THALITHAQUMI

REFLEXION

---------------------------------------------------------------------------------------Jesús y las mujeres

        Las mujeres llenan hoy nuestras iglesias; o, mejor dicho, la inmensa mayoría de las pocas personas que van hoy en día a la iglesia son mujeres. Ellas son quienes más y mejor participan en las celebraciones litúrgicas, ellas son las que acuden y a menudo organizan los principales actos de piedad (novenas, triduos, rosarios...), los movimientos apostólicos están también escasos de participantes masculinos y, sin embargo, bien nutridos de participantes femeninas, las principales tareas parroquiales las desempeñan también las mujeres. No está lejano el tiempo en que se prohibía a la mujer la proclamación de las lecturas de la Palabra en la Eucaristía, y, sin embargo hoy, no sólo las hacen, sino que en muchos casos auxilian al sacerdote a dar la comunión e, incluso en algunas parroquias rurales, dirigen y presiden las paraliturgias en ausencia de presbítero. Pero son, además, las mujeres las que más y mejor dedican a la educación religiosa y cristiana de los hijos. Esta es la realidad actual y todavía es difícil predecir cuál puede ser la futura. Está bien que esta situación nos lleve a plantearnos la siguiente pregunta: ¿Qué relación tuvo Jesús con las mujeres?

    Para responder a esta cuestión es necesario comenzar por considerar la situación social en la época en que vivió Jesús. Y lo primero que hay que decir a este respecto es que la mujer no contaba en la sociedad de aquel lugar y de aquella época. La estructura social estaba pensada y dirigida a los varones. La mujer no era parte integrante de la sociedad. Ella tan sólo contaba en tanto en cuanto que era la que le daba los hijos al marido. Por eso, la única garantía de la mujer ante la sociedad era su marido. De ahí se deduce la dificilísima situación de las viudas y las estériles. En la Biblia, la viuda es con frecuencia el paradigma de los desprotegidos; y la estéril era un ser fracasado que no había sabido hacer aquello para lo único que había nacido. El hombre que repudiaba a su mujer estaba en la obligación de extenderle un acta de divorcio, una especie de certificado que garantizaba que ella había sido la mujer de algún hombre. Sólo así podría ser mínimamente respetada o reconocida. Además, la palabra de una mujer no tenía ningún valor ante la sociedad, pues ni siquiera le estaba permitido testificar en un juicio. En pocas palabras: la mujer era un cero a la izquierda porque la sociedad era sólo de los hombres y para los hombres.

    Toda la Historia Sagrada está jalonada de mujeres estériles que conciben en su vejez, por la acción divina, para traer al mundo algún personaje clave para la Historia de la Salvación. Ejemplos de ello son Sara, que traería al mundo a Isaac, o Isabel, madre de Juan el Bautista. Esta forma de actuar de Dios bien puede poner de manifiesto su predilección por los débiles, por los apartados de la sociedad. Al final, el propio Jesús, el Hijo de Dios, no nacerá de una estéril, pero sí de una virgen.

    En su actuación, Jesús no distingue el trato con el hombre del trato con la mujer. Actúa con ellas con toda normalidad, sin tener en cuenta y sin secundar los usos sociales de la época. Jesús hace el bien a todo el mundo, sin mirar si es hombre o mujer. Jesús trata de escuchar, de comprender y de ayudar a todo el que se lo pide. Y actúa así porque ve en toda persona -hombre o mujer- a los hijos de Dios.

    Haciendo un repaso por los pasajes evangélicos descubrimos las siguientes actuaciones de Jesús con las mujeres:

    - Cura a la suegra de Pedro: Mc 1, 29-31. Es la primera curación en el evangelio de Marcos.

    - La hija de Jairo (resucitada) y la hemorroísa (curada): Mc 5, 21-41.

    - Exorcismo a la hija de la mujer pagana: Mc 7, 24-30.

    - Unidad del matrimonio: Mc 10, 1-12.

    - Alabanza de la generosidad de la viuda: Mc 12, 41-44.

    - Unción en Betania: Mc 14, 3-9.

    - Junto a la cruz: Mc 15, 40.

    - Visión en el sepulcro: Mc 16, 1-8.

 

    En Lucas se añade:

    - Resurrección del hijo de la viuda de Naín: Lc 11, 7.

    - El fariseo y la pecadora: Lc 7, 36-49.

    - Jesús, con Marta y María: Lc 10, 48-42.

    - Cura en sábado a una mujer: Lc 13, 10-17.

    - Parábola del juez y la viuda: Lc 18, 1-8.

    - Las mujeres embalsaman el cuerpo de Jesús: Lc 23, 55-56.

 

    En Mateo se añade:

    - A propósito del adulterio: Mt 5, 27-28.

 

    En Juan se añade:

    - Boda en Caná, con su madre: Jn 2, 1-12.

    - Diálogo con la samaritana: Jn 4, 1-26.

    - Perdona a la mujer adúltera y evita que sea apedreada: Jn 8, 1-11.

    - Con Marta y María tras la muerte de Lázaro: Jn 11, 17-27.

    - En la cruz, con su madre y el discípulo: Jn 19, 25-27.

    - Aparición a María Magdalena: Jn 20, 10-18.

 

    De todos estos encuentros de Jesús con las mujeres, se deduce que:

    A Jesús le interesa la persona, no el sexo de la persona; Jesús ayuda a vencer todo sufrimiento, masculino o femenino; sus signos (milagros) son signos de vida para todos; habla y actúa en defensa de la mujer porque en ella defiende al débil; no rechaza hablar con las mujeres ni que lo vean en público con ellas; en Betania acepta la hospitalidad de las mujeres; aunque no fue tachado de mujeriego, Jesús se saltó los usos sociales en el trato con las mujeres; también en ellas busca la salvación integral de la persona; se deja ungir y acariciar por ellas; sobre todo el evangelio de Juan exalta el valor maternal de María (se refiere siempre a ella como "la madre de Jesús"); los sinópticos mencionan sólo la presencia de discípulas en el Gólgota... Pero es la elección de las mujeres como primeros testigos de la Resurrección, primeras contactadas con el Resucitado, primeras encargadas del anuncio pascual, primeras evangelizadoras, por tanto, donde Jesús hace su mayor reconocimiento de la mujer: Pone en sus manos y en sus labios el comienzo evangelizador y misionero, el testimonio de su Resurrección para que, por su palabra, el Mensaje y la noticia de la Pascua se extiendan a todo el mundo. Toda la misión de la Iglesia en sus orígenes queda en manos de las que no cuentan en la sociedad, de las que no pueden testificar ni declarar, de las que no tienen voz ni voto, de aquéllas cuya palabra no tenía ningún valor en la sociedad de entonces.

    Jesús se salta todo eso manifestando que:

    - Dios cuenta con todos por igual;

    - Dios se confía mejor en las manos del débil;

    - la fuerza de Dios reside en la sencillez del corazón y la capacidad de acogida;

    - el esfuerzo humano no puede nada sin la ayuda divina;

    - el Evangelio está en manos de los pobres, porque se dirige a todos, pero a ellos en especial.

    Humanamente, el Mensaje cristiano seguirá siendo sustentado en las mujeres porque así fue desde el principio, ahora y siempre. No cabe duda que el mensaje cristiano es un mensaje más acorde con la psicología femenina que con la psicología masculina. Los hechos lo demuestran.

 

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Zaragoza, noviembre 2002