THALITHAQUMI
TEMAS
--------------------------------------------------------------------------Del
templo judío al templo cristiano
Un templo para el Señor
El pueblo de Israel pasó de ser
un pueblo nómada a ser un pueblo sedentario. Tras la conquista de la Tierra Prometida,
los hebreos se sedentarizan. Hasta entonces, una tienda guardaba o, mejor,
cobijaba la apreciada Arca de la
Alianza, en cuyo interior se encontraban las tablas de la ley;
era la llamada tienda del encuentro. Custodiada por los hijos de la tribu de
Leví, significaba la presencia del Señor en medio de su pueblo. Tras el fiasco
de la monarquía de Saúl, David accede al trono e Israel comenzará a ver un
período de paz y prosperidad, que mantendrá el reino unido. Establece en
Jerusalén la capital del Estado y construye su palacio real. David, preocupado
por erigir un lugar digno para el Arca llega a la conclusión de la necesidad de
erigir un templo, pues –se dice a sí mismo- no puedo yo vivir en una casa de
cedro mientras el arca del Señor vive en una tienda (2Sam 7, 2). David
piensa en un gran templo que guarde el Arca y que siga siendo signo de la
presencia de Dios en medio de su pueblo como lo había sido la tienda del
encuentro. Dios aceptará el proyecto del rey David pero designa que sea
Salomón, su hijo y sucesor en el trono, el que lleve a cabo la obra, pues
considera indigno a David a causa de su pecado ( 7, 12-13). Salomón recibirá,
pues, el encargo de su padre David y llevará a efecto la construcción del
Primer Templo de Jerusalén. Ese primer templo sería destruido el año 586 a. C. por la invasión de
las tropas de Nabucodonosor. Al regreso del destierro, Esdras levanta un nuevo
Templo sobre las ruinas del primero (Esdras 3, 8-9). Herodes, al filo ya de la
era cristiana, lo dotará más tarde de unas proporciones mayores; sus muros
llegaron a alcanzar los cien metros de altura. Ese templo quedaría
definitivamente demolido en la destrucción total de Jerusalén el año 70 de nuestra
era por los romanos. En la actualidad, el “muro de las lamentaciones” es el
único residuo que queda en pie, en el lado occidental del Monte del Templo, de
la fábrica del magnífico edificio de Herodes el Grande. Hoy es el símbolo del
esplendor perdido del judaísmo, está considerado como una sinagoga al aire
libre y es el lugar más sagrado de la tierra para todo judío creyente.
Jesús y el nuevo concepto de Templo
Jesús
acudirá al Templo de Jerusalén a cumplir con las tradiciones de sus padres. Sin
embargo, al final de su vida pública, Jesús nos mostrará un nuevo concepto de
Templo. Quedémonos con la idea de que el Templo es la representación de la
presencia de Dios en medio de su pueblo. Dos pasajes del cuarto evangelio
ilustrarán el cambio que Jesús le da al término: En el diálogo con la Samaritana, Jesús le
dice a la mujer: Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha
llegado ya en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni
ir a Jerusalén (...). Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto
al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así
(Jn 4, 21. 23). El otro texto es el evangelio de la expulsión de los
mercaderes: Destruid este templo, y en tres días yo lo levantaré de nuevo
(...). El templo de que hablaba Jesús era su propio cuerpo (Jn 2, 19.
21). En efecto, Jesús es la presencia de Dios en medio de su pueblo; ya no en
símbolo o en representación, sino en carne viva, en realidad total. En Jesús se
da adoración al Padre en espíritu y verdad. Ilustremos también esta idea con el
significado que, a la luz del Nuevo Testamento, adquiere el texto de Ezequiel
47: Del lado derecho del templo manan torrentes de agua que dan vida a su paso;
del costado derecho del templo, que es el cuerpo crucificado de Jesús, manó
agua junto con la sangre (Jn 19, 34), y
su muerte ha sido causa de vida y de salvación para cuantos creen en Él. Por
cierto, un dato importante es que el Viernes Santo, justo en el momento de la
muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba abajo
(Mt 27, 51): el templo judío queda, así, definitivamente sustituido por el
cuerpo entregado de Jesús, como signo de la adoración a Dios.
San Pablo: Templos vivos
Somos
templo de Dios y el Espíritu habita en nosotros. Pablo desarrolla la teología
de la Encarnación:
Si el Espíritu del Señor ha sido dado a la comunidad cristiana en cada uno de
sus miembros, es que Dios habita en ellos; y también, si Jesucristo es el nuevo
templo en que se adora a Dios en espíritu y verdad y cada uno de nosotros hemos
sido asumidos en la humanidad del Jesús encarnado, entonces es que cada uno de
nosotros somos portadores de Dios porque Dios habita en nosotros porque habitó
en Jesús; y Jesús nos lo ha dado también en el Espíritu Santo. Notemos que
Jesús no arremete contra el templo de Jerusalén en sí, sino que lo defiende
como casa de oración. Lo suplanta, eso sí, como lugar de adoración a Dios.
El templo cristiano
Después de la Resurrección de
Jesús, los cristianos se reunían clandestinamente en las casas y en las
catacumbas. En el siglo IV, con la oficialización del cristianismo, las
comunidades construyeron templos para sus reuniones litúrgicas. Son las
primeras iglesias cristianas. También hoy los cristianos necesitamos de estos
edificios para la celebración de los sacramentos; son casas de encuentro y de
oración, y albergan la
Reserva Eucarística, el don más sagrado que custodia la Iglesia, pero sabiendo que
el verdadero templo de donde Dios habita somos nosotros, los hijos de Dios (nótese
el cambio de concepto con respecto al Templo del judaísmo).
Concepto de templo en el Concilio Vaticano II
En los
documentos del Concilio encontramos la siguiente referencia explícita en el
decreto “Presbyterorum Ordinis” sobre el ministerio de los presbíteros, en su
número cinco: “La casa de oración en que se celebra y se guarda la santísima
Eucaristía y se congregan los fieles, y en que se adora, para auxilio y
consuelo de los fieles, la presencia del Hijo de Dios, salvador nuestro,
ofrecido por nosotros en el ara del sacrificio, debe estar nítida, dispuesta
para la oración y las sagradas solemnidades. En ella se invita a los pastores y
fieles a responder con agradecimiento al don de Aquel mismo que, por medio de
su humanidad, infunde sin cesar la vida divina en los miembros de su cuerpo”.
El término griego “ecclesia” (“Iglesia”) significa “asamblea”. Lo escribimos
con mayúscula cuando lo referimos a la comunidad que formamos los bautizados en
Cristo, y con minúscula cuando lo referimos a nuestra casa de oración. La mejor
expresión de Iglesia, de asamblea de cristianos, es la reunión del Pueblo Santo
de Dios en asamblea eucarística, donde escucha y acoge como tal la Palabra de Dios, donde,
junta, eleva al Padre su plegaria por las necesidades del mundo y de los
hombres y donde participa del Pan y el Vino eucarísticos, alimento para esta
vida y prenda anticipada del banquete del Reino de los cielos en la vida
eterna.
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thalithaqumi
Zaragoza, septiembre 2003