo suyo? ¿Y qué motiva a esos jóvenes? ¿Una revisión y profundización de su fe? ¿O todo es una simple excusa para hacer un viaje y tener una aventura? Como decíamos, hay mucho que analizar tras las simples cifras, a no ser que lo único que nos preocupa sea el número.

En todo caso, como decíamos, el proceso de secularización es fortísimo y, sospecho, imparable; imparable, al menos, mientras se den las circunstancias eclesiásticas que vivimos actualmente. Una recentísima encuesta en España (de febrero de 2005) indica que, entre los jóvenes universitarios, la Iglesia Católica es la institución peor valorada, con un 2’9 en una escala de 0 a 10. Este es un dato muy serio. No “una de las peor valoradas”, sino la peor de todas. ¿Es todo cosa de los jóvenes? ¿Los que nos confesamos creyentes y practicantes no tenemos ninguna parte de responsabilidad en esa imagen que los jóvenes se han forjado de nosotros? Comprobamos a diario cómo el lenguaje de la jerarquía cada vez llega menos a la gente, y menos aún a los jóvenes, quienes, por otra parte, solo ven en la iglesia una institución dedicada a dictar normas (y, lo que es peor, la mayoría de ellas prohibiciones: no a..., no a…, no a…). Es verdad que reviven algunas manifestaciones religiosas (cofradías, fiestas de los pueblos con sus tradiciones peculiares, bodas religiosas, grandes concentraciones antes mencionadas…); pero todo esto ¿es algo más que un fenómeno superficial, meramente folclórico? No parece que este resurgir de ciertas manifestaciones religiosas indique un efectivo resurgir de la experiencia religiosa profunda, seria y personalizada.

La institución eclesiástica debe tener muy presente que, lenta pero inexorablemente, va a vivir una marginación real, pues los jóvenes se van declarando, masivamente y cada vez más, como agnósticos y ateos; algo tendrá que hacer la Iglesia; ya decíamos que su lenguaje apenas llega a los jóvenes, y cuando llega lleva poco más que una moral de prohibiciones; ¿es ese el lenguaje evangélico? Por supuesto que la Iglesia nunca podrá renunciar a la Buena Noticia que debe transmitir, para seguir siendo “luz del mundo y sal de la tierra”; pero ¿transmitimos la Buena Noticia? Sea responsabilidad de quien sea, la información religiosa que nos llega habitualmente es, o bien declaraciones de la jerarquía, recordando las habituales obligaciones y prohibiciones, con un lenguaje farragoso e incomprensible, que casi nadie usa, o noticias de escándalos protagonizados por eclesiásticos. En los MCS oímos poco, por no decir nada, términos como “Buena Noticia, Jesús, Evangelio, esperanza…”. Hay que buscar mucho, y en medios especializados, para encontrar una información que resulte más positiva, más de tono evangélico, más acorde con el mensaje que, se supone, tiene que transmitir la Iglesia.

- Ya decíamos al comienzo de estas reflexiones que no debemos generalizar, aunque hay que admitir que, quizás por efecto de la globalización (en ideas, modas, intereses, comunicación…), también se están globalizando las características de los jóvenes. Resumir y sintetizar es peligroso, porque será simplificar injustamente. Cada cual tendrá que descubrir la situación concreta del entorno de los jóvenes entre los que se mueve o con los que tiene que trabajar, para conocerlos mejor y poder acercarse más eficazmente a ellos.

Puede dar la impresión, al terminar estas líneas, que los adultos miramos con un cierto pesimismo a la juventud; además de que esa es una reacción que siempre se ha dado, los mismos jóvenes no se libran de ese cierto pesimismo, y quizás por eso se pliegan al pragmatismo más antiguo: “comamos y bebamos, (y disfrutemos lo que podamos), que mañana (seremos adultos)…”

- Me permito terminar estas reflexiones trayendo algunos comentarios sacados de un foro de debate de Internet sobre los jóvenes; a veces es fácil deducir cuando es un comentario de un joven o un adulto, a veces no; pero los comentarios hablan por sí solos:

• Estos jóvenes son una progresía que funciona a base de clichés y consignas, casi siempre dirigidas por los poderes mediáticos. Esta es la generación del game boy y seis horas de tele diaria. También del “¿dónde mejor que en casa?”.

• Los que somos de la generación de los 60 hemos provocado que los jóvenes sean como son. En nuestra generación teníamos poco y sabíamos lo que costaba tener algo más. Nuestros padres nos inculcaron que podíamos ser algo con nuestro esfuerzo. Ahora lo tienen absolutamente todo y hasta les sobra. No saben lo que cuesta ganarse las cosas. Su inocencia es pasmosa, se creen que todo es fácil. Antes cada uno tenía sus ideales y sus valores, porque se los forjaba cada uno; ahora es la TV quien lo hace y, por tanto, es lo mismo para todos.

• El perfil que se desprende de las encuestas sobre los jóvenes hoy es el de unos parásitos incapaces de valerse por sí mismos ni de reflexionar sobre los valores que se ponen en juego en cada política y en cada decisión.

• Lo más triste de la juventud actual es su uniformidad de pensamiento y obras: todos visten igual, piensan igual, hablan igual de mal, oyen la misma música y tienen los mismos vicios y virtudes.

• Los jóvenes de hoy tal vez sean agnósticos, lo cual sería lógico si se tratara de una evolución meditada y no de una moda. En los 60 lo que se llevaba eran el Yoga y el Budismo, y hoy se lleva el agnosticismo. Si lo de progreso implica socialistas pro clase obrera y pobre, la mayoría de los universitarios dejarán de serlo en cuanto toquen poltrona, aunque ésta se arrope de socialismo.

• El binomio “progre-agnóstico” suena demasiado a “políticamente correcto”, o dicho de otra forma: a conformismo. Bastante alejado, por cierto, de un progresista pragmático y mucho más aún de un verdadero agnóstico.

• Los jóvenes son solidarios de boquilla, pero en sus hechos son incapaces de desviarse un metro de su camino o perjudicarse para ayudar a alguien. La independencia y libertad que reclaman parte de que debe ser a costa del esfuerzo de los demás.

• La juventud actual no quiere cambiar el mundo sino adaptarse a él lo mejor posible; están dominados por un antiamericanismo visceral pero se inflan a coca cola, burger king y consumen todo lo que Hollywood les ponga por delante. Son liberales en la estética y en las formas, pero no en las ideas y en lo que hacen, que es lo que definitivamente define a las personas.

• Esa tolerancia de los jóvenes, ese laicismo no es reflejo de un agnosticismo meditado, plural e integrador. Es la réplica que nace de una ausencia total de tendencias e ideario, de una carencia de valores intangibles. La muerte de la espiritualidad. El comienzo del fin. La materialización de una vida que deposita su futuro en ONG’s como albaceas de mis deberes con la comunidad.

 

Son opiniones variadas y personales, con las que no hay que estar necesariamente de acuerdo; pero esto es lo que hay. O, al menos, esto es una parte de lo que hay.

Conocer con exactitud y precisión la situación de los jóvenes hoy día es tarea de titanes. Hay sociedades muy adelantadas y con un altísimo nivel de renta per capita, y hay pueblos que se pueden denominar primitivos actuales, porque viven de manera absolutamente rudimentaria. Ya decíamos, cada uno tendrá que conocer su situación, su contexto, y, de ahí, sacar conclusiones y tomar decisiones.

En todo caso, y sintetizando radicalmente, podemos decir que hay signos preocupantes en nuestros jóvenes, y signos esperanzadores. Probablemente como ha sido siempre, y como es en cualquier segmento de la vida. Al fin y al cabo, los jóvenes son personas; y la persona, afortunadamente, siempre conserva espacios de libertad, desde los que nos puede sorprender. Con los jóvenes (ni con nadie) debemos caer en un determinismo que nos haga perder toda esperanza de que nuestra sociedad puede ir a mejor, y no necesariamente a peor, como puedan apuntar algunos datos o como parezcan pensar irremisiblemente algunas personas.

Luis José Franco Gracieta

Zaragoza, marzo 2005

 

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Zaragoza, julio 2005