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escuela diocesana

de pastoral de la salud

curso 2007

zaragoza

 

 

Carlos Pintado Estóbal,

Capellán de hospital y

Delegado Diocesano de Pastoral de la Salud:

 

LA PASTORAL DE LA SALUD EN EL NUEVO CONTEXTO SOCIOSANITARIO

 

1. - Introducción.

 

            Al comenzar esta conferencia inaugural del XVI Curso Permanente de Formación de Agentes de Pastoral quiero que mis primeras palabras sean de agradecimiento a cuantos han hecho posible que nos encontremos en la actual situación.

En primer lugar un merecido recuerdo a mi querido profesor, admirado sacerdote, predecesor en la Delegación de Pastoral Sanitaria de Zaragoza y mentor de esta Escuela D. José-Manuel Arenal. Dios premie los desvelos que durante su vida dedicó a este campo apostólico.

De igual forma es de justicia reconocer los trabajos y esfuerzos de quienes con gran generosidad y acierto continuaron, con su propio estilo, el trabajo iniciado por él: Hna. Matilde Martín, D. José-Joaquín Pérez Ferrer, D. Juan Servera, Dª Mercedes Blasco y D. José-Luis Serrano.

Así como a todos los que colaboraron y que nos han dejado bien por llegar a la meta definitiva que el Señor tiene reservada a los siervos fieles y cumplidores, bien por estar en situación de jubilación, y a los que siguen colaborando en la Pastoral de la Salud de nuestra Diócesis, cuyos nombres están en la mente de todos nosotros y cuya lista sería tan larga que no podemos en este momento mencionar. Sean éstas palabras mi pequeña pero sincera manifestación de reconocimiento y gratitud, con el convencimiento de que Dios-Padre, buen pagador, lo hará mucho mejor que yo.

Antes de comenzar esta exposición debo también tener una mención especial al Instituto Diocesano de Teología para Seglares, que nos acoge y presta los locales para poder impartir cada año este Curso de la Escuela Diocesana, así como a su Director, D. Francisco Martínez, que presidía todos los años esta conferencia pero que este año, por compromisos ineludibles han hecho imposible su presencia esta tarde entre nosotros. Os transmito en su nombre sus excusas y su afectuoso saludo.

Este año la Escuela comienza su andadura en coordenadas de continuidad y de renovación.

El pasado mes de Febrero, el Sr. Arzobispo Mons. Ureña aceptó la renuncia que le presentó el anterior Director del Secretariado de Pastoral de la Salud de la Diócesis y Director de esta Escuela Diocesana, el Dr. D. José-Luis Serrano.

El relevo del anterior Director no solamente ha sido una sustitución sino una renovación. El Sr. Arzobispo decidió convertir el Secretariado en Delegación Episcopal el frente de la cual me nombró a mí como Delegado y posteriormente, en el mes de Septiembre, procedió a nombrar al sacerdote D. Juan Segura como Vice-Delegado Episcopal para esta misma Delegación.

Estos cambios han obligado a abrir en la Pastoral de la Salud un periodo de reflexión en varios ámbitos, también en la formación de los Agentes de Pastoral y en esta Escuela. El análisis de esta situación nos llevará a una renovación necesaria en beneficio de la evangelización en el campo de la salud de nuestra Diócesis, con el fin de afrontar en coordenadas de nueva evangelización los nuevos retos que el contexto sociosanitario actual nos plantea.

Dice una canción de comedia: “Estos tiempos adelantan, que es una barbaridad”. Todo cambio crea desconcierto e inquietud. La tentación constante del hombre es el inmovilismo, el “siempre se ha hecho así”. Los cambios nos suelen producir temores que nos hacen refugiarnos en lo de siempre y a veces nos hacen sospechar y desconfiar de lo nuevo por el miedo que nos da la inseguridad de lo novedoso frente a la seguridad que tenemos fruto de la experiencia acumulada por lo vivido y comprobado.

Esta reflexión iniciada desde la Delegación pretende evaluar lo que venimos haciendo, para seguir potenciando lo que hacemos bien y corregir aquello que sea necesario mejorar.

En esta situación en la que nos encontramos inmersos en Zaragoza, la Campaña Nacional del Enfermo de este año y su lema ¨La Pastoral de la Salud en el nuevo contexto sociosanitario`, nos viene como “anillo al dedo”.

 

2. - La asistencia a los enfermos a lo largo de la historia.

 

Jorge Manrique, en las coplas por la muerte de su padre, escribió: “La vida del hombre es camino para el otro que es morada sin pesar, mas falta tener buen tino para andar este camino sin errar. Venimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, llegamos al tiempo que fenecemos y cuando morimos descansamos”.

En el rosario de las horas y los días de nuestra vida, experimentamos los gozos y las alegrías, las tristezas y las penas, la salud y la enfermedad, en la niñez, en la juventud y en la ancianidad, hasta el encuentro con la muerte.

Nuestro vivir se desarrolla en nuestro entorno familiar y social y desde los albores de la creación el ser humano ha compartido estas situaciones contrapuestas él mismo, bien en soledad, bien en compañía de sus seres cercanos.

En tiempos antiguos la enfermedad y la ancianidad fueron afrontadas mediante el compromiso humanitario nacido de los vínculos primarios de la familia, vínculos que tenían su explicación última en los lazos comunes de sangre entre los individuos del grupo. La familia como célula de crecimiento y desarrollo adquiría la responsabilidad no solo de los éxitos y gozos de los individuos que pertenecían a ella, sino también de sus fracasos y sus tristezas, de la fuerza y la debilidad de sus miembros. Cuando una persona contraía una enfermedad o llegaba a la edad avanzada de su existencia, la responsabilidad de atenderla recaía sobre la familia, que se sentía obligada a hacerlo por principios éticos, de igual modo que anteriormente había participado del beneficio producido por la salud y la juventud de sus miembros.

 Cuando el ser humano descubre su dimensión espiritual, la atención a los enfermos y a los ancianos de la familia y del grupo social, se convierte en una obligación moral. Las distintas religiones así lo reflejan entre sus principios religiosos.

Al revelarse Dios al pueblo de Israel, el respeto a los padres se convierte en un mandamiento para la vida del hombre y la asistencia a los enfermos y ancianos será uno de los preceptos morales de quien pertenece al pueblo elegido, así como el quebrantamiento de este deber llevará consigo la enemistad del fiel con Dios. La atención a los ancianos será una consecuencia del cumplimiento del cuarto mandamiento que obliga a honrar al padre y a la madre, de que nos hablan los libros  del Éxodo y del Deuteronomio.

Muchos otros libros del antiguo testamento, que en estos momentos pueden llegar a nuestra memoria con la sola mención de esta cuestión, hace referencia al respeto a los padres, a los enfermos y a los ancianos, especialmente sentencias que aparecen en los libros Sapienciales, entrar en detalle sobre ello es materia que excede el tema de la conferencia de hoy.

 

En tiempos de Jesús la enfermedad tenía un sentido maléfico interpretada como castigo divino, la ancianidad apenas es mencionada en los evangelios y la muerte aparece únicamente como situación extraordinaria cuando acontece a una persona joven (hija de Jairo <Mt 9>, hijo de la viuda de Naín <Lc 7>, Lázaro <Jn 11>…).

La enfermedad entre los conciudadanos de Jesús no era concebida como una consecuencia del debilitamiento de la naturaleza humana y la ancianidad era considerada como signo de bendición de Dios, porque suponía largos años en la existencia de la persona, por lo que la muerte era algo connatural al ser humano.

Jesucristo con sus acciones curativas manifiesta que el Reino de Dios está ya presente en medio de los hombres. Los evangelios son proclives en presentar la acción curativa de Jesús. Poder curativo de Jesús del que hará partícipes a sus discípulos y que ellos a su vez utilizarán en ocasiones para testimoniar que son transmisores de la Buena Noticia de Jesucristo, el Mesías que ha traído la salvación de Dios para todo el género humano. Más aún, aunque Jesús hizo muchos milagros, él mismo recuerda a sus discípulos: “Más bien estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”[1]. Si bien muchas veces olvidamos que la salvación de Jesucristo y su acción sanadora, se realizó no sólo por la predicación o por los milagros espectaculares que realizó, sino “cuando estaba indefenso en la cruz”[2].

La mayoría de los milagros de Jesús son curaciones de enfermedades. Milagros que tienen como única finalidad la salvación humana y no el interés de los hombres o una manifestación interesada de poder o dominio sobre otros. El poder de Dios no puede ser utilizado para el propio interés: “Dijeron (sus discípulos): Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?. Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo”[3].

 

Los Evangelios, en la misión de los setenta y dos, y los Hechos de los Apóstoles relatan milagros y curaciones obrados por los apóstoles en su misión apostólica. Pero no todas las dolencias eran curadas, la enfermedad existía en medio de los hombres y los discípulos entendieron que una de las consecuencias de ser discípulo de Jesús era adquirir el compromiso de especial atención a los enfermos.

El texto más clarividente de los Evangelios que nos habla del compromiso de los cristianos con los enfermos es el discurso del Juicio final que nos relata San Mateo en el capítulo 25: “Estuve enfermo y me visitasteis”[4].

La Didajé, el primer gran libro apostólico después de los textos bíblicos habla de que a los catecúmenos se les escrute sobre su visita a los enfermos, antes de recibir el bautismo.

Muchos Padres de la Iglesia en sus escritos hacen referencia a la obligación moral de los discípulos de Jesús de atender a los enfermos, desarrollando la posteriormente conocida como teología del “Cristo médico”[5]. Prescripción de atender a los enfermos que es obligada para todos los discípulos, para todos los fieles cristianos. Si bien, como nos dice Juan Pablo II, “el amor y la vida, según el Evangelio no pueden ser pensados ante todo en forma de precepto, sino como un don de Dios…que sana y cura y transforma el corazón del hombre por medio de su gracia”[6].

La asistencia sanitaria como deber moral cristiano dará paso a la creación de instituciones cristianas dedicadas a esta función. Siendo el cristianismo el precursor de los hospitales en el mundo, teniendo en sus inicios el principio primordial de acoger a los enfermos pobres.

A partir del s. II se erigen en la cristiandad casas de acogida de enfermos y pobres que recibirán el nombre de senodoquios, y que el Concilio de Nicea declarará que deben en existir en todas las diócesis. De igual modo, en el Oriente cristiano, la “Ciudad hospitalaria” de San Basilio será punto de referencia para iniciativas de atención sanitaria que servirán de modelo a los posteriores hospitales de todo tipo y condición, incluso a los hospitales islámicos.

Cuando las condiciones socioeconómicas cambiaron y los pobres y desheredados surgieron como una clase social nueva, fruto de la injusticia y de la voracidad económica, la atención a los pobres enfermos aparece como carisma eclesial y seguimiento radical y específico a Jesucristo, como modelo de perfección a imitar. De este modo nacen los Institutos de Vida Consagrada dedicados a los enfermos, en sus diversas especialidades, y posteriormente a los ancianos.

            Enfermos y ancianos atendidos en la familia. Enfermos y ancianos pobres asistidos en los Hospitales y Asilos. Enfermos y ancianos atendidos en Hospitales y Residencias.

 

3. - Concepción antropológica de la enfermedad y la asistencia.

 

            Para los hombres de la antigüedad, la enfermedad tenía connotaciones maléficas, era consecuencia del castigo divino, mentalidad que todavía pervive hoy, incluso entre muchos cristianos.

            Los enfermos concebían la enfermedad como respuesta de la divinidad al mal personal cometido, sus familiares así lo entendían y por ello los excluían y marginaban de su lado, especialmente en los casos de enfermedades incurables o contagiosas.

            También el concepto de enfermedad sufre una transformación. Muchas de las enfermedades que hoy consideramos como tales y que en la actualidad se tratan en los hospitales, no eran consideradas ni eran tratadas así en la antigüedad, se convivía con ellas con normalidad, de la misma manera que algunas de estas mismas enfermedades han experimentado mutaciones diversas. Podemos decir que el hombre de la antigüedad era más resistente a enfermedades que el hombre de hoy, ya que algunas enfermedades vigentes en la actualidad requieren inmediatamente internamiento hospitalario.

La enfermedad como proceso superable o como situación crónica ha influido en la evolución de la concepción y del tratamiento de los enfermos, del mismo modo que los avances producidos en medicina por la investigación científica y el uso de la tecnología también han modificado decididamente la mentalidad actual acerca de la enfermedad y de la asistencia tanto a los enfermos como a los ancianos.

Los seres humanos somos menos resistentes a la contrariedad y al dolor y la creciente esperanza de vida, producida por la utilización de fármacos, ha modificado los comportamientos, actitudes y formas de enfocar la vida, afrontarla y asumir sus retos y dificultades.

Una concepción de la vida como valor sagrado ha dado paso a una nueva concepción de la vida como valor supremo, pero este valor supremo solamente es supremo si es vivido consciente y sanamente. Esta manera de concebir la vida ha generado posicionamientos a favor de la manipulación de embriones, del aborto y de la Eutanasia.

El ser humano como dueño de la vida y de la creación no admite su limitación y solamente acepta la vida cuando es dueño de ella y la puede dominar. No es extraño escuchar a ancianos que sin faltarles nada y sin padecer ninguna enfermedad grave están cansados de vivir porque se sienten una carga para los demás, al experimentar la precariedad de necesitar de otros. Asimismo no deja de haber personas que frente a una vida truncada por un accidente, que les ha convertido en individuos asistidos, solicitan que se les quite la vida.

La autonomía como forma de vida ha conducido al hombre a pensar su vida en términos absolutos, términos que puede dominar y ser dueño de su propia existencia, de esta manera asistimos a las paradojas de apoyo a la investigación a toda costa y a cualquier precio con el espejismo de conseguir remedios a cualquier tipo de enfermedades con el único objetivo de alargar la vida, a la vez que nos encontramos a ancianos o a sus acompañantes hastiados de vivir los unos o de cuidar los otros. A una defensa de la eutanasia por humanidad frente a enfermos o discapacitados, cuando en el fondo lo que se hace es eliminar vidas humanas, definiendo asimismo como inhumanos a quienes defendemos la vida precaria utilizando cuidados paliativos para mitigar el dolor físico del enfermo.

Los hospitales muchas veces se han convertido en centros deshumanizados, cuyo objetivo primordial tiene que ver más con la eficacia económica, el prestigio social que con el bienestar y la salud. Asimismo las Residencias se han convertido, en muchos casos, en centros de aparcamiento de personas mayores en vez de ser hogares de atención de personas mayores. En este cambio de mentalidad están interrrelacionados tanto asistentes como asistidos e incluso la misma sociedad.

 

4. - La Pastoral de la Salud en el nuevo contexto sociosanitario.

 

            La Iglesia, madre y maestra, sensible por todo lo creado por Dios no cierra los ojos frente a la creación y frente al ser humano. “La Iglesia está llamada a recorrer el camino del hombre, especialmente cuando pasa por la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad”[7].

            Esta opción hace que la Iglesia sea sensible a cualquier situación personal y social que tenga relación con la vida humana.

Este año la Campaña del enfermo en España tiene como tema el título de esta conferencia: “La Pastoral de la Salud en el nuevo contexto sociosanitario”.

La elección de este tema tiene que ver con la celebración de dos aniversarios que hacen relación a la Pastoral de la Salud: el vigésimo aniversario de la Ley General de Salud (1986) y el décimo aniversario de la publicación de las Actas del Congreso “Iglesia y Salud” (1996).

Desde 1986 no solamente ha cambiado nuestra sociedad y nuestros hábitos, han cambiado nuestra forma de concebir la vida y el hombre, junto a las nuevas tendencias culturales del momento que se han abierto camino en nuestra sociedad.

Durante estos años, muchas transformaciones se han producido en el campo médico y legislativo: Reproducción humana asistida, tratamiento e investigación con embriones humanos, investigación en células madre, clonación humana, cuidados paliativos, leyes de asistencia, testamento vital, eutanasia. Todo ello supone un reto para los creyentes. Reto al que no puede dar la espalda y que nos compromete a conocer y reflexionar sobre estas cuestiones para dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Reflexionar sobre la nueva situación social, cultural y ambiental en que se mueve nuestra acción evangelizadora en el campo de la Salud es necesario para seguir siendo en el año 2007 testigos de la esperanza en el mundo sociosanitario y mensajeros del evangelio de la vida para el hombre de hoy sumido en el mar de la ambigüedad y de la confusión sobre su condición y sobre su vida.

Reflexión sobre las concepciones  y sobre las estructuras para conociéndolas, potenciar lo que de positivo aportan al hombre de hoy y para purificar lo pernicioso que hayan podido acumular.

Los agentes de pastoral para cumplir su ministerio en la Iglesia deben conocer el entorno en el que desarrollan su acción evangelizadora: social, cultural, hospitalario y asistencial. Esta es la invitación que nos hace la Iglesia Española en este año para la campaña del enfermo.

Este es el empeño también de la Delegación Diocesana y el objetivo de la Escuela para este año: conocer el medio en que realizamos nuestro apostolado, formarnos bien descubriendo pistas para realizar nuestra misión y ponernos en marcha para realizar nuestro cometido evangelizador.

El programa de este año de la Escuela de Formación de Agentes de Pastoral consiste en abarcar los distintos campos sociosanitarios, conocerlos un poco mejor para poder actuar más eficazmente. Conocer la situación hospitalaria, la de los discapacitados y la de las residencias de ancianos. Saber acerca de las actitudes humanas y psíquicas que se requieren en los cuidadores para poder atender al enfermo. Iluminar todas estas situaciones con la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia, también desde la perspectiva de los usuarios de la sanidad. Todo ello desde los comienzos de la vida hasta el final de la existencia humana.

Formarnos como creyentes para ser evangelizadores.

Nuestro mundo nos llena de información: con palabras, con datos, con solanas y con programas. No todo lo que escuchamos cada día es concorde con nuestra forma creyente de ver la vida y que hemos descubierto como Buena Noticia en Jesucristo.

Jesucristo Ayer, Hoy y Siempre, sigue siendo respuesta y buena noticia para el hombre de hoy, sigue siendo liberación de toda dolencia en nuestros días. La Iglesia, nosotros, Iglesia de Jesucristo que camina en Zaragoza, tiene un gran reto hoy seguir siendo sal y luz para tantos hermanos nuestros, cristianos abatidos y desorientados por tanto viento de doctrina. Con Cristo y como Él todos los cristianos estamos llamados a decir al abatido una palabra de aliento.

Ojalá este curso nos ayude a aumentar nuestra formación nos ayude a realizar mejor nuestro apostolado en el mundo sociosanitario.

Muchas gracias.

 

                                                                                              Carlos Pintado. Zaragoza 11 de Enero de 2007.

 

 

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Zaragoza, febrero 2007



[1] Lc 10, 20.

[2] Pontificio Consejo Para la Pastoral de los Agentes Sanitarios  – “Curate Infirmos” y la Vida Consagrada – Tipografía Vaticana. Vaticano 1994, p. 28.

[3] Lc 9, 54-56.

[4] Mt 25, 36.

[5] S. Ignacio de Antioquía. Ad Ephesios 7,2.

[6] Veritatis Splendor n.23.

[7] Savifici Doloris 3.