THALITHAQUMI

PLAZA MAYOR

 

-------------------------------------------------------------------------Tres reflexiones marianas

 

Novena de la Virgen del Pilar  2003

 

María, Modelo de Creyente  /  María, compendio del Evangelio  /  Anunciar a Cristo con María

 

DÍA CUARTO: 6 de Octubre de 2003

 

MARÍA, MODELO DE CREYENTE

 

MISA del Ritual de la Virgen María, nº 10:

Santa María, discípula del Señor

 

1ª Lectura   Eclo 51, 13-18 ...: “Mi corazón gozaba con la sabiduría”.

Sal 18: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”.

Evangelio    Mt 12, 46-50: “Señalando con la mano a los discípulos: éstos son mi madre y mis hermanos”.

 

Témporas de acción de gracias y de petición

Prefacio: Común IVº

 

1ª Lectura   Dt 8, 7-18: “No te olvides del Señor, tu Dios”

                   1Cro 29: “Tú eres Señor del Universo”.

2ª Lectura   1Cor 5, 17-21: “El que es de Cristo es una criatura nueva”.

Evangelio    Mt 7, 7-11: “!Cuánto más vuestro Padre del cielo!”

 

HOMILÍA

Emilio Aznar Delcazo es sacerdote de la diócesis de Zaragoza, doctor en Sagrada Teología, profesor del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón y párroco del barrio zaragozano de Garrapinillos.

 

Estas tres meditaciones corresponden a la predicación de los días cuarto, quinto y sexto de la novena a la Virgen del Pilar, pronunciadas por él mismo en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar los días 6, 7 y 8 de octubre de 2003.

 

María, modelo de creyente. La Virgen María es una creyente de la antigua escuela que experimenta, sin embargo, en su propia persona la novedad de la salvación. Los personajes del Antiguo Testamento no son inferiores en su actitud de apertura a Dios a los del Nuevo. Vivir de cara a Dios experimentando su protección y agradeciendo sus dones es la consigna clave de textos como Dt 8, 7-18: “No te olvides del Señor, tu Dios”, “No digas: por mi fuerza y el poder de mi brazo he creado estas riquezas”, “Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da fuerza para crearte estas riquezas, así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy”.

La proclamación creyente del señorío de Dios sobre todo lo creado (“Tú eres Señor del Universo” Salmo), se prolonga y desarrolla en la oración de la Virgen en el señorío de Dios sobre la historia de los hombres. En el canto del Magnificat, María se nos presenta en continuidad, y al mismo tiempo en novedad, junto a los grandes hombres y mujeres de la historia de su pueblo. Ella sabe que sólo a Dios le corresponden el honor y la gloria, la bendición y la acción de gracias. El ejercicio del señorío de Dios sobre la historia supone la transformación de todos los valores convencionales: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1, 52-53). Con este cántico de alabanza María anticipa al mismo tiempo la Buena Nueva al proclamar en paralelismo con las bienaventuranzas del Sermón de la montaña, la excelencia de una salvación ofrecida a los pobres, los humildes, los afligidos y los perseguidos[1].

María no es una creyente más equiparable a la larga tradición de creyentes que pueblan la historia de Israel. La Virgen María atesora una cualidad que la hace única e irrepetible: ella es la realización primera de una humanidad nueva. Los esquemas piadosos que se fijan en la Virgen principalmente como un ejemplo a imitar no hacen justicia al alcance de la figura de María en la Revelación cristiana. La liturgia, heredera de la doctrina y del lenguaje de los santo Padres, para expresar la ejemplaridad de la bienaventurada Virgen María emplea los términos “modelo”, “figura” e “imagen” del pueblo creyente[2]. En cuanto modelo, hemos de resaltar su santidad y presentarla como fiel esclava del Señor y perfecta discípula de Cristo. En cuanto figura, prefigura la vida de la Iglesia y guía sus pasos en el camino de la fe y del seguimiento del Señor. En cuanto imagen, la Iglesia contempla en ella lo que un día ansía y confía ser.

La fina observación del evangelista San Lucas sobre la actitud de María: “Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”[3] la sitúan en el centro de toda actitud creyente: acoger, guardar, conservar, meditar. Y, al mismo tiempo, esta actitud en ella tiene algo de propio e intransferible: la especial relación con el misterio que la habita.

María no es una creyente más. En ella está representada toda la humanidad de la misma manera que lo estaba en Eva. Los Padres de la Iglesia así lo entienden en seguida dándole el título de La nueva Eva. Efectivamente: la fe que a la Virgen le lleva a aceptar y acoger conscientemente el plan de Dios sobre su vida, pertenece al conjunto de la historia de la salvación y constituye un momento esencial de la misma. Sólo por medio de su consentimiento la salvación otorgada por Dios Padre en su Hijo respeta la dignidad y grandeza de un ser creado para cooperar con él y no simplemente para recibir la salvación como llovida del cielo. La mejor teología cristiana no ha dejado nunca de insistir en la participación del hombre en la obra de su propia salvación. San Agustín nos propone al respecto la reflexión clave al recordarnos que la gracia divina, y en María lo es en grado sumo, no sólo no le impide al hombre la realización de su libertad, sino que además aquélla constituye su sostén y salvaguardia: “Sin tu voluntad, no estará en ti la justicia de Dios. La voluntad es sólo tuya, la justicia sólo de Dios. La justicia de Dios puede darse sin tu voluntad, pero no estará en ti si tú no quieres... Quien te creó sin ti, no te justificará sin ti[4]. En María, la Virgen, la imprescindible y personal aceptación que cada ser humano ha de hacer del don de Dios, se realiza anticipadamente, y de algún modo, en representación y solidaridad con todos. La humanidad inicia en ella el camino que Dios ha trazado para una reconciliación y paz definitivas. Sólo a ella es atribuible este puesto central en la historia de la salvación. Por eso, María no es una creyente más. La fascinación del pueblo cristiano por la Madre, especialmente en el mundo católico, nace en parte de esa intuición de que en la Virgen acontece algo mucho más grande que lo que se expresa en la mera imitación de sus virtudes y de su actitud creyente. El Concilio Vaticano II ha hecho refleja esta intuición al afirmar: “María, por su íntima participación en la historia de la salvación, reúne en sí y refleja en cierto modo las verdades supremas de la fe[5].

Esta perspectiva de lo excepcional en María, que nos mueve antes a la veneración que a la imitación, se realiza en ella, sin embargo, según el modo propio de todo acto de fe. En este sentido, comprender lo que acontece en ella como creyente es tanto como comprender nuestro propio proceso de fe. La Virgen no es una creyente más, pero todo creyente puede ver reflejado en ella su propia historia ante Dios.

De manera comúnmente aceptada, se tiende a comprender la fe como la aceptación de determinadas verdades sobre Dios y sobre el hombre en las que hay que creer en virtud de una revelación sobrenatural. Para muchos de nuestros contemporáneos la fe es una cuestión de credulidad y se reduce a si te lo crees o no. En el relato de Mt 12, cuando Jesús declara que sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen no está renegando de su familia, sino ponderando una actitud de fe, que se ve plenamente realizada precisamente en su misma madre. Si sólo se tratara de escuchar, parecería que todo se reduce a considerar la fe como una actividad intelectual o teórica a la que le basta con la ilustración que aportan las ideas y la rectitud de vida que propone la moral. Escuchar y cumplir es la combinación que apunta a la fe como un hecho realmente insólito y peculiar. Y es que ni el Evangelio se puede reducir a doctrina ni la fe es la actividad por la que accedemos a determinadas verdades que de otro modo no podríamos alcanzar, por muy sagradas que éstas sean. María encarna de forma sublime un modelo de revelación y de fe sobre el que veinte siglos más tarde el Concilio Vaticano II ha reflexionado en los siguientes términos: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad[6]. Es decir, Dios no nos revela cosas, sino que se nos revela él mismo, se nos da y nos comunica su voluntad. La revelación no es fuente de conocimientos sino lugar de encuentro con Dios y con el misterio de su voluntad.

Sólo así se entiende que la actitud propia del hombre a quien se dirige esa revelación no sea principalmente la del asentimiento intelectual, que consistiría en responder: esta bien, me lo creo. Antes bien, la única respuesta coherente al Dios que se da es la entrega de la misma persona en reciprocidad amorosa, que nos lleva a confesar: creo en ti, Señor, hágase en mi tu voluntad. Exactamente como María en el relato de la anunciación que nos narra Lc 1, 38: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra”. La cercanía de Dios cuando se dirige al hombre suscita consentimiento amoroso y agradecido y no tanto credulidad. Es lo que San Pablo llama la obediencia de la fe[7]. Y la Constitución Dei Verbum expresa de la siguiente manera: “Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios le revela[8].

La respuesta  de la Virgen María al plan de Dios es normativa para todo creyente. Ella representa la síntesis lograda de aquello que nosotros anhelamos y que de momento disfrutamos de forma no acabada, necesariamente imperfecta. Pero algo nos indica que nuestra respuesta está para siempre fundada en el ámbito de su “sí”, y eso nos da confianza. Oremos a Cristo con María que por su fe es ya para siempre y para todos los hombres modelo de creyente.

 

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Novena de la Virgen del Pilar  2003

 

DÍA QUINTO

 

7 de Octubre de 2003

 

MARÍA, COMPENDIO DEL EVANGELIO

 

MISA 7 de Octubre, Ntra. Sra. la Virgen del Rosario:

Prefacio: Vº de Santa María Virgen

 

1ª Lectura   Hech 1, 12-14: Se dedicaban a la oración junto con María, la madre de Jesús.

Lc 1: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”.

Evangelio    Lc 1, 26-38: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”.

 

HOMILÍA

 

María, compendio del Evangelio. Juan Pablo II, se ha referido al Rosario como el compendio del Evangelio, pues aunque se trata de una oración desde la perspectiva de la Virgen, tiene el misterio de Cristo como centro. Mejor, aún los misterios de la vida de Cristo. “El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo[9]. Tan evidente es para el Papa esta cualidad que se ha permitido proponer al pueblo cristiano nuevos misterios que incidan en la vida pública de Jesús y completen, con un tono ciertamente evangélico, el ejercicio de contemplación que supone siempre la oración del Rosario: el bautismo de Jesús en el Jordán, Jesús y sus discípulos invitados a una boda en Caná, Jesús anuncia el reino de Dios invitando a la conversión, la transfiguración y la institución de la Eucaristía. Ciertamente no son todos los misterios de la vida de Jesús los que se contemplan en el Rosario, pues se trata de una selección. Pero sí que, entre los de siempre y los luminosos se perfila definitivamente el Rosario como la oración de la contemplación de Cristo de la mano de María la Virgen.

No es mal día hoy para recordar todo esto, pues celebramos la fiesta de la Virgen del Rosario. Y haremos bien en redoblar nuestro compromiso orante en torno a esta tradicional oración cristiana, tal como nos sugiere Juan Pablo II.

En qué sentido se puede decir de María la Virgen lo que el Papa afirma del Rosario; es decir, por qué decimos que la Virgen es el compendio del Evangelio.

¿Qué entendemos exactamente por Evangelio? El Evangelio es algo más que un libro escrito donde se nos cuenta la vida de Jesús y al que pudiéramos acercarnos para tener una información fiable sobre el mismo. El Evangelio es algo más que una guía moral donde aprendemos cómo tenemos que vivir. En estas últimas décadas ha predominado un tratamiento moral del Evangelio, como si todo fuera cuestión de leer y comprender lo que en él está escrito para tratar nosotros de hacer lo mismo. Hemos centrado excesivamente nuestra atención en cumplir y en llevar a la vida una doctrina. Y todos estos aspectos no son desdeñables, pero no dicen la verdad última de lo que significa el Evangelio. El Evangelio es ante todo un acontecimiento: es Cristo mismo en cuanto se nos ofrece como salvación dispuesta por Dios Padre, que al realizarse en la plenitud del tiempo cambia definitivamente el ser de la historia y de nuestras vidas, transmutando el destino de todo hombre a una vida nueva. Este acontecimiento tiene lugar de una vez para siempre en Cristo y, por tanto, vivir el Evangelio, antes y primero que hacer lo que él nos dice, es experimentar a Cristo.

En este sentido María la Virgen es compendio del Evangelio, y no sólo porque con su humildad realiza el espíritu de las Bienaventuranzas, o lo que Jesús nos propone de escuchar la Palabra de Dios y cumplirla. María la Virgen, sobre todo, es compendio del Evangelio porque ella ha prefigurado de forma acabada lo que significa vivir totalmente vuelta hacia el misterio de Cristo, su Hijo. Juan Pablo II lo expresa refiriéndose al rostro de Cristo, en esa mirada maternal y creyente que no se separa de la mirada de su hijo: “El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado ... Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también sobre el rostro del Hijo, cuando lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre[10]. La mirada de María le acompaña con distintos matices a lo largo de su vida hasta la cruz. Y esa misma mirada se prolonga en la contemplación del resucitado, en ese lugar que la Madre ocupa en la oración expectante de Espíritu en compañía de los apóstoles, tal como hemos proclamado en la primera lectura.

Lo decisivo de nuestra relación con la Virgen, especialmente visible en la simbología de la Virgen del Pilar, es ese permanecer suyo junto a la Iglesia en la contemplación del misterio de Cristo y de su Evangelio. O ¿acaso no es éste el motivo central de la presencia de la Virgen a orillas del Ebro para que el acontecimiento de salvación que es Cristo llegara a las gentes de estas tierras por la iniciativa evangelizadora del apóstol Santiago? La devoción ha de ser siempre el camino que nos da acceso a lo central del Evangelio, que no es primeramente o que yo tengo que hacer cuanto lo que Dios hace por mí en su Hijo. Y esto se llama contemplación. Y figura contemplativa por excelencia, María la Virgen.

La Virgen María es compendio del evangelio, “Evangelio vivido”, como titulaban los obispos aragoneses con motivo del congreso mariano nacional celebrado en Zaragoza en 1998. Y lo es por la particular relación con que está unida al misterio de su Hijo. Su fe se alimenta de la contemplación directa. Curiosamente este rasgo no es privativo de ella, aunque ella lo viva ciertamente de una manera excepcional. Pero hemos de plantearnos la importancia que para la fe tiene la contemplación. Para ello, hay que desechar definitivamente la definición de fe como “creer en lo que no se ve”. El relato pascual de la duda de Tomás no puede condicionar la comprensión cristiana sobre la fe hasta el punto de destacar de ella como característica esencial su invisibilidad. Antes, al contrario, si algo tiene de específico la revelación cristiana es la necesidad de los signos objetivos y de las mediaciones humanas en el camino creyente. La principal de todas ellas, la encarnación del Hijo de Dios. Por qué nos empeñamos en relacionar la fe con lo invisible, cuando Dios se ha hecho en su Hijo humano, entrañable, fraternal, cercano. Dice  San Juan en su primera carta: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la vida, -- pues la vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio ... -- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que vosotros también estéis en comunión con nosotros[11].

La fe en Jesucristo es transmitida por el testimonio externo de los testigos y el testimonio interno del Espíritu en cada creyente para emplazar la verdad de Cristo, no en el ámbito de lo invisible e irracional, sino en el de lo que objetivamente nos es concedido comprender, hacer presente y experimentar de la verdad de Dios. Toda la vida cristiana se basa en la certeza de la presencia personal de Dios y se realiza en los signos sacramentales que visibilizan una salvación que afecta a todas las dimensiones de nuestro ser.

El corazón es el principal sentido para la contemplación del rostro de Cristo. A ejercitar el corazón como el sentido de la contemplación nos ayuda la devoción. Por eso, para muchos de los que estamos aquí hemos de agradecer de infinitamente a la Virgen del Pilar que, más allá de la protección, consuelo y ayuda que nos otorga en las cosas de cada día, haya madurado nuestro corazón para contemplar a su lado el rostro de Cristo.

La fe necesita ver, la contemplación no es sino una forma cordial de visión. Pero lo real no es sólo lo que nuestros sentidos constatan. La realidad última de una humanidad salvada en Cristo configura nuestra existencia desde la misma entraña. La muerte de Jesús marca la historia para siempre y la sitúa bajo el signo de la salvación y el amor de Dios. La resurrección realiza y anuncia la victoria definitiva sobre los poderes que nos tiranizan y nos humillan, abriendo para todo hombre un camino de plenitud. María la Virgen contempla de manera privilegiada y forma parte de la humanidad salvada pues no en vano en ella se gesta el misterio y en ella, la primera, se recogen sus frutos. La virgen María es compendio del Evangelio porque pertenece por designio de Dios al centro mismo del misterio de nuestra salvación en Cristo.

¡Cómo no celebrar, honrar y alegrarnos con la Madre, Santa María Virgen, para nosotros, la Virgen del Pilar! Y ¡Cómo no pedirle al mismo tiempo que abra los ojos de nuestro corazón para comprender la verdad de su Hijo, nuestro Salvador!

 

 

 

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Novena de la Virgen del Pilar  2003

 

DÍA SEXTO

 

8 de Octubre de 2003

 

ANUNCIAR A CRISTO CON MARÍA

 

MISA del Ritual de la Virgen María, nº 18:

La Virgen María, reina de los apóstoles

 

1ª Lectura   Hech 1, 12-14; 2, 1-4: “Se dedicaban a la oración en común, junto con María”.

Sal 86: “Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios”.

Evangelio    Jn 19, 25-27: “Dijo Jesús al discípulo: ahí tienes a tu madre”.

 

HOMILÍA

 

Anunciar a Cristo con María. La Virgen vive su especialísima relación con el misterio de su Hijo en el seno de la comunidad naciente. La primera lectura de los Hechos de los apóstoles, que también leíamos ayer en su primera parte, deja constancia de ese hacer en común. Y el Evangelio de S. Juan nos muestra él por qué de la comunión que desde el principio se establece entre María y los apóstoles, concentración o compendio de la Iglesia. Es decir, María se sabe vinculada a la comunidad cristiana por deseo expreso de su Hijo: “Madre: ahí tienes a tu hijo”. No podía ser de otra manera, dada la relación única con la que está unida al misterio de su Hijo como madre de Dios, discípula de Cristo, modelo de creyente y compendio de Evangelio.

Este designio de unidad con la persona del Hijo y la realización de su obra por acción del Espíritu Santo, se plasma en la imagen de María en oración con los apóstoles. En este contexto bíblico hay que entender principalmente el título de “Reina de los Apóstoles”. El simbolismo de la presencia confortadora de la Virgen del Pilar con Santiago apóstol no es una honrosa excepción en la relación que María establece con los apóstoles.

Momento esencial de la comunidad de oración y de vida con los apóstoles es la misión de anunciar a Cristo muerto y resucitado por nosotros, la obra de la evangelización. Ahí reside precisamente la fuerza de la imagen: oración común en la espera del Espíritu Santo que va a configurar el futuro de la comunidad alrededor del testimonio público sobre el resucitado, haciendo de ella una comunidad fundamentalmente evangelizadora y apostólica.

María, la Virgen encaja perfectamente en la dimensión evangelizadora de la Iglesia porque participa desde el principio del designio de salvación universal que acontece en la persona de su Hijo. Esta relación de María con la evangelización ha sido puesta de relieve por Juan Pablo II en relación con la devoción a la Virgen que se expresa en la práctica cristiana del Rosario. En su carta apostólica define el Rosario como “un itinerario de anuncio y profundización”, en el que tiene lugar una presentación continuada del misterio de Cristo. Y señala la oportunidad de esta actividad para los tiempos de crisis[12].

De nuevo volvemos la mirada a la escena de la Virgen del Pilar y Santiago, pues es la desazón ante los pocos frutos obtenidos tras el duro trabajo del anuncio del Evangelio el lugar donde acontece ese maravilloso encuentro entre el evangelizador y la figura de María: alentando, confortando, avivando en nosotros el rescoldo de la presencia viva de su Hijo y de su Evangelio.

Evangelizar, que eso es precisamente anunciar a Cristo, no es una tarea optativa para la Iglesia; constituye su misma esencia. Dice Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi con una expresión lapidaria que ha alimentado las motivaciones apostólicas de tantas iniciativas recientes en nuestra Diócesis: “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa[13].

Posiblemente tampoco sea la de la evangelización una tarea optativa para cada cristiano independientemente de su estado y del puesto que ocupa dentro de la Iglesia. Y esto, en primer lugar, por la razón evidente de que lo que la Iglesia sea se expresa en todos y cada uno de sus miembros. Pero no menos importante es caer en la cuenta de que la exigencia de evangelizar nace directamente de la percepción vivida en la fe de que Jesucristo es el único salvador. El núcleo mismo del acto de fe en cada cristiano, por su misma cualidad de ser presencia del absoluto en la vida, lleva a la negación de cualquier otra instancia de salvación que no sea la persona misma de Jesucristo. Y esto por mucho respeto y admiración que susciten otras formas religiosas y credos distintos del nuestro. La afirmación de la modernidad más superficial y dañina de que todas religiones valen lo mismo y que todas prácticamente están de acuerdo en lo principal no huele ni de lejos lo que significa el encuentro personal del creyente con Jesucristo.

El libro de los Hechos lo expresa de forma categórica: “Pues no se nos ha dado bajo el cielo otro nombre por el que podamos salvarnos[14]: “Jesucristo Nazareno”. Y con no menos rotundidad la primera de Pablo a los Corintios: “Pues aun cuando se les de el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros[15]. Para Juan Pablo II éste es el punto central que da razón de la urgencia misionera de la Iglesia para con todos los pueblos de la tierra y que, sin perjuicio del aprecio de la revelación y la salvación que Dios ofrece a los hombres de buena voluntad en sus propias religiones, trata de inculcarnos en la encíclica Redemptoris Misio (La misión del Redentor)[16].

La vida cristiana misma, en cuanto identificación con los sentimientos de Cristo Jesús[17], nos adentra en el misterio del amor de Cristo por todos y cada uno de los hombres: “El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido de algún modo a todo hombre[18], afirma el Concilio. Y tras él, es otra vez Juan Pablo II quien saca la consecuencia: El hombre en todas las dimensiones de su ser, “este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y la Redención[19].

Todo este conjunto de aportaciones son las que nos ponen en la pista de que cuando Jesús afirma de que “la mies es mucha y los trabajadores pocos[20], que roguemos “al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”, no se está refiriendo de forma privativa sólo a la vida religiosa y consagrada, sino que nos está dando a entender la única manera coherente en la que se puede creer en él: mirando a las personas, como él y con él, y descubriendo con sus mismas entrañas de misericordia que son como “ovejas que no tienen pastor”. Cuando un cristiano llega a esta identificación con los sentimientos de Cristo se ha realizado ya en el lo decisivo para anunciar a Cristo. En un segundo momento, pero sólo en un segundo momento, lo llevará a cabo de forma acorde con la vocación recibida en la Iglesia; y aquí es donde se ha de abrir permanentemente una riqueza de vocaciones, carismas y ministerios en el seno de la comunidad cristiana.

Evangelizar hoy es tan difícil como siempre, pues la pertinaz actitud humana de orientar la propia de espaldas y en confrontación violenta con Dios y con el prójimo no ha dejado de acompañarnos a lo largo de la historia. Los que siguen hoy en día confiando todo a la bondad innata del ser humano, ni han entendido la gravedad y la fuerza del mal (extremo éste que es como el meollo de la doctrina sobre el pecado original), ni hacen justicia a una realidad que día a día nos está demostrando lo contrario.

Evangelizar hoy es tal vez un poco más difícil que siempre y no tanto por el destinatario cuanto por los mismos cristianos que, arrastrados por una filosofía de la vida de afirmación del individuo contra todo, no acabamos de vivir la fe como un hecho fundamentalmente comunitario. La insistencia cultural del momento en la religión como asunto privado se traduce en la práctica dentro de la Iglesia en distintas formas de consumo religioso que tienen que ver más con la prestación de servicios que con el crecimiento de la comunidad cristiana. De ahí que la práctica sacramental comunitaria y pública, lejos de constituir una rémora para la evangelización, como hasta hace no mucho decíamos, sea en estos momentos la piedra de toque para un nuevo cristianismo confesante, comunitario y, por eso mismo, evangelizador. La escena de María en oración con los apóstoles debe servirnos de orientación y revulsivo para promover en nuestras comunidades cristianas la comunión. Posiblemente el reto de la evangelización no este tanto en la habilidad de determinadas personas para conquistar al oyente cuanto en la coherencia de una vida cristiana que sea por sí misma anuncio y realización comunitaria de una civilización del amor.

Evangelizar, finalmente es tan fácil como siempre, pues, aunque nuestra mediación es siempre necesaria, es la fuerza del Resucitado la que a través de su Espíritu toca el corazón del hombre y realiza el milagro de la fe. Confortados en esta esperanza nos ponemos a los pies de la Virgen del Pilar para que siga suscitando y haciendo posible en comunión con su Hijo y en el seno de la comunidad cristiana que muchos le conozcan y crean el Él.

 

 

        

 

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thalithaqumi

Zaragoza, noviembre 2003



[1] Cf. Conferencia Episcopal Alemana, Catecismo Católico para Adultos. La fe de la Iglesia, BAC, Madrid 1990, pág. 181.

[2] CEE, Misas de la Virgen María, v. I: Misal, 7ª ed., Coed. Litúrgicos, Madrid 2002: “Orientaciones generales”.

[3] Lc 2, 19. 51.

[4] San Agustín, Sermo. 169, 13.

[5] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, nº 65.

[6] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación “Dei Verbum”, nº 2.

[7] Cf. Rom 16, 26.

[8] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación “Dei Verbum”, nº 5.

[9] Juan Pablo II, Carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae”(2002), nº 18.

[10] Ibídem, nº 10.

[11] 1Jn 1, 1-3 a.

[12] Juan Pablo II, Carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae”(2002), nº 17.

[13] Pablo VI, Exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi”(1975), nº 14.

[14] Hech 4, 12.

[15] 1Cor 8, 5-6.

[16] Juan Pablo II, Encíclica “Redemptoris Missio” (1990).

[17] Cf. Filp 2, 4.

[18] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual “Gaudium et Spes”, nº 22.

[19] Juan Pablo II, Encíclica “Redemptor hominis”(1979), nº 14.

[20] Lc 10, 2 ss.