elcantarodesicar.com

 

       El Padre Luis Domingo Gaya, franciscano, es rector del Santuario de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, que este año 2006 celebra el año jubilar en torno a la reliquia del Lignum Crucis, el mayor fragmento de la curz del Señor en la que entregó su vida aquel primer Viernes Santo junto a las murallas de Jesuralén. El P. Gaya fue invitado por el Cabildo de Zaragoza a  participar en la Novena dedicada a la Virgen del Pilar como preparación para su solemnidad el 12 de octubre. Luis Domingo Gaya intervino en los tres primeros días de la Novena. Sus meditaciones, retransmitidas por Radio María, se apoyaron en estos apuntes que, gracias a su gentileza, podemos ahora reproducir.

 

 

ORAR A SANTA MARÍA DEL PILAR

 

 

DÍA 3 DE OCTUBRE: DIOS TE SALVE, MARÍA, que en tu Pilar estás presente entre nosotros

 

 

Queridos hermanos, devotos de nuestra Señora la Virgen del Pilar:

 

Comenzamos esta novena con el saludo de alegría y júbilo que repite las mismas palabras del ángel Gabriel en la anunciación: “Dios te salve, María, alégrate, María, exulta de gozo”. Éste es nuestro saludo que, si nos fijamos bien, es ya una respuesta de María. En efecto, nos dirigimos a ella felicitándola con esta expresión alegre, y en estas mismas palabras nos contesta diciéndonos que tiene esa alegría no para ella sino para nosotros. Su alegría es la nuestra, su gozo por la salvación es el nuestro. Igual que unas palabras dichas en un lugar que tenga eco se nos repiten al pronunciarlas, así María se hace eco de nuestro saludo para invitarnos a participar de su alegría. Nos recuerda que su figura y misión son salvadoras, están llenas de la fuerza y del amor de Dios nuestro Padre.  “Dios te salve, María”, le decimos, y ella nos sonríe con su amor maternal que trajo al mundo la salvación.

 

El saludo en la época del evangelio, era un deseo de alegría o de paz. Aquí las palabras del ángel Gabriel se toman de textos de antiguas profecías sobre el futuro liberador del pueblo elegido. La promesa de la salvación recorre todos los escritos del A. T., atravesando los siglos para mantener la esperanza del paraíso perdido. Esa salvación se cumplió en María al ser Madre del Mesías, de Jesucristo. “¡Alégrate, María! Salta de júbilo, llénate de gozo”. Se trata del horizonte de salvación que alumbraba en María como la aurora precede al sol. María era la estrella de la mañana que abría el día. Por eso los pueblos envueltos en sombras y oscuridad, podían llenarse de júbilo y de fiesta. Su luto se iba a convertir en traje de fiesta; sus lamentos, en cantos de alegría. Nos dice el evangelio que María se asombró de un saludo semejante. Ella fue la primera en disfrutar de lo que aquella palabra significaba. Desde entonces, como dijo en el Magníficat, “todas las generaciones me llamarán dichosa”. Es lo que hacemos cada cristiano cuando nos dirigimos a ella: cumplimos su profecía y pronunciamos un ininterrumpido saludo que, como un eco cósmico, repite siempre: “Alégrate, María, salta de júbilo, Dios te salve”.

 

Por eso, al dirigirnos a nuestra Madre celestial de esta manera, ella nos acoge y nos recuerda que es la salvación su don; que es la alegría por su Hijo lo que debemos sentir dentro de nuestro corazón. No la saludamos para ella sola, para que disfrute de algo que a nosotros no nos corresponde. Al mirarle recibimos una sonrisa de sus labios. La que nos recuerda que estamos dentro del amor de Dios y de su salvación. Nosotros le decimos que se alegre, y es ese mismo saludo el que nos devuelve. “Alégrate, tú, hijo mío, hija mía, porque todo lo mío es para ti, mis alabanzas son las tuyas”. No debe reinar la tristeza en ti cuando puedes sentirme a tu lado trayéndote mi anuncio de paz, de salvación. Las pruebas y sufrimientos de la vida oscurecen nuestro interior. El esfuerzo diario nos resulta a veces, una pesada carga. Como el pueblo de la antigua alianza sumido en la desesperación por el exilio y cautiverio en países extranjeros, nuestra alma atraviesa situaciones de dolor y soledad. Pero si elevamos nuestra vista para dirigirla a la Madre celestial sobre su pilar firme y seguro, una luz se enciende en nuestros ojos, una esperanza brilla en el fondo del corazón, un nuevo sentido brota para la cruz tan pesada a veces, que cargamos sobre nuestros hombros. Porque a María la recordamos en la fe como puerta de la salvación, aurora del sol, fuente de la alegría. No es María una mujer sobrenatural aislada en las alturas, sin contacto con nuestros dolores. Es la elegida por Dios para que se encarnara su Hijo y nos trajera su reino de amor y de gracia, de paz y luz.

 

Cuando nos dirigimos de esta manera a María, somos como niños pequeños ante su madre, aún cuando hayamos cumplido ya muchos años. Sabemos que el recién nacido, apenas comienza a ver al poco de su nacimiento, percibe la sonrisa de su madre. Ese descubrimiento le hace aprender a sonreír. No sabía lo que era la sonrisa de felicidad, nadie se la había mostrado antes, pero al verla en los labios maternos, enciende en su interior la capacidad dormida aún de sonreír. Ha sido la madre la que ha hecho nacer en su hijo la experiencia de la alegría, de la felicidad ante el amor y la vida. Así nosotros con María. Como niños en su regazo, mirando su sonrisa, aprendemos a sonreír. “¡Alégrate, María!”, le decimos, y ella nos responde con estas palabras: “te doy mi alegría, mi sonrisa, mi triunfo sobre las olas amenazadoras del mar. Apóyate en mi pilar, en mi fe en Dios, y gózate por la salvación que te entrego en mi Hijo Jesucristo”. Entonces nuestra tristeza se alivia, el peso del sufrimiento y desesperanza se aligeran. Podemos sentir en nuestro corazón la caricia maternal de nuestra madre del cielo. Su alegría nos consuela, su puesto en la historia de nuestra salvación nos alienta y conforta.

 

Éste es el saludo que le dirigimos a María, nuestra Madre del Pilar. Éste es el mensaje que desde el principio nos hace llegar desde su corazón materno. Agradezcamos tanto don y tanto amor como el que podemos vivir en nuestra fe. No se trata de una alegría fácil, la que nos ofrece María. Ni superficial, ni separada de la cruz. Cuánto nos gustaría que con sólo estas palabras mágicas del “Dios te salve, María”, toda pena y desconsuelo desaparecieran de nuestra vista. ¡Cuántos hijos más tendría en ese caso nuestra madre celestial! ¡Qué fácil sería entonces tener y vivir de fe! Pero no es esa la alegría que nos promete María. No podemos adueñarnos de ella y de su amor. Su ayuda es del orden de la fe y la confianza, es del abandono en manos de Dios y del esfuerzo esperanzado. Más allá de nuestros cálculos humanos, la gracia que se nos regala es para dar un fruto abundante, para reverdecer en la primavera tras el duro invierno, para producir nuevos brotes después del dolor de la poda. Nos gustaría tenerlo todo resuelto, que la vida nos sonriera en todo. Pero entonces la cruz ya no existiría, el dolor no tendría lugar ni nuestros prójimos contarían para nosotros. Habríamos hecho un mundo a nuestra imagen, una burbuja aislada de búsqueda egoísta de satisfacción. La alegría de la salvación de María no está reñida con la cruz y el sufrimiento. Simplemente asumen esta oscuridad y la ponen en manos de que es fuente y origen de todo: Dios nuestro Padre. Entonces todo cambia y lo más penoso, puede servir de aliciente para uno mismo y para ayudar en el bien de los demás. Y así nos ocurre tantas veces que, si tenemos la ilusión puesta en una meta o deseo, los esfuerzos por alcanzar ese propósito se nos hacen llevaderos. “Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en el cielo”, nos dice el Señor.

 

 

 

 

Cuenta la historia de S. Francisco de Asís, el hermano universal, que un día llamó a su compañero fray León y le dijo: Escribe, hermano León, cuál es la verdadera alegría. Y le fue diciendo que no es la de que todos los profesores de la universidad de París de su tiempo entraran en la orden por él fundada, la de los hermanos menores. Que tampoco es verdadera alegría la que podía venir de hacer milagros o convertir a todos los infieles al evangelio. Que en todo eso no está ni se encuentra la verdadera alegría. Y el pobrecillo de Asís le contó al hermano León en forma de historia en qué consiste la verdadera alegría. Y le dijo que si él llegaba una noche a su convento de Santa María de los Ángeles en Asís, después de haber andado por los caminos embarrados, con hielo en los bordes del hábito y heridas en los pies. Si al llamar a la puerta el hermano portero le contesta diciéndole que no son esas horas de llamar, y que además ya no quieren saber nada de él porque es un simple e inculto, y le manda al hospital de los leprosos para que le recojan allí, si entonces he tenido paciencia y no me he turbado, en eso está la verdadera alegría.

 

Es un examen muy exigente en verdad. Pero nos puede ilustrar sobre la alegría que nos ofrece nuestra Madre del cielo. Es la de su pilar entregado al apóstol Santiago. Una prueba de confianza segura y estable, un amor firme y duradero, el Amor con mayúsculas del mismo Dios. Si nos apoyamos en él, tendremos la alegría de San Francisco, la de los santos que han pasado haciendo el bien y viviendo las bienaventuranzas. Será nuestra la misma alegría que le ofrecemos a María al saludarle con la salve, con el alégrate del ángel de la anunciación. Ojalá esta tarde podamos sentir en nuestro corazón algo de esta alegría profunda y honda de la salvación, que María continuamente nos ofrece.

 

 

 

ORAR A SANTA MARÍA DEL PILAR

 

DÍA 4. LLENA ERES DE GRACIA, y mediadora de todas las gracias que aquí recibimos

 

Queridos hermanos que honráis a nuestra Señora del Pilar en estos días de su novena:

 

Llamamos a María la llena de gracia, la Inmaculada, sin defecto ni mancha de pecado original. Es la expresión usada por el ángel Gabriel. Hoy de nuevo, recordamos sus palabras, como ayer lo hacíamos con su “Alégrate”, “Salve”, o “Dios te salve”. Hoy es este “llena de gracia”, el texto que centra nuestra mirada a la Virgen Santísima. María es la “llena de gracia”, la “favorecida”, la “agraciada”.  Son expresiones que quieren dar a entender el don de Dios a una persona. En el caso de María es su regalo de hacerla madre de su Hijo. Lo que todas las jóvenes del tiempo del N. T. esperaban y deseaban, le correspondió a ella. Probablemente ni se lo podía creer. Una joven, una muchacha todavía, de un pueblo insignificante, de una familia sin renombre social, de una zona alejada de la capital y del templo de Jerusalén. A ella precisamente, marginada por la cultura y la sociedad de entonces. Una persona tal, en una condición semejante, se vio de pronto saludada con el favor y la gracia del mismo Dios: “Tú eres la llena de gracia”.  Tú eres la que goza del pleno favor del Señor.

 

Estar “llena de gracia” es, por una parte, tener la gracia humana, la natural que atribuimos a alguien que nos cae “en gracia”, decimos; o que “tiene gracia”. Es una persona con gracia, con don de gentes, de atracción y amabilidad. Así es María, tal como la contempló y saludó el ángel en su anuncio del nacimiento de Cristo: “llena eres de gracia”. Con esa gracia de la naturaleza que Dios regala a unos y a otros. Eso es también ser agraciada según le saludó el ángel Gabriel. A María se le puede atribuir aquella frase de S. Ambrosio, dirigida a las vírgenes que se consagraban a Dios y que decía: “adornas con la gracia de tu cuerpo la belleza de tu alma”. María estuvo llena de esa gracia humana por su elección por parte de Dios.

 

Pero es también una “gracia” en sentido más profundo y teológico, religioso. Es el favor que Dios concede a los suyos para librarlos del mal y hacerlos hijos, amados, predilectos. María fue la “llena de gracia” para cumplir su misión salvífica de ser la Madre del Hijo de Dios. Para esa tarea fundamental en la historia de la humanidad, contó con el pleno favor divino, con todo el regalo de su amor y fortaleza. María era una criatura pequeña y débil, como lo podemos ser cualquiera de nosotros. Sin embargo, Dios se fijó precisamente en su “humildad” para ensalzarla por encima de los grandes de la tierra: “porque Dios ha hecho obras grandes por mí…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”, como dijo ella misma en su cántico del Magníficat. Ésa es la “gracia” recibida por María de parte de Dios. Es la capacidad para llevar a cabo su plan de salvación, que consistía en acoger al Hijo de Dios y revestirlo de nuestra carne, en ser la madre del Mesías. “Llena de gracia” para su misión a favor de todos.

 

Con esta elección de María se abrieron las puertas del paraíso. Como con Eva, la primera mujer, se cerraron a todos, con María se abrieron de nuevo de par en par. Fue puerta y llave que dio entrada a la salvación total del Padre de los cielos. María es como una barca cargada de preciosos tesoros que viene de lejanas tierras. Cuando se acerca al puerto, muestra las riquezas que contiene. Así es María, con su presencia y su “gracia” enriquece y favorece a todos los que se acercan a recibir sus dones. Cuanto más pobres sean los que oyen hablar de ella, más se pueden enriquecer. Uno puede ser menesteroso, pero si tiene una fuente de riqueza a la que acercarse, no le importa su pobreza, podrá colmar su necesidad. Alguien de nosotros puede sentirse con hambre o con sed. Si oye hablar de María la “llena de gracia”, puede obtener lo que pide su corazón. Porque la Madre nos da el tesoro mayor que nada ni nadie puede contener: el del Hijo de Dios hecho hombre por salvarnos. De esta manera, María se convierte en fuente de gracia, en manantial del favor divino que a ella la ensalzó por encima de todas las criaturas celestiales y terrenas.

 

Acudir al Pilar en Zaragoza es una peregrinación de fe y esperanza. Las altas torres que se elevan por encima del Ebro, convocan y despiertan la llamada de Dios en el alma dormida o cansada de la vida. Es recordar a la Madre y sentirse agraciado, amparado por el regazo del cielo. Cuántas desgracias habrá escuchado la Virgen María desde su Pilar en este santuario maravilloso a lo largo de los siglos. Cuántas madres, esposas, hijas, mujeres como ella, han venido a postrarse a sus pies para pedir gracia, fortaleza y consuelo de sus ojos, de su firme pilar que le sostiene elevada en lo alto. Cuántos hombres, grandes y pequeños, niños y adultos seguirán día a día arrodillándose ante su altar para poder mantener el esfuerzo de su vida familiar, laboral, estudiantil…Ella es abogada de gracia, cauce por donde se distribuye el consuelo maternal de sus hijos. No se detiene en ella misma, no pide nada, sólo ofrece y regala. Es puente, vía, unión del cielo con la tierra. Todo lo que tuvo fue regalo del Señor, todo lo que dio fue respuesta de alabanza a su Creador y salvador. Recibir para dar; ser cauce de gracia. Así nos enseña el camino del evangelio: todo es gracia y todo debe ser devuelto al dador de esa gracia. Como santa Teresita del Niño Jesús que quería ser “alabanza de la gloria del Padre”. El cristiano que acude a María aprende a recibir el don de la gracia de Dios para devolver ese don en alabanza suya. Todo procede de Dios y a Él debe volver.

 

Este año de 2006 es año jubilar lebaniego. En Cantabria, en medio de las montañas y valles de los Picos de Europa está el santuario del Lignum crucis de Santo Toribio de Liébana. Es un paraje precioso de bosques y ríos. Hasta allí llegó hace muchos siglos un trozo de la cruz en la que murió el Señor. Para la celebración de este año santo, nuestro obispo llevó a Roma un icono de la crucifixión que preside nuestra iglesia. El papa Benedicto XVI lo bendijo como señal de su deseo de la presencia de la gracia en este santuario. El icono tiene las imágenes de Cristo crucificado, de María y de S. Juan. La Virgen está junto a Cristo con un cáliz en su mano. Recoge en él la sangre que brota del costado de su Hijo. Al mismo tiempo, nos mira a los que nos acercamos al icono, como queriendo significar que esa sangre recogida por ella es para nuestro bien. Lo que ella recibió lo ofrece y regala. Así es María, que fue llena de gracia, para darnos el amor y la vida de Dios que pasaron por sus manos. Ojalá que cada vez que nos acerquemos a María del Pilar lo hagamos con esta seguridad de tenerla como llena de gracia para nosotros y para el mundo entero. Así experimentaremos su amor maternal y el regalo que nos hace siempre de ser puerta y cauce de la vida nueva de Dios, nuestro Padre.

 

 

 

ORAR A SANTA MARÍA DEL PILAR

 

DÍA 5. EL SEÑOR ES CONTIGO

 

 

Muy queridos hermanos, hijos de María del Pilar:

 

 

Siguiendo el saludo del ángel Gabriel a la Virgen Santísima, hoy la contemplamos como la elegida por Dios para estar con ella. Hemos meditado sobre el “Dios te salve” y el “llena de gracia”, recordando la alegría de la salvación que brotó de María y su misión insustituible para que naciera el Hijo de Dios en nuestro mundo. Hoy lo hacemos con estas palabras: “el Señor está contigo”. Que el Señor esté con una persona determinada indica su solicitud, su cuidado paternal y amoroso. Él es el amigo de los hombres, de sus criaturas predilectas, que somos los seres humanos. Además de estar cerca de nosotros para acompañarnos, lo hace para que podamos cumplir su misión, la tarea que Él nos confía. Así no somos perturbados por los enemigos, y podemos seguir adelante en el camino de salvación. El Señor estuvo con el pueblo de la Antigua Alianza. Lo sabemos por la Biblia: para librarlo de la esclavitud en países extranjeros, para alimentarlo por el desierto durante cuarenta años, para que pudieran tener una patria y la esperanza de su reino de paz universal. Años y años de presencia providencial de Dios para que las promesas de los patriarcas llegaran a término.

 

Al igual que con el pueblo, Dios había estado con los personajes elegidos de la historia sagrada de los que dependió la suerte y el destino de las promesas: José, vendido a Egipto, sintió que “Dios estuvo con él”, por eso conquistó el beneplácito del faraón. Juan Bautista tuvo también al Señor y “su fuerza le acompañaba”. Cuando el ángel saludó a María, le dijo esta misma expresión: “el Señor está contigo”. Era la prueba y garantía de su elección y llamada. A lo largo del evangelio podemos ver que efectivamente, el Señor estuvo con ella. Al principio hubo un comienzo maravilloso sin que faltaran, sin embargo, amarguras y apuros: la concepción virginal y las dudas de José, su esposo; el nacimiento de su Hijo en un pesebre; la huída a Egipto, la pobreza…Todo vivido con la presencia y garantía del Señor con ella que le iluminaba con sus signos: ángeles, pastores, Reyes Magos, alabanzas de su prima Santa Isabel…Así actúa Dios, así muestra su predilección con los suyos: entre pruebas y signos, oscuridades y luces.

 

Pero también sabemos la continuación del evangelio: crisis de fe de la gente que dudaba de Jesús y críticas incluso de sus mismos discípulos, como cuando les preguntó: “¿vosotros también queréis marcharos?” Una pendiente peligrosa que condujo al Señor al abismo de la condenación, el rechazo y la muerte en cruz. De esta etapa segunda del evangelio pocas noticias nos han quedado de los sentimientos y vivencias de María. Nos podemos imaginar sin embargo, que las pruebas del Hijo serían las suyas propias; sus dolores, los de su madre; sus angustias, las mismas sentidas por María. No obstante todo lo que pasó, el Señor Dios de cielos y tierra estuvo con ella. Así nos lo afirma el discípulo amado, Juan evangelista, cuando nos dice que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena”. No hubiera podido estar la Virgen santísima de una manera firme y vigorosa, sin la fuerza y el poder del Señor. Una madre ante el suplicio y martirio de un hijo, se hunde en la desesperación y el abatimiento. Pero ella tenía la presencia del Señor a su lado y entonces, como dice el salmo: “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan”. Sólo la fuerza de Dios pudo darle coraje y valor a María para superar la prueba acérrima de la Cruz y esperar la resurrección.

 

Cuando Cristo se apareció resucitado, de nuevo la vemos con los apóstoles, orando en la espera de Pentecostés: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús”. Allí estaba ella. No desapareció el día de la prueba y del dolor. Se mantuvo creyente en el Santo y Poderoso que a la vez, es compasivo: “su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”, había dicho en su cántico del Magníficat. La resurrección de su Hijo y la oración de preparación para recibir su promesa del Espíritu Santo, muestran que María creyó por encima de todo y de todos. Su fe fue más firme que la duda, más permanente que el mal y las tinieblas. Por eso la recordamos, como nos dice S. Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles: animando la fe de la primera comunidad cristiana. Esta victoria suya sobre el mal fue el resultado visible de esa presencia del Señor en su vida: desde el principio hasta el final; desde los comienzos, a su término milagroso y triunfante en la asunción a los cielos. Por eso la recordamos, como ella misma profetizó: como “la dichosa en la que el Poderoso ha hecho obras grandes”. Ahí tenemos la prueba y el testimonio de una vida conducida por la fuerza del Señor, porque “el Señor estuvo con ella”.

 

¡Qué hermoso es recordar y contemplar así a María, nuestra madre! ¡Qué consolador poder hacerlo aquí junto a su pilar en Zaragoza! Esa columna celestial que ella trajo para animar los esfuerzos del apóstol Santiago anunciando el evangelio en nuestra patria, es una prueba más de su fortaleza en la fe. Es el pilar que nos sigue ofreciendo a todos los peregrinos que llegamos hasta esta santa basílica. Nosotros también necesitamos saber que el Señor está a nuestro lado, que nos guía y conduce. Cuando pasamos por tinieblas y oscuridades de fe, de soledad y futuro incierto, entonces sólo la fuerza del Señor puede socorrernos. Cuando nos toca la cruz que pesa y se clava en nuestros hombros, debemos reforzar la fe para que podamos seguir el camino. No bastan nuestras solas fuerzas. Tampoco es suficiente el esfuerzo y la buena voluntad. No podemos vencer tantas dificultades, incomprensiones, críticas, desalientos. Entonces o el Señor está con nosotros o nos puede el mal, la desesperanza, el cansancio.

 

Necesitamos la ayuda de Dios, que Él sea nuestro apoyo y salvador. Con María estuvo Él para que pudiera cumplir su misión. También está con nosotros y nos envía “ángeles” para que guíen nuestro camino. Recuerdo que cuando nosotros éramos jóvenes y empezábamos la vida religiosa en el noviciado, nuestro maestro de novicios nos decía que debíamos tener un “director espiritual”, para guiarnos en la vocación. Más tarde, con el paso del tiempo, esta figura del director espiritual cayó en desuso y hasta sonaba mal, quizá por eso de “director”. Ahora, sin embargo, hay corrientes de sicólogos que recomiendan una figura similar en el aspecto meramente humano. Un “entrenador” o “animador” psicológico, que va instruyendo y alentando a su acompañado, para afrontar responsabilidades nuevas y arriesgadas. Este ayudante descubierto por la psicología, me recordaba a mí a esa figura tan importante en la vida de fe, que es el director espiritual. Se le llame así o de otra manera, viene a ser alguien que garantiza con su presencia y conocimiento personal, el que se cumpla que “el Señor está contigo”. Es un amigo que viene a ser presencia y rostro del Dios amoroso y santo. Es por eso mismo, uno de los mayores regalos que podemos tener en el mundo, pues ya se sabe que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”.

 

El Señor estuvo con María. Que Él esté con nosotros, es el saludo litúrgico que dice el sacerdote en la eucaristía. Porque si Él está a nuestro lado, todo cambia. Que miremos el ejemplo de fe y confianza de María, y pongamos nuestra vida en quien sabemos que nos sostiene y acompaña. Él está a nuestro lado y eso nos basta. Él nos manda también servidores suyos que nos orientan y guían. Apoyados en una gracia tan inigualable, sigamos el camino que Dios nos marca para vivir el evangelio. Es la luz y el destino que nos corresponde, el que nos llevará a la patria definitiva y feliz del cielo.

 

 

volver

elcantarodesicar.com

Zaragoza, noviembre 2006