THALITHAQUMI
PLAZA MAYOR
-------------------------------------------------------------------------Tres
reflexiones marianas
Novena de
María, Modelo de Creyente / María, compendio del
Evangelio / Anunciar a Cristo con María
DÍA CUARTO: 6 de Octubre de 2003
MISA del Ritual de
Santa María, discípula del Señor
1ª Lectura Eclo 51, 13-18
...: “Mi corazón
gozaba con la sabiduría”.
Sal 18: “Tus palabras, Señor, son
espíritu y vida”.
Evangelio Mt 12, 46-50: “Señalando con la mano a los
discípulos: éstos son mi madre y mis hermanos”.
1ª
Lectura Dt 8, 7-18: “No te olvides del Señor, tu
Dios”
1Cro 29: “Tú eres
Señor del Universo”.
2ª
Lectura 1Cor 5, 17-21: “El que es de Cristo es una
criatura nueva”.
Evangelio Mt 7, 7-11: “!Cuánto más vuestro Padre del
cielo!”
HOMILÍA
Emilio Aznar Delcazo es sacerdote de la diócesis de
Zaragoza, doctor en Sagrada Teología, profesor del Centro Regional de
Estudios Teológicos de Aragón y párroco del barrio zaragozano de
Garrapinillos. Estas tres meditaciones corresponden a la predicación
de los días cuarto, quinto y sexto de la novena a
María, modelo de creyente.
La proclamación creyente del señorío de Dios sobre todo lo
creado (“Tú eres Señor del Universo” Salmo), se prolonga y desarrolla en la oración
de
María no es una creyente más equiparable a la larga
tradición de creyentes que pueblan la historia de Israel. La Virgen María
atesora una cualidad que la hace única e irrepetible: ella es la realización
primera de una humanidad nueva. Los esquemas piadosos que se fijan en la Virgen
principalmente como un ejemplo a imitar no hacen justicia al alcance de la
figura de María en la Revelación cristiana. La liturgia, heredera de la
doctrina y del lenguaje de los santo Padres, para expresar la ejemplaridad de
la bienaventurada Virgen María emplea los términos “modelo”, “figura”
e “imagen” del pueblo creyente[2].
En cuanto modelo, hemos de resaltar su santidad y presentarla como fiel esclava
del Señor y perfecta discípula de Cristo. En cuanto figura, prefigura la vida
de la Iglesia y guía sus pasos en el camino de la fe y del seguimiento del
Señor. En cuanto imagen, la Iglesia contempla en ella lo que un día ansía y
confía ser.
La fina observación del evangelista San Lucas sobre la
actitud de María: “Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”[3]
la sitúan en el centro de toda actitud creyente: acoger, guardar, conservar,
meditar. Y, al mismo tiempo, esta actitud en ella tiene algo de propio e
intransferible: la especial relación con el misterio que la habita.
María no es una creyente más. En ella está representada
toda la humanidad de la misma manera que lo estaba en Eva. Los Padres de la
Iglesia así lo entienden en seguida dándole el título de La nueva Eva.
Efectivamente: la fe que a la Virgen le lleva a aceptar y acoger
conscientemente el plan de Dios sobre su vida, pertenece al conjunto de la
historia de la salvación y constituye un momento esencial de la misma. Sólo por
medio de su consentimiento la salvación otorgada por Dios Padre en su Hijo
respeta la dignidad y grandeza de un ser creado para cooperar con él y no
simplemente para recibir la salvación como llovida del cielo. La mejor teología
cristiana no ha dejado nunca de insistir en la participación del hombre en la
obra de su propia salvación. San Agustín nos propone al respecto la reflexión
clave al recordarnos que la gracia divina, y en María lo es en grado sumo, no
sólo no le impide al hombre la realización de su libertad, sino que además
aquélla constituye su sostén y salvaguardia: “Sin tu voluntad, no estará en
ti la justicia de Dios. La voluntad es sólo tuya, la justicia sólo de Dios. La
justicia de Dios puede darse sin tu voluntad, pero no estará en ti si tú no
quieres... Quien te creó sin ti, no te justificará sin ti”[4].
En María, la Virgen, la imprescindible y personal aceptación que cada ser
humano ha de hacer del don de Dios, se realiza anticipadamente, y de algún
modo, en representación y solidaridad con todos. La humanidad inicia en ella el
camino que Dios ha trazado para una reconciliación y paz definitivas. Sólo a
ella es atribuible este puesto central en la historia de la salvación. Por eso,
María no es una creyente más. La fascinación del pueblo cristiano por la Madre,
especialmente en el mundo católico, nace en parte de esa intuición de que en la
Virgen acontece algo mucho más grande que lo que se expresa en la mera
imitación de sus virtudes y de su actitud creyente. El Concilio Vaticano II ha
hecho refleja esta intuición al afirmar: “María, por su íntima participación
en la historia de la salvación, reúne en sí y refleja en cierto modo las
verdades supremas de la fe”[5].
Esta perspectiva de lo excepcional en María, que nos mueve
antes a la veneración que a la imitación, se realiza en ella, sin embargo,
según el modo propio de todo acto de fe. En este sentido, comprender lo que
acontece en ella como creyente es tanto como comprender nuestro propio proceso
de fe. La Virgen no es una creyente más, pero todo creyente puede ver reflejado
en ella su propia historia ante Dios.
De manera comúnmente aceptada, se tiende a comprender la fe
como la aceptación de determinadas verdades sobre Dios y sobre el hombre en las
que hay que creer en virtud de una revelación sobrenatural. Para muchos de
nuestros contemporáneos la fe es una cuestión de credulidad y se reduce a si te
lo crees o no. En el relato de Mt 12, cuando Jesús declara que sus hermanos
son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen no está renegando de su
familia, sino ponderando una actitud de fe, que se ve plenamente realizada
precisamente en su misma madre. Si sólo se tratara de escuchar, parecería que
todo se reduce a considerar la fe como una actividad intelectual o teórica a la
que le basta con la ilustración que aportan las ideas y la rectitud de vida que
propone la moral. Escuchar y cumplir es la combinación que apunta a la fe como
un hecho realmente insólito y peculiar. Y es que ni el Evangelio se puede
reducir a doctrina ni la fe es la actividad por la que accedemos a determinadas
verdades que de otro modo no podríamos alcanzar, por muy sagradas que éstas
sean. María encarna de forma sublime un modelo de revelación y de fe sobre el
que veinte siglos más tarde el Concilio Vaticano II ha reflexionado en los
siguientes términos: “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí
mismo y manifestar el misterio de su voluntad”[6].
Es decir, Dios no nos revela cosas, sino que se nos revela él mismo, se nos da
y nos comunica su voluntad. La revelación no es fuente de conocimientos sino
lugar de encuentro con Dios y con el misterio de su voluntad.
Sólo así se entiende que la actitud propia del hombre a
quien se dirige esa revelación no sea principalmente la del asentimiento
intelectual, que consistiría en responder: esta bien, me lo creo. Antes bien,
la única respuesta coherente al Dios que se da es la entrega de la misma
persona en reciprocidad amorosa, que nos lleva a confesar: creo en ti, Señor,
hágase en mi tu voluntad. Exactamente como María en el relato de la anunciación
que nos narra Lc 1, 38: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu
palabra”. La cercanía de Dios
cuando se dirige al hombre suscita consentimiento amoroso y agradecido y no
tanto credulidad. Es lo que San Pablo llama la obediencia de la fe[7]. Y la Constitución Dei Verbum expresa de la siguiente manera: “Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe
el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de
su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios le revela”[8].
La respuesta de la Virgen María al plan de Dios es
normativa para todo creyente. Ella representa la síntesis lograda de aquello
que nosotros anhelamos y que de momento disfrutamos de forma no acabada,
necesariamente imperfecta. Pero algo nos indica que nuestra respuesta está para
siempre fundada en el ámbito de su “sí”, y eso nos da confianza. Oremos a
Cristo con María que por su fe es ya para siempre y para todos los hombres modelo
de creyente.
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Novena de la Virgen del Pilar
2003
DÍA QUINTO
7 de Octubre de 2003
MISA 7 de Octubre, Ntra. Sra. la Virgen del Rosario:
Prefacio: Vº de Santa María Virgen
1ª Lectura Hech 1, 12-14: Se dedicaban a la oración junto
con María, la madre de Jesús.
Lc 1: “Proclama mi alma la grandeza del
Señor”.
Evangelio Lc 1, 26-38: “Concebirás en tu vientre y darás
a luz un hijo”.
HOMILÍA
María, compendio del Evangelio. Juan Pablo II, se ha
referido al Rosario como el compendio del Evangelio, pues aunque se trata de
una oración desde la perspectiva de la Virgen, tiene el misterio de Cristo como
centro. Mejor, aún los misterios de la vida de Cristo. “El Rosario es una de
las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la
contemplación del rostro de Cristo”[9].
Tan evidente es para el Papa esta cualidad que se ha permitido proponer al
pueblo cristiano nuevos misterios que incidan en la vida pública de Jesús y
completen, con un tono ciertamente evangélico, el ejercicio de contemplación
que supone siempre la oración del Rosario: el bautismo de Jesús en el Jordán,
Jesús y sus discípulos invitados a una boda en Caná, Jesús anuncia el reino de
Dios invitando a la conversión, la transfiguración y la institución de la
Eucaristía. Ciertamente no son todos los misterios de la vida de Jesús los que
se contemplan en el Rosario, pues se trata de una selección. Pero sí que, entre
los de siempre y los luminosos se perfila definitivamente el Rosario como la
oración de la contemplación de Cristo de la mano de María la Virgen.
No es mal día hoy para recordar todo esto, pues celebramos
la fiesta de la Virgen del Rosario. Y haremos bien en redoblar nuestro
compromiso orante en torno a esta tradicional oración cristiana, tal como nos
sugiere Juan Pablo II.
En qué sentido se puede decir de María la Virgen lo que el
Papa afirma del Rosario; es decir, por qué decimos que la Virgen es el
compendio del Evangelio.
¿Qué entendemos exactamente por Evangelio? El Evangelio es
algo más que un libro escrito donde se nos cuenta la vida de Jesús y al que
pudiéramos acercarnos para tener una información fiable sobre el mismo. El
Evangelio es algo más que una guía moral donde aprendemos cómo tenemos que
vivir. En estas últimas décadas ha predominado un tratamiento moral del
Evangelio, como si todo fuera cuestión de leer y comprender lo que en él está
escrito para tratar nosotros de hacer lo mismo. Hemos centrado excesivamente
nuestra atención en cumplir y en llevar a la vida una doctrina. Y todos estos
aspectos no son desdeñables, pero no dicen la verdad última de lo que significa
el Evangelio. El Evangelio es ante todo un acontecimiento: es Cristo mismo en
cuanto se nos ofrece como salvación dispuesta por Dios Padre, que al realizarse
en la plenitud del tiempo cambia definitivamente el ser de la historia y de
nuestras vidas, transmutando el destino de todo hombre a una vida nueva. Este
acontecimiento tiene lugar de una vez para siempre en Cristo y, por tanto,
vivir el Evangelio, antes y primero que hacer lo que él nos dice, es
experimentar a Cristo.
En este sentido María la Virgen es compendio del Evangelio,
y no sólo porque con su humildad realiza el espíritu de las Bienaventuranzas, o
lo que Jesús nos propone de escuchar la Palabra de Dios y cumplirla. María la
Virgen, sobre todo, es compendio del Evangelio porque ella ha prefigurado de
forma acabada lo que significa vivir totalmente vuelta hacia el misterio de
Cristo, su Hijo. Juan Pablo II lo expresa refiriéndose al rostro de Cristo, en
esa mirada maternal y creyente que no se separa de la mirada de su hijo: “El
rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde
se ha formado ... Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la
contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de
algún modo en él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu
Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus
rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también sobre
el rostro del Hijo, cuando lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”[10].
La mirada de María le acompaña con distintos matices a lo largo de su vida
hasta la cruz. Y esa misma mirada se prolonga en la contemplación del
resucitado, en ese lugar que la Madre ocupa en la oración expectante de
Espíritu en compañía de los apóstoles, tal como hemos proclamado en la primera
lectura.
Lo decisivo de nuestra relación con la Virgen,
especialmente visible en la simbología de la Virgen del Pilar, es ese
permanecer suyo junto a la Iglesia en la contemplación del misterio de Cristo y
de su Evangelio. O ¿acaso no es éste el motivo central de la presencia de la
Virgen a orillas del Ebro para que el acontecimiento de salvación que es Cristo
llegara a las gentes de estas tierras por la iniciativa evangelizadora del
apóstol Santiago? La devoción ha de ser siempre el camino que nos da acceso a
lo central del Evangelio, que no es primeramente o que yo tengo que hacer
cuanto lo que Dios hace por mí en su Hijo. Y esto se llama contemplación. Y
figura contemplativa por excelencia, María la Virgen.
La Virgen María es compendio del evangelio, “Evangelio
vivido”, como titulaban los obispos aragoneses con motivo del congreso
mariano nacional celebrado en Zaragoza en 1998. Y lo es por la particular
relación con que está unida al misterio de su Hijo. Su fe se alimenta de la
contemplación directa. Curiosamente este rasgo no es privativo de ella, aunque
ella lo viva ciertamente de una manera excepcional. Pero hemos de plantearnos
la importancia que para la fe tiene la contemplación. Para ello, hay que
desechar definitivamente la definición de fe como “creer en lo que no se ve”.
El relato pascual de la duda de Tomás no puede condicionar la comprensión
cristiana sobre la fe hasta el punto de destacar de ella como característica
esencial su invisibilidad. Antes, al contrario, si algo tiene de específico la
revelación cristiana es la necesidad de los signos objetivos y de las
mediaciones humanas en el camino creyente. La principal de todas ellas, la
encarnación del Hijo de Dios. Por qué nos empeñamos en relacionar la fe con lo
invisible, cuando Dios se ha hecho en su Hijo humano, entrañable, fraternal,
cercano. Dice San Juan en su primera
carta: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de
la Palabra de la vida, -- pues la vida se manifestó, y nosotros la hemos visto
y damos testimonio ... -- lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
vosotros también estéis en comunión con nosotros”[11].
La fe en Jesucristo es transmitida por el testimonio externo
de los testigos y el testimonio interno del Espíritu en cada creyente para
emplazar la verdad de Cristo, no en el ámbito de lo invisible e irracional,
sino en el de lo que objetivamente nos es concedido comprender, hacer presente
y experimentar de la verdad de Dios. Toda la vida cristiana se basa en la
certeza de la presencia personal de Dios y se realiza en los signos
sacramentales que visibilizan una salvación que afecta a todas las dimensiones
de nuestro ser.
El corazón es el principal sentido para la contemplación
del rostro de Cristo. A ejercitar el corazón como el sentido de la
contemplación nos ayuda la devoción. Por eso, para muchos de los que estamos
aquí hemos de agradecer de infinitamente a la Virgen del Pilar que, más allá de
la protección, consuelo y ayuda que nos otorga en las cosas de cada día, haya
madurado nuestro corazón para contemplar a su lado el rostro de Cristo.
La fe necesita ver, la contemplación no es sino una forma
cordial de visión. Pero lo real no es sólo lo que nuestros sentidos constatan.
La realidad última de una humanidad salvada en Cristo configura nuestra
existencia desde la misma entraña. La muerte de Jesús marca la historia para
siempre y la sitúa bajo el signo de la salvación y el amor de Dios. La
resurrección realiza y anuncia la victoria definitiva sobre los poderes que nos
tiranizan y nos humillan, abriendo para todo hombre un camino de plenitud.
María la Virgen contempla de manera privilegiada y forma parte de la humanidad
salvada pues no en vano en ella se gesta el misterio y en ella, la primera, se
recogen sus frutos. La virgen María es compendio del Evangelio porque pertenece
por designio de Dios al centro mismo del misterio de nuestra salvación en
Cristo.
¡Cómo no celebrar, honrar y alegrarnos con la Madre, Santa
María Virgen, para nosotros, la Virgen del Pilar! Y ¡Cómo no pedirle al mismo
tiempo que abra los ojos de nuestro corazón para comprender la verdad de su
Hijo, nuestro Salvador!
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Novena de la Virgen del Pilar
2003
DÍA SEXTO
8 de Octubre de 2003
MISA del Ritual de la Virgen María, nº 18:
La Virgen María, reina de los apóstoles
1ª Lectura Hech 1, 12-14; 2, 1-4: “Se dedicaban a la oración en
común, junto con María”.
Sal 86: “Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios”.
Evangelio Jn 19, 25-27: “Dijo Jesús al discípulo: ahí
tienes a tu madre”.
Anunciar a Cristo con
María. La Virgen vive su especialísima relación con el misterio de su Hijo en
el seno de la comunidad naciente. La primera lectura de los Hechos de los
apóstoles, que también leíamos ayer en su primera parte, deja constancia de ese
hacer en común. Y el Evangelio de S. Juan nos muestra él por qué de la comunión
que desde el principio se establece entre María y los apóstoles, concentración
o compendio de la Iglesia. Es decir, María se sabe vinculada a la comunidad
cristiana por deseo expreso de su Hijo: “Madre: ahí tienes a tu hijo”.
No podía ser de otra manera, dada la relación única con la que está unida al
misterio de su Hijo como madre de Dios, discípula de Cristo, modelo de creyente
y compendio de Evangelio.
Este designio de
unidad con la persona del Hijo y la realización de su obra por acción del
Espíritu Santo, se plasma en la imagen de María en oración con los apóstoles.
En este contexto bíblico hay que entender principalmente el título de “Reina de
los Apóstoles”. El simbolismo de la presencia confortadora de la Virgen del
Pilar con Santiago apóstol no es una honrosa excepción en la relación que María
establece con los apóstoles.
Momento esencial de
la comunidad de oración y de vida con los apóstoles es la misión de anunciar a
Cristo muerto y resucitado por nosotros, la obra de la evangelización. Ahí
reside precisamente la fuerza de la imagen: oración común en la espera del
Espíritu Santo que va a configurar el futuro de la comunidad alrededor del
testimonio público sobre el resucitado, haciendo de ella una comunidad
fundamentalmente evangelizadora y apostólica.
María, la Virgen
encaja perfectamente en la dimensión evangelizadora de la Iglesia porque
participa desde el principio del designio de salvación universal que acontece
en la persona de su Hijo. Esta relación de María con la evangelización ha sido
puesta de relieve por Juan Pablo II en relación con la devoción a la Virgen que
se expresa en la práctica cristiana del Rosario. En su carta apostólica define
el Rosario como “un itinerario de anuncio y profundización”, en el que tiene
lugar una presentación continuada del misterio de Cristo. Y señala la
oportunidad de esta actividad para los tiempos de crisis[12].
De
nuevo volvemos la mirada a la escena de la Virgen del Pilar y Santiago, pues es
la desazón ante los pocos frutos obtenidos tras el duro trabajo del anuncio del
Evangelio el lugar donde acontece ese maravilloso encuentro entre el
evangelizador y la figura de María: alentando, confortando, avivando en
nosotros el rescoldo de la presencia viva de su Hijo y de su Evangelio.
Evangelizar, que
eso es precisamente anunciar a Cristo, no es una tarea optativa para la
Iglesia; constituye su misma esencia. Dice Pablo VI en su exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi con una expresión lapidaria que ha alimentado
las motivaciones apostólicas de tantas iniciativas recientes en nuestra
Diócesis: “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia,
su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para
predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores
con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su
muerte y resurrección gloriosa”[13].
Posiblemente
tampoco sea la de la evangelización una tarea optativa para cada cristiano
independientemente de su estado y del puesto que ocupa dentro de la Iglesia. Y
esto, en primer lugar, por la razón evidente de que lo que la Iglesia sea se
expresa en todos y cada uno de sus miembros. Pero no menos importante es caer
en la cuenta de que la exigencia de evangelizar nace directamente de la
percepción vivida en la fe de que Jesucristo es el único salvador. El núcleo
mismo del acto de fe en cada cristiano, por su misma cualidad de ser presencia
del absoluto en la vida, lleva a la negación de cualquier otra instancia de
salvación que no sea la persona misma de Jesucristo. Y esto por mucho respeto y
admiración que susciten otras formas religiosas y credos distintos del nuestro.
La afirmación de la modernidad más superficial y dañina de que todas religiones
valen lo mismo y que todas prácticamente están de acuerdo en lo principal no
huele ni de lejos lo que significa el encuentro personal del creyente con
Jesucristo.
El libro de los
Hechos lo expresa de forma categórica: “Pues no se nos ha dado bajo el cielo
otro nombre por el que podamos salvarnos”[14]:
“Jesucristo Nazareno”. Y con no menos rotundidad la primera de Pablo a los
Corintios: “Pues aun cuando se les de el nombre de dioses, bien en el cielo
bien en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para
nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las
cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas
las cosas y por el cual somos nosotros”[15].
Para Juan Pablo II éste es el punto central que da razón de la urgencia
misionera de la Iglesia para con todos los pueblos de la tierra y que, sin
perjuicio del aprecio de la revelación y la salvación que Dios ofrece a los
hombres de buena voluntad en sus propias religiones, trata de inculcarnos en la
encíclica Redemptoris Misio (La misión del Redentor)[16].
La vida cristiana
misma, en cuanto identificación con los sentimientos de Cristo Jesús[17],
nos adentra en el misterio del amor de Cristo por todos y cada uno de los
hombres: “El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido de algún modo a
todo hombre”[18],
afirma el Concilio. Y tras él, es otra vez Juan Pablo II quien saca la
consecuencia: El hombre en todas las dimensiones de su ser, “este hombre es
el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión,
él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo
mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y
la Redención”[19].
Todo este conjunto
de aportaciones son las que nos ponen en la pista de que cuando Jesús afirma de
que “la mies es mucha y los trabajadores pocos”[20],
que roguemos “al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”, no
se está refiriendo de forma privativa sólo a la vida religiosa y consagrada,
sino que nos está dando a entender la única manera coherente en la que se puede
creer en él: mirando a las personas, como él y con él, y descubriendo con sus
mismas entrañas de misericordia que son como “ovejas que no tienen pastor”.
Cuando un cristiano llega a esta identificación con los sentimientos de Cristo
se ha realizado ya en el lo decisivo para anunciar a Cristo. En un segundo
momento, pero sólo en un segundo momento, lo llevará a cabo de forma acorde con
la vocación recibida en la Iglesia; y aquí es donde se ha de abrir
permanentemente una riqueza de vocaciones, carismas y ministerios en el seno de
la comunidad cristiana.
Evangelizar hoy es
tan difícil como siempre, pues la pertinaz actitud humana de orientar la propia
de espaldas y en confrontación violenta con Dios y con el prójimo no ha dejado
de acompañarnos a lo largo de la historia. Los que siguen hoy en día confiando
todo a la bondad innata del ser humano, ni han entendido la gravedad y la
fuerza del mal (extremo éste que es como el meollo de la doctrina sobre el
pecado original), ni hacen justicia a una realidad que día a día nos está
demostrando lo contrario.
Evangelizar hoy es
tal vez un poco más difícil que siempre y no tanto por el destinatario cuanto
por los mismos cristianos que, arrastrados por una filosofía de la vida de
afirmación del individuo contra todo, no acabamos de vivir la fe como un hecho
fundamentalmente comunitario. La insistencia cultural del momento en la religión
como asunto privado se traduce en la práctica dentro de la Iglesia en distintas
formas de consumo religioso que tienen que ver más con la prestación de
servicios que con el crecimiento de la comunidad cristiana. De ahí que la
práctica sacramental comunitaria y pública, lejos de constituir una rémora para
la evangelización, como hasta hace no mucho decíamos, sea en estos momentos la
piedra de toque para un nuevo cristianismo confesante, comunitario y, por eso
mismo, evangelizador. La escena de María en oración con los apóstoles debe
servirnos de orientación y revulsivo para promover en nuestras comunidades
cristianas la comunión. Posiblemente el reto de la evangelización no este tanto
en la habilidad de determinadas personas para conquistar al oyente cuanto en la
coherencia de una vida cristiana que sea por sí misma anuncio y realización
comunitaria de una civilización del amor.
Evangelizar,
finalmente es tan fácil como siempre, pues, aunque nuestra mediación es siempre
necesaria, es la fuerza del Resucitado la que a través de su Espíritu toca el
corazón del hombre y realiza el milagro de la fe. Confortados en esta esperanza
nos ponemos a los pies de la Virgen del Pilar para que siga suscitando y
haciendo posible en comunión con su Hijo y en el seno de la comunidad cristiana
que muchos le conozcan y crean el Él.
thalithaqumi
Zaragoza, noviembre 2003
[1] Cf. Conferencia Episcopal Alemana, Catecismo
Católico para Adultos. La fe de la Iglesia, BAC, Madrid 1990, pág. 181.
[2] CEE, Misas de la Virgen María, v. I:
Misal, 7ª ed., Coed. Litúrgicos, Madrid 2002: “Orientaciones generales”.
[3]
Lc 2, 19. 51.
[4] San Agustín, Sermo. 169, 13.
[5] Concilio Vaticano II, Constitución
Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium”, nº 65.
[6] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática
sobre la Divina Revelación “Dei Verbum”, nº 2.
[7] Cf. Rom 16, 26.
[8] Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación “Dei Verbum”, nº 5.
[9] Juan Pablo II, Carta apostólica
“Rosarium Virginis Mariae”(2002), nº 18.
[10] Ibídem, nº 10.
[11] 1Jn 1, 1-3 a.
[12] Juan Pablo II, Carta apostólica
“Rosarium Virginis Mariae”(2002), nº 17.
[13] Pablo VI, Exhortación apostólica
“Evangelii Nuntiandi”(1975), nº 14.
[14] Hech 4, 12.
[15] 1Cor 8, 5-6.
[16] Juan Pablo II, Encíclica “Redemptoris
Missio” (1990).
[17] Cf. Filp 2, 4.
[18] Concilio Vaticano II, Constitución
pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual “Gaudium et Spes”, nº 22.
[19] Juan Pablo II, Encíclica “Redemptor
hominis”(1979), nº 14.
[20] Lc 10, 2 ss.