elcantarodesicar.com

 

EL VALOR SANANTE DE LOS SACRAMENTOS

 

1.      Introducción

Comúnmente aplicamos la palabra sanar a la consecuencia de la recuperación de la salud, entendida la salud únicamente en términos físicos.

La Iglesia no solamente guarda el tesoro de las acciones sanadoras de Jesucristo en su tiempo, sino que es testigo de las sanaciones que Dios ha obrado en hombres concretos por mediación de los santos a lo largo de los siglos.

Pero lejos de limitar la palabra a la sanación o curación milagrosa de la enfermedad, la Iglesia ha creído, desde los comienzos de su adhesión a la Buena Noticia del Maestro, que la Buena Noticia de Jesucristo es que Dios ha querido salvar a la humanidad del pecado y de la muerte y que esa salvación Dios la opera también por medio de los signos santos, los sacramentos.

 

2. La salvación del hombre misión de la Iglesia.

Dios decidió en su designio amoroso crear el mundo, la vida y al hombre y en Cristo Jesús quiso que esa vida, destrozada por el pecado y la muerte por la libertad humana, fuese salvada y rescatada. En la Plenitud de los tiempos Dios quiso manifestar la salvación al hombre por medio de Jesucristo y la Iglesia actualiza esta salvación en el tiempo por medio de la predicación de la buena noticia y los sacramentos. Los sacramentos son acciones salvíficas de Dios que realiza la Iglesia por el poder de Dios para la sanación de los hombres.

El Decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II declara que: “Quiso Dios llamar a los hombres a participar de su vida no sólo en particular, excluido cualquier género de conexión mutua, sino constituirlos en pueblo, en el que se congreguen formando unidad sus hijos”[1] y que la salvación de Jesús que comenzó con la predicación para la salvación del género humano debe ser llevada y transmitida a todos los hombres y llegar hasta “las extremidades de la tierra”[2], como afirma también el mismo decreto conciliar.

Asimismo, la Constitución Dogmática Lumen Gentium, del mismo Concilio dice que Cristo “constituyó a su cuerpo, que es la Iglesia, como sacramento universal de salvación”[3].

Posteriormente, el Papa Juan Pablo II, en uno de sus discursos nos invita a no olvidar que la Iglesia no es una mera transmisora de la salvación, sino la primera beneficiaria, lo que la ha convertido en colaboradora en la obra de la salvación universal[4].

Esta salvación de Dios se realiza en primer lugar mediante la predicación, que lleva al oyente a la conversión y a preguntar éste al evangelizador qué debo hacer, el cual le responde que debe adherirse a la fe e incorporarse a la Iglesia por medio del bautismo (Hch 2,37-38; 8,26-29).

La Iglesia no constituye afiliados a una doctrina o grupo sino adhesión a la salvación de Dios llevada a cabo por medio de Jesucristo.

La Iglesia actualiza en la historia esa salvación de Dios, entre otras formas, mediante la celebración de los sacramentos. Afirmaba el teólogo Y. Congar en su libro La Eclesiología de la Edad Media que: “La acción de Cristo por el Espíritu Santo se ejerce en las celebraciones de la Iglesia, cumplimentadas por los sacerdotes”.

 

3. La Pastoral de la Salud como misión sanadora de la Iglesia.

La Pastoral de la Salud debe ser acompañamiento espiritual del enfermo, pero su segunda gran tarea consiste en que los beneficiarios de esta acción eclesial participen del Dios de Dios que se realiza en la liturgia y en los sacramentos para alcanzar experiencialmente, en su situación concreta, la salvación de Dios aquí y ahora.

La Iglesia es tan consciente de que es portadora del tesoro sanador de Dios que la sanación la realiza y la pide en todas sus acciones litúrgicas o cualesquiera otros actos de piedad: “por la invocación de tu santo Nombre, la salud del cuerpo y la salvación del alma. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén” (Bendición común).

También la vista a los enfermos, sin ser una acción sacramental es una realidad sanante con la que cuenta la Iglesia.

San Mateo en la enseñanza de Jesús acerca del discurso del juicio final, hace referencia a la visita a los enfermos como encuentro del hombre con él (Mt 25, 31-46). También encontramos en la Tradición Apostólica de la Iglesia, el imperativo de que los catecúmenos debían visitar a los enfermos como condición para recibir el bautismo. Y secularmente, los cristianos han considerado que visitar a los enfermos es una acción de un significado especial que los identifica como discípulos de Jesús y llegándolo a incluir en el catálogo de Obras de Misericordia.

 

4. Los sacramentos, signos de sanación.

Los sacramentos son sanadores porque Cristo, el Mesías de Dios: “cargó con nuestras dolencias, sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5). Por medio de ellos la Iglesia actualiza las acciones de Jesús que “vino a curar y sanar lo que estaba perdido”.

Todos los sacramentos son sanadores, pero la Iglesia en el Catecismo destaca los sacramentos de la Penitencia y de la Unción declarándolos como “sacramentos de curación”[5].

Los sacramentos son fuerza revitalizadora del Espíritu para nuestra vida que transcurre entre el vivir y el morir y se convierten en signos y encuentros sanadores con Cristo en el seno de la comunidad cristiana. Los sacramentos nos refieren a Cristo y a la Iglesia y son fuerza espiritual de Dios para con nosotros, un Dios-Padre que quiere salvarnos en cada  momento importante de nuestra historia haciéndose nuestro compañero de camino, peregrinando a nuestro lado en el Emaús de nuestra vida.

Los sacramentos actualizan en nosotros que Dios no está lejos del hombre en su historia, vienen a recordarnos que “en él vivimos, nos movemos y existimos”(Hch 17, 27-28).

 

4.1.- Bautismo.

El bautismo nos incorpora a la muerte y resurrección de Cristo (Rom 6,3-4) y nos sana. El bautismo nos borra el pecado original, nos perdona los pecados (Hch 2, 37-39), nos hace hijos de Dios en el Hijo y hermanos en el Hermano, nos incorpora a la Iglesia y rompe nuestra tendencia la individualidad, nos hace templos del Espíritu Santo, nos fortalece para vencer al mal con el bien y destruye las barreras que los hombres hemos construido en nuestro afán de dominio: “ya no hay judíos no griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres”( Gal 3,27-28).

El bautismo que no es una mera limpieza corporal, del pecado original o de los pecados cometidos, ni supone la incorporación o afiliación a un grupo, la Iglesia, más aún y por encima de ello, es salvación que  consiste “en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús Señor nuestro” (I Pe 3,22).

El bautismo nos incorpora a Cristo, nos hacer formar el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia de Dios, cuyos miembros tienen funciones distintas (I Cor 12), una Iglesia en la diversidad, pero con la misma fe en Cristo, de ahí que uno que está bautizado no necesite bautizarse otra vez (católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos…), aunque sí renovará las promesas bautismales periódicamente, especialmente en Pascua, en la Vigilia Pascual.

 

4.2.- Eucaristía.

La Eucaristía es pan de la vida pero puede ser comida de condenación que hace que muchos estén enfermos y no pocos mueran (I Cor 11, 17-30).

San Ignacio de Antioquia habla de la Eucaristía como medicina de inmortalidad.

La Eucaristía administrada por los ministros extraordinarios de la comunión a los enfermos en sus casas u hospitales es participación eclesial del enfermo con la comunidad eclesial que se hace presente en la situación de un hermano postrado que no se puede reunir con la comunidad y se convierte en este caso además en medicina de sanación, de uno y otra.

La Eucaristía que hace a la Iglesia y la Iglesia que hace la Eucaristía nos congrega en comunión: comunión con la Trinidad y comunión con los hermanos.

La Eucaristía, Cuerpo de Cristo, hace el cuerpo visible de Cristo en la historia que es la Iglesia. La Iglesia, cuerpo de Cristo, pueblo de Dios congregado alrededor del Señor en comunión, hace el cuerpo de Cristo que es alimento de salvación: “La participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos”[6].

La Eucaristía nos hace Iglesia rompiendo nuestra tendencia natural al individualismo que hace de nuestra relación con Dios no un exclusivo acto religioso personal, sino una relación comunitaria y personal con el trascendente.

La Eucaristía realiza de forma incruenta el sacrificio de la cruz, nuestra salvación, y es anticipo escatológico del banquete eterno, por lo que la Eucaristía nos sana aquí para la vida eterna. Al finalizar una Misa concelebrada, a veces, el sacerdote presidente pronuncia en la sacristía la palabra latina: “Prosit” (que viene a significar: “que aproveche”), a lo que el resto de los sacerdotes responde: “in vitam aeternam” (que quiere significar: “en camino hacia la vida eterna”).

La Eucaristía nos une y nos hace comunión con la creación y la humanidad, con quienes participamos en ella y con la Iglesia diocesana y universal.

En cada Misa los creyentes en Jesucristo celebramos la Eucaristía de la Iglesia, no “mi misa”. La eucaristía no es una reunión de amigos o de personas afines ideológicamente, es la asamblea de la Iglesia de Jesucristo, de ahí la necesidad de que la creatividad en la liturgia no pierda su dimensión comunitaria y universal. En la Eucaristía actualizamos nuestro ser Iglesia y comunión de fe, como indica en su fórmula el canon romano: “Reunidos en comunión con toda la Iglesia...”[7]. Más aún es la comunión de la Iglesia terrestre y la Iglesia celeste.

La declaración Eucharisticum Mysterium, de la Sagrada Congregción de Ritos indica: “En el sacrificio de la Misa Cristo se ofrece por la salvación de todo el mundo, y la asamblea de los fieles es tipo y signo de la unión del género humano en Cristo cabeza”[8].

Ya el Apóstol San Pablo recordó a la comunidad de Corinto que la Eucaristía es anamnesis, recuerdo histórico, tradición recibida y transmitida (I Cor 11,23).

Y asimismo podemos afirmar que la Eucaristía es realización aquí y ahora, en un lugar y en el tiempo presente, del cuerpo uno e indivisible y es apertura a la eternidad. En cada Eucaristía se anticipa nuestro mundo futuro, es el cielo en la tierra hasta que el Señor vuelva.

 

4.3.- Confirmación.

El Espíritu de Dios viene en ayuda nuestra, nos actualiza y recuerda las palabras de Jesús, viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos pedir lo que nos conviene.

No es el bautismo de Juan, bautismo de conversión, es el bautismo del Espíritu. Es nacer del agua y del Espíritu que nos convierte en “Templos del Espíritu Santo”, cuerpos en los que habita el Espíritu (I Cor 6, 17-20).

Por medio de la Confirmación el Espíritu nos sana de hacer nuestra vida desde nuestro propio proyecto, para hacer nuestra vida, la vida humana y la humanidad desde el proyecto del Espíritu de Dios, construyendo ya aquí y ahora el Reino de Dios, haciendo de esta vida de cada día Cielo y no “un Infierno”.

El Espíritu nos ayuda a mirar el mundo con los ojos de Dios y amar como Dios nos ama, un amor más perfecto y más puro, superando las barreras frágiles de nuestro ser que nos hacen amar sólo a los que nos aman (Mt 5, 46-48). Con el Espíritu logramos amar a los enemigos, porque amar y rezar por los enemigos no es posible por nuestras propias fuerzas.

El Espíritu Santo, que recibimos en plenitud en el sacramento de la confirmación, nos ayuda a estar más a nuestra realidad y poder estar en condiciones de interpretar nuestra vida e historia, el mundo y la historia, en coordenadas de Dios, en coordenadas de luz, de esperanza, de amor.

Por la confirmación, al recibir la plenitud del Espíritu Santo, confirmamos el bautismo y la fe, no el bautismo de Juan, bautismo de conversión sino el bautismo del Señor (Hch 19, 1-3), el bautismo del Espíritu (Mc 1, 7-9)

La confirmación nos hace estar más sensibles a la dinámica del Espíritu Santo de tal manera  que nuestra debilidad se convierte en fortaleza y de esta manera, con el impulso de Dios estamos en mejor disposición para obrar las obras de Dios, para vivir el discipulado de Jesús con mayor fidelidad.

 

4.4.- Penitencia.

En este sacramento recibimos el perdón de los pecados que nos sana, que nos libera, nos renueva, nos salva. Realidad ésta que se produce en todos los cristianos, con mucha mayor razón en quienes están abatidos por el peso del dolor de la enfermedad y del desánimo.

En este sacramento experimentamos el perdón, entramos en la dinámica del amor de Dios, de su misericordia, de su gracia, gratuita, que nos perdona a cambio de nada. Esta experiencia nos pone en condiciones de saber perdonar y de pasar a formar parte de los imitadores de Dios en el perdón para con nuestros hermanos.

Al reconocer nuestro pecado, somos conscientes de nuestra debilidad y estamos en condiciones de comprender la debilidad de los otros. Acogemos la gratuidad de Dios para con nosotros y así podemos tener capacidad para perdonar a los demás, al descubrir que si Dios nos ama a nosotros como somos y nos perdona, de igual manera Dios ama a los demás como son y los perdona y si Dios les ama a los otros y les perdona ¿quiénes somos nosotros para no perdonarles?: “Toda esa deuda te perdoné porque me lo pediste, ¿no podías haber hecho tú lo mismo con tu hermano?...” (Mt 18, 32-34).

La Sagrada Escritura es rica en recordarnos esta dimensión del amor misericordioso de Dios que no tiene en cuenta nuestra culpa ni nuestro pecado.

Podemos recordar las palabras del catecismo que afirma que por medio del sacramento de la Penitencia el hombre alcanza “la paz y la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual... una verdadera resurrección espiritual”[9].

 

4.5.- Matrimonio.

Dios por el sacramento del matrimonio quiso convertir las pasiones humanas en bien para nosotros, quiso encauzarlas para hacerlas sacramento de santificación. Quiso romper nuestras tendencias individualistas y hacernos entrar a formar una sola carne. Quiso hacer que las relaciones humanas estuviesen basadas en el amor de entrega, a ejemplo del Hijo y de la Trinidad. Quiso dotar al hombre, con la fuerza del Espíritu Santo, del don de la fidelidad y de la unidad. Quiso liberar al hombre de las relaciones inmaduras y hacerle crecer como persona en la estabilidad con los demás. Quiso que la sociedad fuese sólida y pacífica evitando la crisis de la inseguridad que provoca el “ahí te quedas”.

Quiso que las relaciones del hombre y de la mujer no estuviesen regidas únicamente por la pasión y la sensualidad sino por el amor y la entrega. Quiso purificar la forma de amar y entregarse el varón y la mujer y los convirtió en una sola carne cuya expresión más sublime de esta situación es la unión del varón y la mujer en el acto conyugal, que supera la satisfacción física y estimulante de los apetitos para ser amor santo que santifica al hombre y a la mujer.

Quiso sanar el miedo del hombre ante la incertidumbre que le crea el futuro difícil para estar abierto a la vida, continuidad de la especie y construcción de la humanidad basada en el amor, a imagen y semejanza de Dios.

 

1.6.- Orden.

Sacramento ministerial, sacramento para servir a Dios y a los hombres. Sacramento que sana a quien lo recibe porque le hace entrar en la dinámica de total servicio, de servicio permanente, no como oficio sino como entrega. Dar la vida por los hermanos y desgastarse con los hermanos y en los hermanos. Sana a quien lo recibe porque le hace entrar en el misterio de la entrega total de la vida para Dios y para los hombres, el amor para Dios y para los hombres, cuyo máximo exponente es el celibato por el Reino de los cielos. La herencia del sacerdote es el Señor, la heredad de Dios, su descendencia son los hijos de Dios: “quien deje casas o tierras, padre, madre, hijos…” (Mc 10,29-31).

Sanación del propio ministro y sanación de la comunidad que recibe las gracias de los sacramentos sanadores de Dios por medio del ministerio sacerdotal.

Sacramento del Orden que nos anticipa la futura vida divina donde todos seremos todo en Cristo, sin matrimonio, ni soltería, todo en el Padre. 

 

4.7.- Unción.

Por medio de este sacramento el enfermo se pone en manos de la Iglesia, desde su situación de enfermedad y deterioro de la salud, en la dinámica de la fe. Por medio del sacramento de la Unción la Iglesia ora por el enfermo, presenta su oración al Padre y con fe pide a Dios para el enfermo “le devuelvas la salud espiritual y corporal, para que restablecido por tu misericordia, se incorpore de nuevo a los quehaceres de su vida” (Ritual de la Unción de los Enfermos).

El sacramento de la Unción de los enfermos, que no de la extremaunción, es un sacramento sanador llegando a sanar la soledad en que el enfermo vive su propia enfermedad, introduciéndolo en la comunidad eclesial. Y a la vez que el enfermo entra en la comunidad, la Iglesia de Jesucristo, como comunidad creyente en Dios, entra en la vida del enfermo para vivir con fe la enfermedad del hermano y pide a Dios por él, por su sanación, pide a Dios que se haga presente en la Iglesia por medio de la sanación del enfermo, incluso, si es voluntad de Dios, por medio de la curación de la enfermedad.

A veces el sacramento es administrado en momentos extremos, incluso el enfermo recibe el viático, la comunión, como alimento para realizar el camino final de la vida con la fuerza del alimento de salvación, pero como la experiencia de la Iglesia es que Dios lo puede todo, este sacramento no es para los muertos sino que se recibe para la vida en dificultad grave.

Este sacramento es administrado y recibido desde la más profunda fe. El ministro tiene que hacer un verdadero acto de fe en la ación salvadora de Dios que se realiza por el mismo, viendo la realidad de la enfermedad de quien recibe el sacramento. La gravedad de la enfermedad es tal que únicamente la acción de Dios y su voluntad salvífica y sus designios históricos para con esa persona, que no son nuestros designios, puede cambiar radicalmente la situación de enfermedad de quien recibe el sacramento, de un enfermo que ante nuestros ojos, incluso ante los pronósticos científicos y médicos, puede ser un caso irreversible y sin solución. A veces, especialmente los capellanes de hospital, experimentamos que Dios se manifiesta para decirnos una vez más, en la vida del paciente que sale de la gravedad y supera la enfermedad pocos días después de recibir la Unción, que Él es quien tiene la llave de la vida y de la muerte y que su necedad es más sabia que todos los conocimientos de los sabios de este mundo.

 

5. Conclusión

 

Si decimos que la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia, también podemos decir que la Iglesia hace los sacramentos y los sacramentos hacen la Iglesia.

La Iglesia sana al hombre con la salvación de Dios, salvación de Dios que se realiza de forma más palpable por medio de los sacramentos.

Los sacramentos nos demuestran que Dios está con nosotros en nuestro caminar por este mundo apasionante, mundo que a veces es valle de lágrimas. Sacramentos de la presencia de Dios especialmente en los momentos claves de nuestra maravillosa historia concreta y cotidiana: Nacimiento-Bautismo, Crecimiento y Madurez-Confirmación, Alimento-Eucaristía, Debilidad-Penitencia, Futuro y Fecundidad-Matrimonio, Entrega y Servicio Total-Orden Sacerdotal y Enfermedad y Muerte-Unción de los Enfermos.

 

Carlos Pintado.

Zaragoza 9 de Marzo de 2006

 

volver

elcantarodesicar.com

Zaragoza, agosto 2006



[1] Concilio Vaticano II. Ad Gentes 2.

[2] Ad Gentes 3.

[3] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 48.

[4] Redemptoris Missio 10.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica n. 1421.

[6] San Leon Magno. Sermo 67,3.

[7] Plegaria Eucarística I del Misal Romano.

[8] Sagrada Congregación de Ritos. Eucharisticum Mysterium 18.

[9] Catecismo n. 1468.